"3 ladrillos"

No existe un solo triunfo no cimentado en la suerte, en el dinero, en la hipocresía, o en alguna maliciosa y calculada combinación de varios de esos 3 elementos.

La suerte es impredecible. Es el último empujón que te lleva a tu sitio. O mejor dicho, al sitio que crees que te corresponde, ése que te mereces tú más que nadie. Piensa en una meta que hayas alcanzado y de la que te sientas orgulloso/a… Y ahora haz un esfuerzo mayor y visualízate allí, en ese instante anterior al objetivo logrado. Tus méritos estaban sobre la mesa, era justo el premio… y sin embargo, quizá no te arriesgarías a regresar atrás para volver a intentarlo, aunque no tuvieras que repetir el gasto de energías. ¿Por qué? Porque tuviste una dosis de suerte, esa vieja amiga que podría abandonarte en una segunda oportunidad.

El dinero. Papeles y metales con los que nos atrevemos a medir el valor de un objeto, un animal, un acontecimiento, un engaño, un capricho, un momento, o incluso una persona. Se puede comprar desde una sonrisa hasta el cariño de un hijo. Pero lo más triste es que todo eso también se deja vender.
Mientras tanto, el talento, las ideas, los proyectos y los deseos más sinceros, yacen inertes, hibernando a la tenue espera de que un cheque disfrazado de trampolín los catapulte hacia el cielo con el que, justa y torpemente, soñaron.

Pero ¿y si no tienes suerte ni dinero?
No hay problema. Existe algo aún más rastrero, tanto que a pesar de crecer continúa reptando por el mundo: la hipocresía. El arte más repugnante consiste en decir a cada persona lo que espera oír, porque el 90 % de las veces se trata de una mentira.
La hipocresía nos permite sonreír al enemigo, justificar guerras, vestirnos de solidarios, enfundarnos una falsa coraza de seguridad y autoestima, y ser admirados así por nuestro entorno. Es un arma infalible, sabemos que está ahí, y la utilizamos tanto como dejamos que la usen para con nosotros.
Y somos ciegos. O queremos serlo creyendo que no lo somos.

En conclusión, vivimos ignorando los 3 ladrillos con los que construimos nuestros logros. Todo cuanto consigamos se basará en alguno (o algunos) de ellos, y aun así seguirá siendo un motivo de orgullo para nosotros. De la misma manera, apreciaremos en mayor o menor medida a los demás en función de lo que hayan conseguido apoyándose en los bastones más sucios, pisoteando los cimientos de la dignidad humana.

¿Y nuestros méritos? Obviamente, nuestras aptitudes y virtudes también contribuyen a que avancemos en nuestra carrera contra el mundo (o a su favor), pero en una proporción, en cualquier caso, siempre inferior al 50 %. El resto: basura.

Por todo ello, deduzco que el mérito más noble debe de consistir en desprenderse de esa reluciente y despreciable basura social que se ha colado entre nuestras neuronas a lo largo de los siglos. Ese mérito nos convertirá en humanos, pero sin duda no nos llevará a ninguna parte.

Hosted by www.Geocities.ws

1