"Remero"
La noche era muy oscura. Y muy larga.
De hecho, siempre era de noche.
Nací dentro de un barco y no fui de ninguna parte. Pero el barco era
mío. Durante muchos años, estuve bien acompañado. Divisaba
otros barcos, ocupados por remeros que se hicieron habituales a mi alrededor.
Ellos me sonreían, avanzaban en la misma dirección que yo, y me
prestaban su ayuda cuando era necesario. Eran mis aliados.
Una vez, a mi izquierda, descubrí una luz, y en ella la armonía.
Quise dirigirme hacia ella, y la armonía creció. De repente, me
di cuenta de que me había desviado tanto que yo era el remero más
cercano a la luz. Sufrí tormentas en el trayecto, y ya no había
nadie a quien pedir ayuda. Pero sobrevivir allí significaba percibir
la belleza.
El tiempo que resistí atesora todo el sentido que pude encontrar. Cuando
ya no pude más, agotado, tuve que colocarme de nuevo en paralelo a los
otros barcos. Ya no tenía que remar con tanta fuerza, casi bastaba con
dejarme llevar. Y descansé. Encontré la paz, y de nuevo la comprensión
de los demás.
Hace un rato que en mi camino se ha cruzado una pequeña isla. Sin pensármelo,
he abandonado mi barco para instalarme en ella. Es la primera vez en mi vida
que permanezco totalmente inmóvil. Estoy parado en la objetividad. Y
veo barcos. Todos ellos continúan surcando el mar en esa antigua dirección.
Y es ahora cuando me doy cuenta de que fueron las olas quienes eligieron el
rumbo original.
Soy consciente de que he perdido mi barco, y con él mi oportunidad de
llegar al lugar que todos anhelan. Sin embargo, dudo mucho que en realidad sepan
qué están buscando. Se animan unos a otros, incluso llegan a competir
en grupos, inventando enemigos y normas rotundas. Pero lo cierto es que allá
delante yo sólo veo la oscuridad.
Quiero pensar que me he detenido a tiempo. Aunque ya no pueda moverme, desde
aquí aún soy capaz de contemplar esa luz, aquella grandeza inalcanzable
que me hizo feliz mientras estuvo disfrazada de meta real. Ahora por fin habito
en la calma, exento de preocupaciones pero también de ilusiones. No sé
lo que he perdido al abandonar, pero sé lo que me queda: conozco la triste
verdad, y vislumbro la luz que me sigue llamando.