Victoria republicana en EE.UU.

El aplastante Bush

------------------------------------------------------

Otros cuatro años más estará George W. Bush al mando del país más poderoso del planeta. Analistas pronostican que en su segunda Administración será “menos Bush que antes”; es decir, dejará atrás aparentemente el controvertido unilateralismo que ha definido su estilo.

------------------------------------------------------

Britney Spears fue más que Woody Allen. Es decir, siguiendo al destacado periodista español Miguel Ángel Bastenier, los partidarios del republicano George W. Bush terminaron por sepultar –estruendosamente– el cambio de gobierno anhelado por los simpatizantes de John F. Kerry... o por quienes, más bien, no querían que Bush controlara nuevamente los destinos de la hiperpotencia.

Y es que la pasada contienda electoral en Estados Unidos era algo más que los primeros comicios tras los espectaculares atentados cometidos contra las Torres Gemelas y el Pentágono. De acuerdo al premiado escritor Jorge Edwards, en una columna publicada en El País de Madrid el mismo día de la votación estadounidense, “no sólo se trata(ba) de elegir entre un mediocre reconocido, autoproclamado, y un oportunista, vale decir, otro mediocre. Si solamente se tratara de eso, podríamos abstenernos con toda tranquilidad”.

 Una vez más, los resultados de las elecciones presidenciales en la democracia más antigua del mundo contemporáneo no se conocieron en la misma noche electoral, del pasado 2 de noviembre. Sólo después de discutirlo con sus asesores más cercanos, en la mañana siguiente, el abanderado demócrata vio frustrado su intento por trasladar su residencia a la Casa Blanca. Los demócratas habían puesto sus esperanzas en el decisivo estado de Ohio, que otorgaba 20 votos electorales (que designarán indirectamente al próximo mandatario estadounidense). Al contabilizarse un 99% de los sufragios en ese estado, Bush superaba con un 51% a Kerry, quien alcanzaba un 48.5%. El estrecho margen se reducía a unos 130 mil votos, que no podrían revertirse.

Cerca de las 11 de la mañana telefoneó a un victorioso Bush para decirle “congratulations, Mr. President”. La secretaria de prensa de la campaña demócrata, Stephanie Cutter, describió como una “conversación cortés” los cinco minutos de diálogo entre ambos contendores. Kerry le manifestó a Bush que era tiempo de “unificar al país”, saliendo al paso del clima de polarización desatado en los últimos meses.

Claramente el triunfo de Bush debe catalogarse como una “victoria”, al posicionarse como el gobernante que ha recibido más votos en la historia de ese país: más de 58,8 millones de sufragantes le dieron su preferencia frente a unos 55,3 millones que optaron por la candidatura de Kerry.

La incontestable victoria de Bush fue legitimada además por la masiva asistencia a las urnas, contándose unos 115 millones de votos válidamente emitidos de los 156 registrados y los 205 millones en edad de votar (lo que no ocurría desde 1968).

Bush ha quedado así “recargado” (reloaded) al conseguir 286 votos en el Colegio Electoral, 16 más del mínimo, frente a los 252 del demócrata. En la polémica contienda del 2000, Bush obtuvo un 47,9% y 271 votos, y el entonces abanderado demócrata, Al Gore, un 48,4% y 266 votos electorales.

“Lo notable es que los votantes han estado fuertemente involucrados desde marzo, no porque amen las elecciones presidenciales, porque no lo hacen, sino porque se sienten vulnerables y preocupados por el futuro”, reconoce a Ercilla la politóloga Maxime Isaacs, de la prestigiosa Universidad de Harvard.

Por lo demás, Bush recuperó la mayoría absoluta en el Congreso que sus antecesores no tuvieron desde 1988. En la nueva Cámara de Representantes, que debía renovarse por completo, los republicanos consiguieron cinco escaños más que antes: 232 frente a 201 de los demócratas. Y en el Senado, que renovaba un tercio de sus cien miembros, cuatro más: 55 contra 44 demócratas y un independiente.

No existía una mayoría republicana semejante en el Capitolio desde 1952, desde el triunfo del ex general Dwight D. Einsenhower. De todos modos, no lograron obtener la mayoría senatorial de 60 votos, requerida para impedir eventuales maniobras obstructivas de la oposición.

 

BIN LADEN

 

Si los atentados del pasado 11 de marzo en Madrid favorecieron en alguna medida el triunfo del socialista José Luis Rodríguez Zapatero, en desmedro de la continuidad del pro-estadounidense José María Aznar, igualmente se podría aventurar que la sorpresiva aparición de Osama Bin Laden –por la señal televisiva de la cadena qatarí Al Yazeera– fue un factor que ayudó a amedrentar al electorado y terminó por favorecer la opción de Bush.

En la emisión de video, trasmitido cuatro días antes de la jornada electoral, el cabecilla de Al Qaeda volvió a explicar las causas y consecuencias de los atentados del 11 de septiembre de 2001 y le advirtió a la población estadounidense que “su seguridad no está en manos ni de Bush ni de Kerry”.

No es algo menor que este multimillonario integrista árabe no aparecía en televisión desde el 10 de septiembre de 2003. Su última grabación de sonido se difundió el pasado 15 de abril, cuando celebró los atentados perpetrados en Madrid por células fundamentalistas islámicas pertenecientes al entorno de Al Qaeda (en el que murieron 191 personas: Ercilla Nº3237).

Sólo dos horas después de conocida la proclama de Bin Laden, el gobernante estadounidense hizo unas breves declaraciones mientras hacía campaña en la ciudad de Toledo, en el finalmente decisivo estado de Ohio. “Los estadounidenses no se verán intimidados ni influidos”, precisó Bush, insistiéndole “al pueblo estadounidense que estamos en guerra contra estos terroristas y que confío en que triunfaremos”.

John Samples, director del Centro para un Gobierno Representativo del ultraliberal think tank Cato Institute, manifiesta en declaraciones a Ercilla que “ese video no desempeñó ningún papel definitorio en el día de la elección. Este fue ignorado por el público estadounidense”.

Al día siguiente de conocerse esa transmisión, el columnista Enrique Serbeto advirtió en las páginas del rotativo madrileño ABC que “la sociedad norteamericana necesita pocos indicios para poner en marcha sus mejores psicosis colectivas, y uno se puede imaginar al rústico granjero de Nebraska, al que Nueva York ya le parece una ciudad demasiado peligrosa, con los pelos de punta al ver en las noticias a Bin Laden, casi en carne mortal, mirándole fijamente a los ojos, anunciándole que lo peor está por venir. Es posible que el buen hombre vaya a votar el martes con chaleco antibalas”.

 

“DESPIERTEN”

 

El resultado de esta elección vino a darle la razón a quienes caracterizan estas contiendas electorales como plebiscitos sobre la concluyente gestión presidencial, que en el caso de Bush ha estado caracterizada por la reducción de impuestos, el retorno de un déficit fiscal alarmante, la primera pérdida neta de empleos desde los años de la Gran Depresión (en la década de 1930) y un preocupante aislamiento internacional de Estados Unidos.

“Bush convenció a la gente de que él era bueno para la seguridad de Estados Unidos manipulando los temores que generaron los ataques del 11 de septiembre. En tiempos de riesgo, la gente cae en el fervor patriótico y Bush explotó eso, promoviendo una sensación de peligro –denunció antes de la jornada electoral el siempre polémico multimillonario nacionalizado estadounidense George Soros–. Su campaña asume que a la gente no le importa en realidad la verdad y que creerá casi cualquier cosa si se la repiten suficientes veces (...) Me dan ganas de gritar: ‘Estados Unidos, despierten. ¿No se dan cuenta de que nos están engañando?’”.

Pero los sufragantes no despertaron. Tampoco se logró motivar que más jóvenes votaran. Menos de un votante entre diez tenía entre 18 y 24 años, de acuerdo a estudios electorales locales, constituyendo la misma proporción que en los comicios del 2000.

Sin ser ninguna sorpresa, Bush ha sabido congraciarse con un electorado mayoritariamente blanco, casado, cristiano y rural. Mientras que las mujeres, la minoría negra, latina y los laicos han adscrito preferentemente a Kerry.

Atendiendo a que la diferencia entre ambos candidatos bordeó los 3,5 millones de sufragios, el estratega electoral de la campaña republicana, Karl Rove, acertó –en definitiva– en focalizar la propaganda en unos cuatro millones de evangélicos que en 2000 no optaron por Bush. Al centrar la campaña en diferencias culturales, según The New York Times, este victorioso gobernante supo motivar a ese sector evidentemente conservador del electorado estadounidense, fortaleciendo así su oposición a los matrimonios entre homosexuales y el derecho al aborto.

Por lo demás, el cientista político de la Universidad de San Francisco Stephen Zunes precisa a Ercilla que “los partidarios de Bush tienden a ser anti-intelectuales y tienen una fuerte fe en la vía militar, en la excepcionalidad estadounidense y en la necesidad de un fuerte líder patriarcal que actúe decididamente por instinto”.

El presidente Bush es descrito por Zunes como alguien que “se conduce ideologizadamente y a la vez es impulsivo, poco propenso a escuchar otras opiniones más que la suya y, a pesar de cuatro años de gobierno, no está particularmente bien informado de asuntos de política exterior”.

No obstante, las críticas se centran sobre la falta de sintonía fina –de cabal representación, finalmente– del Partido Demócrata hacia su histórica base electoral. Al respecto, el destacado columnista Nicholas Kristoff –del principal matutino neoyorquino– supo adelantarse a los hechos: “Estoy escribiendo, en ascuas, el martes (02), sin conocer el resultado de las elecciones. Pero, tanto si John Kerry y sus partidarios están en estos momentos celebrando el éxito como si están pidiendo asilo en el extranjero, deberían sentirse muy mal por el hecho de que millones de campesinos, de trabajadores industriales y de camareras acaben de votar, totalmente en contra de sus intereses, a los candidatos republicanos”.

 

GOD, GUNS AND GAYS

 

¿Ha sido ésta una elección crucial para el actual orden mundial?

A juicio del reputado periodista inglés John Carlin, “son demasiado serias las elecciones presidenciales de Estados Unidos como para dejarlas en manos de los norteamericanos. Todo el mundo, en todas partes, debería de tener el derecho a votar por la persona que ocupa el cargo más poderoso en la historia del planeta. ¿De qué hablamos? La capacidad del comandante en jefe de la fuerza militar más potente de la historia de influir en las vidas, y las muertes, de personas más allá de las fronteras norteamericanas es enorme. Mientras que el impacto real que tiene sobre los habitantes de su propio país es reducido”.

“El mundo pareciera pensar que así lo es –responde a esta pregunta la ya mencionada experta electoral Maxime Isaacs–. No recuerdo otra elección que haya sido seguida internacionalmente tan de cerca. Lo interesante, de todos modos, es el hecho de que esto no ha tenido mayor impacto en el electorado estadounidense”.

Tras los comicios el especialista Alan Lichtman declaró categóricamente a la cadena CNN que “este resultado demuestra un respaldo al enfoque conservador de la sociedad”. En opinión del ya citado Nicholas Kristoff, se trataría de la preeminencia temática de las tres “g”: God, guns y gays (Dios, armas y homosexuales).

La presente hegemonía conservadora no significa, por cierto, la continuidad de la influencia “neoconservadora”. Días antes de la elección, en las páginas de La Vanguardia de Barcelona, Xavier Bru de Sala pronosticó que “sea quien sea el ganador, los neocons van a perder en las urnas presidenciales buena parte del liderazgo, la legitimidad moral y el imprescindible consenso para ejercerlo. Sus intelectuales seguirán predicando la guerra preventiva y el dominio total, pero desde los think tanks de sus guaridas, menos peligrosos que los despachos gubernamentales”.

Esa visión es apoyada igualmente por el mencionado John Samples, quien manifiesta a esta revista que “el apoyo (de los neoconservadores) a la invasión a Irak casi le cuesta al presidente la reelección. Él debió haber ganado con mayor facilidad”.

Bru de Salas aventuraba que de triunfar el candidato republicano, éste “será menos Bush en su segundo mandato que en el primero”. En esa misma dirección, el vicepresidente del Nixon Center, Clifford Kupchan, reconocía tras la contienda que “creo que vamos a ver un regreso, forzado por las circunstancias, al multilateralismo”.

En un artículo aparecido este 30 de octubre en El País, el columnista Vicente Verdú aseguraba esperanzado que tras “el inevitable Día de los Difuntos, este 2 de noviembre llegará, sin embargo, el tiempo de la resurrección”. Evidentemente no fueron así las cosas. Como concluye el ya mencionado Miguel Ángel Bastenier, subdirector de Relaciones Internacionales de ese mismo matutino, el más influyente en Iberoamérica: “Este martes 2 de noviembre ha sido el de la victoria de la América más genuina: el gran día de Britney Spears”.

Andrés Pérez González

Hosted by www.Geocities.ws

1