Campaña presidencial
Bush versus Bush
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La próxima elección en Estados
Unidos continuará bajo la sombra del 11 de septiembre de 2001. Tras las guerras
en Afganistán e Irak, estos comicios no serán otra cosa que un referéndum sobre
la actual administración neoconservadora.
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Los videojuegos se han
tomado la campaña electoral estadounidense. La ofensiva republicana ha sido
profusa. En John Kerry: Tax Invaders –una parodia del clásico Space
Invaders de Atari–, el jugador controla la cabeza de George W. Bush, quien
dispara a su vez contra presuntas subidas de impuestos por parte de su contrincante
demócrata. Como si fuera poco, en Kerry versus Kerry éste se desafía a
sí mismo en una pelea de boxeo para ejemplificar su contradictorio
comportamiento como legislador.
Aunque no es
estrictamente un videojuego, sino una caricatura interactiva, los demócratas
salieron al paso con Kick Bush Out. En éste, se ofrecen tres tipos de
patada de burro (animal emblema del Partido Demócrata) con diferentes
resultados para el actual mandatario. Aunque algunos creen que es una
estrategia simplona y que ayuda a profundizar la ya trivializada cultura
política de la hiperpotencia (como la de los restantes países), sus defensores
argumentan que es una efectiva fórmula para llegar a la población.
EDWARDS
Al margen de la ya
consustancial política del espectáculo, la nominación de John Edwards para la
candidatura a la vicepresidencia de la Casa Blanca por el Partido Demócrata ha
significado una considerable alza en los sondeos. De acuerdo a una reciente
encuesta de Gallup, la dupla anti-Bush ha subido seis puntos en una contienda
preelectoral bastante reñida. Así, la pareja demócrata ha logrado situarse en
un 50% de las opciones voto, contra un 45% dado a sus rivales republicanos. A
fines de junio, las actuales autoridades de Washington adelantaban sólo por un
punto a sus adversarios demócratas.
“John Edwards puede
ayudar tanto en algunos estados sureños y del cercano oeste como también en
pequeñas localidades y de cara a votantes rurales, lo que puede ser importante
ante la eventualidad de que las elecciones sean cerradas –comenta a Ercilla
el destacado politólogo estadounidense Stephen Zunes, de la Universidad de San
Francisco–. Su populismo económico sintoniza bien con el ala izquierda del
Partido Demócrata, pero su apoyo a la invasión de Irak ha desilusionado a
quienes esperaban que Kerry eligiera a un demócrata antibélico (como
acompañante) para balancear sus propias posiciones a favor de la guerra”.
A juicio de Arturo
Valenzuela, ex encargado para América Latina en el Consejo de Seguridad de la
Casa Blanca durante la pasada Administración Clinton, la historia personal de Edwards juega decididamente a su favor: “Hijo de obrero
textil, primero en su familia en obtener la educación superior, abogado exitoso
y excelente polemista, Edwards se proyectó como el más clintoniano de los
candidatos, con un discurso elocuente y accesible para la gente común. Con
Edwards en la lista, Kerry espera contrarrestar su imagen de candidato
privilegiado y tieso proveniente de la clase alta con un hombre cálido próximo
al pueblo”.
Según este destacado académico chileno residente en la Universidad de Georgetown, la falta de experiencia puede ser la principal
vulnerabilidad de Edwards, quien ha ocupado su senaduría por un solo periodo
constitucional. Al contrastarlo con el actual “número dos” de la Casa Blanca, Dick Cheney, el
desajuste puede ser algo notorio, atendiendo a su vasto currículum legislativo,
como secretario de Defensa y vicepresidente.
En una reciente
entrevista concedida a CSPAN, la cadena televisiva del Congreso estadounidense,
Cheney reconoció que acompañará a Bush a la reelección, porque “el presidente
ha dejado claro que no quiere disolver el equipo”. Con esas palabras dejaba
atrás, aparentemente, la serie de especulaciones respecto a su eventual
renuncia a un segundo periodo republicano debido a fuertes cuestionamientos
políticos a su persona y un historial de graves problemas cardiacos.
TRES TERCIOS
Al sumar unos 38,8 millones de los más de 293 millones de población, el votante hispano se ha convertido en la primera minoría en Estados Unidos. Según Adam Segal, director del Proyecto del Votante Hispano en la Universidad John Hopkins, el Partido Republicano y el Demócrata desembolsarán unos nueve millones de dólares en propaganda en español, destinada a diversos medios estadounidenses. Esa proyección triplicaría la cantidad invertida en la campaña presidencial de 2000, entre Bush y Al Gore, que concluyó en un controvertido recuento de papeletas en el estado de Florida, donde el actual gobernante venció por menos de 600 votos, que le permitieron, no obstante, acceder a tres delegados más que su otrora contrincante.
En esa ocasión, los demócratas se hicieron de un 62% del voto latino, contra un 35% que obtuvo Bush (considerado un buen resultado para los conservadores). Otro reciente sondeo de Gallup determinó un 57% de apoyo hispano para los demócratas, enfrentado a un 38% a favor del actual morador de la Casa Blanca.
De cara a la convención a desarrollarse en Boston entre el 26 y 29 de este mes, que proclamará oficialmente a la dupla demócrata para la Casa Blanca, sus partidarios intensifican y diversifican sus anuncios radiales, televisivos y gráficos por una suma que bordea, en esta etapa, el millón de dólares.
En un artículo titulado Por qué puede perder Bush –aparecido el pasado 12 de julio en La Vanguardia–, el corresponsal Mark Hertsgaard las emprendía contra la falsa imagen de una elección polarizada, ya que al menos un tercio de la población se declara fervientemente independiente.
Tampoco resulta
probable que la economía –habitualmente el factor de mayor influencia entre el
electorado– pueda salvar a Bush de la derrota que comienza a pavimentarse.
Atendiendo las consultas de Ercilla, Larry Sabato –reconocido
especialista electoral de la Universidad de Virginia– cree que “la economía
crece gradualmente, pero ese lento crecimiento no es percibido muchas veces
como una mejora por el público general. Existe una demora en el reconocimiento
de importantes tendencias económicas de hasta unos seis meses”.
“Incluso si la economía
sigue mejorando –agrega el citado Hertsgaard–, es posible que no resulte de gran ayuda a Bush, porque hay una
cuestión que supera a la de la economía en su influencia sobre los votantes.
Cuando el país se halla comprometido en una guerra con fuego real, la guerra
constituye el factor decisivo. Y ésta no es una buena noticia para Bush”.
El politólogo Lawrence Reardon, de la Universidad de New Hampshire, asegura a esta revista que “la prueba definitiva vendrá cuando Estados Unidos deba enfrentar el próximo ataque terrorista, que debiera ser aún más grande que el pasado 11 de septiembre. Si eso ocurre, la población estadounidense se alineará probablemente con el presidente y su ideología neoconservadora. Mientras los estadounidenses no tengan una vasta experiencia y conocimiento sobre las amenazas terroristas internacionales, los asuntos de seguridad irán siempre adelante que los de la libertad”.
Aunque todo indica que
Kerry tiene altas posibilidades de ganar, la historia política del país más
poderoso del planeta advierte que cuando uno de sus mandatarios ha postulado a
la reelección, ésta no es más que un referéndum sobre su gobierno. Así las
cosas, ¿querrán los electores estadounidenses conceder aún otros cuatro años al
mismo presidente?