Venancio caminó dos cuadras más allá de la decadente estación  y se dirigió hacia una calle recta y desierta, poblada de pozos y silencios igualmente punzantes, y al tiempo que se entretenía pensando en las ocurrencias de la noche anterior del maestro Galiffi, iba notando en el aire un intenso olor a azafrán molido, y a limones. Caminaba con la mirada en el piso asfaltado, sonriéndose a veces, recordando las frases más enloquecidas de su compañero de labores, el genial Galiffi. Al levantar la vista hacia el horizonte, como movido por un impulso eléctrico, se encontró con el inmenso disco del sol, enrojecido, y,  cual moneda hirviente, surcado por exquisitas hilachas de nubes finísimas. También se percató de que, para su pesar, la calle se continuaba en un empedrado de alabastro gris y verde, anulando el tierno asfalto: sus cansados zapatos le agradecerían al joven que caminara un poco más por la vereda, claro, pero Venancio, al ver que ningún coche aparecía por esos atardeceres últimos, siguió andando por el medio de la calle, tal vez para su propia seguridad, dando simpáticos saltitos, y esperando llegar a la casa de Blonstein, el amigo de los niños.

La casa apareció de pronto, escondida detrás de unos densos árboles y a un lado de la calle de alabastro; el polvo se acumulaba en el polvo. En el silencio del portón de la entrada surgió el óxido de una verja, que a Venancio le pareció más herrumbrada que la espada de Damocles. Si Galiffi fuese así siempre, pensó Venancio, taciturnamente, moviéndose con sombría rectitud mientras atravesaba el jardín, poblado intensos limoneros, y se dirigía a la puerta de la vieja casona de la calle Watt.

Apenas sintió sus pasos traqueteando la madera, Blonstein, que en ese momento escuchaba un disco del Mago desparramado en el sofá del salón, bostezó aún más fuerte: Venancio abrió la puerta sin tranca, entró y la cerró, caminó a la manera de un sonámbulo hacia el salón, saludó vivamente a su compañero con el habitual gesto de levantar el puño derecho y esbozar un “victoria” (santo y seña de la Organización) y se sentó con toda naturalidad en la mecedora junto al cálido sofá, en donde hacía horas yacía su melancólico colega.

- Bueno, bueno, cómo te va a Blonstein, qué milagro te encuentro sólo - dijo alegre Venancio, que mientras hablaba carraspeaba una cruda flema no demasiado inglesa.

- Sí… - dijo el ruso, y cesó de articular. El silencio los envolvía como un viento helado.

- Si, me di cuenta, claro, pero no hablés tanto che, que me vas a aturdir y tengo el oído tapado por los estruendos del otro día, qué disparate viejo. Si estábamos lo más bien, todo iba bárbaro, y no, tenías que saltar vos y tirar un tiro al aire, que justo me pasó al lado de…

 - Margarita se fue - interrumpió secamente el ruso, rubio como una espiga de trigo recién trillada.

Venancio, que para acomodarse a la juguetona mecedora no necesitaba instrucciones, casi se cae hacia atrás de la impresión que le causó semejante noticia en boca del parlanchín Blonstein. Al tiempo que no sabía qué decir, y que su silencio se hacía más largo en progresión geométrica a medida que transcurría, se dio cuenta de que también necesitaría una excusa, ésta para ir al baño ya que, mediante llamados a modo de retortijones , uno detrás de otro, su inoportuno estómago no entendía ni de minas que te largan, ni de almas destrozadas, ni de esos crueles silencios asesinos.

- Si… o sea, ya está, me largó, anteayer se fue. Y no…no va a volver, si eso me ibas a preguntar - se adelantó Blonstein, al ver a su amigo con la palabra en la boca.

- No, no, ruso, te iba a preguntar otra cosa… ¿ tenés papel en el baño ?. Es que…

- Si

- Ahora vengo - escupió la boca de Venancio, quien, a falta de vergüenza, se iba sacando el pantalón a medida que atravesaba el largo y angosto pasillo que comunicaba el salón con el ansiado habitáculo.

Interrumpido en su melancolía, vacío en su pena, triste y malherido por dentro, Blonstein se perdía como un niño en un caleidoscopio de colores profundos, tan intensos que al adentrarse en su magia le hacían daño a la vista, perversamente ayudado por la mágica voz del morocho: “… de noche cuando me acuesto / no puedo cerrar la puerta / porque dejándola abierta / me hago ilusión que volvés…”.

- Ya volví - dijo Venancio, quien parecía llamado por las circunstancias. Al ver a su amigo triste, hundido en su sofá, exangüe y blanquecino, se colocó en cuclillas frente a él, y apoyando las palmas de las manos sobre sus rodillas y mirándolo fijamente a los ojos, le espetó en la pálida cara estas sabias palabras: “son todas la misma mierda”.

Porque según se comenta, la relación entre Blonstein y Margarita no había estado exenta de acontecimientos perversos. Margarita era una atorranta y una histérica, la típica mina que no sabe lo que quiere hasta que te funde el capital y te deja endeudado de por vida. Blonstein no la amaba, y si a eso le sumamos que los dos eran primos lejanos, el asunto no podía llegar a buen puerto, ni a puerto alguno.

 Pero también es cierto que en los dos últimos meses, desde que decidieron mudarse a la vieja casona abandonada de la calle Watt, de la que dicen alguna vez fue residencia del ex presidente Herrera y Obes, sus discusiones se trocaron en fraternales besos, caricias interminables y apasionada virilidad. Y ahora espantado, hastiado, recóndito en su soledad de macho abandonado, Blonstein canturreaba para adentro con melódica y memoriosa destreza, las estrofas finales del tango de Contursi y Castriota, “..Y la lámpara del cuarto / también tu ausencia ha sentido / porque su luz no ha querido / mi noche triste alumbrar”. Pobre ruso.

- Prendo la luz porque no veo nada, che - dijo en ese momento Venancio, que parecía acompañar con sus constantes estupideces a su afligido amigo, caído en amorosa desgracia.

Pero era cierto: dentro de la triste casona ya nada se distinguía. La tarde caía mansamente tras el ventanal abierto, el cielo teñido de un rojo intenso se disponía a dejar paso al violeta y al azul, no sin antes haber regalado unos tonos anaranjados que reventaban las pupilas de los pocos caminantes que transitaban, a esas horas, por las rotas veredas de la calle Watt, y cuyas alargadas sombras penetraban por esa ventana que Blonstein había dejado, por un inefable descuido, abierta de par en par. La fría brisa, ahora nocturna, poblaba la sala, y Blonstein, angustiado y triste, comenzó a soltar delante de Venancio, toda su pena contenida, mientras éste iba a la cocina a preparar unos mates, lo que su amigo agradecía sin decir palabra. Ahora tocaba esperar. Pobre ruso.

 

Cuando Juan Galiffi pidió su cuarta caña, ya eran más de las 7 y media: la hora convenida. Al darse cuenta de la situación (es decir, al instante en que el rufián miró el reloj que había colgado en una de las paredes del establecimiento, acción que llevó a cabo maquinalmente ya que era Galiffi un proverbial enemigo de los relojes, al punto de que cuando cometía sus asaltos a mano armada el temporal elemento quedaba casi siempre exento del atraco, y que por esto era conocido en el mundo del hampa como “el enemigo del reló”) decía que, al darse cuenta de la hora, y sin molestarse en actos tan vulgares como saludar a la parroquia o pagar la cuenta, Galiffi se puso torpemente el sobretodo y salió veloz rumbo a la estación, caminando de lado, tal vez por el mareo. La suerte lo acompañó esta vez: se subió a la máquina sin demora y llegó, con puntualidad paquistaní, al lugar del encuentro.

Galiffi atravesó el frondoso patio de la vieja casona de la calle Watt, que destacaba iluminada en medio de la vasta noche, entró y cruzó al salón, y al ver a sus compañeros hizo el saludo correspondiente, sentándose en el sofá entre Blonstein y Venancio, los cuales, para su profunda sorpresa, se hallaban en el más completo de los silencios (ya que de los silencios parciales hablaremos en otro capítulo).

            -¿Qué les pasa, che ? - atinó a inquirir a sus colegas, notando que a medida que hablaba se le iba quebrando la voz como se deshilacha una hebra de hilo azul-francia (efectos de la caña, el fuerte olor de los limoneros del patio, no lo sabemos).

           -Es Blonstein - dijo Venancio, que no estaba como para guardar secretos. Galiffi

miró de reojo al ruso y súbita e inexplicablemente, lo comprendió todo.

-Se fue Galiffi, se me fue Margarita. Pero la culpa es mía, preguntale a Venancio si no es así, todo fue culpa mía - y Blonstein hacía fuerzas por no llorar delante de sus recios compañeros

-Bueno ruso - se atajaba Venancio - las cosas son así… a veces ganamos y a veces perdemos… ¿ no Galiffi ? - exclamó el joven experto, y pidió ayuda al mismo tiempo.

Pero Galiffi permanecía mudo en presencia de sus colegas. No eran esta clase de asuntos los que lo habían llevado a la vieja casona de la calle Watt; no era para esto que había cruzado media ciudad y dejado sin pagar la cuenta en el bar; la consolación y el desencanto, las ilusiones robadas y una mina que se larga destrozándole el alma al pobre rusito, que ahora se acurrucaba en el pecho de Venancio, no… no eran esas las cosas que al frío Galiffi le interesaban. Pobre ruso.

-Qué frío hace acá adentro - se animó a decir Galiffi quince segundos después, y sacó un impresionante fajo de billetes de diez y veinte pesos del bolsillo interior de su sobretodo, junto con una cintita amarilla, robada de alguna mercería de la calle Arenal Grande. El frío cesó por completo.

Al venial Venancio, que ni en aquel día había visto tanto dinero junto (unos dos mil quinientos pesos, según se supo luego), se le iluminó intensamente el rostro, y gracias a su aspecto flaco y monumental, apareció antes sus colegas como un glorioso poste de luz encendido. Una suerte de caluroso sudor le recorrió la espalda, y le picaban las manos. Galiffi lo miró con sorna, como lo hace el experto con su aprendiz, y le dio una dulce palmada en el hombro.

En cambio la presencia de los mágicos billetes no mitigó en absoluto la tristeza de Blonstein. En su alma brotaban, como las aguas de un géiser, las tristes y rimadas estrofas de los tangos más hirientes: “cuando la suerte que es grela / fallando y fallando / te largue parao / cuando estés bien en la vía / sin rumbo desesperao…”.  Perdidos sus ojos en la fina mesa de caoba, no tenía pensamientos más que para su Margarita. Pobre ruso.

Galiffi se puso de pie, se quitó el sobretodo gris, y en actitud resueltamente institucional, pronunció el esperado pero no menos triunfal discurso de cierre de la acción: “Compañeros rufianes, la misión ha sido cumplida con excelentes resultados. Una vez más, en el transcurso de nuestras vidas, la patria ha sido salvada por el arrojo de unos cuantos de sus habitantes, en este caso, nosotros. El asalto al BAR (Banco de la Asociación Rural) nos ha proporcionado excelentes dividendos para continuar con la causa, que, como ustedes bien saben, es la revolución, la más violenta y sanguinaria posible. Y para concluir, ninguno de nuestros hombres ha sido herido o ha fallecido en la heroica gesta del pasado jueves. La Organización les agradece de esta forma los servicios prestados”. Las gloriosas palabras de Galiffi rebotaban como pequeñas pelotas de goma en las ajadas paredes de la vieja casona de la calle Watt, y un profundo sentimiento de libertad y deber desarrollado hinchaba el pecho de los allí presentes, incluido el melancólico Blonstein.

Las 8 y media, y Galiffi continuó: “Ahora, señores, nos toca el reparto de los beneficios, vulgo plusvalía. He reservado quinientos pesos para gastos varios, coimas, armas, municiones, alquiler de la ropa, etc., y el resto se dividirá de la siguiente manera: un 20% para Blonstein, un 15% para el joven Venancio, un 30% para fondos de la Organización, y el resto para quien les habla. Si no hay mas comentarios se cierra la sesión. Muchas gracias”.

Cuando Galiffi finalizó el discurso, una salva de aplausos emergió de las acaloradas manos de sus compañeros-discípulos. El dinero cantaba su más alegre melodía. Blonstein, recuperado momentáneamente, iba a buscar la Grappa y tres vasitos al oscuro armario de la cocina, y Venancio, con los ojos húmedos de felicidad, miraba a Galiffi con un sentimiento de agradecimiento infinito: era su primer dinero bien ganado.

 

 

Las 12 de la noche. Dos botellas vacías rodando por el frío suelo de la vieja casona de la calle Watt, producían ruidos de imperceptible belleza. Venancio y Blonstein, con los ojos semicerrados, permanecían sentados al pie del sofá. Abundante alcohol corría por sus venas violetas. Galiffi, el maestro, con su barba de tres días y su camisa oliendo al insoportable líquido transparente, se fumaba su enésimo cigarrillo, sentado en la mecedora: la imagen daba un triste aspecto desolador: nada más alejado de la realidad.

-¿Y que van a hacer con su parte de la guita, che ? - preguntó Galiffi, que con su cigarrillo en la boca parecía la chimenea  de una alta refinería de petróleo. El progreso.

-Yo me iría al Brasil - dijo apurado por el líquido el joven Venancio, y agregó olvidando sus múltiples obligaciones - ¿ me querés decir que puedo hacer en este país de mierda?.

-Pero con esto no te daría ni para tres meses - pronunció secamente Galiffi, hundiendo en el corazón de Venancio un dardo cargado con el más mortífero de los venenos.

-Yo quiero buscar a Margarita - terció el ruso, y se le salió de la boca una estrofa de Le Pera “… vivir… con el alma aferrada / a un dulce recuerdo / que lloro otra vez”. Su interrupción-canción provocó cierto malestar en el ánimo del joven estudiante.                     

-¡Querés dejarte de joder con esa minita, ruso !. De verdad, che… en cuanto sepa que tenés toda esta guita, tu Margarita va a volver en dos patadas, vas a ver - sentenciaba el cálido Venancio, aplicando a manos llenas lo que había aprendido en las lecciones de psicología de ese tal Freud, compatriota en parte de Blonstein.

Cuando Galiffi se fue a poner de pie, habiéndose acabado su última cajilla de fasos, decidió que ya era hora de comunicar a los compañeros la segunda fase del plan. “Las circunstancias”, recordaba Galiffi algunos años después, “no eran las mejores: el año 43 había sido pésimo, y aunque el 44 prometía ser mejor, la cautela debía presidir mis decisiones. Sin embargo, opté por la más radical de las rupturas: llamar la atención, y a continuación, ejecutarlo todo lo más rápidamente posible. Me armé de valor y remarqué en el silencio de la noche: compañeros, estamos contentos con nuestra labor, claro que si. Se que tanto ustedes como yo hemos arriesgado nuestras vidas y que eso bien vale una noche de relajo. Pero tenemos que arremangarnos compañeros, que esto aún no ha sido nada. Bien les he contado que hay muchas unidades como la nuestra, que, dentro de la Organización, y repartidas a lo largo y ancho de la patria, buscan la revolución y la venganza; el odio, como a nosotros, los guiará por el sendero de la gloria. Pero esto va a suceder solamente si conseguimos lograr algún golpe de extraordinario valor, ya sea material o moral. Y esto aún no ha sido alcanzado”. El encendido rostro del pletórico Galiffi, contrastaba con las decoloridas paredes de la vieja y derruida casona.

Sin embargo, las caras de Venancio y Blonstein adolecían del mas mínimo de los asombros. Bien se imaginaban esta radicalización en el discurso del tano, quien, ahora más calmado, se ponía el sobretodo y se ataba los cordones de los zapatos. Venancio, inspirado en las palabras de su mentor, dictó con renovado coraje: “Galiffi tiene razón Blonstein, tenemos que hacer algo que destaque sobre todos lo demás, que nos presente definitivamente en el marco de la Organización, y en la propia sociedad , para que éstas por fin sepan quienes somos, qué buscamos, y hasta dónde pensamos llegar”.

De pronto se escucharon los pasos de un caminante resonar la madera del umbral de la vieja casona de la calle Watt: el chirriante portón se había abierto, y mientras la mirada de Venancio se dirigía rápidamente hacia la ventana, los dedos de Galiffi palpaban su revólver: Era Margarita.

-No te dije yo que ésta iba a volver en dos patadas - suspiró un aliviado Venancio. Margarita aparecía en el salón, con un aspecto ligeramente distinto a cómo se había marchado. Su ropa estaba sucia, y su pelo enredado por la mugre de tres días sin pegarse un baño. En sus ojos se percibía un arrepentimiento infinito, así como una calma muy poco femenina. Al verla, los tres sintieron un ligero escalofrío.

-Rusito… - articuló ella en voz baja, y apenas si se le escuchaba. Blonstein estaba a punto de llorar. Galiffi, que no estaba preparado para semejante reencuentro, se puso el sombrero y se dirigió raudo hacia la puerta; para él era como si aquella escena no se desarrollara en su mundo, como si él no perteneciese al mundo de esos seres que se veían luego de tres días de interminable separación. Venancio se puso de pie y salió del emotivo lugar siguiendo a Galiffi, feliz, con los párpados cansados, una mano en el bolsillo en donde se acumulaban los billetes, y con la otra rascándose la nuca, mirándolo en todo momento.

-Chau pibe - dijo en voz baja Venancio al pasar frente a Blonstein, y mientras el rubio miraba con desprecio la vasta espalda del sobretodo del distante Galiffi, sintió de su joven colega la siguiente memorable sentencia: “hacela llorar”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
Hosted by www.Geocities.ws

1