Medio Oriente post Arafat

Estados Unidos tiene la palabra

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La elección de Mahmoud Abbas como sucesor del histórico líder palestino no constituyó ninguna sorpresa. Washington tampoco ha ocultado su satisfacción por el resultado.

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La muerte del “raïs”, al igual que la reciente elección de Mahmoud Abbas en la presidencia de la Autoridad Nacional Palestina (ANP), abre una posibilidad para que el gobernante estadounidense, George W. Bush, marque una diferencia en su segunda administración respecto al estancado conflicto en Oriente Medio.

Y es que el bloqueo estadounidense contra Yasser Arafat había sido más que explícito. Así, el 24 de junio de 2002 Bush llamó “a la población palestina a elegir nuevos líderes, no comprometidos con el terror (...) Los llamó a construir una democracia basada en la tolerancia y libertad. Si los palestinos persiguen activamente estos propósitos, Estados Unidos y el mundo apoyarán activamente sus esfuerzos”.

Ya el pasado 13 de enero, el mandatario del país más poderoso del planeta recibió una carta firmada por 35 líderes de agrupaciones religiosas judías, cristianas y musulmanas de Estados Unidos, instándolo a que asuma prontamente un renovado rol en el moribundo proceso de paz.

La victoria de Abbas –quien es conocido popularmente como Abu Mazen y se encumbró sobre un 62% de los sufragios– tuvo como rival más cercano a Mustafa Barghouti, un médico que se ha desempeñado en organizaciones no gubernamentales pro defensa de los derechos humanos y ha denunciado la corrupción existente en la ANP (por lo demás, es primo del encarcelado y combativo Marwan Barghouti). Este contendor alcanzó un respetable 20% de las preferencias. Según The Economist, “suficiente para legitimar la contienda, aunque insuficiente para minar el mandato de Abbas”.

Pero hay algunos que ven con escepticismo la nueva etapa. Abdel Bari Atwan, director del rotativo local Al Quds al Arabi, manifestaba que no obstante “los observadores internacionales elogiaron la democracia y seriedad de los palestinos, hoy los palestinos se despiertan de su sueño democrático sin notar ningún cambio. La ocupación es la misma, los asesinatos son los mismos, los obstáculos son los de siempre... ”.

Luego de la tranquila jornada electoral desarrollada el pasado 9 de enero, el influyente semanario británico tampoco pasó por alto que Abbas cuenta “con un mandato más contundente que el de Bush, quien en las elecciones de noviembre pasado ganó con sólo un 51%, o el del primer ministro israelí, Ariel Sharon, cuyo partido Likud obtuvo menos de un tercio de los votos en la última elección en 2003”.

 

SOMBRA DE ARAFAT

 

En un intento al menos retórico por destrabar algunas vías alternativas al belicista enfrentamiento asimétrico, el gobierno israelí anunció –tras los comicios palestinos– que está dispuesto a retirar sus tropas de varias localidades en Cisjordania. Por cierto, esa medida reforzaría la posición interna de Abbas frente a la creciente ingerencia de grupos fundamentalistas como Hamas.

“La pregunta es si él (Abbas) tiene la voluntad y determinación para poner fin al terror palestino –expresaba Silvan Shalom, ministro de Exteriores israelí–. Su prueba es ahora”.

El flamante sucesor de Arafat ha reconocido que intentará “cooptar y no enfrentar” a los integristas palestinos, manejando sobre una cuerda floja la permanente posibilidad de guerra civil.

“Abu Mazen tratará de convencer y apelará a la opinión pública palestina para presionar a los terroristas, explicándole que esta generación ya ha sufrido suficiente”, comentaba por su parte el general Aharon Zeevi, máximo responsable de Inteligencia Militar de Israel.

Aparentemente, la estrategia de soft power defendida por el nuevo jerarca palestino permitió prontamente que el jeque Hassan Yousef, alto dirigente de Hamas en Cisjordania, declarase que su organización “no busca la eliminación de Israel. Hamas es un movimiento político realista”. Algo anteriormente impensado.

Pese a que Abbas dista diametralmente del carisma de Arafat –y debe hacer uno o mil intentos para desmarcarse de la sombra del raïs–, el también nuevo gabinete israelí, como la pronta ejecución del plan de repliegue de los asentamientos judíos constituyen “poderosos elementos que pueden cambiar la realidad –siguiendo nuevamente a The Economist–, especialmente desde que hay un presidente en Washington que mantiene un efectivo nivel de influencia tanto sobre Sharon como Abu Mazen”.

Andrés Pérez González 

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