...va cargado de amargura

 va vencido el Caballero de retorno a su lugar.

 

León Felipe

 

Aunque todos conocen de memoria la historia del pastorcillo mentiroso, yo sé de otra versión, que creo, se aproxima mejor a cómo sucedieron las cosas.

El pastorcillo era un niño de unos nueve años, que trabajaba con su padre cuidando las ovejas en el monte. También iba a la escuela, por las mañanas, pero no tenía allí muchos amigos. Nada más que un compañero pasaba algunos ratos con él, y tampoco podía decirse que fueran amigos. Sucedía que el pequeño pastor era un niño muy distinto, muy especial. Hacía muchas preguntas a sus maestras, y tenía muchas dudas acerca de las cosas y de las personas. Era impaciente, ansioso y muy curioso. Y tal vez fuera por eso que no muchos compañeros se acercaran a él para hablar, y siempre se lo veía solo en clase, salvo por ese niño un poco más pequeño que él, que a veces iba a decirle alguna cosa. También le gustaban mucho las niñas, pero tenía mucho miedo de demostrar sus sentimientos para con ellas; era, igualmente, muy tímido.

Entonces la vida del pastorcillo resultaba vacía, triste, insatisfactoria. En su casa no hallaba la paz ni la armonía que deseaba: sus padres lo consideraban un estorbo, y, lejos de comprenderlo, lo hundían más en la soledad de su alma en pena, apartándole de en medio, despreciándolo, o simplemente fingiendo indiferencia. Nunca se fijaban en él para ayudarle a descubrir las respuestas a sus eternas preguntas. Sus cosas eran de poca importancia. Y en la escuela no se le hacía caso, ni se le prestaba atención a sus dudas: a nadie le interesaban sus “pequeños” problemas, ni sus miedos ni sus penas. No recibía el afecto ni el cariño que le hubiera gustado, por parte de nadie, y que él intentaba dar a todos. A veces se preguntaba qué era lo que hacía mal para que no se fijaran en él. Se sentía sólo, incomprendido, y aunque a veces buscara la soledad, sumergiéndose en la tranquilidad del monte, otras veces no era así; se trataba de una soledad angustiosa y horrible. Su único conocido de la escuela se quedaba en casa, y él se iba sólo: las ovejas lo aguardaban, como un triste consuelo, en el frío del valle silencioso.

Y así llegó un cierto día en el cual, harto de que su vida fuera una carga o una molestia para los demás, y de su angustia, se imaginó lo que ya todos sabemos: avisar a todos que venía el lobo, que venía el lobo, y ponerse a correr a la orilla del arroyo hasta encontrar más gente que se creyera su engañifa. Él sólo quería llamar la atención, que todos vieran y padecieran con él su soledad. Y así sucedieron las cosas. Lo que nadie sabe es que, cada vez sus vecinos descubrían la trampa que él había creado, como reacción a la soledad que sentía y la falta de cariño de los que lo rodeaban, el pastorcillo se alejaba de todos, con su cara roja de pena y vergüenza, y, sólo, bajo un ciprés o una higuera, rompía a llorar desesperadamente, sintiendo que todo lo que hacía no existía para los demás, que nadie entendía su angustia ni vendría nunca a rescatarlo de la horrible vida que llevaba, ni a salvarlo, ni siquiera a aliviar su dolor. Luego se secaba las lágrimas y volvía a casa, con la cabeza baja, la mirada fija en el camino, vencido, cansado de luchar contra el mundo, y con una mezcla de tristeza, soledad, y una tremenda impotencia en el alma.

Como todos sabemos, el pastorcillo repitió su método dos o tres veces, hasta que, un buen día, verdaderamente vino el lobo, y se comió a las pobres ovejas. Pero ya nadie creía en el “pastor mentiroso”, y no le hicieron caso. La historia termina así, aunque nadie sepa realmente que fue del niño que pasaba las tardes en el valle soñando con una vida que fuera más amable con él, con una familia y una gente que reparara en sus penas, y llenara sus vacíos y sus miedos de niño con amor y con ternura. Se me ocurre que una vez que se supo que en verdad había venido el lobo, el niño haya sido severamente castigado por sus padres, y que ahora, algunos años después, haya salido ya del pueblo y acuda, tal vez actualmente, a la universidad de alguna ciudad cercana. Hasta me imagino que, como casi todo buen estudiante, llevará una vacía y sin sentido, añorando las ovejas y el silencio de aquel valle de ensueño. Y que seguirá siendo un incomprendido, un desarraigado, un “loco” sin rumbo, aunque en otro escenario totalmente distinto; un eterno paria al que el amor de una mujer en verano salvará de su injusto calvario.

 

 
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