Happy Jack wasn´t tall but he was a man

 

Pete Townsend, 1966

 

Había una vez un niño que sólo sabía mentir. Aunque apenas tenía 5 años, y sus ojos eran azules como el mar en la bahía, aún no había aprendido a decir la verdad. En su casa su madre le decía: “hijo, mejor será que digas siempre la verdad, porque si no te vas a quedar sólo, rodeado por tus propias mentiras”. Pero el niño la miraba con cara de circunstancias, y se inventaba una buena excusa, echando a volar su imaginación, de por qué mentía y mentía, y nunca dejaba de hacerlo.

Finalmente mentir dejó de ser un simple pasatiempo, y se transformó en una rara forma de vida. Fingió un cambio en su acento al hablar, decía tener otros gustos en el almuerzo, su manera de vestirse y de peinarse ya no era las de antes, y él mismo parecía que se comportaba de forma diferente. Cuando conocía a un niño nuevo, le decía que él no era de allí, sino de un lugar lejano, que en realidad no existía. Y todos se fiaban de él, pues no tenían motivo alguno para no creerle. Así pues todo en su vida era un enorme engaño: el niño mentía y mentía pero seguía siendo el mismo de siempre, el de toda la vida, sólo que esmeradamente fingía ser otro, uno más bueno y más amable, cuando en el fondo era vil y malvado, un villano en el pequeño mundo de sus fantasías.

 

Mas una tarde de mucho frío, mientras recogía los trocitos de pan que los viejos les tiraban a las palomas en la plaza del barrio, una niña de su edad se le acercó por detrás y le hizo una pregunta. Le dijo en voz bajita:

 

-¿Vos sos Manuel ?. Te conozco de la clase, te sentás delante de mí, en la penúltima fila - y al decir esto la niña sonrió con sus pequeños ojos tristes.

 

El niño se dio la vuelta, y no pudiendo ocultar esta verdad, y hasta un poco molesto, le contestó:

 

-Si, soy Manuel. ¿Vos cómo te llamas ?.

 

Y a partir de ese momento Manuel se juró no decirle más verdades a Soledad, pues así decía llamarse la niña, y tratar de mentirle siempre que pudiese.

 

De esa manera, y a lo largo de todo el año, Manuel empezó a ver más y más a la niña, y se fue enamorando de ella poco a poco, ya que era un niño muy dispuesto a ello y además ella era muy linda. Se encontraban en la plaza del barrio, en el patio de la guardería, y los fines de semana paseaban juntos por el parque, rodeados de sabios cedros y orgullosos robles. Pero de lo que no se daba cuenta Manuel, era de que Soledad era tan mentirosa como él, y de que en realidad sólo se estaba enamorando de una imagen que construía con lo que la niña le iba diciendo, dulces y falsas palabras, las cuales alimentaban su fértil imaginación de niño pequeño. La verdadera Soledad no era la que aparecía ante él y sus ojos azules, sino una muy otra, una niña astuta y perversa, nada que ver con la Soledad amable y buena de la plaza, el jardín y el parque.

 

Las mentiras entre ellos fueron constantes, y Manuel nunca se sintió incómodo ni sospechó nada de Soledad. Es más, se había acostumbrado a vivir entre mentiras, pues además le mentía a todo el mundo, y por eso se llevaban muy bien. Por ejemplo una mañana, Soledad le preguntó que cuándo podía ir a su casa a conocer a su hermanito pequeño, que según  Manuel sólo tenía 8 meses. En realidad Manuel no tenía ningún hermano pequeño, aunque ese fuera su deseo. Entonces Manuel le dijo que no podían ir porque estaban refaccionando la casa, y que cuando acabaran, la invitaría con mucho gusto.

Otro día Manuel invitó a Soledad a dar una vuelta en bicicleta por los senderos que rodeaban el parque. Pero Soledad, que siempre le ponía una excusa diferente para no ir, esta vez adoptó un tono mas solemne que de costumbre: “Mirá Manuel, en realidad yo no sé andar en bicicleta” - le dijo, y simuló un cierto rubor en su cara. Pero sólo era otra mentira: lo que sucedía era que, simplemente, no la dejaban ir con la bicicleta sola al parque con el niño.

 

Y así transcurrió mucho tiempo, y la relación fue creciendo y creciendo, a base de mentiras, viles las menos, muy ingeniosas casi todas. Eran muy felices, porque les gustaba mucho estar juntos, y se hacían bromas todo el tiempo e iban de la mano a todas partes. No se hacían daño, pues se amaban, y derrotaban a la verdad con buenas mentiras. Era una sinceridad más allá de todo y de todos. Manuel, fiel a su juramento, nunca le dijo ninguna otra verdad a Soledad. Y Soledad, que en verdad se llamaba Victoria, siempre le mintió al niño, hasta en el más mínimo detalle. Así construyeron su mundo y sus vidas. El malvado Manuel no volvió a aparecerse, y la astuta y perversa Victoria, fue a partir de entonces amable y buena, como nunca se hubiera imaginado que podía serlo, y así los niños jamás se separaron, y juntos fueron para siempre muy felices, felices de verdad.

 

 

 

 

Había una vez un niño que sólo sabía mentir. Aunque apenas tenía 5 años, y sus ojos eran azules como el mar en la bahía, aún no había aprendido a decir la verdad. En su casa su madre le decía: “hijo, mejor será que digas siempre la verdad, porque si no te vas a quedar sólo, rodeado por tus propias mentiras”. Pero el niño la miraba con cara de circunstancias, y se inventaba una buena excusa, echando a volar su imaginación, de por qué mentía y mentía, y nunca dejaba de hacerlo.

Finalmente mentir dejó de ser un simple pasatiempo, y se transformó en una rara forma de vida. Fingió un cambio en su acento al hablar, decía tener otros gustos en el almuerzo, su manera de vestirse y de peinarse ya no era las de antes, y él mismo parecía que se comportaba de forma diferente. Cuando conocía a un niño nuevo, le decía que él no era de allí, sino de un lugar lejano, que en realidad no existía. Y todos se fiaban de él, pues no tenían motivo alguno para no creerle. Así pues todo en su vida era un enorme engaño: el niño mentía y mentía pero seguía siendo el mismo de siempre, el de toda la vida, sólo que esmeradamente fingía ser otro, uno más bueno y más amable, cuando en el fondo era vil y malvado, un villano en el pequeño mundo de sus fantasías.

 

Mas una tarde de mucho frío, mientras recogía los trocitos de pan que los viejos les tiraban a las palomas en la plaza del barrio, una niña de su edad se le acercó por detrás y le hizo una pregunta. Le dijo en voz bajita:

 

-¿Vos sos Manuel ?. Te conozco de la clase, te sentás delante de mí, en la penúltima fila - y al decir esto la niña sonrió con sus pequeños ojos tristes.

 

El niño se dio la vuelta, y no pudiendo ocultar esta verdad, y hasta un poco molesto, le contestó:

 

-Si, soy Manuel. ¿Vos cómo te llamas ?.

 

Y a partir de ese momento Manuel se juró no decirle más verdades a Soledad, pues así decía llamarse la niña, y tratar de mentirle siempre que pudiese.

 

De esa manera, y a lo largo de todo el año, Manuel empezó a ver más y más a la niña, y se fue enamorando de ella poco a poco, ya que era un niño muy dispuesto a ello y además ella era muy linda. Se encontraban en la plaza del barrio, en el patio de la guardería, y los fines de semana paseaban juntos por el parque, rodeados de sabios cedros y orgullosos robles. Pero de lo que no se daba cuenta Manuel, era de que Soledad era tan mentirosa como él, y de que en realidad sólo se estaba enamorando de una imagen que construía con lo que la niña le iba diciendo, dulces y falsas palabras, las cuales alimentaban su fértil imaginación de niño pequeño. La verdadera Soledad no era la que aparecía ante él y sus ojos azules, sino una muy otra, una niña astuta y perversa, nada que ver con la Soledad amable y buena de la plaza, el jardín y el parque.

 

Las mentiras entre ellos fueron constantes, y Manuel nunca se sintió incómodo ni sospechó nada de Soledad. Es más, se había acostumbrado a vivir entre mentiras, pues además le mentía a todo el mundo, y por eso se llevaban muy bien. Por ejemplo una mañana, Soledad le preguntó que cuándo podía ir a su casa a conocer a su hermanito pequeño, que según  Manuel sólo tenía 8 meses. En realidad Manuel no tenía ningún hermano pequeño, aunque ese fuera su deseo. Entonces Manuel le dijo que no podían ir porque estaban refaccionando la casa, y que cuando acabaran, la invitaría con mucho gusto.

Otro día Manuel invitó a Soledad a dar una vuelta en bicicleta por los senderos que rodeaban el parque. Pero Soledad, que siempre le ponía una excusa diferente para no ir, esta vez adoptó un tono mas solemne que de costumbre: “Mirá Manuel, en realidad yo no sé andar en bicicleta” - le dijo, y simuló un cierto rubor en su cara. Pero sólo era otra mentira: lo que sucedía era que, simplemente, no la dejaban ir con la bicicleta sola al parque con el niño.

 

Y así transcurrió mucho tiempo, y la relación fue creciendo y creciendo, a base de mentiras, viles las menos, muy ingeniosas casi todas. Eran muy felices, porque les gustaba mucho estar juntos, y se hacían bromas todo el tiempo e iban de la mano a todas partes. No se hacían daño, pues se amaban, y derrotaban a la verdad con buenas mentiras. Era una sinceridad más allá de todo y de todos. Manuel, fiel a su juramento, nunca le dijo ninguna otra verdad a Soledad. Y Soledad, que en verdad se llamaba Victoria, siempre le mintió al niño, hasta en el más mínimo detalle. Así construyeron su mundo y sus vidas. El malvado Manuel no volvió a aparecerse, y la astuta y perversa Victoria, fue a partir de entonces amable y buena, como nunca se hubiera imaginado que podía serlo, y así los niños jamás se separaron, y juntos fueron para siempre muy felices, felices de verdad.

 

 

 

 

 
Hosted by www.Geocities.ws

1