Nos encontramos en un zeppelín, doblegándose tranquilamente al transcurso del viento de gran altitud, velado por densas masas de nubes hasta para el más remoto vestigio humano. Surcamos el cielo, que de un celeste se tornea por el sol, de cálida lumbre, de un máximo esplendor. Nos hubiéramos horrorizado conscientes de nuestra situación que se debatía por el vagabundeo incontrolado del zeppelín, pero el estado ebrio del alcohol y el letargo del hachís, del que éramos portadores, nos imposibilitaba percatarnos del inminente peligro.

     Bajo el peso de una tenue y tibia luz anaranjada de pared se contemplaba a todo un género humano en la mayor excitación, en el más apoteósico clamor de carcajadas y morisquetas. -¡Huahh, huah, ja, ja, ja!- berreaban el maquinista y una hermosa joven. -¡Un momento por favor.....huahh, huah!- proseguía mi amigo y acompañante. -¡Ji, ji, ji, ji!- reían gangosas un par de muchachas, todos y todas emplazados en viejos y apolillados sillones, formando un círculo en torno a una mesa de caoba atestada de botellas de licores y de alcoholes fuertes. El hachís se desplegaba en su aroma y humo absolutamente por todo el recinto.

     Pero todo no quedó tal y como queda señalado. Como si de un vuelco se tratara, como si se hubiera traspasado y abandonado a tal extremo las puertas de la conciencia, se originó una orgía. Se produjo entonces un desquite progresivo de las prendas, de aquellas que cubrían con solemnidad unos senos hermosos, unas carnes blancas y tersas o las peludas carnes de los muchachos. Inusitados actos se desarrollaron entonces: El gordo y viejo maquinista fue a parar al cuarto de maniobra con una delicada y joven muchacha de dorados cabellos, mi amigo se encaramó a una radiante y lozana joven de negros cabellos escabulléndose ambos por los oscuros rincones, y así, todos los que conformaban aquella algarabía se diluyeron tan pronto como un sitio apartado encontraron.

     Empero, yo me ausenté del placer general sentado solitariamente en el sillón, donde el silencio era alterado por algunos variopintos gemidos perdidos por los rincones, sumido en una tranquilidad y relajación absoluta. De reojo, entre las masas de botellas percibí la coloración de un liquido anaranjado que reconocí rápidamente como licor de avellanas tomando a su vez una copa de cristal de entre las muchas allí existentes. Su paladar era grandioso, exquisito, suave, cual un sublime manjar.

     Un rayo de sol deslumbró mi rostro habiéndose colado por una sucesión de ventanucos parecidas a ojos de buey, que se encontraban frente a mí. Así que, un tanto soñoliento por los efectos del licor así como por las muchas copas tomadas anteriormente en pleno apogeo de la fiesta, me allegué a una de ellas. Me sobrevino entonces, como el instante de una corriente eléctrica, con la mayor fuerza de palpitaciones que mi corazón fue capaz de dar, un sentimiento inefable de hermosura, de grandeza, de majestuosidad.....«Difundíase sin fin, debajo y distanciado del zeppelín, un manto de nubes blancas, en cuyas protuberancias los rayos del sol figuraban ardientemente». Suspiré honda y profundamente en un ahogo de éxtasis, fue por lo que mis lágrimas inundaron y enturbiaron la visión de mis ojos.

     -No hay palabras-. Me volví ligeramente al escucharlo. Había una muchacha contigua a mí mirando a través de uno de los ventanucos. –También yo lo creo, las palabras desfallecen como motas de polvo- le dije mirándola fijamente.

     Le alargué la mano para que tomara la copa de licor de avellanas, que tomándola, sorbiendo, acto después quedó con la mirada fija al cielo. Entonces dijo clavándome sus negros ojos en los míos: -Vamos a pique, todo terminará de un instante a otro. –Lo sé- dije yo.

 

 

 
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