El verano se encuentra en su ecuador. En estos primeros días de agosto el sol refulge con su mayor ardor. A las horas del mediodía el calor es masivo, angustioso e irritante, pero por compensación los crepúsculos y las noches son suaves y dulces. Si antes en invierno, por ejemplo, la muchedumbre cesaba en su tránsito por las calles en horas próximas al nuevo día, dando habladurías nefastas para aquel que lo hiciera, el verano proclama como esencia propia esas horas que ambientan de forma idílica a cualquier persona y que se regocijan con una brisa suave y nítida. El estruendoso griterío de los más jóvenes y las rutinarias tertulias de los mayores son los usuales sonidos que percibo desde la entrada del tiempo estival.

     Hipocresías, críticas, peleas, entusiasmos, incoherencias..... todo ello se              

filtraba a través de balcón, cuyas ventanas abiertas hasta sus límites

disipaban frugalmente el sopífero calor. Forzadamente intentaba dormir. En cambio, ese verbo maldito forcejeaba todas las noches redimiéndome a largas horas de insomnio y pesadumbre. Cada vez más trastornado, mi único y sólo interés diario era alcanzar unas cuantas horas de sueño, llegar al placer de olvidarme radicalmente de todo. Mientras las demás personas dormían diariamente sin ningún preámbulo o atadura, acaso yo alcanzaba con suerte cuatro horas de sueño que no llegaban a aportarme el descanso, a redimirme mi pesadumbre. Esta fue la causa por la que me disponía a alcanzar el fortuito sueño en una hora de por sí temprana para el tiempo estival. Firmemente adopté una postura, cerré los ojos. Pasados unos minutos los abrí cansado de forzar los párpados y pareciéndome aquellos pocos minutos el doble de ellos mismos. Así mismo, persistía en mi postura, empezándome a incomodar notablemente, pero sabiendo de antemano que la disposición de distintas posturas acrecentaría mi mala situación de vigilia.

     Todos los intentos fueron infructuosos. Sentí que nuevamente combatiría largas e interminables hora en un auténtico devenir de malestar y pérdida. Sinceramente, me entraron ganas de llorar.

     El clamor de voces que se alternaban en el exterior disminuyó momentáneamente mi tristeza, cuyo sonido aunque anteriormente percibiéndolo no lo escuchaba, ahora intentaba sacar alguna legibilidad en él. Por lo que tendido, totalmente destapado, entrando a pequeñas dosis una brisa muy favorecedora que disipaba el sudor escuché conversaciones que iban desde críticas por el nuevo coche de aquel hasta disputas entre enamorados. Tuve que admitir lo placentero que me resultó inmiscuirme en lo ajeno, pues me liberó de mi pesadumbre por mi falta de sueño, no acordándome de él mientras duró.

     La plaza ya había dejado de albergar gente. Ya entradas las primeras horas del nuevo día, un silencio lo rodeaba todo, absolutamente. Nada hacía dañar el insonoro estado de la plaza. Los árboles, naranjos, yacían sin más, incólumes. La fuente en forma de copa había perecido en su cantar de aguas. La farolas con su luz blanca solar matizaban todo su alrededor, manifestándose en los naranjos colores verdes apagados.

     Realicé nuevos intentos, todos ellos nuevamente infructuosos. Colmado de mi persistente situación me levanté de la cama. Mis pasos fueron por toda la habitación, buscando algo que no sabía que era. Me dirigí sin más al balcón. El cambio ambiental con respecto a mi habitación me hizo salir del estupor, adentrándome ligeramente pues sólo cubría mi cuerpo la ropa interior. Pensé estar por un largo tiempo en el balcón. Deseaba ausentarme de la habitación y de su penumbra. Me dispuse con ropas de verano y salí afuera.

     Todo mi peso estaba ausente apoyado en la baranda. Los codos hincados en ella y mis manos sumergidas en las mejillas. La plaza, los árboles, las casas..... no me hacían reaccionar. Mi mente, nula. Cerré los párpados y me dejé llevar en aquella situación. La brisa estival se deslizaba sobre mí, su frescor era muy agradable.

     A la cuarta hora del nuevo día la programada iluminación de las calles y plazas dejó de funcionar. El pueblo se sumía en un letargo, una oscuridad parcial originada por la luna y las fulgurantes estrellas.

     Largo tiempo permanecí en aquella situación, embriagándome de la brisa fresca, dejándome estar. Sentía el silencio, la quietud, la armonía de todo lo que me rodeaba. Una neutralidad negra me llenaba con los ojos cerrados, sintiéndome intemporal, sin dolores ni malestares, sólo era el estar y nada más. Cuando mis párpados inconscientemente se abrieron la oscuridad permanecía, algo nebulosa. Miré extrañado en todas direcciones. La plaza manifestaba una negrura latente, los naranjos matizaban en sus hojas el reflejo de la luna, las casas alejadas de sus habituales resplandores daban una impresión extraña. Sinteticé la impresión cuando me percaté que las farolas no iluminaban. –Ya tienen que ser más de las cuatro de la madrugada- pensé, pues sabía de todas las incontables noches a que hora las farolas se apagaban.

     ¿Qué hacer en una noche de vigilia?. Dejarme caer en la estupefacción y resignación era mi habitual método. Acaso sería por el continuo estado de obnuvilancia, por lo que no era capaz de hacer nada. Aunque tampoco hacía nada para poner fin. Sólo era el estar, el dejarme llevar en el tiempo igual que un barco a la deriva.

     Desde el balcón mi vista abarcaba toda una vasta región del cenit. Las estrellas difuminadas irregularmente destelleaban fulgores dorados, el astro lunar, exorbitante, plateaba los tejados de las casas y la plaza solitaria.

 -Todo parece magia- pensé, y tal vez lo fuera. Como una bola de fuego quieto en lo desconocido y unas lucesillas intactas e intermitentes manteniéndose sobre una cúpula negra. Una sensación maravillosa, mágica, increíble y también esperanzadora. Tal vez fuera la única vez que me he sobrecogido ante tal visión. Aquella magia me dio la idea de abandonar mi harta habitación, en lo que bajando las escaleras de mi casa, salí al exterior, concretamente frente a la plaza. Supuse que la visión en uno de los bancos de metal acrecentaría aquella sensación.

     Una plenitud reinaba en mi interior allí, en la plaza, solitaria y penumbrosa rodeada de naranjos oscuros. Mis pasos sonaban en el silencio, mientras me encaminaba a unos de los bancos que situado en el extremo de la plaza oval exhibía toda la bóveda del cielo. Sentado, no podía articular palabra alguna que adjetivara aquel solemne momento. Me era incapaz pensar en una palabra que albergara tal belleza y ninguna se acercaba. El aura de la luna partiendo de lo negro, las estrellas indómitas distanciadas en lo infinito. Fue un momento conmovedor.

     Entonces recaí en mi insomnio, en mi olvido hacia él acordándome de las pasadas noches y de las anteriores pesadumbres, dándome cuenta de la estupidez mía por dejarme caer en la desesperación y viendo aquel descubrimiento que despertó mi cuerpo y alma.

     Durante todas las noche el insomnio es mi bien más preciado.   

 

 

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