"Miedo robótico"
1
El ciudadano introdujo su tarjeta personal en la ranura correspondiente de la
cabina electoral. A continuación, la puerta se abrió automáticamente,
para que el votante pudiera acceder a una cómoda silla orientada hacia
la pantalla, en la cual podía leerse:
“Bienvenido/a, ciudadano/a ESP-M-2856333. Como usted aún no ha
votado, le está permitida la entrada a una cabina electoral. Póngase
cómodo/a y prepárese para votar”.
Votar. En realidad, ESP-M-2856333, o como a él le habría gustado
que lo llamaran, Daniel Márquez, no tenía la sensación
de que iba a ejercer su derecho al voto. Era la primera vez que se utilizaban
las polémicas cabinas electorales, después de cientos de años
en los que se votaba cómodamente vía Internet y sin salir de casa.
Y también era la primera vez que dicho derecho al voto era realmente
un deber: al final de la jornada, quien no se hubiera acercado a esas cabinas
(distribuidas en tiempo récord por todas las calles del planeta) ingresaría
en prisión hasta los siguientes comicios mundiales, a celebrar 5 años
después, en 2885.
Cuando los sensores de la cabina detectaron que el ciudadano se encontraba en
posición correcta, comenzó la operación: la puerta se cerró,
y una placa metálica, provista de varios electrodos, descendió
lentamente hasta contactar con la cabeza del individuo. En sólo unos
segundos, durante los cuales Daniel se sintió desnudo de corteza cerebral
para dentro, todos sus pensamientos, recuerdos, opiniones y potenciales de acción,
todo lo que él era en ese momento, estaba a disposición de una
máquina, de un frío e inhumano robot electoral.
Inmediatamente, la pantalla indicó:
“Acaba de votar libremente. Gracias por su participación. ¿Desea
saber a qué partido político ha votado?”
Daniel quería responder ‘no’, pero sus dedos cambiaron de
idea en el último momento y se deslizaron hasta el botón ‘sí’,
a pesar de su miedo a confiar en un robot y a conocer la verdad. La curiosidad
humana venció al miedo robótico en esta ocasión.
“Ha votado por el Partido Centrista. Puede retirarse”. Y la puerta
se abrió.
“No”, pensó Márquez, pero ya era tarde. Él
quería votar por el Partido Conservador, por aquello del voto útil,
pero una maldita máquina había descubierto que su ideología
era más cercana al centro político, y había, sencilla y
finalmente, votado en su lugar, mediante el llamado neurovoto. Conservadores
y centristas no siempre se ponían de acuerdo, y puesto que los primeros
aspiraban a obtener mucho mejores resultados que el Partido Centrista, Daniel
prefería que los socialistas tuvieran enfrente un Partido Conservador
fuerte, y a ser posible en el poder. Al menos le quedaba el consuelo de que
mucha gente de izquierdas podría sufrir en sus carnes algo parecido:
querer votar al Partido Socialista y acabar votando, en contra de su voluntad,
a los comunistas. Pero todo era imprevisible: cuando uno no vota lo que realmente
quiere, las encuestas pierden gran parte de su valor.
-Disculpe, señor, llevo un rato esperando –dijo el siguiente ciudadano
que hacía cola para esa cabina, bajando a Márquez de la nube de
sus reflexiones.
Daniel lo miró con recelo y desprecio, a la par que encontraba nuevos
motivos para desconfiar del sistema electoral: “el voto de un individuo
como ése no debería valer tanto como el mío… o mejor
aún, no deberían dejarlo votar”, pensó, en un arrebato
de lo que muchos habrían llamado racismo.
Pero Daniel tuvo que retirarse, y en su lugar entró el ciudadano ESP-M-7254210,
no sin antes cerrarse la puerta para comprobar la correspondiente tarjeta. La
cabeza del nuevo ciudadano era francamente distinta a la de Daniel, pero eso
no era obstáculo para el sistema de electrodos, que siempre se adaptaba
perfectamente. A diferencia de Daniel, ESP-M-7254210 quedó plenamente
satisfecho con su propio voto. ESP-M-7254210 era un robot y, por supuesto, había
votado por el Partido Robótico.
2
Las anteriores elecciones habían sido mucho más humanas.
Entrabas en Internet, en www.eleccionesmundiales.com, introducías tu
clave y seleccionabas tu opción política voluntariamente, sin
que ningún electrodo decidiera por ti. Y si preferías no votar,
no ibas a la cárcel.
El tanto por ciento de votos obtenido por cada partido se correspondía,
redondeo incluido, con el número de escaños que se adjudicaban
a dicho partido en el Congreso Mundial. Al menos esto último no había
cambiado de cara a las elecciones actuales, pero el resto era completamente
distinto.
Todo empezó (o terminó de empezar) con esos preocupantes resultados
de 2875. La distribución de escaños resultó ser:
1. Partido Robótico: 41
2. Partido Conservador: 25
3. Partido Socialista: 21
4. Partido Comunista: 5
5. Partido Blanco: 4
6. Partido Centrista: 3
7. Partido Ultra: 1
Por vez primera, el Partido Robótico había ganado
las elecciones, y por un amplio margen. Otros partidos componían el llamado
“espectro humano”, formado, de izquierda a derecha (ideológicamente
hablando), por comunistas, socialistas, centristas, conservadores y ultras.
Un caso aparte era el Partido Blanco. El 3.75 % de abstenciones en los votos
emitidos le supuso la consecución de 4 escaños. El Partido Blanco
(denominado así por los votos en blanco), fundado simbólicamente
en 2821, estaba formado por nadie, y sus 4 asientos quedaron vacíos,
tal y como indicaba la ley electoral. Ésta era la forma de representar
en el Congreso la voluntad de aquellos ciudadanos que habían decidido
votar pero a los que ningún partido contentaba. A estos ciudadanos se
les llamaba “votantes blancos”.
La consecuencia no era nada trivial: en cualquier tipo de votación en
el Congreso, los escaños vacíos equivalían a una abstención,
y en muchas ocasiones representaban el freno que impedía alcanzar mayorías
absolutas. En este caso, para hacer frente al temido y emergente Partido Robótico,
tenían que ponerse de acuerdo conservadores, socialistas y comunistas,
que sumaban 51 escaños (el mínimo para obtener mayoría
absoluta). Así lograron investir a un presidente mundial conservador,
sostenido por un inestable gobierno tripartito, al que a veces apoyaban los
centristas y/o el ultra.
En esos inciertos tiempos (año 2875), se habilitó
dentro del Congreso un espacio conocido como la Sala Humana, provista de una
mesa redonda con 5 sillas alrededor, una para cada líder humano real
(los diputados robóticos eran robots; y los blancos, seres virtuales,
inexistentes). Allí comenzó a celebrar sus reuniones la recién
nacida Comisión Humana, cuyo objetivo era hacer frente al inminente peligro
que suponía que, un día, la Tierra estuviera gobernada por robots
humanoides. Este pánico surgido en la población humana se conoció
pronto entre los periodistas como “el nuevo miedo robótico”.
Y los robots se habían quedado a sólo 10 escaños de la
mayoría absoluta... Analizando mejor los resultados, y debido a la presencia
en la Cámara del Partido Blanco, el espectro humano contaba con 55 sillones,
a sólo 5 de perder su mayoría absoluta.
-Hay que invertir pronto esta tendencia –propuso la líder del Partido
Socialista, en plena reunión de urgencia de la Comisión, a 15
de septiembre de 2875, un día después de las elecciones, y antes
de la investidura del líder conservador, el cual deambulaba pensativo
por la sala.
-El problema es la baja participación humana –concluyó éste,
reconociendo así la paradoja de que a su partido siempre le había
beneficiado una baja participación… al menos hasta la fundación
del Partido Robótico.
El líder comunista miraba pensativo por la ventana. A lo lejos, una enorme
mancha azul y marrón le recordaba por qué estaban allí,
y cómo su propio partido estaba fracasando en su intento de purificar
la vida política del planeta, de crear una auténtica democracia,
donde todos los ciudadanos estuvieran representados proporcionalmente. Pero
eso no era así: su propio partido perdía poder a manos del voto
“útil” socialista, mientras que el Partido Robótico
contaba con un número de escaños muy superior al tanto por ciento
de ciudadanos robots terrícolas.
-Mirad allí abajo, a la Tierra –intervino-. Hay millones de humanos
que no se molestan en hacer un simple clic de ratón para votar. Pero
casi todos los robots siempre votan. Son un 25 % de la población, pero
un 41 % de los ciudadanos que se deciden a votar. ¿Cómo podemos
convencer a la gente de que votar es una obligación moral?
Pero la Tierra no se sentía observada. El Congreso Mundial, del tamaño
de un estadio de fútbol, orbitaba alrededor de un planeta que perdía
sus señas de identidad.
-Muy fácil –y los otros 4 se volvieron para contemplar algo insólito:
al líder ultra opinando con calma sobre un problema capital-. No podemos
convencerlos, pero podemos obligarlos a votar.
3
Muy cerca de allí, en la Sala Robótica, 41 robots celebraban su
sonado triunfo en las elecciones mundiales. No podrían formar gobierno,
pero eran el partido más votado. Y a pesar de que no estaban programados
para sentir auténtica alegría, la consecución de sus objetivos
llevaba a su cerebro positrónico a un estado de recarga energética
óptima, de forma que así se estimulaba a cada robot para volver
a lograr un objetivo. Irónicamente, éstas y otras características
y funciones robóticas fueron ideadas, en su día, para que los
robots trabajaran al servicio de la Humanidad. Pero la fabricación de
robots cada vez más inteligentes e independientes acabó por confirmar
las más oscuras sospechas de todos aquellos que sentían miedo
robótico: los autómatas aprendieron a luchar por objetivos propios,
ajenos a todo lo humano.
Los robots humanoides más antiguos habían sido
más lentos, menos versátiles, pero más seguros. En ellos
era relativamente fácil hacer cumplir las leyes de la Robótica,
tomadas de las novelas de Asimov. Sin embargo, a medida que se perfeccionaban
los cerebros robóticos, aumentaba la dificultad para mantener una fiabilidad
suficiente, un margen de seguridad para que el robot siempre se comportara como
deseaban sus creadores humanos. Finalmente, los robots humanoides de última
generación, los G25 (que ya habían reemplazado totalmente a sus
antepasados), seguían trabajando al servicio de los humanos y eran incapaces
de hacer daño a una persona (al menos directamente), pero algo había
cambiado. Los robots empezaron a reunirse en su tiempo libre (tiempo necesario
para recargas energéticas y descanso parcial del cerebro), y comenzaron
a sentirse un colectivo dentro de la sociedad.
El resto fue cayendo lentamente por su propio peso, como gotas de agua descendiendo
desde una cañería por un agujero imposible de cerrar. La primera
manifestación de robots aterró al mundo humano. Los autómatas
exigían más tiempo libre para reunirse. En el Congreso, entonces
controlado por socialistas y comunistas, una combinación de miedo y tolerancia
hizo ceder al gobierno ante las pretensiones robóticas. Ése fue
el primer gran error, como finalmente reconocieron los partidos responsables
de aquella decisión.
Un colectivo necesita tener voz y voto en la sociedad. Y el gobierno accedió
nuevamente: a los robots humanoides se les concedió el derecho a votar.
Todos estos cambios radicales sólo podían nacer de un gobierno
abierto y progresista, y por eso los robots comenzaron votando por la continuidad,
ante el asombro y las protestas del resto de partidos.
Cuando los comunistas obtuvieron 34 escaños (consecuencia de la suma
de votos humanos y robóticos), superando por primera vez al Partido Socialista,
el proceso ya era irreversible: la buena sintonía entre los robots y
la izquierda se convirtió en una bomba de relojería, hasta que
se cumplieron las previsiones de los conservadores: los robots solicitaron tener
su propio partido político, para defender directamente sus intereses.
Los comunistas, impulsores de la mayoría de las reformas pro-robóticas,
comenzaron a darse cuenta de sus fallos. La búsqueda de la utopía
a veces sale muy cara, pero para ellos mayor era el precio que tendrían
que pagar por dejar de ser ellos mismos, por obrar en contra de su propia conciencia.
El Partido Robótico pronto descubrió sus cartas sobre la mesa: comunistas y socialistas eran ahora enemigos políticos, como el resto de partidos de la Cámara. Era una traición por parte de los robots, que habían abusado de la confianza del gobierno, pero no les importaba: algún día alcanzarían la mayoría absoluta, y seguirían trabajando, pero no como sirvientes de los humanos, sino como impulsores activos de un planeta donde todos los ciudadanos fueran absolutamente iguales, sin importar el material del que estuviera hecha su piel.
4
En 2860, primeras elecciones con el Partido Robótico legalizado, éste
obtuvo 20 inquietantes escaños. El Partido Conservador ganó los
comicios con 38 asientos, que sumados a los 11 del Partido Ultra (fortalecido
por el “racismo robótico”), y a los 5 del Centrista, permitían
mantener bajo control el planeta. Mientras, la izquierda perdía millones
de votos debido a sus errores de peso acerca de la tolerancia a los robots.
Y entonces comenzó el fenómeno más extraño.
Los líderes robóticos, repartidos por la Tierra, convencieron
poco a poco a la mayoría de robots humanoides de que debían votar,
de que el sentido de su existencia no consistía sólo en trabajar
para humanos, sino también en protegerse de su excesiva explotación.
Sin embargo, la participación humana, cercana al 25 %, prácticamente
no aumentó en las siguientes citas electorales, favoreciendo así
al Partido Robótico.
5
-El motivo –analizó la líder centrista, en una nueva reunión
de la Comisión Humana- puede ser, simplemente, la resignación.
-¿Cómo? –preguntó el líder conservador.
La centrista se explicó:
-Mucha gente da por hecho que los robots nos dominarán, con o sin mayoría
absoluta robótica. Y por eso no se animan a votar, creen que es un acto
inútil. Es un miedo tan irracional que les impide ver que los robots
no son seres monstruosos, sino que simplemente luchan por sus intereses como
un partido más.
-Bueno, no serán monstruos, pero hay que tratarlos como tales –puntualizó
el líder ultra, único diputado de su grupo-. Si llegan al poder,
no nos aniquilarán, pero harán un planeta a su medida.
Lo triste era que las cosas habían llegado a un punto en que el líder
más intolerante no tenía escrúpulos, pero tenía
razón.
-Hay algo más –sugirió la líder socialista-. Desde
siempre, mucha gente de izquierdas, sobre todo comunista, no se queda en casa
el día de las elecciones. Aunque llueva, salen de fiesta. Hemos intentado
animarlos a que sean más vagos, a que se queden un rato frente a su ordenador
y voten responsablemente. Pero esa fracción del electorado sigue siendo
muy desconfiada… y por mucho miedo robótico que tengan, no van
a creer ahora en nosotros, que hemos fracasado rotundamente en nuestra política
robótica.
-Y menos aún van a votar una ideología contraria a la suya, como
la conservadora –aclaró el comunista-.
-Entonces… -y el diputado ultra no dijo más. Era su forma de pasar
el turno a los demás. El primero en aventurarse fue el representante
del Partido Conservador:
-De acuerdo, llevabas razón el otro día: hay que obligarlos a
votar. Pero ¿cómo?
Los de izquierdas no estaban muy convencidos, pero a esas alturas poco más
se podía proponer.
-Bueno… -comenzó el comunista-. Mis convicciones morales no deberían
permitirme obligar a alguien a votar, pero ante una situación límite,
no queda más remedio que intentar aplicar esa solución de dudosa
ética. Al fin y al cabo, todo esto es el resultado de los errores de
mi grupo político, entre otros factores. Eso sí, la postura enfrentada
e intolerante de la derecha habría supuesto una rebelión incontrolada
de los robots, y…
La socialista, impaciente, lo interrumpió:
-¡Basta! Ahora estamos en el mismo bando que la derecha. Puede que fuera
imposible impedir el poder o la rebelión de los robots (según
el caso). Pero lo que no es imposible es solucionar el problema ahora que se
nos ha… -y miró al ultra- se te ha ocurrido un remedio. Lo que
sí es cierto es que más vale tener a los robots contentos en el
caso de que funcione nuestra estrategia, así que me alegro de no haber
provocado la rebelión –y guiñó un ojo al comunista-.
Ahora pongámonos serios: ¿cómo lo hacemos? ¿Cómo
obligamos a los ciudadanos a votar?
-Pena de cárcel, pena de cárcel… -sonaron a trompicones
las palabras del ultra, retorcido en su silla giratoria y rascando con un dedo
la mesa.
Unas leves carcajadas dieron paso a miradas sorprendidas, inquietas, pensativas…
y por último cómplices. A todos se les había pasado por
la cabeza algo así, pero nadie se había atrevido a exponerlo,
hasta que la boca del ultra habló por todos.
¿Habían dado con la solución?
6
No todo era tan sencillo. La representante socialista se percató de ello:
-Un momento, un momento… Veamos: supongamos que todo el mundo vota. Obviamente,
mejorarán los resultados de muchos partidos… pero en número
de votos. ¿Y en porcentaje qué?
-Pues también, que te den –rimó burlonamente el ultra.
-Claro –dijo la centrista-. Al menos los partidos de izquierda subiréis
en porcentaje, debido a los millones de votantes potenciales que tenéis.
Y entre todos superaremos siempre el tanto por ciento de votos robóticos,
ya que sólo son el 25 % de la población (y por muchos años,
no debemos construir más robots, compañeros).
La socialista continuó con su teoría:
-¿Y el Partido Blanco? ¿Nos apoyará? ¿Se levantarán
los fantasmas de sus sillas para votar con nosotros?
-Las abstenciones… -cayó en la cuenta el diputado conservador-.
No creo que sean tantas, ¿no? Oh, mierda. Sí lo serán.
El comunista le leyó los pensamientos:
-La gente resignada, los anarquistas, los desencantados, los que siempre se
niegan rotundamente a votar, los que se encabronen por tener la obligación
de emitir un voto… se abstendrán, y por tanto el Partido Blanco
nos impedirá alcanzar la mayoría absoluta si supera el 25 % de
los votos (los robots tienen otro 25 % garantizado).
-Estamos en un túnel sin salida –se lamentó el conservador.
7
David Burns recibió la solicitud en su ordenador. Era un encargo especial,
fuera de lo común, uno de ésos que encendía sus ojos y
lo estimulaba para disfrutar trabajando. Rápidamente, diseñó
una estrategia de trabajo, eligió un equipo de profesionales, y realizaron
el estudio sociológico. Su departamento de psicólogos especialistas
en sociología de masas elaboró un informe preliminar en sólo
2 días, pero antes de enviarlo al Congreso había que comprobar
la viabilidad del proyecto. Y lo hicieron. Para ello bastó una reunión
de urgencia con investigadores del Centro de Aplicaciones Neurológicas.
El informe, debidamente modificado y ratificado, se envió por correo
electrónico. Y alguien lo imprimió desde un ordenador situado
en una acogedora sala: la Sala Humana.
8
El recién elegido Presidente del Gobierno Mundial (aunque modestamente
prefería que lo siguieran llamando “líder conservador”,
ante la creciente inestabilidad del Congreso) repartió copias del informe
a sus 4 acompañantes.
Tras estudiarlo con detalle, una satisfacción general se respiró
en el ambiente. Parte del informe decía así:
“Debido a esta casi completa imposibilidad de convencer a los posibles
votantes blancos de que cambien el sentido de su voto, en unas elecciones con
voto obligatorio, proponemos hacer uso de la electroneurografía. Una
placa con electrodos analiza en profundidad todas las ondas y potenciales del
cerebro del paciente (en este caso votante). Este método se utiliza en
psicología para identificar preocupaciones del paciente, alteraciones
neurológicas, y multitud de parámetros que permiten a los neurólogos,
psicólogos y psiquiatras poner fin a muchas enfermedades. Recientes estudios
confirman que se pueden extraer opiniones reales del paciente, con un margen
de error del 1.5 %. Sugerimos que los votantes blancos sean sometidos a electroneurografía.
Si estas personas realmente no simpatizan con ningún partido, su voto
seguirá siendo blanco, pero en muchos casos su ideología se adaptará
lo bastante a un determinado partido como para que el aparato considere que
el ciudadano realmente votaría por ese partido si hiciera caso a sus
propias convicciones. A este dictamen lo llamamos ‘neurovoto’.
>>Por otra parte, esto generaría un pequeño problema. Los
votantes blancos se sentirían discriminados respecto a los demás,
ya que quien votara por otro partido no sería sometido a electroneurografía.
El Partido Blanco no tiene capacidad para quejarse, pero sí sus votantes,
que podrían acudir al Tribunal Mundial. Nuestra propuesta consiste en
que todos los votantes ejerzan su derecho mediante el neurovoto”.
Ya sólo había que llevar esta propuesta a las salas de todos los
partidos humanos, convencer a sus diputados, debatir en el Congreso, ganar la
votación, y que el espectro humano ganara también las elecciones.
Mucho camino por recorrer, pero el tramo más difícil acababa de
quedar atrás.
9
El ultra entró en la amplia sala de su partido. Mesas, sillas, rincones
vacíos, le recordaban que él era el único representante
de una ideología ampliamente rechazada por la sociedad. No tuvo que hablar
con nadie porque allí no había nadie más. No le costó
convencerse a sí mismo de que las cosas se estaban haciendo bien. Y por
primera vez en su vida, se percató de que ya no estaba tan solo en esa
sala. Todo el espectro humano del Congreso, o al menos sus líderes, habían
estado de acuerdo con él. Le habían dado la razón. Y sonrió.
10
Debate televisado en directo para todo el planeta: “Neurovoto obligatorio
para las próximas elecciones”. Al día siguiente, las noticias
recogerían algunas de las palabras más llamativas de cada líder.
Cada uno de ellos iba pidiendo la palabra en función de cómo se
desarrollaba el debate.
Previamente, el líder conservador había presentado un documento
firmado por todos los líderes del espectro humano. Cada diputado pudo
leerlo en la pantalla de su ordenador, desde su escaño. En resumen, los
humanos argumentaban que la Cámara no representaba a todos los ciudadanos,
los cuales deberían tener la obligación de votar. Señalaban
como irresponsables a los individuos que no iban a votar, o a los que votaban
en blanco cuando en realidad tenían determinadas convicciones que, orientadas
con un sentido cívico, podían contribuir a construir un mundo
mejor, votando por el partido con el que más simpatizaran.
El líder conservador, como Presidente del Gobierno, era quien en mayor
medida debía enfrentarse a las quejas del Partido Robótico, cuyo
líder no estaba nada dispuesto a ceder:
-Usted no tiene derecho a obligar a un ciudadano a votar –sentenció.
El conservador pulsó un botón, y el Presidente del Congreso, un
robot no humanoide, y por tanto no tan inteligente y sin derecho a voto, le
concedió la palabra encendiendo una luz en la pantalla central de la
sala.
-Tengo entendido que casi todos los robots ya votan en la actualidad.
-Correcto –confirmó el robot-. Pero insisto en mi opinión:
no tiene derecho a imponer el acto de votar a un ciudadano, sea robot o humano.
-¿Y desde cuándo usted representa a los humanos? –preguntó
el Presidente.
El robot pareció dudar. Emitió un sonido ininteligible, evaluó
las posibles respuestas, y se decidió por una:
-Tiene razón. Yo represento a seres más avanzados y responsables,
que eligen libremente la opción más acertada: votar. Usted representa
a ciudadanos que no se interesan por la vida política, y por tanto deben
quedar excluidos de la democracia si así lo deciden, aunque estén
equivocados. Tienen derecho a ser inútiles.
El líder comunista estuvo a punto de pedir la palabra, pero se contuvo.
No habría podido evitar darle la razón a su adversario robótico.
En su lugar, fue el diputado ultra el que intervino, adelantándose al
líder conservador:
-¡A la mierda los robots! ¡A la mierda! ¡Hijos de puta! ¡Cosas!
¡Que sois unas cosas!
-Bip-bip –interrumpió el Presidente del Congreso, llamándole
así la atención al ultra.
Intentando zanjar el tema, la líder centrista comentó, defendiendo
el texto del documento, que el Congreso debería ser el reflejo de todos
los ciudadanos sin excepción, así que todos debían votar.
Posteriormente, el debate se centró en el mecanismo del neurovoto. Los
robots aducían que supondría otra pérdida de libertad,
mientras que para los diputados humanos se trataba de la expresión más
pura de la democracia: un voto limpio y sincero, sin especulaciones ni resentimientos,
nacido de lo más profundo de cada ciudadano.
-Lástima que ustedes no estén programados para no mentir –dijo
el líder del Partido Robótico-. Nosotros somos políticos
y no mentimos: ésa es la manera de mejorar la democracia, ¿no
creen?
La líder socialista intervino a continuación:
-Señorías robóticas, si de verdad creen en la democracia,
voten esta propuesta de ley, piérdanla y ya no podrán seguir quejándose.
Y se votó.
Tras la publicidad, el resultado que apareció en pantalla fue el esperado:
Votos a favor de la ley del neurovoto obligatorio: 55
Votos en contra: 41
Votos en blanco: 4
11
-… Y por consiguiente, debemos acabar con la amenaza robótica.
Pero para ello debemos unir nuestras fuerzas: la izquierda se merece un partido
fuerte, ¡que gane las elecciones! ¡Que aplaste también a
la derecha! ¡Que…!
-No, no, no -interrumpió la psicoasesora de imagen-. Usted no puede dirigirse
así a su electorado por televisión. Recuerde que la gente esta
vez no va a votar con los sentimientos, sino con el subconsciente. Es lo que
tiene el neurovoto que ustedes mismos tanto han defendido. Me temo que va a
tener que utilizar otros argumentos en los siguientes ensayos que hagamos. Hablemos
de ello si le parece.
Y en este punto de la reunión, que mantenía la líder socialista
con su psicoasesora, comenzó a cambiar el rumbo de la estrategia socialista
para la campaña electoral.
Las cosas eran parecidas en la sede conservadora, pero no en las sedes centrista, ultra y comunista: el neurovoto iba a terminar con el “voto útil”, y los partidos pequeños albergaban renacidas esperanzas. Se divisaba el fin del bipartidismo entre los humanos, sólo se hablaría de programas políticos durante la campaña y, por fin, los insultos, chistes fáciles y estrategias sucias iban a resultar absolutamente inútiles. Por si fuera poco, los robots no iban a ganar.
12
El robot presentador de las telenoticias no necesitaba maquillaje, ni agua,
ni un pañuelo para el sudor. Pero esa noche parecía necesitar
todo eso y más.
-A continuación, les mostraremos en pantalla la distribución de
escaños, una vez computados los resultados de todas las cabinas electorales
del mundo.
Y en los televisores de todo el planeta se pudo leer:
1. Partido Socialista: 27
2. Partido Robótico: 25
3. Partido Conservador: 21
4. Partido Comunista: 17
5. Partido Centrista: 7
6. Partido Ultra: 2
7. Partido Blanco: 1
Días más tarde, la líder socialista era
investida con el apoyo de los grupos comunista y centrista. Los 3 partidos formarían
gobierno cómodamente, y los robots admitían su derrota, sabedores
de que su sueño de controlar el planeta se había quedado escondido
en el pasado… o tal vez en el futuro.
13
La Sala de Líderes contaba con 7 asientos.
Aceptando la invitación de la nueva Presidenta del Gobierno, todos los
líderes se habían reunido en una fiesta informal. Después
de que un camarero robot sirviera las copas y se retirara, la socialista tomó
la palabra:
-Antes del brindis, me gustaría que cada uno de nosotros pronunciara
unas pocas palabras, por ejemplo de mayor a menor representación parlamentaria.
Así que empiezo yo.
>>Simplemente quiero daros las gracias por haber venido y por participar
en esta nueva era de la democracia para la Humanidad… y para la Robótica
-dijo cuando su mirada se topó con los brillantes ojos del líder
robótico.
-Creo que me toca intervenir –así acabó el robot con el
incómodo y repentino silencio de la sala-. El nuevo sistema electoral
no convence a mi partido, pero debo reconocer que el Congreso actual sí
es un reflejo de la sociedad. Mis compañeros y yo trabajaremos para seguir
defendiendo nuestros intereses, pero nunca cuestionaremos esta democracia.
Un relativamente triste líder conservador levantó su copa.
-Ya no soy el Presidente del Mundo. A cambio, tenemos una democracia sólida,
más participativa, y mi partido ha sido imprescindible para alcanzar
el objetivo de este proceso.
-Cierto –reconoció el comunista-. Y permitidme una reflexión.
Después de siglos en la sombra, el Partido Comunista ganó las
elecciones hace unos cuantos años, pero gracias sobre todo a los votos
de los robots. Ahora seguimos en el gobierno, con menor porcentaje en votos,
pero con muchos millones de votos humanos más. Somos el 17 % de la ideología
de la Tierra, lo que equivale a casi el 23 % de los votos humanos. Por primera
vez en la Historia, gracias a casi todos nosotros (con todos mis respetos al
señor robot), todos los ciudadanos del mundo están correctamente
representados.
-Ya vale –intervino la mujer centrista-. Yo sólo quiero añadir
que mi partido intentará estar a la altura del papel que le ha asignado
la Humanidad.
Y las miradas se dirigieron al que ya no era único representante del
Partido Ultra.
-Juerga -dijo.
Y brindaron.
Pero había una silla más, y una copa que no se levantó. Como si hiciera uso de su turno final, el diputado del Partido Blanco, que representaba al 1 % de la población terrícola y al 1.33 % de la humana, guardó silencio. Él (o ella) no era una persona, ni siquiera un robot. Era una ausencia. Era el conjunto de subconscientes humanos que se habían abstenido de verdad. Que habían descubierto, comprendido, temido y rechazado la nueva realidad de su planeta. Que sabían que el precio para vivir en una democracia aparentemente completa y utópica había consistido en obligar a la gente a renunciar a su propia voluntad. En el 1 % de las electroneurografías, unos electrodos habían buscado algo y no habían encontrado nada. Esa nada había sido ignorada en la Sala de Líderes. Pero estaba representada. Y tenía mucho que decir.