"Desorientado"

<Bruma> hola
<Desorientado> hola
<Bruma> de verdad estás tan perdido?
<Desorientado> sé dónde estoy
<Bruma> entonces?
<Desorientado> digamos q no sé bien hacia dónde orientar mi existencia, pero ahora no me apetece hablar de eso
<Bruma> ah
<Bruma> bueno
<Bruma> pues hoy es sábado
<Bruma> deberías tener a dónde ir
<Desorientado> precisamente eso sí lo tengo claro
<Bruma> sorpréndeme…
<Desorientado> estaré en el mejor de los sitios
<Desorientado> mi casa
<Bruma> jaja
<Desorientado> me apetece + leer o escribir q salir esta noche
<Bruma> pos tú te lo pierdes
<Desorientado> es una pena
* El usuario ya no se encuentra conectado al chat.

Pero a Desorientado no le importó.
Estaba acostumbrado a mantener conversaciones de ese estilo, y sabía perfectamente que perder a Bruma no representaba en realidad una pérdida. Con ella sólo se podría perder el tiempo… Lo triste era que la mayoría de las personas estaban cortadas por similar patrón, un patrón que no había moldeado precisamente a Desorientado, cosa que le hacía sentirse ligeramente orgulloso de sí mismo, pero no completamente feliz.

Aburrido de existir, habían pasado varios meses desde que un día la curiosidad lo llevó a chatear para rebuscar entre los habitantes de su contaminada (de humos y gente) ciudad. Al principio se llevó decepciones, pero pronto aprendió que estadísticamente era normal tener que armarse de paciencia para dar con alguien que mereciera la pena, no ya en sus alrededores sino en todo el planeta. Lógicamente, lo más acertado era limitarse al chat de su ciudad, puesto que lejos de ella tampoco iba a encontrar nada mejor.

Semirrendido, dejó caer un dedo y el chat se cerró.
Esa desconexión le hizo darse cuenta de que estaba solo en una habitación, en una casa, en un mundo. Su piso presentaba todas las comodidades que él podía desear, que no eran muchas, y hacía tiempo que no salía a pasear. Se encontraba más seguro y protegido allí dentro, y su trabajo, casi limitado al ordenador, no lo obligaba a desplazarse casi nunca.
Distraído y ausente, sus pasos lo acercaron a una ventana. Podía contemplar el cielo, los parques, las avenidas. Y la multitud. La multitud.
Decenas de seres caminaban en pleno sábado por la tarde, empleando su tiempo libre en agarrarse a un teléfono móvil, ir de compras, reunirse con amigos, tomar algo, asistir a eventos deportivos o a desaliñadas proyecciones visuales. Pero a Desorientado le parecía que la mayoría de esos seres carecían del don de mantener o buscar conversaciones interesantes.
De manera repentina, decidió observar el panorama, a 12 pisos de altura, como si nunca antes lo hubiera contemplado. Entonces, se dio cuenta de que no veía bonitos parques entre las calles, sino justo al contrario. Lo que en realidad había bajo su ventana eran pequeños trozos de naturaleza interrumpidos por una devastadora civilización. Y se sintió más solo aún.
Como su ventana no le permitía escapar de esa inalterable realidad, regresó a su ordenador para agarrarse a otra ventana que sí lo podía transportar virtualmente. Abrió su Messenger en busca de las pocas emociones que lo mantenían alerta, despierto, atento. Pero no había mensajes ni nadie conectado.
De hecho, después de tanto tiempo vagando por el chat, solamente una internauta había hecho méritos suficientes para colarse en la sección preferente de su Messenger. El resto eran compañeros de trabajo y jefes, con los que intercambiaba información y de los que recibía órdenes, todo ello destinado a fortalecer una relación meramente profesional. En concreto, su trabajo de psicosociólogo consistía, en resumen, en analizar minuciosamente cada uno de los proyectos que su empresa diseñaba, intentando predecir la posible respuesta de la sociedad, para posteriormente optimizar la estrategia global a seguir, mejorando pequeños detalles que a otros se les habían pasado por alto. Desorientado trabajaba, irónicamente, estudiando el comportamiento de esa multitud a la que aún no comprendía. Y sin embargo acostumbraba a tener éxito en sus predicciones y mejoras de proyectos, lo que lo había convertido en pieza fundamental dentro del departamento comercial y estratégico de la empresa. “Yo mismo contribuyo –pensó- a reforzar esa estúpida inercia que mantiene a la especie humana en el mismo sitio”.
Sumergido en sus pensamientos, una señal luminosa y acústica lo rescató temporalmente de su mar de soledad, invitándolo a naufragar unos minutos sobre la cálida arena de una isla conocida y acogedora: era Escondida, su contacto preferido, que acababa de iniciar sesión Messenger.

<Desorientado> hola
<Escondida> hola, deso
<Desorientado> hoy es sábado, salimos??
<Escondida> jaja
<Desorientado> podríamos comernos la ciudad
<Escondida> es q no tengo hambre
<Desorientado> yo sí, pero el menú disponible tampoco me sentaría muy bien
<Escondida> te refieres a mí??
<Desorientado> jeje
<Desorientado> claro q no
<Escondida> espero q no te sientas rechazado
<Escondida> no eres el 1º q me hace proposiciones hoy
<Escondida> y en el remoto caso de q me decidiera a salir, ya sabes q eres el nº 1 de mi lista
<Desorientado> gracias
<Desorientado> pero tú tb sabes, traidora, q hablaba en broma
<Escondida> jeje
<Desorientado> en todo caso, tendrías q convencerme tú a mí para salir de mi guarida, esco
<Escondida> eso me temo
<Escondida> estamos apaña2

En efecto, Escondida era la única capaz de brindarle respuestas medianamente ingeniosas, y preguntas con criterio, aparte de bromas, comprensión y (¿por qué no?) afecto desde la distancia. Se habían conocido por chat semanas atrás, y entre ellos se fue generando una creciente complicidad que no habían encontrado antes. Pasados los días, aún no se habían visto en persona; ni siquiera habían intercambiado fotos, puesto que no les importaba (a priori) el aspecto físico. Simplemente les apetecía hablar con alguien que diera sentido a las palabras.
Pero la curiosidad no podía continuar eternamente dormida.

<Desorientado> oye
<Escondida> dime
<Desorientado> x q crees q aún no hemos quedado?
<Escondida> ya hemos hablado de eso
<Escondida> no lo necesitamos para entretenernos
<Desorientado> ya, pero no sería normal vernos a estas alturas?
<Escondida> es posible
<Escondida> será q nos da miedo estropearlo
<Desorientado> quieres decir q en realidad sí nos importa el aspecto?
<Escondida> no… bueno, quizá a ti sí
<Escondida> algún día lo averiguaremos, no?
<Desorientado> desde luego
<Escondida> no sé q opinarás de mi apariencia, pero yo estoy contenta con ella
<Desorientado> lo mismo digo de la mía
<Escondida> acepto
<Desorientado> el q?
<Escondida> tu invitación para vernos esta noche
<Desorientado> sigues bromeando, verdad?
<Escondida> en absoluto
<Escondida> ya estoy cansada de teclear
<Desorientado> bien…
<Desorientado> sólo espero q nada cambie esta noche
<Escondida> no tiene x q cambiar
<Desorientado> quieres q intercambiemos fotos antes?
<Escondida> no

Terminada la cibercharla, Desorientado se disponía a acudir a su primera cita surgida del ordenador, y tenía motivos de peso para estar nervioso.
Pensó que en ocasiones así la gente se arreglaba de forma especial, pero él se limitó a contemplarse en el espejo y decidir que no iba a maquillar ni un ápice de su imagen. Escondida debía aceptarlo tal y como era, o de lo contrario no sería una buena amiga. Además, él no se consideraba feo.
Pero no podía evitar una enorme inquietud ante la llegada del momento más esperado. Él se sabía diferente, y por fin alguien parecía apreciar cosas buenas en su interior. Por primera vez, alguien se había fijado en cada una de las virtudes de Desorientado que no tenían relación con su brillante carrera profesional. Su manera de pensar, de ver el mundo, sus inquietudes, su creatividad, habían sido valoradas positivamente por Escondida, y juntos podrían compartir esa visión tan particular de todo lo que los rodeaba.
Sabía que Escondida se iba a sorprender al verlo, pero confiaba en que esa relación tan especial siguiera adelante, por todo lo que tenían en común.
Armándose de valentía, Desorientado cruzó una puerta y se adentró en las calles de un mundo que lo marginaba sólo por ser un robot, un autómata programado por los humanos con el absurdo y paradójico fin de estudiar a esa misma especie.

Años atrás, en una importante reunión de sociólogos, psicólogos y programadores de autómatas, se había tomado la decisión que posteriormente acabaría respaldando el Congreso Mundial. Los recientemente creados robots-prototipo de experimentación PS (psicosociólogos) guardaban en su base de datos demasiada información sobre el cerebro humano, y probablemente alguno de ellos podría desarrollar determinadas anomalías conductuales, como deseos de entablar relaciones estrechas con humanos, activación de circuitos equivalentes a esbozos de sentimientos, o incluso capacidad de influir sobre robots inferiores a ellos, lo que representaba una amenaza potencial cuyo riesgo no se debía correr.
Pero los PS eran tan peligrosos como necesarios en un mundo hiperglobalizado, donde las empresas tenían que ser tan competitivas que invertirían lo inimaginable a cambio de conocer de antemano la respuesta social a cualquier cambio en su política comercial. Los beneficios eran tan apetecibles que las presiones de la empresa ROBOSOCIAL (fabricante de robots como los PS) acabaron por imponer su criterio en esa relevante reunión. En el Congreso Mundial todo sería aún más fácil, teniendo presente que los ultraconservadores del PNG (Partido Neoliberal Globalizado) gozaban de mayoría absoluta en la cámara.
Eso sí, debían adoptarse grandes medidas de seguridad: los robots PS trabajarían manejando un ordenador y completamente aislados de otros robots, y sobre todo lejos de cualquier contacto con humanos. Se les incorporó un chip que activaría una señal de alarma si alguno de esos robots se aproximaba a un humano o a otro robot en un momento no esperado. Por el contrario, dicho chip era desactivado deliberadamente, a distancia, cuando un PS debía ser revisado o reparado, al tiempo que se mantenía al robot constantemente vigilado hasta el momento en que los técnicos volvían a activar el chip para dejar al robot de nuevo solo en su aislado centro de trabajo.

Pero uno de los PS lo tenía todo previsto.
Sus creadores nunca habrían imaginado que el robot PS-245 utilizara su tiempo libre para interesarse por los chats y comunicarse así con humanos en secreto, usando el nick de Desorientado. Y mucho menos que dedicara otros muchos ratos a recopilar información sobre sí mismo, hasta el punto de aprender a desmontar la zona de su cabeza que albergaba el chip que limitaba sus acciones, para desactivarlo en alguna ocasión pertinente. Y esa ocasión había llegado.
Aproximándose al lugar de encuentro, Desorientado se sentía más inquieto que nunca. Iba a encontrarse con una persona diferente a los fríos técnicos que lo revisaban, incluso distinta del resto de internautas con los que había chateado. Una persona que hablaba con él, que lo trataba como lo que realmente era: una mente intelectualmente activa, y no un montón de circuitos generadores de gigantescos beneficios económicos. Una persona que podía ser su amiga.
¿Cómo reaccionaría Escondida al descubrir que él era un robot?
Presumiblemente, la chica se iba a asustar, se avecinaban momentos, quizá días, de tensión. Por otro lado, Desorientado era un PS, y por tanto podía pronosticar con poco margen de error el comportamiento de las personas. Sin embargo, le resultaba mucho más sencillo acertar en su pronóstico cuando se trataba de predecir reacciones de masas sociales que una respuesta individual. No le quedaba más remedio que confiar en que, con el tiempo, Escondida acabara sopesando favorablemente la nueva situación, y aceptara tener un robot en su vida. La amistad (¿y el amor?) estaba por encima de una piel metálica. ¿O no?

Plaza poliédrica, cuadrante de la reina negra. Ése era el punto de encuentro.
El tablero de ajedrez se encontraba en el 4º piso, y Desorientado cogió el ascensor rodeado de humanos que lo miraban con una mezcla de respeto y desprecio. Los robots, muchos de ellos infiltrados entre la gente por su función específica, no eran una amenaza para la integridad física de la gente, pero muchas personas no acababan de entenderlo, mientras que otros los consideraban usurpadores de puestos de trabajo. Por último estaban los fervientes defensores de la robótica, que admiraban los avances tecnológicos, pero que igualmente consideraban a los robots como simples máquinas al servicio de la Humanidad.
Ajeno a todo ello, Desorientado se apeó en su planta y se encaminó hacia la casilla de la reina negra, donde esperaba Escondida. Contradiciendo sus propios nicks, él avanzaba con paso firme, mientras ella lo aguardaba sin ocultarse. Entre ellos, la multitud les impedía verse por el momento, hasta que, ya dentro del tablero, no hubo ni una persona entre los dos.
No sólo Escondida se sorprendió en el encuentro.
Ni siquiera acertaron a intercambiar una palabra. Cruzaron una mirada, quedaron inmóviles, y a continuación ambos dieron media vuelta, hacia ascensores situados en esquinas opuestas.

El ordenador estaba encendido y la ventana del salón abierta, pero Desorientado se sentía totalmente desconectado de ambos mundos.
Él, que había soñado tanto con tener una amiga humana, había acudido a esa cita, cargado de ilusión, sólo para encontrarse con una inscripción grabada en la frente de ella: PS-323.
Ahora él también debía sopesar esa nueva situación, y quizá días más tarde acabaría aceptando y valorando que tenía una amiga robot. Pero ambos seguirían sintiéndose solos en un mundo dominado por los humanos, en el que, ahora sí, ya nunca tendrían opción de integrarse.
Vencido por la aplastante claridad de su tristeza, cerró su ventana, apagó su ordenador y se entregó a la oscuridad más absoluta.
Estaba desorientado.

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