La sala se había llenado en menos de cinco minutos. Hacía calor. El aire se había detenido. Rayitos de luz azul caían sobre los presentes, cuales finos dardos envenenados. Las ventanas estaban cerradas y las persianas bajas. Del alto techo colgaba un viejo ventilador averiado. Parecía un infierno.

A las 3 ya no había lugar para nadie más. Los hombres se ubicaban del lado derecho, en largas filas de bancos negros. Eran personas vulgares, de entre 30 y 60 años. La madera estaba húmeda, caliente. Vestían trajes suaves, de verano. Sudaban; aún no habían almorzado.

Del otro lado estaban las mujeres. Eran todas tan iguales que parecían la misma. Sus vestidos eran discretos y fríos; miradas extraviadas y vacías. Tenían los ojos fijamente puestos en la acusada, la cual se hallaba sentada en la silla más alta, en el estrado, entre el Juez y el taquígrafo.

Todos esperaban las preguntas del Ministerio Fiscal. A las 3 y 8 su representante se dirigió al centro del estrado; parecía triste. Se ubicó frente a la acusada, una mujer joven y muy alta. El calor aumentó súbitamente. Todos pensaron que había sido ella. Silencio.

 

-¿Usted nos dice que salió de la casa a las 8 y cuarto ? - dijo el fiscal.

-Si, efectivamente - contestó ella.

-¿Y usted afirma que el señor Carlos Mastronardi estaba vivo cuando abandonó su domicilio ? - preguntó él, mostrando sus dientes largos y azules.

-Así es - dijo ella, impasible y con la cara enjuagada en sudor.

-Pero dígame una cosa - dijo el interrogador, y se pasó un pañuelo por la frente - ¿ por qué tenemos a dos personas que afirman que cinco minutos después de verla salir a usted del domicilio de la víctima, entraron en dicho domicilio y encontraron el cuerpo de Mastronardi en la bañera, con 29 puñaladas en la espalda, y una en el corazón ?.

-No conozco a esas personas - dijo ella, y se calló de pronto.

-No hace falta - agregó él. Luego dijo - ¿Nos puede probar que cuando abandonó el domicilio de Mastronardi, éste se encontraba vivo ?.

-No - dijo ella secamente.

¿Y no cree usted que su defensa es muy débil ?.

-Tal vez. Pero digo la verdad: ¿qué más quiere ? - dijo.

 

En ese momento un silencio helado se adueñó de la sala. La mujer pareció acorralada por un momento, aunque permanecía inmutable. Su mirada era serena. Sus cejas estaban muy juntas. Los hombres del público se quitaron los sombreros, al unísono; se acomodaron el nudo de la corbata. Las mujeres no comprendían el empeño en continuar un espectáculo que no tenía ya sentido. El fiscal se sentó y se volvió a poner de pie. Pensó en algo y luego dijo en voz más baja:

 

-¿Y si no ha sido usted ?. Yo la comprendo.

-Gracias. No he sido yo - dijo la mujer.

-Imaginemos que usted salió del domicilio de la víctima a las 8 y cuarto, y luego …

-Era noche cerrada, pleno junio, llevaba mi chaqueta de piel, y mis botas de cocodrilo, oscuras y gruesas - interrumpió absurdamente ella.

-Si, y el viento, un viento helado, nos figuramos - dijo él.

-Si.

-Salió y fue a casa de alguien. Usted…¿a dónde se dirigió entonces ?.

-Caminé. Llegué a casa de mi hermana a eso de las 9 - explicó ella. Alguien bostezó en el horizonte.

-Muy bien. Eso ha sido corroborado por su hermana y por la portera del edificio en donde ésta vive. Pero en su trayectoria entre el domicilio de Mastronardi y la casa de su hermana, nos quedan muchos puntos oscuros. ¿Usted fue vista por alguien ?.

-Supongo que sí.

¿Por donde caminó ?.

-No lo recuerdo.

-¿Entró en algún lugar ?.

-No lo sé.

-¿No recuerda nada ?.

-No.

-Usted sabe que no tenemos nada para incriminarle.

-Lo sé.

-Si tuviéramos un motivo coherente, el arma homicida, sus huellas en ella, la más mínima cosa que pudiera inculparla, usted no estaría aquí sentada.

-Lo sé - repitió ella, y se sintió resignada a seguir soportando el diluvio de preguntas sin ningún sentido. Estaba aburrida, hastiada. Tenía náuseas.

-¿Qué me dice ? - reflexionó en voz alta el fiscal, mirando al Juez. Continuó hablando solo - Creo que nunca me había pasado una cosa parecida - y el fiscal miraba ahora a la acusada, con evidente ánimo de confrontación.

-Usted es el fiscal, aplíquese - dijo ella.

 

El público sonrió. El ventilador de techo comenzó a funcionar. Producía un ruido insoportable. El fiscal parecía perdido. Se metió una mano en el bolsillo del pantalón. Un maullido débil, sordo. Algunos pensaron que había sido ella. Atención.

 

-Sin embargo no tengo nada que probar - dijo él. Siguió - ¿qué relación lo unía con la víctima ?.

-Ninguna - dijo ella. Continuó - Era la primera vez que lo veía.

-¿Por qué fue a su casa ? - dijo él.

-Porque su domicilio fue incluido en la muestra.

 

En ese momento todo pareció detenerse. El techo comenzó a descender lentamente sobre el público. El gran reloj de la pared, detrás del Juez, empezó a dilatarse. El minutero había roto el cristal que cubría las agujas, y colgaba en el aire, sobre la cabeza del magistrado. Bajaba cada vez más y se movía de un lado a otro, como una daga pendular, afilada y siniestra. El aire se tornó verdoso y seco. Las sillas se deformaron poco a poco, y las filas de bancos se deshacían a medida que los segundos transcurrían. Un dulce miedo se apoderó del ambiente, y el aire se electrificó. La acusada dijo:

 

-El asesino aún está en la sala.

 

El fiscal miró a su alrededor. Podía notarse un silencio de muerte. El Juez tenía la cara apoyada sobre su alto escritorio, detrás del estado, con la nariz pegada a la superficie de madera. Sangraba desde detrás de la nuca, a borbotones. Su calva era roja, y su chaqueta negra estaba húmeda. El minutero rozaba su piel horadada. La espuma y la sangre regaban el suelo. Los hombres del público se pusieron de pie un segundo, observaron, y luego se sentaron. Las mujeres aún conservaban aquella mirada extraviada, que ahora se volcaba sobre la boca del fiscal.

 

- Eso ya lo sé  - dijo el fiscal.

 

En el aire agobiante, la humedad se condensaba en pequeñas gotitas amarillas. Arsénico. Alguien levantó las persianas: el sol aún brillaba, celeste. La ventana se abrió. Ruido blanco. Un enjambre de moscas zumbaba alrededor de la nuca blanca y roja del Juez, que ya estaba seca. Unas cuantas palomas muertas cayeron del techo.

 

-Y entonces… - dijo ella.

-Y entonces… - dijo él.

 

El hilo de voz del fiscal pareció suspenderse en el ambiente como si colgara de un trapecio de miel azul. El aire olía a cenizas. Niebla. Las nubes sonreían mientras se colaban por la ventana abierta.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
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