-Qué calle más digna de lástima-, pienso mientras camino por ella,

-quién podría vivir sobre estos edificios, me da escalofríos con sólo mirarlos, realmente parecen auténticos zulos con apenas unos cuantos orificios por ventanas, que horribles madre mía-. Me detengo para observar a los coches aparcados junto al acerado, esta calle es un auténtico depósito de coches en desuso, de marcas en desuso. –Quién los viera y quién los ve ahora, arringados y polvorientos para más tristeza de esta calle, aunque si bien no desarmonizan aquí, de seguro que dos o tres calles más allá supondrían un pegotón feo o un montón de latas. Por lo menos sus colores tibios y apagados se acoplan perfectamente al descolorido y palidez de estos edificios feos-.

     Acerco la mano a la maneta de la puerta del conductor del automóvil que se emplaza frente a mí, negro de chapa, con una gruesa capa de mierda por aditivo, y de seguro que americano por sus grandes dimensiones. Para sorpresa mía la puerta se abre secamente, doy una visual de su interior, me siento y suena aquel sonido seco pero ahora en el cierre. Percibo un olor nunca antes sentido, lo hermético de tantos años sin signos de ventilación.

-Es sumamente espacioso, de dimensiones está sobrao, coche grande para gente grande, eso está claro-. Mi escrutinio por el interior del automóvil termina apenas lo empiezo, pues frenéticamente me dan ganas de vomitar de aquel letargo de tantos años, de ese soporífero olor, así que igualmente frenético tomo la maneta interior abro la puerta y brinco hacia fuera.

     Absorbo el aire de la atmósfera, logro sobreponerme retirándome de aquel automóvil infecto. De mi tabaquera saco un cigarrillo. Mientras fumo observo contemplativo la calle. Una fumada, otra fumada, otra fumada y tiro la chusta. Ando un trecho de esta larguísima calle y el listado de coches viejos y herrumbrosos continua, cruzo entre ellos y tomo el otro acerado. Como el número de transeúntes es nulo me dispongo cómodamente, meto las manos en los bolsillos, camino resueltamente mirando y mirando los olvidados coches y los edificios como zulos. Sigo la mirada de sus fachadas hasta sus últimos palmos y grata sorpresa, bajo mi cabeza, a tres plantas de distancia, la única fuente  que exhala color, que aún sólo siendo un balcón colmado de geranios rojos se constituye como un punto y aparte en esta calle. Aparece un viejo del lado de esta acera por una puerta que corresponde al del edificio en que yo observo los geranios. Me silba varias veces hasta que dejo de estar ausente perdido en la contemplación de los geranios. Habría esperado cualquier cosa excepto una persona, como nadie pasa por aquí verla de pronto resulta extraño. Pero para extraño el anciano, todo él es gris, de traje gris, de zapatos grises, de piel cenicienta, de pelo gris. Me aproximo a él pero de su rostro nace una expresión refunfuñante, de pocos amigos y antes que vocalizo un “hola” escupe las palabras: -Largo hippie, ya tuve suficiente con la patulea de farsantes el otro día, venga –se acompaña con el signo despectivo de la mano que quiere echar- camino, camino. -¿Cómo?- me muestro como  si realmente no acabase de enterarme. –Tanta paz que manifestáis, tanto multicolorido del que hacéis alarde, que gracia, al fin y al cabo sois de la misma calaña que el resto-. El anciano se retira de la puerta de entrada, convencido de su ágil manifiesto, da algunos pasos en la acera, dirige sus ojos de un extremo a otro de la calle, satisfecho. Impasible por mi parte, sin tomar riendas por sus palabras dejo al viejo y avanzo hacia adelante. –Vaya personaje- pienso.

     A lo lejos veo el fluir de la circulación urbana en una calle perpendicular a ésta, conforme avanzo se me hace más audible los motores en funcionamiento, las pitadas de los coches, apenas ya unos pasos y entro en el movimiento urbanístico, pero si bien,  dejo escapar una mirada a la calle que dejo donde logro vislumbrar lejanamente ya al anciano apoyado contra el automóvil frente a su edificio. Esta calle tiene una gran concurrencia de gentes, las acera se llenan de sillas y mesas de plástico de los bares colindantes, se elevan pisos altos plagados de ventanas alineadas perfectamente, esta calle es una de las muchas arterias, aquí los coche de ahora circulan semejantes a la sangre bombeada por el corazón. Mientras camino los comercios se suceden continuamente, me acerco a uno callejero donde detrás de una tabla alzada por caballetes que hace de mostrador, de escaparate, de muestras de artículos, se encuentra una mujer mulata, de rasgos marcadamente suramericanos. –Te gusta algo- me dice después de haber ojeado los bolsos, las gafas y los mecheros. –El mechero éste- lo marco con el índice- ehh.... si, me llevo éste.

     Nada más gratificante para mí que entremeterme por las calles, que acaso verle algo que sea reclamo y de seguida allá voy, claro, como no tengo un destino premeditado que acompañe mis andaduras me abstengo de la elección de una ruta. De este modo he descubierto que la ciudad es como una caja de sorpresas, que si bien abandonas el hipersabido itinerario de calles de la ciudad desembocas con asombro en zonas agazapadas tras las grandes edificaciones donde puedes rescatar olores, colores, sonidos, visiones y gentes.

     De esta calle nueva la curiosidad es el incentivo que me hace entrar en ella pues se congregan allá, a mitad o al final, unas veinte o treinta personas. Ambos acerados contienen un listado de naranjos separados entre sí unos cuantos de metros y de edificios majestuosos se pasa a muros que parecen sitiar una fortaleza. Voy aproximándome a aquella concentración que parece invadir con toda normalidad la calzada, por aquí los coches no circulan excepto aquella furgoneta azul estacionada. Estas gentes son hipyes en toda regla. Mi intención es pasar entre ellos, no hay más, aunque si bien voy a tener que interferir, voy a tener que pedirles paso pues invaden hasta el acerado, aunque apenas noto una mirada de estas personas a dos pasos de mí como si una presencia más o menos no les significara nada, es muy común en una ciudad. Me cuelo por un hueco pero apenas avanzo, me lo impide un grupo emplazados de forma circular, como la gran mayoría de ellos y como me percato que unas disculpas aceptadas no son factibles alzo la pierna izquierda y derecha por encima de los hombros, momentáneamente soy el centro de aquella congregación, y de nuevo, alzo las dos piernas sobre sus hombros y me sitúo fuera del grupo con la impresión de ser invisible como el aire. Y así por ese mismo procedimiento dejo atrás a toda esa gente.

     Dejo escapar un alarido de alivio alejándome de allí, sacando a su vez un cigarrillo, dándole llama con el mechero comprado en aquel puesto callejero, una nueva calle se destaca a pocos metros donde apenas asomo la cabeza mis ojos se caen pesadamente en la inconfundible visión de aquellos edificios herrumbrosos y de aquellos automóviles viejos y desfasados. Apenas mi desconcierto dura unos instantes admitiendo que lógicamente había rodeado a los edificios, exactamente una manzana y ahh, aquella silueta de una persona a lo lejos me dice que es el anciano de gris y contiguo a él otra silueta de otra persona desconocida para mí. Es curioso lo radicalmente distintas de estas calles, por un lado ésta a la que ahora miro y por el otro lado esta contigua llena de gente.

     Junto a la furgoneta azul, separado de la congregación de hipyes, como único rostro identificable, un chaval levanta el brazo en señal de llamada, me dice acércate, yo sin embargo lo miro desde donde estoy, parece ser que éste se ha percatado de mi presencia, no como los demás, allá voy entonces. Apenas a dos pasos de él, hipye igualmente, me restalla las palabras:

-Déjate, no te acerques, esa calle.....- se queda dubitativo en las palabras –uff, no tio te recomiendo que no entres- me marca con la mano la calle, la sigo con la mirada sabiendo sobradamente a cual se refiere. –Quédate con nosotros. Ya allí fuimos, nos instalamos por entre sus automóviles, junto al acerado e incluso en plena calzada como ahora, nos entusiasmaba el hecho de que en la calle no se incumbiera ningún transeúnte ajeno a nuestro grupo, bueno, excepto aquellos dos –lo dice con resentimiento, con desagrado- dábamos rinda suelta a nuestros gustos más extravagantes sin ningún tapujo pero todo resultaba ser gris momentos después, resultó que todos entrábamos en una gran tristeza colectiva, todos con el semblante serio y apagado, como si la calle anclada en su tiempo quisiera anclarnos a nosotros también y encima el viejo ese –lo dice a lo bajini molesto por nombrarlo- al final nos largamos, menos mal. Tras explayarse tan largamente yo le digo solamente -¿el viejo ese?-. Ya el cigarrillo da de sí apenas una fumada, tiro la chusta a la calle, la miro y la pisoteo. -¡Mamón!-Levanto la cabeza rapidísimo ante tal ofensa contra mí, pero resulta que es una muestra de desprecio del hipye al viejo y ante el viejo pues ahora se asoma de allí desde su calle, irrefutablemente gris, quieto, parsimoniosamente mantiene las manos en los  bolsillos de su chaqueta observando, como quien pasearía por un parque. Ojeo interesado una serie de libros allí puestos en la furgoneta azul, me dedico entusiasmado a leer los inicios, alguna que otra sentencia y mientras hago esto olvidándome del resto de mis congéneres, ellos, empero, se levantan del suelo, dispersan los círculos de reuniones, toman posición de desafío pero el viejo se mantiene impasible, mira fijamente a los hippies, de sobra sabe que se mantendrán donde están y este hecho le da risa y rompe a carcajadas.

     -¡Larguémonos de esta calle!- proclama alguien del grupo y dicho y hecho, como despido alguien lanza una naranja agria de los naranjos, el intento es fallido y el viejo aumenta su hilaridad.

     Mis piernas se resienten, mecánicamente sin quitar la atención del prefacio me dejo caer en el acerado, leo entonces «después de todo es entrar al abrigo de una burbuja propia, así uno consigue personalidad, así uno anula dudas y divageos, así uno.....».

 

 

 
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