Unión Europea

¡Non! ¡Nee!

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Primero fue Francia, luego Holanda. Y es que el europesimismo avanza, desatando la alarma por el creciente rechazo a la Constitución europea. El inconformismo imperante es visto como una rebelión contra las respectivas élites.

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El tren que recorre desde París hasta Amsterdam, vía Bruselas, es considerado un símbolo de avanzada tecnología y de la Europa sin fronteras; ésa que les gusta tanto proclamar a los dirigentes políticos comunitarios.

No obstante, como precisa correctamente el influyente semanario británico The Economist, esa vía tuvo recientemente una grave avería, que desató los enojos de los máximos líderes políticos pro-comunitarios, ya que dos países fundantes del innovador proceso de integración, Francia y Holanda, dieron un contundente “no” a la Constitución política.

El pasado 29 de mayo, el “non” galo ascendió a un 55%, colocando en una pésima situación al presidente Jacques Chirac. La inmediata reacción de ese “dinasaurio” de la centroderecha francesa fue nombrar al día siguiente un nuevo primer ministro, despidiendo al errático Jean Pierre Raffarin y nombrando en su reemplazo al fiel Dominique de Villepin, quien está lejos del sector liberal que representa el imprevisible Nicolas Sarkozy.

La corriente chiraquiana se ha preocupado tradicionalmente por la independencia de Francia y su carácter de potencia exterior; no reniega de las cuestiones sociales y asume una política económica ambigua, entre el liberalismo y la iniciativa de Estado.

El creciente euroescepticismo volvió a golpear tres días después con el “nee” holandés, que superó un 60% de las preferencias. Un análisis aparecido luego en The New York Times detalló que existía “una sensación, palpable en Holanda, que todo el proyecto europeo está controlado en Bruselas por burócratas irresponsables, no electos y no fiscalizables, que tienen el poder de robarles a los países su identidad nacional”.

El establishment comunitario acusó recibo, iniciándose un ir y venir de las principales caras visibles del europeísmo. Chirac concertó un encuentro con su homólogo alemán, Gerhard Schröder. Y es que el eje franco-alemán no oculta su preocupación.

No obstante, el presidente de la Comisión Europea, el portugués Jose Manuel Barroso, resaltó que nueve países, que representan cerca de la mitad de la población del Viejo Continente, ya han aprobado el tratado constitucional.

Jean-Claude Juncker, primer ministro de Luxemburgo –país que ostenta la presidencia rotativa de la Unión Europea (UE)– cree que se debe hacer una revisión exhaustiva de las secuelas dejadas por este “terremoto” político en la cumbre que se llevará a cabo en junio. Pero aclaró que sería imposible negociar nuevamente la Carta Magna.

 

REBELION

 

El citado texto del rotativo neoyorquino agregaba que “los partidos gobernantes de izquierda y derecha están diciendo la misma cosa a su población: las dolorosas reformas económicas de libre mercado son la única trayectoria hacia el rejuvenecimiento, más trabajo y un mejor futuro. Y la población, que ha estado comparando la idea de una Europa ampliada con un desafío a las protecciones sociales, está dando la misma respuesta: no les creemos”.

Nicolas Baverez, un comentarista y abogado francés, catalogó el voto galo como “una insurrección, una Intifada democrática” que refleja “la desesperación y el miedo del francés frente el declive de su país y la incapacidad de sus líderes para encarar esa crisis”.

“Creo que hay una revuelta contra lo establecido que debilita los gobiernos desde Gran Bretaña a Francia, Alemania e Italia”, estimó por su parte Charles Kupchan, experto en Relaciones Internacionales en la Universidad Georgetown y miembro del prestigioso Council on Foreign Relations.

En el sitio en internet del Grupo de Estudios Estratégicos de Madrid, el analista Florentino Portero intentó explicar el “non” a la Constitución: “Francia ama su historia y se siente destinada a cumplir un papel relevante en la escena internacional. Piensa en términos estratégicos y quiere ser un actor global, pero su peso real continúa disminuyendo. Para ser necesita crecer, ganar tamaño, y eso sólo se lo puede proporcionar la Unión Europea, siempre y cuando mantenga un acuerdo con Alemania y limite el control del sistema de votación a unos pocos. Pero para que la Unión se convierta en una realidad los estados tienen que ceder competencias, lo que llevado a la lógica francesa les sitúa ante la paradoja de que para ser deben dejar de ser”.

Así las cosas, uno de los enunciados más polémicos del proyecto constitucional es el que asevera que “en el mercado (europeo) único la competencia es libre y no distorsionada”; entendiéndose por ello sin la intervención del Estado y otorgando así todas las franquicias a la movilidad de las empresas y del capital. De ese modo, no resulta extraño que un 60% de los empleados y 70% de los trabajadores y jóvenes franceses votaran por el No.

La magnitud de esta crisis deberá aún dilucidarse. Sobre el papel lo único previsto es que si dos años después de la firma del Tratado, es decir, en noviembre de 2006, cuatro quintas partes de los países (20) lo han ratificado y “uno o varios” han “encontrado dificultades” para ello, el Consejo Europeo “examinará la cuestión”.

 

BLAIR, VENCEDOR

 

Tras conocerse el No de Francia, se supo que el gobierno del primer ministro británico, Tony Blair, rechazaría convocar a un referendo sobre la Carta Magna europea. El No de Holanda pareciera consolidar ese cambio de giro de los laboristas. El ministro de Relaciones Exteriores Jack Straw tenía programado para el 6 de junio dirigirse a la Cámara de los Comunes para anunciar probablemente esa determinación. Aunque públicamente no tiene otra opción que mostrar su pesar o tristeza por el rechazo a la Constitución, asesores cercanos al influyente ministro no titubearon en descorchar alegremente botellas de champagne, según The Economist.

El diario sensacionalista inglés The Sun ventiló que Gran Bretaña está presionando a los países de la UE para que acepten que la actual Constitución “está destinada al fracaso”. Al parecer, el mensaje despachado desde Downing Street 10 hacia el Viejo Continente es bien claro: “Si no pueden ver lo que sucede con esta constitución, deberemos mostrarles con más claridad lo que ocurre”, insistió la fuente consultada por The Sun.

El protagonismo de Blair continuará creciendo, ya que desde julio próximo asumirá la presidencia rotativa de la UE. Y es que, por fin, el característico euroescepticismo británico tuvo un saldo positivo al ponerse en jaque la viabilidad de una “unión política” europea, acotándose a un carácter de “zona de libre comercio”. Es decir, el desperfilamiento del eje continental centrado en Francia y Alemania ante la creciente preponderancia de la opción federalista asumida por Gran Bretaña.

Ciertamente las próximas consultas en Luxemburgo, Portugal, Polonia y República Checa darán aún mucho por hablar.

Andrés Pérez González

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