...sin barroquismo, sin añadidos ni ornamentos...

que no haya un solo adorno que distraiga este gesto...

 

León Felipe

 

Lucía había sido una niña pequeña como cualquiera hasta que un día en que se enamoró de Julián, un compañerito de jardín, y además vecino del barrio. Desde ese momento perdió su inocencia, y cambió la ilusión de su pequeña cara de niña buena, por una cara amarga y fría, que hasta hoy conserva.

 

Todo sucedió un día de noviembre. Por la mañana, mientras las hojas de cobre llovían desde el cielo de otoño, Lucía se encerró en su habitación, y con mucha sangre fría, se hundió un cuchillo en su pecho para arrancarse de cuajo el corazón. Una vez fuera, y mientras lo cubría con sus pequeñas manos cálidas, sintiendo cómo aún temblaba en sucesiones de sístoles y diástoles, Lucía se imaginaba que semejante ofrenda iba a ser sin duda del agrado de Julián, el amor de su vida. 

Pero cuando al atardecer llevó su aún latente corazón, envuelto en hojas de periódico y llenando de sangre la acera, a casa de su enamorado, Lucía se llevó una horrible sorpresa. Al llegar, se paró frente a la puerta, y venciendo sus miedos, tocó el timbre. Enseguida le abrió una tía de Julián, que estaba de paso en la casa. La vieja condujo a Lucía a la habitación del niño sin decir ni una palabra. La niña subió, nerviosa, las escaleras, y por fin entró en el cuarto repleta de ilusiones: allí vio a Julián, quien estaba jugando, sentado en el suelo. Pero el niño no se hallaba sólo, sino con otra niña de su misma edad. Los dos sonreían, y se miraban a los ojos. Parecían muy felices.

 

-Hola Julián - dijo al ver a los dos la tímida Lucía.

-Hola Lucía. ¿ Qué traés ahí ?. Estás manchando la alfombra - dijo el niño, con una mezcla de curiosidad y reproche, señalando el suelo con su pequeño dedo índice.

 

Entonces Lucía entendió, para su pesar, que nada tenía que hacer allí, y que su corazón era un objeto inútil para el feliz Julián. Una lágrima se deslizó veloz por sus frías mejillas. Se quedó inmóvil por unos instantes, y después, con los últimos trocitos de voz y temblando de tristeza, alcanzó a decirle:

 

-No. Nada. Adiós.

 

Entonces se dio media vuelta, bajó las escaleras, y salió corriendo de la casa del niño, y mientras corría y corría, arrojó su corazón a un lado, y desde ese día no volvió a ver nunca más a Julián. Y su pequeño corazón se quedó sólo, desangrándose en la acera, mientras la noche y las hojas del otoño que caían lo fueron envolviendo hasta cubrirlo por completo.

 

Y así fue cómo, desde ese momento, Lucía se volvió sombría y malvada, sin un corazón para poder amar, y cambió la ilusión de su hermosa cara de niña buena y sensible que alguno vez tuvo, por la que hoy tiene, que es larga, fría y muy amarga, como la sombra de una flor en el ocaso.

 

 
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