EE.UU. postelección
Bush y la pleitesía
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El mandatario estadounidense no quiere escuchar opiniones discordantes en el segundo periodo y parece empecinado en profundizar una revolución neoconservadora.
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Aparte de Laura, la esposa de George W. Bush, la primera mujer con quien el reelecto mandatario estadounidense conversa por la mañana y la última con quien comenta algún asunto por la noche, es Condoleezza Rice, quien en la primera Administración Bush cumplió labores como consejera de Seguridad Nacional y en el segundo periodo se empina como secretaria de Estado, llenando el cupo dejado por el “renunciado” Colin Powell.
Es por ello que pareciera que este “recargado” Bush ha compuesto el nuevo gabinete pensando precisamente en Rice, quien ya es considerada “la mujer más poderosa del planeta” al convertirse en la primera negra en asumir ese influyente cargo.
El anuncio de Bush no pudo ser más elogioso para su estrecha amiga: “El secretario de Estado es el representante de Estados Unidos ante el mundo y en Condoleezza Rice el mundo verá la fuerza, nobleza y decencia de nuestro país”. Según los detractores del actual gobernante, probablemente habrá “mano de hierro en guantes de seda”.
El respetado columnista Nicholas Kristoff describió a la debutante secretaria de Estado como “elegante, diligente y honesta, pero que no se caracteriza por discrepar. Y eso (el discrepar) es lo que Bush necesita... alguien al lado de Laura (la ya mencionada esposa del criticado gobernante) que le diga cuándo está cerca de cometer una estupidez”.
De acuerdo a Kristoff –en su artículo aparecido este 17 de noviembre en The New York Times–, el “verdadero ganador” tras la salida de Powell es el Vicepresidente Dick Cheney (considerado por muchos como el “poder en las sombras” de los republicanos en Washington). Esto porque coloca como reemplazante de Rice a un ex asesor personal, Stephen Hadley, quien ya subrogaba a la influyente Rice en ese cargo, y porque ella ha sido “tantas veces atropellada por Cheney en el primer periodo que será dócil en la secretaria de Estado”.
DIPLOMACIA DURA
The
Washington Post advertía que se trata de un “triunfo de la diplomacia dura
defendida por Cheney y Rumsfeld. El moderado realismo de Powell fue
frecuentemente ignorado (...) pero su presencia garantizaba que el presidente
escuchaba opiniones distintas sobre cómo actuar en temas clave de política
exterior (...) Ahora la política hacia Irán y Corea del Norte será
decididamente más agresiva, y pondrá su acento en las sanciones más que en la
diplomacia. (...) Aún más, ascendiendo a Rice, Bush está indicando que está
conforme con la dirección seguida en los últimos cuatro años y que no ve muy
necesario cambiar sustancialmente de orientación”.
Pese a las proyecciones
iniciales, el nuevo gabinete de Bush viene a confirmar que los “halcones”
republicanos continúan bajo el poderoso influjo neoconservador, que no es otra
cosa que la defensa del
derecho de Estados Unidos a designar unilateralmente sus intereses vitales en
cualquier parte del mundo y a defenderlos por la fuerza siempre que lo estime
necesario, aunque sea sin el control o la autorización de organismos
internacionales. Para ellos, los argumentos a favor del multilateralismo son
propiciados simplemente por “unilateralistas débiles”.
No obstante su evidente influencia en las altas esferas de
Washington, entre los propios neoconservadores existe una lucha de intereses.
Así, el controvertido y autoasumido neoconservador Francis Fukuyama (el que
profetizaba el fin de la historia) estima –con cierta rebeldía– que “partiendo de las mismas
premisas, se puede llegar a políticas exteriores distintas”.
En su reciente ensayo The Neoconservative Moment identifica
tres errores del gobierno de Bush: creer que Estados Unidos puede hacer
“ingeniería social” y exportar el sistema democrático a Medio Oriente; pensar
que el derecho al unilateralismo exime de cualquier obligación de cierta
legitimidad y, por último, el grave error de aplicar a Estados Unidos en sus
relaciones con el mundo árabe y musulmán la mentalidad israelí de país pequeño
y asediado.
Como advertía el citado
Kristoff en su texto The Bush Revolution, el segundo mandato de Bush
estará presumiblemente cargado de “cambios revolucionarios hacia la derecha”. Así las cosas, los yes-(wo)men
y su servil pleitesía se afianzan en el poder.
Andrés Pérez González