Conflicto palestino-israelí
¿Viene el estallido?
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La grave polarización del conflicto –aliñada con el militarismo del gobierno de Sharon y el fundamentalismo islámico de algunos grupos palestinos– amenaza seriamente con un punto de no retorno.
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Hay ciertas señales alarmantes. Por tercera vez en una misma semana, el comandante en jefe de las Fuerzas Armadas de Siria, general Hassan Turkmany, reiteró que su país estaba en condiciones de contrarrestar el poder regional de Israel y responder a sus “aventuras agresivas”. También dirigió sus dardos hacia los altos funcionarios de Washington: “Lo que anima a Israel para ser obstinada y continuar su curso agresivo es el ilimitado apoyo financiero, militar y político dado por el presidente estadounidense, George Bush, y su derechista administración”.
Tras el sorpresivo bombardeo quirúrgico realizado por aviones israelíes contra un supuesto campo de entrenamiento de la Jihad Islámica en territorio sirio –el pasado 5 del mismo mes–, este alto oficial insistió en que sus efectivos están listos para enfrentar un nuevo ataque del Estado judío. Estas encendidas declaraciones las efectuó en una ceremonia de graduación naval, el pasado 22 de octubre.
La situación en esta inestable zona se ha convertido en una caja de pandora. Según el especializado sitio en internet israelí DebkaFiles, “el objetivo del régimen sirio de Bashar al Assad, como el de (Yasser) Arafat, es ocasionar un agudo descenso en la seguridad de Israel, algo similar a la situación en Irak”, donde las tropas estadounidenses conviven cotidianamente con atentados guerrilleros.
Tampoco se podría descartar –agrega en un artículo la mencionada fuente– una nueva ofensiva judía en la zona limítrofe con Siria o el Líbano, destinada a escarmentar a activistas de Hezbollah y presumiblemente también de Al Qaeda.
El reconocido sociólogo Baruch Kimmerling, de la Universidad Hebrea de Jerusalén, expresa a Ercilla que “pareciera que algunos políticos israelíes intentan convencer a Estados Unidos de que trate a Siria como a Irak, en ese entramado de ‘guerra contra el terrorismo’. Esta es una consideración más política que militar: dejar a los palestinos completamente aislados”. En anteriores declaraciones a este misma revista, Kimmerling no descartó un conflicto bélico con Siria, y advirtió, como consecuencia, el alto costo humano que significaría para la sociedad hebrea.
A pesar de las inquietantes palabras del máximo oficial sirio, y reconociendo indirectamente parte de sus denuncias, Daniel Pipes –destacado columnista estadounidense– comenta a esta revista que “el sólido apoyo de Estados Unidos a Israel hace que una respuesta militar de Siria sea poco probable”.
El fin al statu quo –desatado a mediados de septiembre al cumplirse tres años de esta segunda Intifada (levantamiento)– amenaza con acrecentar, por cierto, la disputa entre Israel y el Líbano por las denominadas granjas de Cheba, consideradas un enclave estratégico. Israel lo considera territorio sirio ocupado y quiere negociar su situación con Damasco; mientras, esta capital asegura que ese enclave ya le pertenece a Beirut, debido a los acuerdos firmados en 1990 que pusieron fin a 15 años de sangrienta guerra civil. A excepción de las granjas de Cheba, Israel se retiró recién en mayo del 2000 de los territorios del sur libanés que había ocupado militarmente desde 1982.
Sin ir más lejos, y de acuerdo a agencias informativas internacionales, aviones de la Fuerza Aérea israelí realizaron, el pasado 22 de octubre, bombardeos simulados sobre Beirut y la norteña ciudad libanesa de Trípoli. Hezbollah hizo uso del fuerte rugido de sus armas antiaéreas.
“Si matan a israelíes, Israel tiene la obligación de destruir todas las fuentes que apoyan esa brutalidad. Por supuesto que hay riesgos de escalada, pero no hacer nada para terminar con este terrorismo bárbaro es para los ciudadanos israelíes aún peor. Y si el terror termina, las respuestas israelíes a esos ataques también terminarán”, aseguró recientemente a esta revista Gerald Steinberg, director del Programa de Negociación y Administración de Conflictos de la Universidad de Bar-Ilan en Israel.
MANO DURA
Esta enfermiza correría del gato y el ratón ya es algo más que frecuente. Como era de esperar, varios grupos armados palestinos juraron vengarse de Israel por los cinco ataques sincronizados realizados este 20 de octubre en la Franja de Gaza, en los que perecieron 14 palestinos. Tres bombardeos afectaron a dos viviendas en la ciudad de Gaza que, según autoridades israelíes, eran parte de la “infraestructura terrorista” del Movimiento de Resistencia Islámico (Hamas).
En el cuarto ataque aéreo, en la misma Gaza, Israel dio muerte a dos activistas de esa organización cuando el auto que ocupaban se detuvo en un semáforo. El rocket causó también el fallecimiento del conductor del vehículo. Al parecer, otro tardío misil elevó aún más la cifra de víctimas y heridos, entre quienes acudían al rescate de las primeras víctimas.
“¿Cuánto tiempo más podremos lastimar a civiles inocentes? –interrogaba Alex Fischman, reconocido periodista especializado en asuntos militares, en las páginas del influyente matutino Yediot Ahnorot, el de mayor circulación en Israel–. ¿Es concebible que alguien en nuestro lado haya decidido que toda la sociedad palestina es un objetivo bélico?”. Para Fischman, esta etapa del conflicto no es más que una “guerra sin preguntas”, en la que si un israelí cuestiona alguna táctica militar es tildado irreflexivamente de traidor.
Dos días después de esa ofensiva israelí, la resistencia palestina disparó seis misiles Qassam contra tres localidades judías en el norte de la Franja de Gaza. Uno cayó a tres kilómetros del kibbutz Yad Mordecai. Ese mismo 22 de octubre, dos israelíes resultaron heridos en un intercambio de disparos con francotiradores palestinos que disparaban al interior del suburbio judío de Tel Rumeida, en Hebrón. Efectivos del Tsahal (Ejército israelí) mataron a uno de los milicianos. El segundo logró escapar.
Pero hay otro antecedente que hace temblar a Oriente Medio. El pasado 15 de octubre, una bomba detonada a control remoto dejó sin vida a tres agentes de seguridad estadounidenses, en un camino en el norteño distrito de Beit Hanoun en la misma Franja de Gaza. La Autoridad Nacional Palestina (ANP) se apuró en condenar el atentado, que amenaza con abrir un peligroso frente de lucha. Según sus antecedentes, el ataque habría sido perpetrado por árabes o activistas palestinos apoyados desde el exterior, aventurando responsabilidad del Frente de Liberación Árabe que dependió en algún momento de Bagdad.
Consultado por esta revista, el analista militar estadounidense Daniel Smith dice que no está convencido de que “Estados Unidos haya sido el blanco previsto. El verdadero objetivo pudo haber sido israelíes que, como ocurrió, no aparecieron. Cuando apareció el convoy estadounidense, éste mismo se convirtió en un ‘blanco de oportunidad’, ‘justificado’ por la postura pro-israelí de la administración estadounidense y por la guerra de Estados Unidos en Irak”.
Por su parte, Stephen Zunes –politólogo de la Universidad de San Francisco– cree que “quizás los palestinos reconocen que los Estados Unidos, en su ayuda incondicional para el gobierno de Sharon, son una parte importante de la ocupación y de su sufrimiento. No siendo esa consideración irrazonable, ese tipo de ataques sólo endurecerá aún más la actitud antipalestina del gobierno estadounidense”.
Este ataque se produjo horas después de que Estados Unidos obstaculizara, en el seno del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, una resolución condenatoria contra Israel por la avanzada construcción de un muro que se adentra en territorio palestino ocupado. Eso sí, una resolución de la no vinculante Asamblea General de la ONU resolvió –el pasado 21 de octubre– por 144 votos a favor, cuatro en contra y 12 abstenciones que “Israel detenga y revierta la construcción del muro en territorio palestino ocupado, incluyendo Jerusalén oriental y su entorno, un hecho que se aparta de la Línea de Armisticio de 1949 y contraviene las previsiones relevantes del derecho internacional”. El gobierno ultranacionalista de Ariel Sharon desoyó la recomendación y, desafiante, continúa con sus planes.
CAOS
La polarización parece ser total entre la Administración Sharon y la ANP. El pasado 20 de octubre, el líder del derechista Likud insistió ante el Knesset (Parlamento) que no hay progreso político con Arafat a la cabeza de los palestinos. Así, la carta de la fuerza militar estaba nuevamente sobre la mesa.
El ejército israelí está listo para “remover” al histórico dirigente palestino si el gobierno da la orden, confesó al conservador The Jerusalem Post una calificada fuente militar ese 23 de octubre. Un día antes de la ambigua declaración oficial del gabinete israelí, respecto a la inminente deportación o muerte de Arafat, ese mismo rotativo –como apuntó Ercilla a mediados de septiembre–, ya clamaba derechamente por su asesinato.
Nuevamente, el destacado dirigente palestino Saeb Erekat fue claro al advertir que cualquier acción contra el “raïs” “significaría la destrucción del proceso de paz, la destrucción de la ANP, teniendo un estado de caos absoluto”. Muchos apuestan a que la bullada “Hoja de ruta” hacia la paz ya ha fenecido.
Según el ya mencionado profesor Kimmerling, “Israel ha destruido sistemáticamente desde el 2000 la infraestructura de la ANP, como también su autoridad política y moral. Como consecuencia, aparecerán las reglas de jefes locales, una guerrilla fragmentada y organizaciones tipo mafia”.
“Por supuesto que los palestinos culparán a Israel por cualquier enfermedad o muerte de Arafat –manifiesta a esta revista el citado cientista político Gerald Steinberg–. Por lo demás, durante el violento conflicto por substituirlo en la cúspide la jerarquía palestina, veremos muchos ataques terroristas contra israelíes. La misma Organización para la Liberación de Palestina (PLO) está en un estado de caos, y Hamas está mejor organizada y es menos corrupta. Podríamos ver, por lo tanto, la intervención egipcia y jordana para restablecer el orden. Eventualmente, aparecerá un nuevo y pragmático liderazgo palestino que entienda la realidad y a Israel, y que estará dispuesto a hacer los compromisos necesarios para la paz, basada en la solución de dos Estados y en una Palestina desmilitarizada”.
ACUERDOS DE GINEBRA
Pese a la amplia militarización de este conflicto, tratativas pacifistas de ambos bandos dan una luz de esperanza. A mediados de octubre, ex funcionarios palestinos y parlamentarios opositores israelíes se reunieron en Jordania para establecer un plan de paz alternativo, denominado “Acuerdos de Ginebra” debido al patrocinio de Suiza.
En lo sustancial se propone la creación de un Estado palestino en el 98% de Cisjordania y en toda la Franja de Gaza, con capital en la parte oriental de Jerusalén. A cambio, los palestinos renunciarían al retorno masivo de miles de refugiados.
Si bien se trata de un documento no oficial, Arafat no le restó validez. Pero su contraparte israelí criticó duramente a los participantes, acusando que lo acordado “obstaculizará las negociaciones de paz en el futuro”. El parlamentario laborista Abraham Burg, ex presidente del Knesset y organizador del encuentro, fue uno de los primeros en salir al paso de los dichos del “Bulldozer”: “Si Sharon tiene una propuesta mejor para conseguir la paz, que la ponga sobre el tapete”.
Observadores internacionales creen que estas negociaciones pueden servir de “llave” para destrabar las estancadas conversaciones de paz.
Indudablemente, la firma del acuerdo –que podría efectuarse a principios de noviembre en la ciudad suiza– deslegitima la opción belicista de ambas partes. Es por eso que, el pasado 17 de este mes, cientos de palestinos clamaban “muerte a los traidores” al manifestarse en Nablus contra los participantes de su propio lado.
Para Richard Cohen, columnista de The Washington Post, los hechos evidencian que “Israel está perdiendo”, como tituló un artículo aparecido el pasado 7 de octubre. “Cada asentamiento, cada día de ocupación pone a Israel en mayor y mayor peligro. Cada asentamiento es una provocación (el pasado 23 de octubre, el gobierno judío emitió una licitación pública para construir 300 viviendas en dos asentamientos en Cisjordania). El idílico sueño sionista está destruido. Nadie desea ir a Israel. Por el contrario, la gente quiere irse”.