Brasil

El PT no es diferente al resto

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Sectores del oficialismo más autocomplaciente se encogen de hombros, arguyendo que las recientes denuncias de soborno son el costo de la “gobernabilidad”. Aunque Lula no ha sido vinculado directamente, está en peligro su reelección el próximo año.

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Hace unos meses, Luiz Inácio Lula da Silva, el otrora aguerrido sindicalista reconvertido en presidente de Brasil, depositó públicamente toda su confianza en el diputado Roberto Jefferson, líder del aliado Partido Laborista Brasileño (PTB, por sus siglas en portugués), quien ha ventilado las recientes denuncias de sobornos gestados supuestamente desde el Partido de los Trabajadores (PT), la agrupación del actual gobernante. Antes de desatarse esta crisis que tiene sumida en la incertidumbre a la clase política del gigante sudamericano, Lula llegó a reconocer que “le daría un cheque en blanco” a Jefferson.

Sin presentar pruebas, el cabecilla del PTB acusó a principio de junio al tesorero del PT, Delúbio Soares, de pagarle el equivalente a 12 mil dólares mensuales a parlamentarios de distintos partidos para que respaldasen al gobierno en el Parlamento. También involucró al presidente del PT, José Genoino; al ministro de economía, Antonio Palocci, y al jefe de gabinete José Dirceu.

El escándalo cundió en Brasil, ya que el legislador integra la base parlamentaria del oficialismo. Igualmente, los mercados financieros comenzaron a temblar por los temores a la repercusión que la crisis política podría dejar en la economía nacional.

De hecho, la primera baja en las filas de gobierno fue nada menos que Dirceu. Quien es considerado el artífice del aggiornamento del PT y brazo derecho del mismo Lula, se vio obligado a renunciar a su estratégico cargo el pasado 16 de junio.

La bomba noticiosa estalló en las páginas del influyente matutino Folha de São Paulo, en las que Jefferson reconoció que sólo realizó esas denuncias luego de que se le vinculara personalmente y a su partido con una red de corrupción en la empresa estatal de Correos.

En declaraciones a Ercilla, la columnista Eliane Cantanhêde, del mencionado rotativo paulino, asegura que detrás de las acusaciones de Jefferson hay “una lucha interna entre los aliados del propio gobierno... Recién cuando estaba él mismo bajo sospecha de corrupción ha decidido atacar para no ser el único acusado. No ha habido otra motivación política, sólo una autodefensa de Jefferson consistente en defenderse atacando”.

La administración Lula no ha ocultado su preocupación. Intentando blindar la figura del propio mandatario, el ministro de Coordinación Política, Aldo Rebelo, precisó que “no existe una acusación que relacione al gobierno con el pago a los parlamentarios. La denuncia del diputado (Jefferson) se refiere al hipotético pago hecho por un partido (el PT) a parlamentarios de otros partidos. Es bueno que eso quede claro”.

 

LUGUBRE TELESERIE

 

Lo cierto es que ningún analista serio es capaz de pronosticar las consecuencias políticas de este escándalo.

Entrevistado a fines de junio por un canal de televisión en Belo Horizonte, Jefferson volvió a utilizar su artillería, sugiriendo que el asesinato del alcalde Celso Daniel (PT), acontecido en enero de 2002, estuvo relacionado con la existencia de fondos ocultos manejados por el partido del presidente. Daniel era por entonces el coordinador de la campaña electoral de Lula.

Es necesario advertir que el comportamiento de ese parlamentario genera reacciones encontradas. Varios consideran más que verosímiles las acusaciones, mientras que otros lo desacreditan, recordando que en su momento Jefferson fue un destacado dirigente de lo que se llamó la “tropa de choque” en la defensa del entonces presidente Fernando Collor de Mello (1990-92), depuesto precisamente tras demostrarse su responsabilidad en un importante caso de corrupción.

La Cámara Baja de ese país convocó a un Consejo de Ética que ha sometido a proceso al cuestionado parlamentario por sus denuncias sin fundamentos. Así las cosas, la crisis adquiere insospechados ribetes de una lúgubre teleserie. Recientemente, una ex secretaria del influyente publicista Marcos Valerio Fernandes, vinculado al oficialista PT, testimonió que “cada vez que Fernandes iba a Brasilia lo hacía con grandes sumas de dinero que entregaba al tesorero del PT, Delubio Soares; al secretario general del partido, Silvio Pereira, y eventualmente al ex ministro José Dirceu”.

En los primeros días de julio será el turno de comparecencia del aludido publicista, no descartándose nuevas revelaciones.

 

GOBERNABILIDAD

 

Sin dudas, este escándalo ha golpeado fuerte a Lula y a sus seguidores. Más aún cuando afectan a quienes por mucho tiempo hicieron suyo un discurso contra la clase política dominante. El propio Lula llamó explícitamente a luchar contra la corrupción en sus anteriores tres campañas para acceder al Palacio de Planalto.

Eso le ha traído una significativa caída en su popularidad y en la confianza ciudadana, de acuerdo a los resultados de un reciente estudio de la encuestadora Datafolha. Por lo pronto, si el actual presidente decide ir a la reelección el próximo año tendría en estas condiciones que enfrentar una segunda vuelta, sea ante el ex presidente Fernando Henrique Cardoso; el actual alcalde de São Paulo y rival en los comicios de 2002, José Serra; o el gobernador del estado de ese nombre, Geraldo Alckim. Todos del opositor Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB).

Según Datafolha, el porcentaje de brasileños que cree que el desempeño del gobierno es bueno bajó de un 45% en diciembre pasado a un 35% a comienzo de junio. Y el de quienes lo consideran malo y pésimo subió de un 13% a un 18% en el mismo período. A su vez, la proporción de quienes estiman que hay corrupción en el gobierno saltó a más del doble, de un 32% en marzo de 2004 a un actual 65%; mientras que un 59% de los entrevistados dijo que el emblemático Lula “dejó de defender la mayor parte de las ideas que tenía antes de ser electo”.

Aunque un 60% de los consultados excluyó al otrora combativo dirigente metalúrgico de las sospechas de corrupción en las altas esferas del poder, siempre según esa consultora, se evidencia una creciente tendencia a considerar que el PT no es diferente al resto de las formaciones anteriormente denunciadas.

“Ningún partido ni nadie quieren sacar a Lula de la Presidencia. Por el contrario, hay una fuerte inclinación a acusar a personas y grupos, pero sin afectar a Lula, quien sigue siendo un ídolo nacional –estima la consultada periodista Eliane Cantanhêde–. Sería un desastre político intentar un impeachment y los dirigentes del PSDB saben que el PT, como ellos mismos, son los dos partidos más importantes y limpios, y que si algo llega a ocurrir con uno también afectará al otro. Pero las investigaciones van muy rápidas y nadie sabe donde puede llegar todo esto. El momento es grave”.

En ese escenario político, aparte de las palabras “soborno” o “corrupción” el otro término de moda es “gobernabilidad”. Es así que en el último periodo los asesores de Lula han debido cranear un plan de retirada del PT del gobierno, ofreciéndole más cargos ministeriales a sus socios del Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB).

Lo que en un primer momento fue un desaire de la cúpula dirigencial y de gobernadores PMDB a Lula, procurando desmarcarse más nítidamente ante la próxima contienda electoral, luego se transformó en un apoyo de la mayoría de los senadores y diputados de ese mismo partido, quienes aceptaron –el pasado 29 de junio– el ofrecimiento para ocupar otros cuatro ministerios.

Por otra parte, la entrevistada Eliane Cantanhêde descartó la posibilidad del rumoreado “golpe blanco” por parte de sectores de derecha, ya que “la derecha está muy contenta con el gobierno de Lula, que mantiene las inversiones externas atraídas por altas tasas de interés y una política económica conservadora”.

No obstante, el presidente del PT, José Genoino, uno de los principales aludidos en estas denuncias, no titubeó en acusar a la oposición –de izquierda y derecha, esa es parte de la complejidad de la política brasileña– de lanzar una campaña contra el gobierno. Algo envalentonado declaró: “Estamos en guerra y en la guerra vence el más fuerte”.

Razón tenía quien invirtió la conocida cita de estrategia de Von Clausewitz, aventurando que “la política era la continuación de la guerra por otros medios”.

Andrés Pérez González

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