"Lamentos en la quinta dimensión"
Nunca hubo luces en la quinta dimensión.
El espacio, las palabras y la
materia eran conceptos inexistentes e innecesarios allí fuera. Tan sólo
el tiempo coexistía con los habitantes de ese extraño y oculto universo, tan
sólo el tiempo se regía por las mismas leyes que en nuestra realidad. El resto
eran seres inmateriales, rodeados de una inimaginable belleza entre la oscuridad
del más absoluto de los vacíos.
Desde aquí, en nuestro universo material,
sólo conocemos las tres dimensiones espaciales y la temporal. Nunca podríamos
comprender el significado de la quinta dimensión, y mucho menos a sus tristes
habitantes. Allí, millones de seres se comunicaban sin sonido y sin imágenes,
pero de alguna forma estaban conectados. Los impulsos energéticos sí podían
propagarse en esa lejana dimensión, y eran esos seres los que los emitían
(orientadamente) y recibían para mantenerse en contacto. Una vez recibidas las
ondas, cada ser las sabía interpretar correctamente, para por último leerlas,
traducirlas a palabras e imágenes mediante un complicado proceso que tampoco
podríamos realizar nosotros.
Y entre esas ondas, entre millones de hilos de
comunicación, una pizca de información salpicó a uno de esos seres.
Como de
costumbre, Épsilon se sobresaltó en su parcela de vacío tras identificar al ser
emisor de esas olas adimensinales, dirigidas específicamente a él. “Es
ella”, se percató, al tiempo que se lamentaba de no poder reflejar en
una cara sus propias emociones, de no poder trasladar sus pensamientos, en forma
de palabras, más allá de su propia mente. Cuando se hubo serenado, se decidió a
traducir el mensaje a algo parecido a un código que nosotros llamaríamos
‘lenguaje’, en cuyo caso diría algo así:
“Hola, Épsilon.
El vacío es más vacío sin ti, la oscuridad se vuelve
más triste, y me queman los recuerdos.
Hoy he vuelto a intentarlo, tal vez tú
también, pero nuestro encuentro ha vuelto a ser imposible. Echo de menos las
luces y la lluvia contigo, las sensaciones, las auténticas emociones del mundo
real, mundo que para mí no existe mientras no volvamos a compartirlo.
Por
favor, nunca olvides que no soy nada, pero fuimos algo tú y yo”.
A falta de lágrimas, algo recorrió por dentro a Épsilon. Esta vez, Sigma
había sido demasiado trágica, demasiado pesimista en su mensaje. En efecto, hubo
un tiempo en el que ambos fueron felices, experimentaron emociones y sensaciones
físicas juntos, pudieron verse, tocarse, escucharse... Pero el tiempo, dichosa
dimensión, había pasado, y ya sólo les quedaba su oscuridad en común. Los dos
anhelaban volver a verse lejos de la quinta dimensión, pero eso era algo que
casi no dependía de ellos, y su tristeza los hundía y les hacía sentirse
prácticamente incapaces de controlar los acontecimientos que sucedían en el
mundo real.
El mundo real... Movido por los recuerdos, Épsilon se asomó de
nuevo a la triste realidad que nosotros conocemos, viajando hasta aquí con una
mezcla de incertidumbre y curiosidad. Cuando llegó, se volvió a encontrar a sí
mismo vagando bajo la lluvia, lluvia que ya no podía compartir con Sigma. Sus
pasos iban a mayor velocidad de la que él les habría imprimido, pero entre sus
habilidades no se encontraba el poder de manejar sus mismos pasos en el mundo
material. Él, irónicamente, que sabía recibir, emitir y traducir ondas en la
quinta dimensión, se sentía impotente ante las otras cuatro dimensiones, incapaz
de detener, ralentizar o cambiar su propia trayectoria en el espacio. En la
Tierra todo eran prisas, el tiempo era el mismo que en su otro universo, pero no
así la forma de interpretarlo. Pronto, la lluvia ya no estaría sobre “su”
cuerpo, y no precisamente porque dejara de llover. Pero antes de ponerse a
cubierto en contra de su voluntad, sucumbió a la tentación de recordar.
Y recordó. Las calles estaban igualmente mojadas, con la diferencia de que
Sigma estaba con él. No importaba la fecha, simplemente lo que sucedía, que
adquiría una mayor viveza y otro significado cuando ella lo acompañaba. Años
después, seguiría habiendo precipitaciones, pero nunca se repetirían esos
momentos precisos, nunca habría otras afortunadas gotas de lluvia que pudieran
compartir simultáneamente el roce de la piel de ellos dos.
Un mal día, ya
lejano en el tiempo, sus cuerpos decidieron separarse, y no volvieron a verse
fuera de la quinta dimensión. Desde entonces, su amor imposible no dejó de vagar
por ese oscuro vacío, mientras los planetas del universo real seguían girando,
ajenos a su desencanto. Las últimas palabras que Épsilon escuchó de la
boca de Sigma fueron “Ya nos veremos pronto”.
Pero era falso, y ellos lo
sabían. Sabían que no se encontrarían en mucho tiempo, que tendrían que
conformarse con intercambiar mensajes en forma de ondas, a la espera de una
segunda oportunidad.
Ahora, en el mundo real, la desesperación que envolvía
a Épsilon se fue transformando en ira, y decidió volver a utilizarla con todas
sus fuerzas, a pesar del gasto energético que le supondría, en un lugar donde él
no mandaba, y cada pequeño logro le costaba un tremendo esfuerzo, la mayoría de
las veces inútil en la práctica. Pero tenía que volver a intentarlo... por
Sigma.
Esa noche, dentro del universo real, en una cama material, David volvió a
soñar con Aurora.
Soñó que se la encontraba por la calle, bajo una intensa
lluvia, y ella le sonreía, como si hubiera esperado el encuentro justo antes de
que se produjese, como si el tiempo hubiera cambiado sus días inútiles por un
inteligente salto hacia el pasado. Después de tantos años, sus manos volvían a
rozarse involuntariamente, y entre temblores comprendían que debían
volver a empezar juntos.
Al despertar, nada de eso afectó lo suficiente a
David. Su vida ya era demasiado complicada como para retorcerla aún más al lado
de Aurora, y seguramente ella pensaba igual.
En la quinta dimensión, Épsilon respondía por fin al mensaje de
Sigma:
“Yo también he vuelto a intentarlo. He provocado que sueñe
contigo, pero cuando despierta no consigo controlar sus decisiones, no tengo
tanta fuerza y me siento cansado... Pero no quiero que estés triste, aún
conservo la esperanza de un encuentro casual”.
“Recibido”,
pensó Sigma, pero ni siquiera llegó a emitir esa palabra en forma de ondas. Ella
también propiciaba que Aurora soñara con David, pero los subconscientes no
podían gobernar sus cuerpos, tan sólo programar sueños y, excepcionalmente,
conseguir determinadas pero pequeñas reacciones en las personas despiertas en el
mundo real, a costa, eso sí, de un enorme gasto de energía que los dejaba sin
fuerzas, un gasto muy superior al empleado para manejar los sueños. Por eso los
subconscientes se sentían condenados a existir, casi exclusivamente, en la
quinta dimensión.
Sin embargo, esa misma tarde, renovadas energías renacerían en
Sigma.
Espiando el mundo real a través de su cuerpo (el cuerpo que compartía
con Aurora sin que ésta lo supiera), fue testigo de sus propias acciones,
acciones involuntarias, ya que era Aurora la que dirigía sus movimientos. Como
todos los seres de la quinta dimensión, Sigma podía experimentar las mismas
sensaciones que su otro yo, en este caso Aurora, con sólo buscarse a sí misma en
el mundo real, en el cerebro de las dos. Y así vio cómo esos pasos la conducían
a lugares conocidos, a sitios adornados con los más dulces recuerdos. Y tenía
que compartirlo con alguien en concreto: con el subconsciente de David, llamado
Épsilon. En ese momento, en la quinta dimensión comenzó un intenso intercambio
de ondas, que nosotros llamaríamos ‘conversación’.
-¡Estoy cerca! –exclamaron
las ondas de Sigma, orientadas hacia Épsilon. Éste, a la espera de más
información, simplemente le respondió con un tipo de ondas equivalentes a decir
“te escucho”, o “espero información más concreta”. Las ondas podían traducirse a
palabras o sentimientos gracias a su frecuencia, duración e intensidad, y en
esta ocasión en concreto, las de Épsilon nacieron intensas, altas y breves. Y
Sigma contestó precisando su posición:
-¡Aurora está en tu barrio! Es una
ocasión para vernos. ¿Dónde estás tú?
Un sobresaltado Épsilon tuvo que
concentrar nuevamente su atención en las tres dimensiones del espacio, hasta
localizarse en el interior de David.
-Yo también estoy en mi barrio, hemos
tenido suerte –fue la respuesta irónica de Épsilon-. ¿Dónde estás
exactamente?
-A ver, hace tiempo que “no me traen” por aquí... Ya sé: Aurora
me lleva al centro comercial, allí hemos estado tú y yo juntos, pero hace tanto
tiempo... Parece que le apetece mucho ir de compras, puede que se quede un buen
rato allí, por lo que percibo en su cerebro. Mira que he intentado veces llegar
a tu barrio, convencerla con todas mis fuerzas... y ahora va y se dirige ella
solita al centro comercial, sin mi ayuda.
Y era verdad. Sigma era un
subconsciente femenino bastante perseverante, pero nunca había logrado su
objetivo más deseado: regresar al barrio de David para encontrarse con Épsilon.
Y lo había intentado de muchas formas: situando a Aurora en ese barrio en sus
sueños, haciéndole pensar en David (con el consiguiente consumo de energía), o
precisamente en ir de compras. Pero la corteza cerebral de Aurora, su parte
consciente, era dura y obstinada, y se empeñaba inútilmente en olvidar del todo
a David. Quizá precisamente por eso, ahora que Sigma bajaba la guardia más a
menudo (de hecho empezaba a tirar la toalla), Aurora se sentía tan segura de sí
misma que esa tarde se sintió capaz de comprar en el centro comercial del barrio
de David, sin que volvieran los recuerdos, sin que nada la atormentara.
El
trabajo, el enorme esfuerzo necesario, era ahora tarea para Épsilon. Dentro del
cerebro de David, el ser inmaterial barajaba diferentes opciones. Debía pensarlo
bien: un solo error y se quedaría sin suficiente energía para un segundo intento
hasta el día siguiente. Pero era hoy cuando Aurora estaba cerca, y no
podía fallar. Sigma lo sabía, y como nadie mejor que Épsilon conocía al propio
David (ni siquiera él mismo), por aquello de vivir a caballo entre su cerebro y
la quinta dimensión, ella le dejó decidir por sí mismo la táctica más apropiada.
Cuando Épsilon estuvo convencido de que tenía bastantes posibilidades de acertar
en su elección, informó convenientemente a Sigma, llevó su idea a la práctica y
comenzó a gastar energías bombardeando el cerebro de David con pensamientos
apropiados a priori.
Nuestros subconscientes son complejos. Casi todas las noches, nos hacen soñar
cosas extrañas, que nunca se nos habrían ocurrido, como si alguien
diseñara nuestros sueños por nosotros. A la luz del día, por muy conscientes que
estemos, el subconsciente nos sigue influyendo en pequeñas dosis. Nos visita
fugazmente un recuerdo perdido y lejano, nos viene una imagen o una palabra
inesperada a la cabeza, nos acordamos de pronto de algo que era importante o que
no lo era... Y todo ello sin que lo hayamos pensado, sin que esas ideas o
imágenes aparezcan tras un razonamiento consciente previo.
Algo parecido le
sucedió a David cuando, justo antes de introducir la llave en la cerradura de su
puerta, dos palabras golpearon su mente. “La quiniela”, pensó de pronto sin
saber por qué. Era jueves, llovía y no llevaba paraguas. Podría esperar hasta el
sábado para hacer y echar la quiniela... Por otro lado, el centro comercial
estaba bien cerca, y tampoco llovía tanto...
El pleno al 15 quedó marcado con
una ‘X’ sobre la ‘X’ del boleto.
Aunque a Aurora le apetecía seguir viendo ropa, algo le hizo pensar
de nuevo en David, y los recuerdos volvieron a tomar fuerza. En su consecuente
obstinación por no encontrárselo, decidió salir cuanto antes del centro
comercial, para lo cual utilizaría la puerta más cercana: la que había junto al
establecimiento de apuestas y loterías.
No pudo evitarlo. Sus ojos miraron
instintivamente hacia ese sitio, sabiendo que David podía estar allí... y vaya
si lo estaba. Y dio la casualidad de que él levantó su vista del boleto
en ese preciso (¿y precioso?) instante. Sus miradas se cruzaron durante un
eterno segundo, intercambiando una información más propia de la quinta dimensión
que del mundo en el que creían vivir felices. Al final de ese segundo, Aurora se
acercó cortésmente a saludar a su antiguo novio.
Las palabras fueron lo de
menos. El lenguaje era más explícito en sus miradas, pero sus cortezas
cerebrales seguían empeñadas en no mirar atrás, en continuar una vida escrita
pero cómoda, así es como lo veían ellos. Tras una breve y convencional
despedida, volvieron a separarse, a tomar caminos distintos para no volver a
cruzarse en mucho tiempo.
Nunca sabrían que sus subconscientes seguían
enamorados por ellos.
-Estoy fatigado –indicaron las ondas emitidas por Épsilon.
-Yo también –replicaron las de Sigma-. Ha sido duro llevarla con tanta
prisa justo hasta donde tú estabas, no suelo hacer esfuerzos tan grandes.
-Lo peor de todo –continuó él, decaído- es que no ha servido para
nada. Hemos esperado mucho tiempo que llegara este día, y otra vez estamos
igual, separados en el mundo real.
En ese momento, unas ondas armoniosas, simétricas e inesperadas alcanzaron
a Épsilon. De haber tenido forma, habrían dibujado una cómplice sonrisa
en la quinta dimensión, pero él sólo podía imaginársela, traducirla de las
ondas.
-¿Qué te hace feliz ahora? –le preguntó a Sigma.
Ella hizo una deliberada pausa antes de responder. Llevaba años esperando
sentirse así, vibrar en el vacío, poder decir esto:
-Hay algo que no ha estado nada mal. Me ha gustado mucho volver a verte.