No sabía decirle que no. Aunque no me apeteciese nada lo
que me proponía, nunca le decía que no. Era una de esas personas que
desprende alegría, que se ilusiona realmente con lo que hace, que llena de
vida al resto. Me resultaba imposible negarle algo. Ese fue un gran fallo. -¿A
dónde vamos a ir? ¿De qué vamos a vivir? –le pregunté. -Ya lo veremos.
No te preocupes cielo –entonces me besó y fue como si ya todo se hu-biese
arreglado. Ella era mucho más intrépida que yo, de eso no cabe duda, yo
nunca me hubiera fugado de casa dejándolo todo atrás de no haber sido por
ella. Todavía hay ratos en los que me siento en el sofá con una foto suya
entre mis manos y le agradezco que me animase a hacerlo. La hecho mucho de
menos. Recuerdo perfectamente el día que la conocí. Caminaba por una calle
que nacía en la estación de tren y que me incorporaba a una gran avenida que
iba a parar a mi ca-sa. Ella estaba apoyada en un coche fumándose un may. Su
pelo negro estaba recogido por una coleta que le daba cierto aire
despreocupado, no era muy alta, pero tenía unas tetas bastante vistosas y un
cuerpo muy bonito. Se veía que era una chica resuelta y te-nía algo
misterioso, algo por descubrir, en su mirada. -¿Tienes dinero? –me dijo al
pasar por su lado tras pararme con su mano derecha. Una mano preciosa, dulce,
a la vez que firme y cuidada. -¿Perdona? -Mira, si tienes dinero somos
complementarios, porque yo tengo maría y tu puedes con-seguir cerveza. ¿Qué
me dices?. -Me parece bien. Fuimos a un bar que había a escasos metros de
donde nos conocimos. Yo pedí un par de cervezas y ella me ofreció el may.
Ella no hablaba mucho, lo decía todo con la mirada, más incluso de lo que
nadie pueda llegar a decir hablando; si alguna vez hubiese escrito un libro
sin duda alguna hubiese sido un video-libro o algo así, algo en lo que el
lector pudiese ver reflejado su rostro, sería sin duda una gran historia,
ella podía contar de este modo cosas que nadie podría plasmar en un escrito.
Desde que nos conocimos hasta que decidimos marcharnos juntos dejándolo to-do
atrás pasaron unos meses. Nuestra situación familiar no era la misma, pero
nos lleva-ba al mismo punto, ambos queríamos huir pero no nos gustaba la
soledad, quizá eso fue lo único que la unió a mí. Yo la quería. Sé que
ella no sentía lo mismo por mí. Su padre murió cuando ella tenía cinco años,
apenas le conoció. Al poco tiempo su madre empezó a compartir su vida con
otro hombre; el muy hijo de puta pegaba a su madre y aún así ésta le quería,
lo peor es que, cuando yo la conocí, había empezado a pegarle a ella también.
Ahora que tengo algo de dinero creo que contrataré a un par de esos matones a
sueldo para que le dejen inválido. Mi padre era alcohólico, sigue vivo
supongo, la única razón existente para que utilice el pasado en esa afirmación
es que para mí ha muerto. Supongo que con esto queda claro el motivo de
nuestra huida. No recuerdo haberle dicho nunca que la quería hasta que la vi
en la bañera con ese traje rojo, estaba preciosa; cuatro litros y medio de
sangre diluidos en otros tantos litros de agua de capacidad de la bañera, la
tez totalmente pálida, siempre lo dije, estaba guapísima cuando enfermaba y
su cara se tornaba pálida. Lo primero que intenté al ver-la fue ponerme yo
otro traje rojo para ir a juego con ella, pero no tuve valor, ella siem-pre
iba un paso por delante, era mucho más intrépida que yo. Luego lloré y la
besé y le dije que la quería. Luego me di cuenta de que mi vida había
concluido a pesar de no ha-berme puesto el traje; me di asco por no tener el
valor de hacerlo. Decidimos marcharnos antes de lo previsto, yo estuve
trabajando algún tiempo, pero no teníamos suficiente dinero reunido como
para marcharnos y poder vivir unos días hasta que yo encontrase un trabajo,
tuvimos suerte, el trabajo me llegó pronto. Los dos meses que duró nuestra
escapada vivimos bien, ella me hizo feliz, yo a ella no, así que decidió
matarse. ¿De qué vivo ahora? Eso no importa, no tiene relevancia, no he
llegado hasta aquí para hablar de mí aunque lo esté haciendo, en realidad sólo
quería hablar con ella y aún no lo he hecho... ¿Sabes? Envidio a esas
parejas que van a la misma velocidad, ya me entiendes, que se quieren por
igual; cuando la diferencia afectiva va más allá de lo infinitesimal es
imposible que funcione. Lo nuestro era realmente jodido, porque la diferencia
afectiva se aproximaba a la distancia que recorre nuestro planeta en un año,
y eso es demasiado. No te culpo por no quererme, fue culpa mía que no lo
hicieras, no supe hacerme querer, nunca te supe negar nada. Cuando estás con
una persona tienes que pasar un poco de ella, eso da cierto juego, si no lo
haces la otra persona se aburre y es difícil que te quie-ra. A veces estoy
paseando y me pongo a hablar solo, luego me doy cuenta de que ya no estás.
Espero que la vida no tenga la polla demasiado gorda, porque veo que antes o
después me va a joder pero bien. Ayer encontré entre tus cosas un disco de
Massive Attack, el Blue Lines, un dis-co que marcó una época, como tú solías
decir. Lo puse y avancé el reproductor hasta la canción número seis,
Unfinished Sympathy, te encantaba esa canción. Yo era feliz vien-do cómo la
bailabas. Luego bajé a pasear, al rato estaba hablando solo. La vida está em-pezando
a joderme. Aún no sé por qué no me han metido en la cárcel, el destino y
yo fuimos quiénes te matamos, el destino por cruzarme en tu camino y yo por
seguirle. No sé en que pen-saba cuando decidí estar contigo, yo sabía que
no me querías, eso fue lo que te mató, no era a mí a quién necesitabas.
Fui un imbécil al pensar que podría funcionar, que con el tiempo empezarías
a quererme, que apreciarías mi esfuerzo por salir adelante, que me querrías
por inducción al quererte yo a ti. Gilipolleces. Debí pensar que nos dirigíamos
al país de las maravillas, donde el insomne muere durante una siesta, el anoréxico
en un banquete familiar y el maníaco depresivo de un ataque de felicidad.
Cometí un error y la justicia no me hace pagarlo, ¿en qué mundo vivimos?,
merezco la pena de muerte y no vivo en Texas, quiero matarme y vivo en una
burbuja. Nunca descansaré. Ahora me han internado en un centro psiquiátrico.
Dicen que no saldré de aquí hasta que no esté bien, pero se equivocan, yo
salgo cuando quiero, a dar una vuelta, a husmear entre tus cosas, viejos
recuerdos; pero ellos no lo saben y así está bien. La gen-te que hay aquí
está loca y es odioso tener que convivir con eso, no me refiero a los pa-cientes,
sino a los médicos y enfermeros. Por otro lado he estado pensándolo y creo
que así es mejor, es justo que, de un modo u otro, pagué por lo que hice.