Crisis en Ucrania
El día después
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El triunfo del pro-occidental Viktor Yushchenko ha trascendido las fronteras ucranianas, constituyendo una dura derrota para el presidente ruso, Vladimir Putin. No obstante, se aventura que la mentada “revolución naranja” entronizará en el poder a otros oligarcas.
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Pese a los cuestionamientos al proceso electoral provenientes esta vez desde el oficialismo, en un tercer intento el ex apparatchik –reconvertido en los últimos años en un millonario liberal– Viktor Yushchenko ha sido designado próximo presidente de la polarizada Ucrania.
Según datos oficiales de la Comisión Central de Elecciones, la contienda arrojó cerca de un 52% para el líder de la etérea “Revolución Naranja” –quien sufrió, por lo demás, un intento de envenenamiento que le trajo serias deformaciones faciales– y un 44% para el actual primer ministro, Viktor Yanukovich.
Como se esperaba, la mayor participación se registró en la región minera de Donetsk, tierra natal y bastión de Yanukovich (el candidato del Kremlin), así como en la capital Kiev, uno de los territorios más favorables al bloque aperturista.
Sellada quedó así la polarización que sigue amenazando con la división territorial. Contactado por Ercilla el politólogo Ivan Katchanovski –quien se desempeña en la Universidad George Mason en Estados Unidos– explica que Yanukovich, apoyado por el saliente régimen de Leonid Kuchma, recibió la mayoría de los votos “en muchas regiones del Este, que tienen una extensa historia de influencia rusa o soviética y una significante minoría rusa. Yushchenko, el líder de la oposición, venció holgadamente en las regiones occidentales de Ucrania, que pertenecieron al Imperio Austro-Húngaro, Polonia, Rumania o Checoslovaquia por un prolongado periodo y que fueron incorporadas a la Unión Soviética como resultado de la Segunda Guerra Mundial”.
Yushchenko, que debería asumir entre el 11 ó 14 de enero próximo, reiteró que su primer viaje al exterior tendrá precisamente como destino a Rusia. “Iré en primer lugar a Moscú, muy probablemente. Debo mostrar a Rusia que nuestras relaciones estaban hasta ahora falseadas, definidas por clanes ucranianos. Esta página puede y debe pasarse”, precisó al diario moscovita Izvestia.
En una extensa investigación sobre elecciones y divisiones políticas regionales en Ucrania y Moldavia, Katchanovski advierte a esta revista que “la posibilidad de un conflicto violento en Ucrania depende si los líderes ucranianos escalan las tradicionales divisiones regionales y si los líderes políticos y militares rusos apoyan el separatismo en el este de Ucrania como algunos lo hicieron en otros países de la extinta Unión Soviética, como en Moldavia o Georgia. La posibilidad de una guerra civil ha declinado ahora en comparación con los últimos días de noviembre, cuando parte del actual régimen quiso usar la fuerza contra los adherentes de Yushchenko y se dieron a conocer demandas separatistas por parte de algunos líderes locales”.
SOBERBIA
“Si hay una derrota, entonces se formará una fuerte oposición... y yo la voy a liderar –declaró el continuista Yanukovich en una conferencia de prensa poco antes de que cerraran los locales electorales el pasado 26 de diciembre–. Entonces mis opositores verán lo que es una oposición real”.
No obstante, compartiendo el escepticismo de Josep Ramoneda –articulista del influyente rotativo madrileño El País– es necesario puntualizar que “todo cambio tiene un día siguiente. Cuando el cambio es violento, el día siguiente acostumbra a ser siniestro; cuando es pacífico, más bien sórdido”.
En el citado texto aparecido el pasado 28 de diciembre, advirtió que “la fiesta terminará, las calles se vaciarán y empezará el juego secreto para acomodar a los oligarcas surgidos del frío en el nuevo régimen, para minimizar la rendición de cuentas de corruptos y corruptores, para compensar a todos aquellos que se fueron subiendo al caballo ganador. Al fin y al cabo, Yushchenko, antes de ser el hombre del rostro envenenado por desafiar el poder de Kuchma, tenía una biografía perfectamente compatible con los dirigentes del régimen que ahora quiere desmontar”.
Ciertamente, Yushchenko ocupó el cargo de premier entre diciembre de 1999 y abril de 2001, aunque sólo después de esa fecha y desde el cargo de máximo líder de “Nuestra Ucrania” logró notoriedad.
Recogiendo las
declaraciones efectuadas el pasado 11 de diciembre al Financial Times,
Yushchenko deberá hacerse cargo de sus promesas electorales, dedicándose
primeramente a cumplir las ambiciosas cuatro etapas para el ingreso de ese país
a la Unión Europea (UE): la UE reconocerá a
Ucrania como país con economía de mercado; Ucrania se unirá a la Organización
Mundial de Comercio; Ucrania se convertirá en miembro asociado de la UE; y,
finalmente, se convertirá en miembro pleno.
Pero la desconfianza del anteriormente citado Josep Ramoneda es total: “Yushchenko tomará unas primeras medidas más bien populares e inmediatamente empezará la resaca. El cambio chocará con la dura realidad de las relaciones de fuerza, en un país que, como sus vecinos, pasó del comunismo al capitalismo simplemente colocando el poder económico del Estado en manos de los que entonces lo regentaban, sus familias y sus amigos. Y, naturalmente, empezarán las frustraciones y los desencantos”.
Así las cosas, probablemente el gran perdedor de esta contienda sea, en definitiva, el pueblo ucraniano.
Hermann Terstch, columnista internacional del ya mencionado El País, dirige empero sus dardos hacia el hombre fuerte de Moscú, al denunciar que el principal afectado “ante el triunfo de la voluntad popular es (Vladimir) Putin, que se equivocó esta vez pensando que Europa y Estados Unidos también le aceptarían esta gamberrada y entenderían como en tantas ocasiones del pasado reciente que el Kremlin puede ser un poco tosco en las formas, pero tiene un fondo tierno y demócrata”.
Y es que “Ucrania es demasiado clave para Rusia”, de acuerdo al mundialmente reconocido historiador Paul Kennedy. “Hace más de 800 años, Ucrania, y su capital, Kiev fue la madre patria del posterior estado ruso que fue evolucionando hasta convertirse en el imperio de los zares. Perderlo equivaldría a que Estados Unidos perdiera a Nueva Inglaterra, o Alemania la mayor parte de la antigua Prusia”, especifica el autor de entre otros libros The Rise and Fall of the Great Powers.
Siguiendo
a su vez el “Informe de Inteligencia Geopolítica: Rusia después de Ucrania”
–divulgado a mediados de diciembre por la consultora privada estadounidense
Strategic Forecasting Inc. (Stratfor), considerada como “una CIA casi privada”–, se nos recuerda que “prácticamente todos los más
importantes vínculos de infraestructura de Rusia con Europa, además de sus
cañerías de gas, pasan a través de la vecina Ucrania; la única flota
significativa de Rusia se encuentra en Sebastopol, en la península de Crimea de
Ucrania y Ucrania siempre ha sido, y continúa siendo, el granero para gran
parte de Rusia occidental”.
Siempre según Kennedy, “una Ucrania que se distancie de Rusia y se integre con Occidente podría ser una mayor pérdida y humillación para el Kremlin que cualquiera de los golpes que haya sufrido desde el colapso de la Unión Soviética”.
Es lo que Peter Zeihan, el autor del citado informe de Stratfor, prefirió llamar el “declive” del país de los tiránicos zares y jerarcas soviéticos. Alarmantemente, a su juicio, “decir que Rusia está en un momento crucial es una subestimación gruesa. Sin Ucrania, Rusia se condena a un doloroso viraje hacia la obsolescencia geopolítica y en última instancia, incluso, quizás a la inexistencia”.
ELITES
Desde la capital ucraniana, Vladimir Paniotto –director del Instituto Internacional de Sociología de Kiev, think tank especializado en estudios de opinión– comenta a título personal a Ercilla que a pesar de la dimensión exterior de la actual crisis, él la concibe “principalmente como un problema de circulación de élites. En 1991, durante el golpe de agosto en Moscú (orquestado por sectores contrarios al reformismo de Gorbachev), algunos líderes de Ucrania estuvieron listos en apoyar el golpe de Estado, pero como éste duró cuatro días, esos líderes regresaron inmediatamente al discurso del patriotismo para salvar sus posiciones. Si el golpe no hubiese durado cuatro días, sino seis u ocho, habría habido algún enfrentamiento y cambio de élite. Pero desde 1991 se ha mantenido el statu quo, Kuchma ha sido presidente los últimos diez años y las mismas tres o cuatro familias de oligarcas están en el poder”.
En el aire quedan resonando, entonces, aquellas palabras proclamadas por un victorioso Yushchenko frente a miles de partidarios reunidos al término de la última jornada electoral en la capitalina Plaza de la Independencia (antigua Plaza Lenin) y que sentenciaban “finalmente, Ucrania fue libre”. Eso, lamentablemente, estará aún por verse.
Andrés
Pérez González