"Un sueño sólo"

La madrugada del jueves 8 de marzo, Ricardo despertaba de nuevo sudoroso del sueño brutal que le venía atormentando desde hacía más de una semana.
Ricardo amaba a su esposa y a sus dos hijas, amaba también a su anciana madre, la cual había pasado gustosamente a vivir con ellos tras el fallecimiento de su marido en extrañas circunstancias. Claro que los amaba, nunca en la vida se había cuestionado remotamente haber experimentado la más mínima disminución en ese amor que les profesaba a todas ellas.
¿Por qué entonces seguía despertándose sudoroso y atormentado tras soñar desde hacía más de una semana que las mataba brutalmente a todas ellas con el mayor cuchillo que tenían en la cocina?

-¿Otra vez ese sueño, cielo? –le preguntó Sofía, su amada esposa, abrazándolo y besándolo en un intento rutinario ya de apaciguar sus sudores y temblores aquel jueves 8 de marzo.

Por supuesto, Ricardo no le había comentando jamás a nadie, y menos a su familia, el contenido real de sus pesadillas, se había limitado, más bien, a inventar una caída desde un alto edificio, una caída que se repetía todas las noches mientras se convencía de que esa madrugada iba a ser la última. Pero no era así. Al día siguiente volvía a ocurrir cada vez más realista.
Y ahí estaba Ricardo, con el enorme cuchillo de cocina ensangrentado en su mano derecha también ensangrentada. De pie. Admirando a su esposa destripada en el dormitorio. Luego salía al pasillo y se asomaba al cuarto de las niñas, y ahí estaban ellas también desolladas en el suelo, con sus angelicales caras desencajadas tras haber sido asesinadas por su amado padre. Por último volvía a la cocina donde se encontraba a su madre aún viva que le gritaba suplicante que no alzara el cuchillo de nuevo, pero él lo alzaba de nuevo...

Y ahí despertaba. Siempre en ese preciso y amargo momento.

Ricardo se pasaba el resto del día ausente. Trataba de ir volviendo poco a poco a la realidad, pero ya fuera en el trabajo, en la comida o en sus descansos, siempre recordaba su sueño y un estremecimiento le recorría la espalda de una punta a otra como un relámpago fulminante.

-Deberías ir a un psicólogo –le decía su esposa, pero él confiaba en que simplemente los sueños se irían repentinamente, tal y como habían aparecido, así que alargaba el tiempo posterior a la cena lo máximo posible, temeroso pero confiado en que la noche transcurriría rápidamente y sin incidencias... Hasta que se dormía.

Era tal el empeño de Ricardo en vencer a sus pesadillas él mismo, que un día decidió realizar un experimento, aprovechando que se encontraban en fin de semana, ya que así podría llevarlo a término sin incidencias. Ricardo decidió no dormir por la noche el viernes y sí durante la mañana del día siguiente. Se preparó una cafetera y se sentó al sofá después de la cena frente al televisor a eso de las 11 de la noche, con la intención de estar pasando canales hasta bien entradas las 8 ó 9 de la mañana. Lógicamente, a eso de las 12 y media, su amada esposa se levantó de la cama y le preguntó si faltaba mucho para que se acostara con ella.

-Esta noche no tengo sueño –se excusó Ricardo, convencido de que no iba a bastar con eso. Sin embargo Sofía se retiró acto seguido aunque visiblemente preocupada.

Más adelante, a eso de la 1 y media y después de ver en la TV un par de películas de misterio, entró su madre en el salón ante la sorpresa de Ricardo, pues ella era siempre la primera en abandonarse en el sueño tras la cena. Quizás le estaba costando a la mujer cerrar los ojos esa noche.

-¿No te acuestas, hijo? –le preguntó con ese tono entre dulce y recriminatorio que solía emplear cuando quería dar a entender que no estaba bien lo que se estaba haciendo.
-No, madre... no tengo mucho sueño...
-Deberías descansar, hijo mío, es muy tarde y mañana estarás todo el santo día con esa cara de hecho polvo que sueles tener cuando te acuestas tarde, aunque sea fin de semana.

Ricardo empezaba a sentirse un poco agobiado ante las insistencias de la abuela y es que ésta insistía e insistía como si se tratase de una cuestión vital el hecho de que su hijo se acostara inmediatamente en su cama.

Así que Ricardo, que no era un hombre capaz de mantenerse firme ante demasiadas insistencias, acabó por ceder finalmente y se acostó en el lado de la cama de matrimonio que le correspondía. Pero había tomado tanto café durante su experimento recientemente interrumpido que no paró ni un momento de dar vueltas y vueltas sin sentido.
Se levantó y estuvo dando largos paseos por los pasillos cerca del histerismo. Ordenó sus libros en el despacho, limpió los estantes del salón y se metió en la cocina para fregar la vajilla resultante de la cena. Todo, salvo el tic tac del reloj de pared y el agua que resbalaba desde el grifo hasta los platos, no era más que el silencio en toda la casa.
Cogió los cubiertos, abrió el cajón y se puso a disponerlos ordenadamente en cada espacio. Uno de los tenedores se coló debajo de la bandeja de plástico. Ricardo la levantó para buscarlo, lo cogió, lo colocó en su recipiente, cerró el cajón y se volvió a secarse las manos con el trapo.
De repente se quedó momentáneamente inmóvil y con los ojos perdidos tras las losas de la pared de enfrente. Había visto algo extraño debajo de la bandeja. Lentamente, se volvió, abrió el cajón, la levantó y... ahí estaba. Negro, romo y liso. El mango de un cuchillo enorme.
Lo cogió y se lo puso delante de las narices. Se miró el reloj y sonrió al ver la hora. Las cinco. “A esta hora suelo matar a mi familia”, pensó, ampliando con esto su sonrisa hasta la carcajada. Tuvo que taparse la boca para no despertar a nadie.

Estaba convencido de que ya nunca tendría pesadillas. Sólo había tenido que esperar despierto a la hora en que soñaba que asesinaba a su familia, coger entre sus manos el cuchillo con el que solía hacerlo y mirarlo fijamente. Sólo así se convenció de que era totalmente incapaz de hacer una cosa como ésa. Y si la noche siguiente, o la siguiente o la que fuera, volvían las pesadillas, ya no despertaría sudoroso ni atormentado, porque sabría a ciencia cierta que era un sueño sólo, él nunca podría jamás en la vida tener la sangre fría necesaria como para matar a su familia. Él no.

Ya carente de preocupaciones, decidió que ya era hora de acostarse, pero como el café ingerido iba a seguir activo todavía en su torrente sanguíneo, se tomó la libertad de cogerle prestadas un par de pastillas a Sofía para dormir, pastillitas que acompañó de una buena botella de vino para celebrar que no volverían las pesadillas o que ya no importaba si volvían, botella que salió a beberse a la terraza a base de brindis con la luna por los días venideros. Y así estuvo durante unos cuantos minutos de renovada libertad personal hasta que volvió adentro y se encontró de frente con un hombre con pasamontañas negro, el cual, sin darle tiempo a reaccionar, le asestó una profunda puñalada en el estómago. Ricardo soltó la botella y la copa, y todos ellos (botella, copa y Ricardo) acabaron en el suelo, extendiéndose por éste sus respectivos contenidos (vino y sangre), en una siniestra mezcla de rojos intensos.

Ricardo aún guardaba la conciencia y la vida por momentos en el suelo mientras sujetaba inútilmente el continuo e irrefrenable fluir sanguíneo de sus tripas. Y ahí, con los ojos fijos en la alfombrilla de la puerta de la cocina, pudo escuchar con cierta dificultad la horrible conversación entre el asaltante y Sofía, recién despertada, ambos en el pasillo.

- ¡¡Estaba en la cocina, joder!!, ¡¡Casi no puedo hacerlo!! –gritaba el hombre.
- ¡Creí que mi suegra le había convencido para que se acostase! –le decía Sofía al hombre- ¡Le dije que había estado bebiendo mucho y que me preocupaba que hiciera una locura, luego lo sentí cerca en la cama pero no me di cuenta de que volviera a levantarse!
- Bueno, es igual, ¿Lo tienes todo?
- No he podido abrir el baúl, tendrás que bajártelo al coche mientras hablo con la policía. Ya te llamo mañana, cuando se hayan ido los detectives y todo eso. Dame la llave de la puerta y deja una ventana abierta; que crean que has entrado por ahí.

“El baúl de mi madre”, pensó Ricardo, “el baúl con las joyas de mi madre”.
La puerta de la calle se abrió y se cerró enseguida y, mientras oía al asaltante bajar las escaleras hasta el coche, que puso en marcha apresuradamente, Ricardo alzó la mano para coger el cuchillo que había estado contemplando instantes antes. Lo apoyó contra el suelo a modo de bastón y, dejando caer la mayor parte de su cuerpo sobre el mismo, pudo ponerse de pie para iniciar un doloroso trasiego por el pasillo y luego continuar por las habitaciones de sus hijas y su madre, respectivamente.
Y ahí estaba Ricardo, con el enorme cuchillo de cocina ensangrentado en su mano derecha también ensangrentada. De pie. Admirando a su madre destripada en su cuarto. Y ahí estaban sus hijas también desolladas en el suelo con sus angelicales caras...

-¿Oiga?... ¿Policía?

La voz angustiada de Sofía sacó bruscamente a Ricardo del trance que le supuso encontrar a la mayor parte de su familia descuartizada y del estupor que le estaba produciendo la continua pérdida de sangre. Mientras recorría, embarrando las paredes de rojo, la breve distancia existente entre las habitaciones de sus inertes hijas hasta su propio dormitorio (desde el que Sofía estaba realizando su llamada), fue encajando todas las piezas de los planes de su esposa. Era evidente que tenía un amante y que ambos habían acordado matarlos a todos para llevarse el preciado cofre de la abuela lleno de joyas con las que podrían vivir tranquilamente el resto de sus vidas. Nunca debió casarse de nuevo. Su padre se lo decía a menudo y quizá éste descubrió las intenciones de Sofía y quizá ella también había acabado con su vida. Nunca se supo nada porque nunca se descubrieron pruebas de ningún tipo. Estaba interpretando tan impecablemente su papel de esposa destrozada ante la policía... ¿Dónde había aprendido a actuar así?

-Un hombre... un hombre ha entrado en mi casa y ha matado a mis niñas... mis pobres niñas... DIOS... y mi marido... mi marido...
-Cuelga, cariño... –susurró Ricardo, poniendo el dedo ensangrentado en el colgador del teléfono.

Ricardo se pasó el resto de la noche apuñalando a su esposa. Ella le gritaba suplicante que no alzara el cuchillo de nuevo, pero él lo alzaba de nuevo...
Y, aunque llegó un momento en que ningún signo de vida podía observarse en Sofía, Ricardo seguía hundiendo, sin fuerzas ya, el enorme cuchillo en el cuerpo inerte de una mujer que había sido capaz de asesinar a toda su familia. Ella sí.

Y así siguió hasta que las fuerzas y la vida y los sueños lo abandonaron del todo.

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