Acumulando "bronca" en Argentina
Mezcla explosiva
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La movilización social estalló en Argentina. Espontánea y anárquica. Desempleados y la "masa despolitizada" se tomaron las calles junto a organizaciones revolucionarias, que no tuvieron tiempo para llegar a ser "vanguardia".
Andrés Pérez González,
desde Santiago de Chile
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La población argentina volvió a confiar en sus propias capacidades. Está desesperada y ha acumulado "bronca" (rabia). Sucesivas manifestaciones callejeras, que llegaron incluso al interior del Congreso, han creado en las últimas dos semanas un clima de máxima inestabilidad institucional.
No obstante, el "estallido social" debe ser entendido fuera de los términos clásicos de poder. "La experiencia popular de unas pocas horas equivalen a muchos años y el tiempo se acelera vertiginosamente. Esa prédica liberal y ese modo institucionalista de entender la política cayeron en el vacío. El liberalismo burgués quedó girando, aturdido, en medio del humo espeso de los neumáticos quemados y los incendios callejeros", manifestó Néstor Kohan, docente de la Universidad Popular Madres de Plaza de Mayo.
Y es que en las recientes semanas las calles de Buenos Aires –como en Córdoba y en otras provincias- estuvieron repletas del argentino "común y corriente", del ciudadano de clase media, del desempleado y de diversas agrupaciones de izquierda. Por ejemplo, el Partido de Trabajadores por el Socialismo (PTS, trotskista) también quiso ser parte de lo que ahora denominan "jornadas revolucionarias del 19 y 20 de diciembre", cuando el entonces mandatario Fernando de la Rúa abandonó en helicóptero la Casa Rosada, sede del Ejecutivo.
A pesar de la presencia de un sinnúmero de organizaciones marxistas con diversos apellidos, la conducción de la manifestaciones fue mayoritariamente acéfala, espontánea y anárquica. Sorprendentemente, el pueblo argentino se "autoconvocó", no recibió ninguna orden y ejerció la violencia que consideró necesaria al protestar contra la clase política y los poderosos partidos políticos tradicionales, la Unión Cívica Radical (UCR, a la que pertenece el renunciado De la Rúa) y el Partido Justicialista (PJ, del ex mandatario Carlos Menem, del transitorio Adolfo Rodríguez Saá y de, hasta el cierre de esta edición, Eduardo Duhalde).
De las gargantas de los argentinos -según Indymedia Argentina- salieron consignas como "que se vayan todos, que no quede ni uno solo" o "sin peronistas, sin radicales vamos a vivir mejor".
"Fue el cóctel explosivo de cuatro años de recesión, la nueva pobreza, los delincuentes comunes, el activismo político y sindical, y la desbordada represión policial", apuntaron el pasado 23 de diciembre los periodistas Daniel Santoro y Guido Braslavsky del diario Clarín, el de mayor circulación en ese convulsionado país.
El escritor y columnista Eduardo Galeano, autor de "Las venas abiertas de América Latina", se escandilizó ante el resultado de una encuesta -publicada hace unos meses por el semanario The Economist- que indicaba que este continente es la región del mundo que menos cree en la "democracia". Antes de producirse el último clímax de agitación social en Argentina, sólo el 60% de los habitantes de ese país, de peruanos, bolivianos, venezolanos y hondureños, creían en ese sistema político. En México, Nicaragua y Chile el índice era inferior al 50%, llegando a no más de un 35% en Colombia, Guatemala, Panamá y Paraguay. A menos del 30% en Brasil y en Salvador, a un 25%.
Así, muchos líderes regionales no ocultan su preocupación porque alguna hipotética convulsión social termine desbaratando sus propios sistemas institucionales. Si bien, aseguran activistas de izquierda, la posibilidad de una revuelta o una revolución no se halla en la próxima esquina, ésta sí está más cerca.
Por lo demás, los indicadores socio-económicos argentinos son catastróficos: 14 de sus 36 millones de habitantes sufren la pobreza; de ésos, cinco millones son indigentes y excluidos, y cerca de un 20% está desocupado.
Ya antes de estos eventos, Alfredo Moffat -psicólogo social y también académico de la Universidad Popular Madres de Plaza de Mayo- advirtió que "un pueblo desesperado, cuando siente que no hay salida, es muy peligroso para el poder. Si no hay nada que perder, no se lo puede controlar. Cuando hay desocupación y hambre, los excluidos pierden el miedo a morir y les da lo mismo si les apuntan con un arma o no".
Como consecuencia, agregó Moffat, entró ya hace varios meses en la escena política-social un nuevo movimiento, "los piqueteros", surgidos de "la organización criolla marginal de base, irrumpiendo con técnicas de la Intifada árabe".
Este psicólogo social expresó además que "hay una escena muy iluminada que es la de los políticos de turno, repleta de flashes y cámaras... pero va quedando vacía de poder, porque éste (el poder) comienza a ocupar la otra escena, menos iluminada, que es la del pueblo marginado que empieza a impacientarse". Y agregó que se debe tener en cuenta que "el joven piquetero, con toda la energía y la bronca de la juventud, es sólo la punta del iceberg".
En esa dirección intervino también el latinoamericanista estadounidense James Petras, al asegurar que "los movimientos de trabajadores desocupados y su acción directa con cortes de rutas fueron el ‘ensayo general’ para el ‘Argentinazo’", refiriéndose a los recientes sucesos.
Sólo a mediados de agosto pasado, unos 150 mil manifestantes se tomaron las calles para protestar en otra "huelga general" por las políticas económicas impulsadas, entonces, por el neoliberal ministro de Economía, Domingo Cavallo. Este funcionario obediente al Fondo Monetario Internacional (FMI) pretendió sacar a Argentina de su crisis estructural por medio del plan de ajuste conocido como "Déficit cero" (Jungle World Nr. 34/2001).
El nuevo tipo de insurrección recién inaugurado ha dejado a dirigentes políticos, politólogos y periodistas con un gran signo de interrogación. En una entrevista a Clarín, aparecida el pasado 23 de diciembre, el alcalde de La Matanza –donde también se realizaron saqueos a supermercados- declaró que en varios casos intervinieron "narcos y ‘pendejos’ (adolescentes) que trabajan para ellos".
Miembros de sectores antiautoritarios ven en ese tipo de intervenciones otro intento de la clase política por desacreditar el poder popular en las calles. En la misma edición, Clarín detalló que "los ciudadanos que espontáneamente habían salido a protestar fueron reemplazados paulatinamente por militantes de partidos de izquierda, activistas sindicales -en la UCR se habla de grupos afines al camionero Hugo Moyano y del gastronómico Luis Barrionuevo- y ‘carapintadas’ (militaristas de ultraderecha)".
Sin embargo, estos grupos organizados no lograron cooptar el debutante movimiento popular, que ya se les había ido de las manos. Los servicios de Inteligencia argentinos intentaron crearse una explicación artificial y fácil de esos eventos, indicando a activistas del Partido Obrero, Izquierda Unida (comunistas y grupos de la izquierda legalista) y el MAS (trotskistas), entre otros, como parte de los dos mil (manifestantes) que el jueves (20) enfrentaron a la policía federal en los alrededores de la Plaza de Mayo", en el centro de la capital.
Un colectivo situacionista entregó una visión claramente distinta de los hechos. "El tipo de luchas y el componente ideológico de los sujetos sociales que desarrollaron esta rebelión popular de masas, inédita en nuestra historia, fue notoriamente diverso y matizado", manifestó en un documento.
Ese grupo precisó, además, que ideológicamente se cruzaron en esas jornadas, "algunos sectores urbanos (hasta ahora) despolitizados que cantaban con la olla y la sartén en mano; sectores del extremismo nacionalista, de sectores autoritarios y fuertes simpatías con la derecha peronista (PJ) o incluso por militares represores con retórica ‘patriótica’ como (el líder ‘carapintada’, Mohamed Alí) Seineldín; y sectores de la izquierda revolucionaria que lograron superar el estrecho marco en que se movían, alcanzando en la calle y en las barricadas influencia auténticamente de masas".
Según el académico Néstor Kohan, tampoco faltaron los altercados entre algunos manifestantes, principalmente entre sectores de derecha del PJ y agrupaciones de la izquierda anticapitalista que intentaron focalizar la violencia sólo hacia las grandes empresas capitalistas y los centros financieros.
Los siguientes pasos en la institucionalidad de este país son mirados desde distintas perspectivas políticas. El pasado 22 de diciembre, el Partido Comunista argentino anunció que "es la hora de la izquierda y, por ello, es imperiosa la unidad de todas ellas para, juntas, impulsar la constitución de una verdadera alternativa política que conquiste la liberación nacional, la justicia social y la felicidad de nuestro pueblo".
El rotativo de centroizquierda Página 12 recogió, el pasado 2 de enero, la propuesta de la legisladora porteña Vilma Ripoll (Izquierda Unida), quien planteó "un gobierno provisional de la izquierda para que llame a elecciones para una Asamblea Constituyente, porque el pueblo está pidiendo que se modifique todo". Y denunció que "la asunción (como presidente) de (Eduardo) Duhalde es una nueva trampa".
"No debemos perder de vista -concluyó Néstor Kohan- que es la primera vez en la historia argentina que un pueblo en lucha logra derribar un gobierno. No fueron los militares, sino un pueblo en lucha".