Para Esteban, bajar a comprar el pan era como un viaje por el túnel del tiempo. A sus 40 años, de los que no recordaba apenas nada, el sencillo hecho de levantarse por la mañana temprano, y obligarse mentalmente a bajar los dos pisos de escaleras, caminar los 300 metros que separaban su apartamento de la panadería, y ubicarse allí en buena posición para escoger los mejores frutos del horno de piedra, eran una prueba irrefutable de que la vida es mucho más que las apariencias que a todos nos confunden, haciéndonos creer que eso es “el mundo “ o “la existencia” y nada más.

 

Esteban sufría esas metamorfosis regresivas con más frecuencia en verano, cuando se levantaba de la cama a las once y su mujer ya estaba en la escuela, como buena maestra de barrio pobre que da clases de apoyo a los niños carenciados de una zona periférica. Tampoco atinaba Esteban a recordar cómo había conocido a María, ni qué cosas tenían en común, y a veces se figuraba que no la había visto nunca, que ni siquiera existía, que durante esa parte del día él era otro, un ser inexistente en este mundo aparente que muchos compartían pero que del que él se fugaba cuando bajaba a comprar el pan. Se levantaba de la cama, pues, y se vestía, abría la puerta maquinalmente, y bajaba las escaleras, hasta que al fin, en la calle, los hechos se sucedían como la mágica representación teatral de la que él era el principal intérprete.

 

Lo primero era siempre algún ruido, alguna voz, algún eco de los edificios que circundaban la plaza que atravesaba para ir a la panadería. Él se daba la vuelta, y allí aparecía su amigo Antonio, su vecino de toda la vida.

 

-Hola Esteban, ¿cómo estás?. – le saludaba su amigo, cuya voz quebrada y tal vez un poco ronca, contrastaba con la imagen de su cara, sonriente y feliz.

-Acá estamos, mi mamá que me mandó a comprar el pan. Subo y bajo con la pelota, ¿no?.

-Claro, llamo a Alfredo y a Pablo y hacemos un dos contra dos. Apuráte.

-Si, dale. Taluego – decía Esteban, casi sin tiempo de estrecharse la mano, costumbre de mayores que los niños habían decidido omitir hacía larguísimo tiempo.

 

Luego de esta alucinación, sólo la primera de una serie de muchas, y que duraba unos instantes, muchos menos de los que la real conversación pudo haber demorado en su momento, Esteban daba vuelta la esquina y divisaba, a unos 150 metros, la panadería. Solía palparse los bolsillos y encontrar moneditas acuñadas en 1965 y que más que le sobraban para comprar el poco pan que su mamá le obligaba a servirse en las comidas, pues el atiborrarse de pan tampoco era nada saludable, especialmente para un niño de sus características, propenso como su padre, a la obesidad y el buen comer. Pero Esteban, en un arranque de dominio, en un forzoso ataque de realidad, intentaba dominar sus visiones, sus ilusiones auditivas y táctiles, hasta que por fin llegaba al umbral del establecimiento.

 

Cuando entraba, todos los que allí se encontraban saludaban al niño con perplejas sonrisas y ojitos entrecerrados, tal vez apiadándose del pobre chiquillo cuya madre obligaba a hacer los mandados todos los días, incluso esos días calurosos de verano, húmedas mañanas perfumadas de los naranjos y de las cacas de los perros del barrio. Aunque Esteban intentaba controlar sus alucinaciones, muchas veces era ciertamente preocupante que, a pesar de medir un metro y ochenta centímetros, apenas llegara al mostrador, y no se supiera apenas los nombres de las clases de panes que en el local se vendían. Muchas veces cedía el turno, hasta que se acordaba de qué pan tenía que comprar.

 

-Déme, ...

-Un Lorenzo y un jacinto, ¿no, Esteban?. – acudía en su ayuda la panadera, que ya conocía los gustos de su madre más que su propio hijo.

-Sí, eso es.

-Tomá, son 41 centésimos.

-Aquí tiene, gracias. Hasta luego.

 

Y al irse no cesaban los peculiares pensamientos de Esteban, hombre de 40 años de los que apenas sabía nada. Porque justo antes de cruzar la puerta, la hija de la panadera, una rubia llamada María, intercambiaba con él una furtiva mirada, intentando tal vez, en un extraño lenguaje que Esteban jamás llegó a dominar perfectamente, decirle alguna cosa, como si éste le gustara, como si quisiera verse con él más tarde, o cosas así.

 

La vuelta a casa de Esteban, estaba también repleta de alucinaciones tan vívidas como lejanos eran los recuerdos a las que ellas aludían. Una vez se puso a llover justo cuando salía de la panadería. Corrió rápidamente hasta su casa, pero no hubo manera de que no se mojara los pantalones, los zapatos, el pan, y, para su desgracia, una camisa azul marino que estaba estrenando en ese mismo momento. Cuando entró por la puerta su mamá le retó amargamente, y Esteban, que no se creía culpable en absoluto (más que de no haber esperado lo suficiente para que pasara el chaparrón de verano que la lluvia había sido) corrió a su cuarto y, tal vez demasiado afectado por sus palabras, descargó sobre la blanca funda de la almohada, con gruesas lágrimas, otra lluvia aún más dolorosa e intensa que la que le había sobrevenido en su vuelta a casa. Unos instantes después, su madre, reconociendo interiormente que se había mostrado demasiado severa, se acercó a su habitación, abrió la puerta, y mientras Esteban lloraba y lloraba, de rabia e impotencia por algo de lo cual no se creía culpable sino injusta víctima, se acercó silenciosamente a él, le quitó la ropa, le cambió, le acostó, y luego se inclinó ante el niño sollozante y le acarició con un maravilloso y suave beso en la mejilla.

 

Y entonces Esteban dejó de llorar, cerró con fuerza sus húmedos ojos, y se juró que nunca más iría a comprar el pan con una vida tan vacía como la suya y con tantas cosas de que acordarse.

 

 

Martes 13 de agosto de 2002

 

 

 

 
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