En la noche habría visto tal tormenta, tal ventisca, tal agresividad, que observaba extrañado y asombrado el cambio que se había producido en el parque. Del fresco recuerdo que mantenía en mi mente del día anterior en uno de mis matutinos paseos por este lugar, ahora, empero, me era difícil concebir tal imagen. Primero, me era ajeno de todas mis vivencias el anaranjado matiz que el cielo presentaba, todo el brumoso, así mismo sometiéndolo todo, de tal modo que los árboles, o lo que ahora podría llamárseles, erguíanse espectrales. Palos angulosos y puntiagudos, gruesos, eran los árboles pues la masa de ramas se esparcía por la tierra enfangada como jirones voluminosos, los cipreses, por cuyo largo lomo detenía mi vista anteriormente, ahora hallábanse jorobados y rotos, las distintas plantas, de las que tanto me había regocijado, por las que tanto había sentido tal esplendor y colorido, ahora dejaban como secuela de su pretérita magnificencia leves rastrojos enfangados. Andaba ya por un lugar yermo, sombrío y con las más grandes cotas de soledad que en ningún momento pude sentir y percibir.

     Encontrábame en un espacio abierto del parque donde en su centro se erguía increíblemente, aún después de lo visto, como si naciera de la misma tierra, aquella fuente en forma de semicolumna que tantas veces la había visto plagada de palomas que chapoteaban en su agua. Y parecía tal su aspecto, pues su taza era un depósito de fresco limo. Avisté, tras ondear la vista para uno y otro lado, el hecho, el terrible hecho de una larguísima palmera desarraigada, arrancada de raíz de la tierra, de cuya esbeltez y hermosura yo me había hecho partícipe tantas otras veces, pero que, sin embargo, había reposado en su deceso en un cruceta de hierro que había servido para columpio. Anduve en dirección a la palmera grandemente apenado y al llegar a ella observé con mucha meticulosidad, al desnudo, sus propias entrañas, su enmarañado de raíces que tanto tiempo habían permanecido bajo tierra. En un acto de melancolía me senté en la base del gigantesco tronco caído.

     - Hahh, huahh, huahh-, sonó estridente a mi lado. Y cómo no reconocer el graznido de la grotesca hurraca, de este esperpento de pajarraco. En el lomo del tronco caído destacábase su negruzca figura y su pico, que se me asemejaba enteramente a la boquilla anaranjada de un cigarro. El trote de la hurraca por el tronco me dio una idea. Me puse en pie en la base del tronco, equilibré mi cuerpo a sus dimensiones y comencé a caminar pausadamente distanciándome progresivamente de suelo hasta llegar después de una larga travesía al punto más alto que de una palmera erguida se podría suponer: a su misma copa. Entonces, como la cruceta de hierro de los columpios aportaba una considerable inclinación a la palmera, me volví para especular más profundamente el panorama del parque y cual fuera mi impresión que involuntariamente me dejé caer en el tronco atónito ante tal devastadora imagen. Pero aparte de lo que se supondría que habría visto, he de hacer una considerable alusión, nuevamente, al aspecto tan sumamente enrarecido que el cielo presentaba. En las alturas del cielo se abría, se expandía, se abismaba un manto denso, muy denso, de tal magnitud, de tal omnipotencia, que los rayos del sol se mutilaban por la masa etérea, de tal modo que las apocadas radiaciones solares que podían filtrarse expelían una lobreguez atronadora. Y mientras la observaba apasionadamente con el corazón tenso y palpitante, lejos de mí vislumbre entre las siluetas de los ahora esqueléticos árboles la figura de una persona que a mi parecer, con paso muy lento, debatía su mirada por las demacradas escenas del parque. Pero acaso, lo que en mí empezaba a causar una tenue inquietud era que aquella persona se iba aproximando al espacio abierto, y no sé porqué, pero temía la reacción que yo le pudiera suscitar subido como estaba sobre una palmera derrumbada. Quizás, al llegar allí, lo que primeramente le llamó más su atención, al igual que a mí, fuese la fuente, por lo que marchó a ella para especularla con más claridad. Así mismo me era imposible definir sus rasgos todavía. ¡Ohh!, pero también, como si almas gemelas fuéramos, la palmera caída fue fuente de interés para ella, por lo que su inmediato destino sería, sin divagación alguna, aquella. Empero, apenas noté que se agachaba para coger algo caído del suelo, una fuerza irresistible interior me hizo tenderme cuan largo era en el tronco de palmera para hacerme menos evidente a su vista. Tras apenas volvió a retomar la marcha y tras apenas noté que dirigía sus ojos de un extremo a otro de la palmera, aún fue mayor el resentimiento por aquel acto involuntario mío, pues si se apercibiera de mi estancia allí, y encima en una posición tan insólita e inesperada, ¿entonces qué?.     

     Entonces se detuvo, sí, se detuvo en seco a pocos pasos de la palmera haciéndome reconocible su figura, la de una mujer, y también, como se creerá, yo igualmente había sido descubierto, pero cosa extraña sucedió, que permaneció mirándome en una perpetuidad absoluta. La describiré pues: primeramente, la fisonomía de su cara destacábase, de unos rasgos que se matizaban insólitos y sublimes. De unos labios que se coloreaban un tanto pálidos, de una nariz cuya pendiente era exquisita, de unos pómulos que sobresalían levemente, oh, y de unos ojos cuyas pupilas parecíanse enormes astros de un claro marrón. A su vez, el físico de ella que bajo un cuerpo bien proporcionado vestía modesta y sencillamente.

     De pronto, se vuelve y camina hacia otra dirección como quien no quiere saber otra cosa. Yo, por mi parte, no quería que dicha circunstancia se zanjara de tal modo, por lo que bajando de la palmera fui a su encuentro. -¡Perdón, un momento!-, decía en voz alta cuando me allegaba a ella. Volviose rápidamente. –Ehh, pues, pues, ....ehh, ....-, la lengua se me trataba inexplicablemente. –Creo haberte asustado -, dije al fin, - lo siento, no era ni mucho menos mi intención -. Un tanto desconcertada dijo: - Ahh, pero....¿acaso observabas desde allí el aspecto tan atroz de parque?-. Moví afirmativamente la cabeza. -¡Madre mía, oh santo cielo, qué mujer alterna en estos ya inhóspitos parajes! -, pensé.

     Entablamos pues una conversación que venía a tratar, como se supone, de este lugar. Yo atentamente escuchaba la impresión que ella había sufrido y que decía así: - acaso no podía concebir el desenlace de tales hechos. Terrible es pensar la magnitud de la tormenta que en esta noche ha causado tal devastación, y todos los añosos árboles, oh, acaso no todos parecen enteramente palos desnudos o han sido erradicados para siempre de la tierra....

     Tal como fuera empezamos a  movernos. Tomamos un paseo alquitranado, donde a sus dos lados elevávanse los vestigios de árboles cuyo esplendor había sucumbido. Así mismo, ella proseguía, ahora sobre el lúgubre matiz que las densas masas de nubes expelían y así mismo yo asentía y escuchaba, hasta que percibimos un nauseabundo olor que era fruto, sin duda alguna, del estanque que a pocos metros se distanciaba de nosotros. ¡Repámpanos, pero qué fuerza, qué abominable poder habría tomado aquí la tormenta para ver lo que veíamos!. Hasta mi compañera, que dicho sea se llamaba Marta suspiró honda y profundamente ahhh...., aunque, sin embargo, yo tomé un trozo de pizarra que habíase sustraído de la calzada que era de dichas piedras y la lancé enérgicamente al estanque que sonó como plofff...., pues era un auténtico lodazal, un inmundo depósito, que se alternaba entre troncos de árboles hincados como limas e innumerables patos muertos. Así mismo, el fango rebosaba de tal modo que se entremetía por los barrotes metálicos que circundaban al estanque de igual manera a como lo haría un tenedor al aplastar un trozo de tocino.

     Sin aguantar más aquella pestilencia, de nuevo nos movimos. Se denotaba levemente el comienzo de una suave brisa, o propiamente dicho, la sentíamos nosotros, porque lo que son los árboles, ya no hacían el clamor de su existencia. A la brisa sucedió el viento. Al viento una ventisca. Entonces la masa de brumas que se expandía densamente en lo alto del cielo se resquebrajó, se abrió como si se tratara de una granada madura, mostrándose detrás de esos cortinajes sombríos un azul refulgente e intenso, límpido e inmaculado, virginal e inefable....

     Circulábamos ahora en un estrecho paseo. Tomé un cigarro del bolsillo de mi pantalón. Le ofrecí a Marta que fumara conmigo aunque lo rehusó al instante. Vimos un banco verde de metal que momentos después fue asiento de nuestras personas. El sol difundíase en su ocaso haciendo de los multiformes árboles, de las capas más superficiales de sus copas, últimos tropiezos. Un vientecillo fresco removía nuestros cabellos, hacía sonar clamorosamente las copas de los innúmeros árboles y trajo además el graznido ronco de la grotesca hurraca. Entonces, de repente, me levanté. -¡Cómo, la hurraca!, haber, haber....pero de qué me....¡la palmera!-. Entonces también Marta pegó un brinco del banco. -¡La palmera!-, exclamó ella. -¡El estanque nauseabundo!-, dije acto seguido. Esta relación de hechos nos inclinaba al recuerdo de un parque demacrado, de este parque, pero, empero, acáso no éramos perfectamente conscientes que dicho parque no era ni mucho menos dicha relación de hechos y que, en cambio, este era un lugar apacible y solitario, plagado de vegetación, belleza y colorido....

     ¡Ahh, el cielo, él nos había embriagado y aletargado, sus brumas densas y lóbregas!

                                                                                        

 
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