-Es un buen chico –es todo lo que dijo aquel amable vecino
que vivía en el
cuarto tras recogerme de la calle y llevarme a salvo a mi hogar.
Yo me había escapado de casa la mañana anterior, y mi madre puso en alerta
a
todo el vecindario. No es que me molestase que aquél señor me hubiese
rescatado
de mi aventura, pero me jodía lo que de mí había dicho: “Es un buen
chico”, no
podía quitar-me la puñetera frase de la cabeza. Cuando yo era pequeño y
veíamos
aquellas series importadas de los Estados Unidos, siempre me llamaba la
atención
esa frase, y siempre me fijaba en que se utilizaba con el más tonto del
lugar.
“Es un buen chico”, suena a: “Es tan sumamente gilipollas que no
supone ni
siquiera una pequeña amenaza”.
Volviendo a mi aventura, me escapé de casa huyendo, y lo peor de todo es
que
nunca he llegado a saber bien de qué huía; el caso es que aún sigo
huyendo, y
creo que nunca sabré exactamente de qué.
A veces estás en tu casa y miras a tu alrededor y te sientes solo, es algo
suma-mente lógico si estás solo. Sin embargo hay ocasiones en que estás
con tus
amigos, o con gente querida y aún así te sientes solo, esa soledad es
realmente
jodida; entonces te entran ganas de llorar pero no puedes porque tienes un
puto
orgullo más grande de lo que debería caber en tu ser y te da vergüenza
que te
vean llorar y te lo comes todo y es como el sueño, si lo pierdes ya no lo
recuperas, con lo cual eso se te va quedando dentro y ya nunca saldrá de
ti, y
un buen día te encuentras en tu casa, te miras al espejo y ves en lo que te
has
convertido y te das cuenta de que no te gusta, de que estás solo y de que,
por
mucha gente que entre en tu vida, tienes tal armazón que nunca nadie podrá
pe-netrarlo, y es entonces cuando piensas en el desperdicio que se está
haciendo
con las vías de tren o con los puentes o con los grandes edificios o con
las
cuchillas y el agua tibia o incluso con las pastillas para dormir.
A los veinte años tuve mi primer intento de suicidio y no es algo de lo que
me
alegre. Tras intentar tirarte a las vías del tren y no conseguirlo se te
viene
el mundo en-cima. Primero piensas que no sólo eres la especie de mierda que
pensabas que eras, sino que además no tienes siquiera valor para quitarte
la
vida. Luego te das cuenta de que tus planes se han truncado, tú ya tenías
un
futuro labrado y ya no sabes qué hacer, todos los momentos tras el intento
de
suicidio sobran en tu vida porque no deberías estar vivien-do, así pues,
te toca
rehacer tu vida. Más tarde sin embargo te das cuenta de que hiciste bien en
no
hacerlo y de que te quedan muchas cosas por hacer, lo cual dura un par de
se-manas, que es lo que tardas en ser consciente de que nada ha cambiado ni
va a
cambiar seguramente.
Dicen Los Planetas en una de sus canciones: “No queda nada que prolongue
mi
parada en este mundo ni un solo minuto”. Supongo que a todos se nos ha
pasado
alguna vez por la cabeza qué coño hacemos aquí. Hay veces que me pregunto
qué
nos hace se-guir adelante, levantarnos por las mañanas y continuar el
camino; la
familia, los ami-gos, alguien con quien compartir tu vida, los hijos... Una
vez
conocí a una chica que no pertenecía a este mundo, mi vida desde entonces
perdió
totalmente su sentido, es como cuando tienes sed y te niegan una cerveza;
perdí
el rumbo ya que fue ella quien me lo proporcionó y ahora ya no estoy a su
lado y
sé que nunca jamás volveré a estarlo, sé que ni siquiera es probable que
vuelva
a verla. A veces estoy en mi cuarto y aparece un es-pectro suyo y me abraza
y
somos felices y paseamos juntos y entonces suena el desper-tador y ese mismo
día
tengo que comprar otro despertador y al lado del decomisos hay una farmacia
y al
lado de la farmacia una droguería donde venden cuchillas de afeitar... la
vida a
veces te tienta a abandonarla. Hubo un tiempo en que conocí a una chica.
Aún recuerdo la primera vez que me colgaron un teléfono, fue esa chica,
segura-mente ocurrió así porque, como ya dije antes, ella pertenecía a
otro
mundo y no debía saber que en nuestro mundo no está bien visto que le
cuelguen a
uno el teléfono... no he vuelto a hablar con ella, sé que no es probable
que
vuelva a verla. En mi barrio hay una droguería donde venden cuchillas de
afeitar, está junto a la farmacia...
Me viene a la memoria la historia de una chica, era la más guapa y lista de
todo
su vecindario, todos lo decían, pero ella no sabía valorarse y dedicó su
vida a
castigarse, a odiarse, a mentirse, a despreciarse... Un día esa chica murió
y
nadie volvió a acordarse de ella a pesar de que todos la querían; yo sin
embargo
sí la recuerdo, pues su recuerdo lo llevo grabado en el corazón. Los
recuerdos
que se guardan en la memoria son fácil-mente olvidados, pero cuando éstos
se
albergan en el corazón, son para siempre. Si te olvidas de ciertas cosas,
entonces es que no has sentido, entonces es que no has vivido, nada ha
valido la
pena. A veces no nos damos cuenta de lo que tenemos hasta que lo perdemos y
es
un error, no siempre decimos lo que pensamos de ellas a las personas porque
lo
damos por supuesto, pero deberíamos decirlo; tengo una amiga que me ense-ñó
a
decir te quiero, parece algo sencillo, pero yo no creo que lo sea, a mí me
costó
aprenderlo; las cosas más sencillas suelen ser las más difíciles de
aprender.
¿Has odiado alguna vez a alguien? Es algo bastante sencillo, sólo tienes
que
aceptar alguno de esos trabajos basura que nos suelen ofrecer a los jóvenes,
esos traba-jos en los que curras como un cabrón a cambio de un sueldo que
no te
llega ni siquiera para cubrir tus necesidades alcohólicas. La última vez
que
trabajé fue en una tienda de ropa, en el periodo de rebajas; descubrí lo
hija de
puta que puede llegar a ser la gente, aquello era como ver un documental de
la
España indómita o algo similar, gente casi matándose por conseguir una
prenda de
mierda rebajada apenas unas pesetas, descolo-cando sin ningún halo de
remordimiento lo que tu acababas de colocar y tirando todo por los suelos.
En el
otro lado de la de la fina hoja de cuchilla estábamos mis compa-ñeros y yo
cagándonos en sus putas madres, pero teniendo que pringar, como no. Ese
trabajo
ya pasó, y estuvo bien, me enseñó a odiar. A menudo esta sociedad en la
que
vivimos nos enseña valores que, si tienes dos dedos de frente, te incitan
al
suicidio.
Fue una tarde de sábado, yo estaba solo en mi casa, pues mis padres se habían
ido al pueblo, estaba bebiéndome un litro de cerveza, en realidad era el
tercer
litro que bebía esa tarde, entonces empecé a hablar con la cerveza. La
cerveza
me preguntaba que por qué la bebía, yo le respondí que me gustaba su
sabor,
entonces la cerveza me dijo:
-También te gusta el zumo de naranja y no te sueles tomar tres litros.
Yo recordé cierta frase que oí una vez que decía: “En aquella época
nos
hubiése-mos metido vitamina C si hubiera sido ilegal”. Pero esto no venía
a
cuento, respondí a mi compañera de esa tarde lo siguiente:
-El zumo de naranja no me evade de la miseria que me aporta la vida, y no
mantiene conversaciones tan interesantes como las tuyas. Además, el zumo de
naranja no se preocupa por mi vida, y tú por el contrario sí lo haces.
Continué aquella tarde mi conversación con la cerveza hasta bien entrada
la
noche, no recuerdo la hora exactamente, aunque he de reconocer que fui
promiscuo
aquel día, pues también me lo hice con el vodka. A la mañana siguiente
amanecí
en el cuarto de baño con la sensación de que me hubiesen metido un bafle
en la
cabeza con la canción The art of self destruction de Nine Inch Nails, o
algo
así. Me prometí entonces que no me volvería a ir con mujeres malas, pero
esto
viene a ser como las promesas que nos hacemos con la llegada de un nuevo año,
una de las dimensiones de nuestra vida cotidiana, el tiempo, acaba por
llevárselas, así que sigo bebiendo.
¿Qué me sucede ahora? ¿Por qué estoy tendido en el suelo? ¿Qué es ese
charco que
hay a mi lado? No, sé que no estoy llorando, debe haber una gotera en algún
lugar, lástima que no esté lloviendo, ya sé donde está la gotera, en mi
corazón.
Ahora soy consciente de que las cosas no cambian por mucho que lo desees.
Cegado
por una in-tensa luz logro abrir los ojos y se desvela ante mí el secreto
de
toda la existencia, de to-da mi existencia; puedo contemplar un mundo
paralelo
en el que residen los conceptos abstractos, un mundo en el que el amor es
una
puta que se vende al mejor postor y para el cual necesitas dinero, mucho
dinero,
pero en este mundo el dinero se compone de fanfarronería y agresividad, el
amor
verdadero es para los ganadores, para lo opuesto a mí. ¿Qué veo allá al
fondo?
Son los recuerdos, los recuerdos son las balas que fusilaron a Lorca, son la
electricidad que activa la silla eléctrica, son los dientes afilados de un
pe-rro de presa que nos humillará mientras su dueño, uno de esos ganadores
de
los que triunfan en el terreno del amor, se ríe de nosotros mientras besa
con
pasión a la chica que amamos. Los recuerdos son sin duda, en muchas
ocasiones,
nuestros peores enemi-gos.
Cojo el coche y me dirijo a Aldea del Fresno, un pueblecito por el que pasa
el
río Alberche. Aparco y me doy un largo paseo recorriendo la orilla del río.
Es
otoño, es in-vierno, nunca verano o primavera. No me gusta la gente de río
veraniego o primaveral, me gusta pasear estando solo. La carretera que te
dirige
a Aldea del Fresno desde Naval-carnero es ideal para alejar los pensamientos
de
tu cabeza, exige prestar cierta atención a la conducción. Una vez que
llegas a
orillas del río lo ves todo de otro modo, y una tar-de de mierda puede
convertirse en una tarde agradable. El día que me toque morir, me gustaría
que
fuese durante un paseo por el Alberche, a la altura de Aldea del Fresno...
moriría en paz conmigo mismo y con el mundo.
¿Que con qué compararía la vida? Con una cerilla, sin duda. Cuando
empieza tu
vida es como cuando enciendes la cerilla, la llama es limpia, grandiosa,
inocente, pura y tiene un largo camino por recorrer. A medida que tu vida va
avanzando, el avance de la llama hace que esta se debilite, quizá porque se
desilusiona del entorno en el que arde, y se va planteando si merece la pena
seguir alumbrando la mierda de cuarto en que está encerrada. Llega un
momento en
el que la llama se acerca al dedo, a veces antes y a ve-ces después, hay
gente
que coge la cerilla muy al extremo y algunos la cogemos por el centro; por
cojones antes o después te quemas y sueltas la cerilla, tu vida, porque te
da
igual lo que sea de ella y no quieres seguir aguantando el dolor que te
produce
una lla-ma de mierda, una vida de mierda.
Mi vida lleva tiempo estando a la altura del dedo y no sé cuando acabará
por
quemarme completamente, pero sé que lo hará. Ahora me siento sólo y noto
como
todo va llegando a su fin, quizá alguna mañana no despierte, pero quizá
pase
tiempo hasta llegar a eso, prefiero no pensarlo, pues ni yo sé como acabará
todo
esto.