“No te duermas sin sueño”.

  M. Benedetti

La vida de un proveedor de sueños no es precisamente tranquila. Me levanto al amanecer, y tenga frío o haga viento, me enfrento a la ruda rutina con mi mejor cara, mi cara de proveedor de sueños. Desayuno en casa con suma sencillez, tostadas y café caliente, y sin perder ni un minuto me voy a la oficina a empezar con el trabajo, que es tan repetido y mecánico como un partido de fútbol o una canción de Joaquín Sabina. El caso es que me visto con la formalidad habitual de los que practicamos este oficio, de traje y corbata, y salgo al bullicio de las calles de nuestra ciudad, camino entre las gentes o me subo al viento, y finalmente llego a la oficina, una oficina normal y corriente, como cualquiera otra, en donde trabajamos de sol a sol, y tratamos de ser lo mas cuidadosos que podemos. Y por ello es que nuestro trabajo está tan valorado, o por lo menos lo estaba. Ya les contaré cómo, en los últimos tiempos, la labor de los proveedores de sueños (y ya no digamos de los fabricantes) está un poco venida a menos.

 

Una vez en el edificio tengo que pasar los controles usuales. Me piden una contraseña, y en dos minutos como máximo estoy sentado en mi escritorio. El asunto de la contraseña es bien curioso: cambia todos los días, y nunca sé cual es antes de pronunciarla yo mismo. Les explico: yo camino sólo a través de estrechos corredores de techos bajos y paredes agrietadas, olor a encerrado y mucha humedad, y cuando alcanzo la tercera puerta (o a veces la segunda), una estela de luz amarilla me hace detener. Ahí es cuando tengo que decir la contraseña, que nunca es la misma. Ellos dicen que para saberla y poder pronunciarla con corrección, tengo que resoplar profundamente y mirarme para adentro: será cierto pues nunca me ha fallado el truco.

Al pasar un segundo control, y luego un tercero, por fin llego al sector de la oficina en donde se halla mi escritorio, y mi fiel secretaria, la bella Alianza. Me siento en mi mesa y la miro, cosa que me place grandemente. Ella tiene los ojos del color de las hojas en otoño, y siempre me saluda con una limpia sonrisa de bienvenida. Su piel suave como la seda, y blanca como la espuma, y al cielo mira cuando la tristeza florece en sus ojos: sus palabras son claras como el hielo y la luna.

 

Entonces una vez sentado en mi puesto, y llenos los ojos de agua y los labios de café, comienzo el trabajo. Este consiste, naturalmente, en proveer sueños. Para empezar, todo proveedor necesita algunas herramientas básicas para el desempeño de su tarea. A mí me bastan el teléfono (tenemos línea directa con el Destino cuando el pedido es urgente), y la correspondencia. El primero lo utilizo para los clientes “importantes”, y la segunda para los sueños que pueden esperar sin que caduque su sentido o pierda su original utilidad. Y también, en extraordinarias ocasiones, vienen a la oficina algunos clientes, que por su trascendencia, merecen tratamiento personalizado y muy especial. La verdad es que no solemos recibir clientes muy a menudo. Las cartas, eso sí, llegan de a cientos o miles por día, y, lo reconozco, la tarea de Alianza es digna del mejor de los elogios: ella las clasifica, y me las envía por unos  pequeños tubos pegados en los tabiques de las paredes y los pisos, a modo de canales de plástico, y que funciona a través del aire comprimido que las empuja, y que es insuflado desde una bomba que tenemos en el sótano. Es un sistema más cómodo que el que antes teníamos, que consistía simplemente en que Alianza viniera a mi oficina con fajos de cien o doscientas cartas, y me las espetara en la mesa, o, peor aún, que hiciera con ellas avioncitos de papel y los hiciera volar hasta mi oficina. Era demasiado inseguro, y muchos pedidos quedaban sin respuesta. Los jefes, que son muy escrupulosos con el trabajo ajeno, nos obligaron a tener que cambiar nuestro método, y lo cierto es que los tubitos han funcionado admirablemente bien. Hasta hoy m fiel Alianza me sigue diciendo que el vuelo de los avioncitos era más poético, pero yo siempre le contesto, ya sin demasiado convencimiento, que el cambio ha sido por nuestro bien.

 

Una vez recibida la carta en la oficina, y leída por mí, pasamos a darle inmediata respuesta. Los Hombres nos solicitan soñar con lo que ellos desean, y nosotros le concedemos el sueño, a cambio de una promesa por parte del soñador. Ya explicaré esto con más detalle. Pero les digo que si no existieran los proveedores de sueños, no se podría soñar lo que a uno le gustaría, y los sueños se convertirían en penosas pesadillas.

Las cartas son de muchas clases, así como hay muchos tipos de sueños y de pedidos. Yo clasificaría los pedidos en dos grupos homogéneos: los sueños individuales, y los sueños colectivos. Por otro lado, y en orden al tipo de sueño, tenemos una enorme variedad, como se podrán imaginar: sueños de justicias, sueños de amores correspondidos, sueños de paz, sueños de victorias. Pero también los hay de odios, venganzas y destrucciones. Me apena que cada vez recibamos más de los de este último tipo.

Y por último, el cliente nos tiene que prometer un determinado comportamiento, que pactará por contrato con una instancia superior a la mía, a modo de compensación por el sueño concedido. Desde luego, no se trata de un problema dinerario, pues aquí el dinero nos sirve de bien poco. Pero eso sí, aunque lo que haga el cliente sea una promesa sobre algo que él acuerde hacer con mis superiores, esto, una vez firmado, tiene que ser completamente cumplido, bajo pena, en el peor de los casos, de pesadilla perpetua.

 

Pero para que se hagan una mejor idea de lo que es la labor habitual en mi puesto de trabajo, les propongo hacer un breve recorrido de lo que ha sido el día de hoy. Hoy martes ha sido un día especial, pues vinieron a mi oficina dos grandes clientes. Uno, un hombre alto y corpulento, era el dueño de unos importantes negocios en el ramo de la destilación de alcohol. El otro, un ser raquítico y con gafitas amarillas, un famoso artista de cine y televisión.

El comerciante, de nombre Avieso Ruffiani, me solicitó soñar un sueño de poder y de prosperidad para sus fábricas, con un inciso de destrucción de la competencia y de incentivos del Gobierno a sus negocios (algo de exenciones impositivas e inversiones obligatorias, no lo recuerdo bien). También, y como anexo, me pidió encarecidamente si le podía incluir una pequeña ilusión de que todos los ciudadanos duplicaran el consumo de bebidas alcohólicas en cinco años, y me enumeró toda una serie de ventajas de por qué una persona en estado de ebriedad puede ser más feliz. Para que pudiera concedérsele este sueño, a Avieso se le conminó por contrato a comportarse como un canalla con sus competidores y a tratar de tontos a todos sus clientes. Sospecho que lo cumplirá a la perfección, ya que hasta ahora no ha tenido ningún problema en hacerlo.

El segundo, llamado Fatuo Espejos, me habló de un sueño de vanidad, para extender su fama de actor al mundo entero y de aumentar su cachet en las próximas películas y series de televisión, para así ser más poderoso y rico, y poder pasearse a sus anchas por los restaurantes y casas de juego más elegantes de la ciudad. Al señor Espejos se le obligó, en cláusulas fuertemente imperativas, a filmar pésimas películas y a actuar mal, siempre que pudiera. Seguro que no le costará ningún trabajo.

 

Yo no puedo ocultar que me causa un poco de pena que estos sean nuestros clientes más importantes. Tampoco soy yo quién para juzgar una escala y un procedimiento que vienen determinados desde un estamento muy superior al mío, y sobre los cuales no me es posible influir en lo más mínimo. No se olviden que yo soy un funcionario más, que simplemente cumple la ley al pie de la letra, y que trata de conciliar este deber con el de actuar de acuerdo a su conciencia. Y aunque muchas veces lo logro, hoy no fue el caso. Por tanto reconozco que soy débil, que me equivoco y me dejo hacer y llevar de un lado a otro por quienes son más poderosos que yo, y por esto pierdo la calma y me tomo vacaciones.

En ocasiones, cuando acabo con uno de estos clientes que me piden sueños tan  prudentes y medidos, tan fáciles, tan posibles y a veces llenos de maldad, me da por salir a caminar por los pasillos, que son húmedos, solitarios y fríos, y allí descargar mi ira y mi rabia contra el sistema, y reflexionar un ratito sobre el destino de los sueños y de los Hombres. No hay nada que pueda hacer, me digo casi siempre, mientras recorro los largos corredores, o cuando incluso, a veces, salgo a pasear por los alrededores de la oficina. Cuando salgo a la calle, me pongo a ver los rostros de las gentes que se cruzan en mi camino, y a través de sus miradas de hastío termino por sospechar que lo que me piden, que es demasiado poco, procede de una vida satisfecha y plena de saciedad material. Yo sostengo que cuando uno piensa que las cosas van mejor, y que la tranquilidad está asegurada, mediante una vida apocada y plena de pequeñas comodidades y miserables placeres de fin de semana, es allí cuando los sueños pasan a ser menos importantes. Por eso en mi oficina pensamos que no hay nada más perjudicial para los sueños que el no necesitarlos, por vivir una vida lo suficientemente agradable y satisfecha.

 

Pero no quiero crearles una imagen tan apocalíptica de mi profesión: ésta sabe darme, cuando menos me lo espero, algunas satisfacciones y alegrías. Éstas vienen en forma de largos garabatos y manchas de tinta en pequeños papeles amarillentos, y muchas veces con la firma de niños pequeños o personas muy muy mayores.

La carta que hoy recibí, de una niña llamada Soledad Miranda, me llenó de esperanzas. En ella dice que se siente muy triste porque sus padres no se llevan bien, y que cuando ellos la esperan en la puerta de la escuela, en lugar de recibirla con una sonrisa y de brazos abiertos, como a todas las niñas de su edad, se ponen a discutir entre ellos y a gritarse a los cuatro vientos. Entonces me ha mandado la carta porque quiere soñar que ellos se reconcilian y vuelven a enamorarse, y así le prestan más atención y la ayudan a crecer y a ser feliz. Para que Soledad pueda soñar con el amor de sus padres, ella deberá sacarse buenas notas en la escuela, y hacer siempre los deberes y no mentir nunca.

Otra carta, de ayer, de un viejo obrero jubilado de la industria del algodón, de nombre Pacífico Pérez, hablaba de que en su país existía demasiada violencia y resentimiento de todos contra todos, y que él deseaba, a manera de sueño colectivo, que todos pudieran convivir con más armonía para así buscar la felicidad en la comunidad. Como agregado también me solicitaba una pequeña ilusión para su hija de poder encontrar otro marido, ya que éste había desaparecido en una de las sangrientas guerras civiles. A Pacífico se le compelía a trabajar la tierra con una sonrisa de oreja a oreja, y a llegar tarde al bar y a beber cada día un poquito menos, hasta dejar ese mal hábito para siempre.

 

Por eso en el fondo no sé si estar triste o contento. Tal vez un poco de las dos cosas. Alianza, que es muy optimista (porque se provee de sueños a discreción), me dice que todo irá bien cuando a los hombres les importe más lo colectivo que lo individual. A mí no me queda claro: no sé si es ésta la razón de tanto falta de ilusión y de esperanza. Recuerdo un tiempo lejano, en que proveíamos de sueños utópicos a las grandes mentes de la Humanidad. Pero todo eso ya ha pasado, y el Ser Humano parece haber sepultado sus anhelos bajo los escombros del bienestar y de la efímera felicidad en 20 pulgadas.

 

Es posible que el sueño de un amor eterno no sea más que el sueño de un capricho. Incluso hasta la libertad sea un simulacro o una mentira. Pero mientras aquí yo sea el proveedor de sueños, daré lo mejor de mí mismo para que la gente prefiera los inalcanzables y necesarios sueños colectivos (sueños que descifren las rutas y alumbren los caminos), o los arriesgados sueños individuales de amores correspondidos, a los fugaces y calculados sueños de los mercaderes, fríos sueños de odio que suelen ser terribles para los demás hombres, semejantes a locas pesadillas. Y con el tiempo todo irá mejor, ya van a ver, o al menos eso es lo que le es dado a soñar todas las noches, a este humilde proveedor de sueños.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
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