El zoológico de Laferrere no fue, en su día, un zoológico cualquiera. Sí que habitaban plantas y animales exóticos, y trabajaban cuidadores muy altos, con trajes azules y moños blancos. Y no me refiero tampoco a que sus patios eran de puro oro, o que en sus jaulas no existía la muerte. Nada de eso. Lo que alguna vez diferenció al zoológico de Laferrere de cualquier otro, fue, para bien de todos sus animales, la escuela. Aunque parezca extraño, o simplemente imposible, en el zoológico funcionó una escuela, nocturna, y de gran nivel académico. Se los aseguro.

La idea de un centro de estudios en este zoológico del centro de M…, era una vieja aspiración de su fundador, Rodrigo Arregi, mas enseguida se le tildó de loco, y fue condenado a una cadena perpetua de olvido, como a todos los de su clase. Hará unos 5 años cuando su nieto Asterión resucitó este delirio. Y como Asterión tenía mucho dinero, y era muy mala persona, le aceptaron la idea, y se la elogiaron y la llamaron “original y surrealista”. Sin embargo, me gustaría que quedase claro que fue el viejo Arregi, y no Asterión, el responsable de la génesis de la enseñanza en nuestro viejo zoo.

En la etapa que podríamos llamar pre escuela (y no preescolar, para evitar ciertas confusiones), Asterión presentó varios proyectos. Recuerdo que uno de ellos era el de abrir dos clases de centros de estudios: uno para los animales vivos, y el otro para los muertos. La idea no prosperó, pero reconozco que era, en su momento, muy atendible (la mortalidad aún no se había suprimido; ahora ya no existen esos problemas).

Después de barajar varias posibles fechas de apertura, se eligió finalmente el 14 de marzo. Como estábamos a 16 de marzo, tuvimos que esperar casi un año. Pero la espera no fue en vano. Los animales estábamos muy nerviosos, pero todos conveníamos en la mejora en la calidad de vida que implicaba abrir el centro. Nos congratulábamos de pertenecer a ese zoológico, y no al de, por ejemplo, Pamplona, o Singapur, porque seguro que allí nadie impartiría clases de ninguna tipo. Nuestra alegría traspasaba las fronteras de los barrotes, generándose un clima de armónica convivencia, que la educación acabaría por consolidar, incluso más allá de nuestra propia imaginación.

 

Recuerdo que los primeros tiempos fueron los mejores, ya hace casi 4 años. A pesar de la falta de materiales adecuados, y que las instalaciones no eran las más idóneas, al menos los profesores sabían concurrir a las clases. Por ello los animales nos las ingeniábamos para aprender, y para aplicar lo aprendido en cualquier momento del día. Los visitantes se iban acostumbrando a ello, y, a veces, se les permitía preguntarnos acerca de las cosas que estábamos aprendiendo, y de cómo nos caía que un ser humano fuese nuestro profesor. Muchos de nosotros nos sonreíamos, aunque sé de algunos que bufaban y se escondían. No todos somos iguales, afortunadamente.

 

Todas las clases se impartían por la noche, cuando el zoo estaba cerrado. Empezaban a las 9, y terminaban a las 12, todos los días, incluso los sábados (lo que levantó airadas protestas en el grupo de los anfibios, los cuales decían, con toda la razón del mundo, que el agua los sábados es mucho más nutritiva que en el resto de la semana. La indignación de éstos no fue secundada por el resto, y la cosa quedó allí). Decía que las clases eran de lunes a domingos, de 9 a 12. Se impartían en una especie de enorme galpón-jaula, de unos 20 metros de altura, y casi 3000 metros cuadrados de superficie. El techo y las paredes eran enrejados, y el frío estaba prohibido. Allí cabían todos los que quisieran ir: en un sector había un enorme estanque donde se instalaban los hipopótamos y las ranas. No había peces. Las mariposas y los insectos revoloteaban en el aire. Casi en el fondo del aula, estaban los elefantes, que lo observaban y lo escuchaban todo, aunque nunca tomaban apuntes. Más allá de ellos estábamos nosotras, las jirafas, siempre las últimas en todo. La asistencia a clase no era obligatoria, pero una vez en la lista, no podíamos faltar a mas de un 25% de los días. Las clases eran totalmente gratuitas, y, desde un principio, bastante concurridas.

 

Había tres grupos de asignaturas: científicas, artísticas, y de educación física. Las científicas las daba el propio fundador de la escuela, Asterión. Debo reconocer que sus clases no eran del todo apreciadas por el grupo, aunque tenía sus admiradores (los castores, los buitres, los leones de mar). Las clases artísticas las impartía  Thompson, un inglés muy simpático, alto y muy amable, que hacía las delicias de sus oyentes. Pero tampoco duró mucho. Y en las clases de educación física teníamos a la señorita Fernández, perfectamente linda, y que fue la primera que se marchó. Aún se desconoce el motivo (se ha culpado de esto a los monos, pero yo lo niego rotundamente).

 

Hasta finales de mayo las cosas anduvieron relativamente bien. Pero poco a poco, en el correr de junio y julio, nuestros profesores fueron dejando de venir. Incluso Asterión se negaba a darnos sus clases, aunque este hecho fuera agradecido por la mayoría de los educandos. Las clases empezaron a vaciarse, y, a mediados de julio, la escuela estuvo 3 días cerrada.

 

Entonces surgió la idea: ¿por qué no darnos clases a nosotros mismos ?. Los primeros que atisbaron esta solución fueron, cuando no, los elefantes. Dotados de una memoria prodigiosa, fueron pasando la idea de boca en boca. Los anfibios, eternos rebeldes sin causa, argumentaron que si los profesores no venían era porque los animales no servíamos para aprender de los “asuntos humanos”. Los tigres y los leones, que tenían cierto poder de coacción sobre el resto de nosotros, replicaron que podrían enseñarse “asuntos animales”, y amenazaron a los anfibios de hacerles un daño irreparable si volvían a abrir la boca. No hubo más discusiones sobre el asunto, salvo un grupo de mariposas, que dijeron “no” con las alitas, y salieron volando.

 

Sin embargo las cosas no funcionaban como nosotros queríamos. Nadie se ponía de acuerdo en quiénes debían ser los profesores en cada asignatura, y el galpón-jaula comenzaba a deteriorarse poco a poco. Había empezado la estación de lluvias, y se nos había olvidado suprimir la humedad.

Pasaron unos días. Los ánimos empezaron a tensarse, y pronto se terminó por resolver que debíamos elegir a los educadores por votación democrática, y no por concurso de méritos, como decían los faisanes y otras aves. Se presentaron varias candidaturas, aunque las únicas con posibilidades de ganar eran la de los monos y la de los canguros. Finalmente, y tras contar tres veces los votos (voto a pata o trompa alzada) fueron elegidos los monos, que impartirían todas las clases, incluidas las que antes daba Asterión, que, en ese momento, estaba recluido en su palacio de Creta, aquejado de una rara enfermedad incurable.

 

Hay que decir que los monos no eran malos profesores: no eran tan estrictos como los humanos, pero carecían de algunas de los mas elementales conocimientos, no tanto de sus materias, como en sus modos de enseñar. Eran muy flexibles, y sonreían con demasiada frecuencia. Al final sus clases resultaban muy poco provechosas. En una clase de aritmética, que todos recordamos con mucha pena,  un monito muy pequeño que se llamaba Alexander hacía las veces de profesor. Sabía mucho, no lo dudo, pero era muy débil en la disciplina. Casi al final de la clase, una mosca tsé-tsé picó, dicen que sin querer, a un oso hormiguero. Éste se levantó airadamente, e, interrumpiendo al profesor en una de sus prolongadas explicaciones, dijo:

 

-Señor profesor, una mosca me ha picado.

-¿Qué mosca le ha picado a usted ? - dijo Alexander, y todos reímos a carcajadas.

-Una mosca de sueño - dijo el oso, que ya empezaba a sentir los síntomas de cansancio propios de la picadura de las tsé-tsé, famosas en todos los zoológicos que se precien.

-Señorita mosca, usted no debe hacer esas cosas, estamos en clase de aritmética, por favor. Luego afuera arregla sus diferencias con el señor oso. Y ahora…

-Te voy a matar, mosca maldita… - dijo el oso, y se avalanzó sobre la mosca, con tanta mala suerte, que en su intento de aspirarla con su larga trompa, dio muerte a 9 hormigas y a Olga, una preciosa mariposa australiana. La mosca lo observaba todo, segura en las alturas.

-Señor oso, deténgase ahora mismo- dijo con poca convicción Alexander, pero ya era tarde. Los ánimos estaban demasiado caldeados como para detener nada. Los tigres gruñeron, las serpientes se enroscaron en los hipopótamos, y los faisanes empezaron a correr hacia algún lugar seguro. Yo logré escapar de ese infierno por una salida de emergencia, que sólo las jirafas y las arañas conocíamos. Todo terminó siendo un enorme escándalo, reflejado, con exageración e impudicia, en los titulares de los periódicos de toda la ciudad.

 

Desde ese día  las clases fueron suspendidas definitivamente. Asterión fue sustituido por otro administrador, un hombre llamado Klaus Lindhal, y el galpón-jaula fue demolido. Muchos animales lloramos esa decisión, que nos pareció muy injusta. Y aún hoy esperamos que el nuevo administrador se de cuenta de que necesitamos la escuela.

Ahora la vida transcurre con la monotonía de siempre… bueno, en realidad esto no es del todo así. Al principio y durante los siguientes dos años, cada viernes a las 11 menos cuarto de la noche, algunos de nosotros nos reuníamos sobre las ruinas de la vieja aula demolida, y seguíamos aprendiendo de las “cosas humanas”. Y aunque ya no teníamos un sitio digno ni mucha organización, lográbamos evadirnos de las jaulas, y dar rienda suelta a nuestras inquietudes. Pero esto no es todo.

Ya han pasado casi tres años desde que la escuela fue cerrada. En este tiempo hemos aprendido mucho, tanto que ya parecemos seres humanos. Ahora nos encanta simular que lo somos, y caminamos y andamos por el mundo, y aprendemos cosas, y cantamos, y nos reímos. Somos tan idénticos a ellos, que los guardias de trajes azules y moños blancos nos dejan salir de las jaulas (ya no nos controlan) y hasta nos permiten salir a la calle. Yo mismo: hace un año y medio que no piso el zoológico. Dicen que me han sustituido por una jirafa más joven y fuerte. No me importa. Sé estar ocupado: he viajado, he visto el mundo. No es muy distinto al viejo zoológico de Laferrere.

Ahora vivo en una extraña ciudad, y me aparezco por algunas clases de la Facultad de Ciencias Económicas. Tengo exámenes en unos cuantos días. También asisto a un curso de literatura. Sin embargo, en mi fuero íntimo, añoro la vieja escuela, y sólo sé que el día en que podamos reabrirla, seremos celestes y felices.

 

 

 

 
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