Aunque ya llovía menos, Mateo decidió salir y mojarse de libros. Por eso llevaba puesto su impermeable verde, para cubrirse de los posibles golpes, los peligros de la cultura. Le dijo a Alicia: “mejor salir ahora, no creés, viste que después escampa y…”, y Alicia hacía con los ojitos como que le entendía. Ella estaba muy enferma, y Mateo tenía que llevarla a la Academia, para que la curaran. La pobre Alicia.

 

Mateo salió y fue al patio a buscar el triciclo. Era rosa con lunares azules, pero tenía su gracia. Lo sacudió un poco del serrín de la noche anterior, se subió con cuidado, abrió el blanco portoncito de algodón fluorescente, y salió pedaleando fuerte por la bajada de la calle de la Nieve. Alicia iba colgada de su hombro, con sus bracitos temblando de frío, y en silencio, como una flor enojada.

Poco a poco tomaron gran velocidad. Mateo saludaba a las casas del barrio con ligerísimos movimientos de cabeza. Arriba. Abajo. Eran unas casas aplanadas, pobres, viejas. Cuando el triciclo las dejaba atrás, ellas sonreían y guiñaban las ventanas, pero Mateo no las podía ver, y seguía pedaleando con fuerza. El viento poderoso lo despeinaba, y mientras trataba de esquivar los lomos de los libros, peligrosos proyectiles, que caían con mucha fuerza, como plumas de un almohadón agujereado, la lluvia era intensa y multicolor. Y Alicia.

 

Llegando a la esquina con la avenida del Cielo, Mateo tuvo que frenar (a pesar del barro, a pesar del Tiempo), y ayudar a una vieja a cruzar la calle entre los libros. La vieja era muy alta, y las canas saltaban de su cabeza como el aceite hirviendo de una sartén. Tenía los ojos grises, como las nubes en invierno. Alicia la miraba con recelo, y, sin dejar de observarla, se escurrió por un bolsillo del impermeable de Mateo. Los libros no paraban de caer. Mateo dejó el triciclo apoyado contra la columna de un semáforo. Al hacerlo, este le dio las tres luces verdes. Después fue hacia donde estaba la vieja, ella lo tomó de la mano, y cruzaron en silencio. Empezaba a hacer más frío. Al llegar a la otra acera, Mateo dijo “gracias”, y se volvió, pero ya no vio el semáforo. Tampoco el triciclo. Se lo habían robado.

 

Mateo empezó a caminar. Lloraba un poco, pero sus lágrimas eran de tinta. Pisaba con gran dificultad, y casi se resbala un par de veces. Bajo sus torpes botas, las calles estaban revestidas de páginas y de tapas, libros por todas partes. Novelas cortas, cuentos policiales, entrevistas, puro papel mojado. Era tal la mezcla, el divino desorden, que ya no se podía reconocer a qué libro pertenecía cada hoja. De pronto, un aire helado lo hizo detenerse. Allá, a lo lejos, una placita. Se arrastró como pudo hasta ella, entre las hojas, y se sentó en un banco, de espaldas a los viejos árboles. La plaza parecía abandonada, y a su alrededor no se veían más casas: el suburbio. Hablaba solo.

-…pero quien me mandó salir con este tiempo - dijo Mateo. Siguió - ¿ pero quién, carajo?. ¿Quién ?.

-Vos habías dicho que era mejor salir ahora, ¿te acordás ? - preguntó sin maldad Alicia, interrumpiendo el soliloquio.

-Sí. Pero ahora está parando de llover. Y si se despeja sabés que…  - sollozó Mateo.

-Sí - respondió Alicia, que tenía la cabecita escondida entre sus brazos-pétalos, como una preciosa estrofa.

-No voy a dejar que te mueras.

 

Pasaron unos minutos en silencio, mientras los libros caían sin cesar, y de todos los colores. Algunos eran livianos, pero otros provocaban grietas en el asfalto de plata. Mateo permanecía sentado, con Alicia recostada en su hombro izquierdo, viéndolos caer y retorcerse en el suelo, regalando sus últimos hálitos de vida.

La caminata los había dejado un poco cansados. Mateo se quitó las botas y se quedó descalzo. Volvió a sollozar. Estaba enojado. Confiaba en que los libros siguieran cayendo, como se confía en una imagen entrevista en un sueño. Pero al mismo tiempo, se daba cuenta de que la lluvia no era tan fuerte como hacía unos minutos. Qué rabia. De a ratos parecía que escampaba y… . Alicia, que miraba todo con sus ojitos tristes y resignados, saltó desde su hombro y se fue a posar, como una mariposa, en la punta de su nariz; lo miró fijamente a los ojos, y le preguntó:

-¿Y si volvemos ?.

-De ninguna manera: - sentenció con voz firme Mateo - lo que se empieza, se termina.

 

Apenas dejó de hablar, sus ojos vacíos miraron hacia el suelo empapelado: reconocieron en seguida, escondida entre hojitas verdes y amarillas, una página de Sebastián Varela, su escritor favorito. Se agachó para recogerla y la leyó. Era un poema precioso. Hablaba de mártires y balas; y también de la esperanza. Mateo cerró fuertemente los ojos, pensó en algo maravilloso, y pronto se quedó dormido, con el papel en la mano, bajo las ramas de un ciprés, resguardado de la lluvia de libros. Mientras durara no pasaría nada. Alicia.

 

Al levantarse del banco, Mateo sintió sus ojos repletos sueños atrasados. También sintió sus huesos muy pesados. A lo lejos se escuchaba una melodía helada. Se puso de pie y observó los árboles a su alrededor. Notó cómo crecían en el frío, en el silencio de la plaza. Las copas ya casi tocaban el cielo. Levantó la vista y los miró en lo alto, con un poco de miedo, porque sabía que el cielo era de madera, y que la madera traía mala suerte.

 

A las dos cuadras Alicia comenzó a marchitarse. “Ya llegamos, mi amor”, repetía sin cesar Mateo. “Ya llegamos”. Y Mateo sollozaba de nuevo, tal vez porque sabía que no llegarían a tiempo. Empezó a correr. Ya no caían tantos libros como antes. Alicia se movía para todos lados, pero seguía perdiendo color. Rezaba a su manera, con las palmas de sus manitas enfrentadas y sus bracitos hacia adelante, temblando un poco por el movimiento de Mateo, o tal vez por el aire tan frío. Era pequeña y dulce en su amargura. Rogaba a Dios que la salvara. Pero Dios, subido en una nube, jugaba enloquecido con su reloj de arena. Casi no llovía.

 

Por fin llegaron; Mateo atravesó la puerta de la Academia de Ciencias como un desaforado. Alicia tosía, dulcemente, en sus brazos. Era tan buena que… . Esperaba la muerte, tranquila, serena, y parecía dormir envuelta entre sus pálidos pétalos. Tenía sus pequeños ojos cerrados y ya no sentía frío. Cuando Mateo apareció ante la puerta del despacho del Ingeniero Aramburu, con Alicia entre sus manos, la lluvia de libros había cesado por completo. La calle estaba regada de páginas en blanco. Se abrió la puerta: demasiado tarde. Alicia estaba blanca y fría, y era ya papel mojado.

 

 

 

 

 
Hosted by www.Geocities.ws

1