Qué hay detrás de la noche oscura ?

José Agustín Goytisolo

 

 

Hubo un tiempo en que los colores no estaban tal como aparecen ahora, ordenada y pacíficamente ubicados en cada objeto. Celeste no cubría el cielo, Azul no se hallaba en el mar, ni Verde en el prado en donde pastan las ovejas y los terneros. En aquel momento, que aún permanece en nuestros confusos sueños, Rojo no cubría las fresas en primavera, y Amarillo no envolvía la luz del sol cenital del mediodía. Era un tiempo mucho más tumultuoso y cambiante que el actual, pues los colores oscuros dominaban el mundo, y mandaban con violencia sobre los demás. Lo hacían porque eran los más viejos, y por esto eran muy temidos. Hacían lo que querían; nadie podía decirles nada. Se trasladaban de un objeto a otro cuando ellos lo deseaban, y de este modo, el mundo era un caos.

Por ejemplo en la seca tierra de las altas montañas estaba la triste Violeta, en los troncos de los árboles la amarga Azul, y en las nubes multiformes que salpicaban el cielo moraban, ora el agrio Rojo el Fuerte, ora el melancólico Marrón, ora la vieja Lila, la cual también caía en forma de fría nieve. Sucedía que los colores, que eran pocos, se llevaban muy mal, pues todos querían estar en los mejores lugares, y entonces discutían y se peleaban con mucha frecuencia. La mayoría de ellos eran soberbios y muy rencorosos, aunque muchos sólo peleaban para llamar la atención. Los más poderosos de todos eran los tiránicos colores oscuros, los dueños del mundo. Rojo el Fuerte, uno de los más temibles de todos, solía apropiarse de la luna y las estrellas, y lanzaba sus gritos de ira contra el pequeño Amarillo y la amable y clara Verde Pálida, quienes temblaban como hojas cuando veían acercarse algún objeto en donde estuviera su color. Y había muchas cosas de Rojo, pues en aquel entonces reinaba también en el mar y en algunas plantas. Los colores más pequeños, como Blanco y Naranja, sufrían la humillación de quedarse relegados en lugares en los cuales no querían estar, y entonces derramaban sus lágrimas sobre los prados y las lagunas pintadas por la antipática Violeta (esas blancas y tristes lágrimas de pena pueden verse aún en ciertas razas de perros y de osos, que antes eran totalmente oscuros).

 

Pero toda esta situación cambió una mañana de invierno, cuando Celeste se despertó y vio que el sol que aparecía en el horizonte, y todo el cielo, eran de un color oscuro y muy tenebroso. Celeste era la más pequeña de toda la familia de los colores, pues apenas tenía 4 años, y casi no sabía hablar. Pero los pocos sonidos que por su boca salían tenían mucho sentido. Nunca había pedido nada para sí misma, y siempre estaba con una sonrisa en los labios, aunque por dentro sus ideas fueran muy otras. Ese día, al levantarse de la cama para ir a la escuela, sintió que tenía que hacer algo para que todo ese caos se ordenara de una vez. Quería, según ella, representar el espíritu del orden y de la justicia, o algo así. Entonces saltó de la cama con el pijama aún puesto, y cuando vio a su madre Azul que estaba en la cocina preparando el desayuno, le habló de esta manera:

 

-Mamá, ¿viste el sol tan oscuro, y el cielo tenebroso, y las nubes, y la tierra, y el mar, todo tan triste y amargo ?. No me gusta que esto sea así. No me gusta. Las cosas deben ser alegres y hermosas, y no frías y oscuras como lo son ahora.

-Pero hija, no protestes tanto. Tenemos todo lo que deseamos, casa, comida, ropa, juegos, canciones - le dijo la vieja Azul, y finalmente le preguntó -  ¿No es este un mundo feliz ?.

-No. - respondió Celeste, que estaba enfadada con la vida, y salió corriendo por el corredor rumbo a su cuarto, y una vez allí se acostó y se puso a llorar, sintiéndose muy sola.

 

Celeste lloró y lloró, como nunca antes lo había hecho, porque se daba cuenta de que por su edad, nadie la llamaba ni la consultaba cuando en las asambleas de colores se elegía quién iba a tal objeto o a tal sitio. Ella era siempre la última en enterarse de todo, y esta situación no le parecía muy justa. Tenía rabia y mucha tristeza, y su sonrisa de siempre trocó en desilusión y en pena infinita. Muchas veces antes había repetido que quería ver cómo se decidía, cual todos los demás, a dónde debía posarse o en qué lugar ubicarse cada color, pero todos, y especialmente su madre Azul y su padre Blanco, siempre le decían que aún era muy pequeña para ver cómo se tomaban semejantes decisiones, que sólo correspondía a colores grandes, con más experiencia en la vida que ella. Pero esa mañana fue la última en la que se conformó con esta tonta excusa. La verdad era que nadie decidía nada, y que los que mandaban se imponían sobre los más débiles. Y a su padre Blanco, le deba vergüenza que su hija supiera que él no era uno de los poderosos dentro de la familia de los colores. De todos modos lo que le dijo su madre fue la gota que colmó el vaso. Luego de aquel largo llanto, y en la soledad de su cuarto, ideó al fin el plan que salvaría el mundo del caos, pues era esto lo que a ella le parecía que todas las cosas cambiaran de color cuando a éstos les apetecía. Entonces esa mañana, antes de irse, se despidió de su madre Azul sin el beso de costumbre, con las lágrimas ya secas, y aunque se suponía que iba a ir a la escuela, en realidad y sin que nadie lo supiese, había tomado la gran decisión de su vida: iría a ver a todos los colores, para que todos se amigaran y el mundo fuese más feliz, justo y bello

 

Celeste tenía un buen plan, y estaba segura de que no le iba a fallar, pues era una niña muy inteligente, y además era muy linda. Tenía los ojos pequeños, pero estaban llenos de luz y de esperanza. En sus manos habitaba la alegría, y su voz era una fiesta. Su pelo era suave y largo, y se enrollaba como lluvia en sus hombros, y guardaba muchos besos en su sonrisa. Cuando partió rumbo a la casa de Rojo, su primera visita en el mundo de los colores, ya sabía qué debía decirle. En el fondo sabía que los colores tenían buen corazón y deseaban la paz por encima de todo. Y así fue a casa de Rojo, quien vivía en las selvas del norte, y le hizo esta oferta, para nada ingenua:

 

-Rojo, vos que sos tan cálido y generoso, si querés que haya paz entre nosotros los colores, te voy a hacer una propuesta: te podés quedar con el sol en el amanecer y el ocaso, con las fresas y las manzanas, con la sangre, los labios, y con los corazones de todos los hombres.

-¿Y con el de los animales también ? - respondió Rojo, que no salía de asombro de cómo una niña tan pequeña pudiera hablar tan sensatamente.

-Sí, también - le dijo Celeste.

-Está bien, acepto tu propuesta. Que haya paz y justicia entre los colores del mundo.

 

Luego fue a casa de Verde, que vivía en medio del desierto, y se jactaba de ser muy mal educado:

 

-Verde, vos que sos noble y sincero como un niño, si querés que haya paz entre nosotros los colores, te voy a hacer una propuesta: te podés quedar con el pasto, con todas las copas de los árboles, los bosques y las selvas, y con todas las plantas en general, los tallos y las hojas. Incluso podés quedarte con el eucalipto y la menta, que tienen un olor muy agradable.

-¿Puedo quedarme con la menta, que tanto me gusta ?. Ese era mi gran sueño - le dijo Verde, también muy sorprendido.

-Sí, claro que podés - respondió la pequeña Celeste.

-Está bien, acepto tu propuesta. Que haya paz y justicia entre todos los colores del mundo.

 

Y fue así que convenció a todos los colores, yendo casa por casa, hasta que al fin hubo paz entre todos ellos. Nadie planteó ninguna resistencia, pues todos obtuvieron su buena parte en la asignación de todas las cosas. A su madre Azul le prometió el mar y el caudaloso tránsito de los ríos. Amarillo, a quien se le ofreció el sol, el fuego, y la arena, también se quedó muy contento. Y a la triste Violeta le prometió algunas nubes cuando oscureciese, y las pequeñas uvas de las parras húmedas.

Gris obtuvo las duras piedras y la densa niebla, y casi todas las nubes en el cielo. Marrón se quedó con la tierra que hay debajo de la hierba. A Ocre le correspondieron casi todas las hojas que se caen de los árboles en el otoño. Incluso Negro, el más tímido y solitario de todos los colores, fue muy agraciado, pues se le concedió el carbón y el cielo por la noche, y por eso desde ese día la noche es tan oscura.

 

Y pues, una vez hecho el reparto, Celeste se sintió muy cansada, y volvió a su casa y se echó a dormir. Ya era de noche, y estaba muy satisfecha por los buenos resultados. Ahora todos los colores eran más felices y el mundo funcionaba de una manera más justa y más alegre. Las cosas tenían más vida y más belleza que antes, cuando todo era caos y desorden. Durmió toda la noche, que ahora era oscura y muy propicia para el descanso. Había sido el día más feliz de su vida.

A la mañana siguiente, pasada una intensa lluvia multicolor, y cuando ya los colores estaban en los lugares en donde ahora los reconocemos, Celeste los llamó uno por uno para que fueran a verla y le hablasen de cómo se sentían en sus nuevos lugares. Luego de que todos dijeran lo bien que se encontraban y lo felices que eran, Celeste les dijo, con su aguda voz de niña pequeña:

 

-Bueno, vengan y júntense todos porque les quiero decir una cosa. Ayer ha sido un largo día para todos, pero ahora que estamos al fin reunidos en armonía, y que me han dicho lo felices que son con sus nuevas vidas, deben saber que yo también he elegido dónde ubicarme, pues tampoco era cosa de que me quedara sin parte en el reparto que ayer he hecho. Miren.

Y entonces Celeste se dio la vuelta y salió corriendo con sus pequeños y ligeros pies, hasta ubicarse en el lugar en donde ella siempre había soñado estar: en el cielo. Ya en su nuevo puesto, volvió su mirada a todos los que abajo se reunían, tan felices y contentos, y entonces lo que vio fue, simplemente, el primer arco iris.

 

 

 
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