Propiedad conmutativa: 18 x 1 = 1 x 18

Hay nacimientos que alegran sobremanera: por haber sido larga y laboriosa su gestación y, también, por la criatura que ve la luz. Esta exposición es uno de ellos: tras cinco años, desde aquel junio del 99, madurando en el vientre del laboratorio fotográfico, ahora tiene lugar un alumbramiento doble. Porque, junto al arte de la fotografía de Pedro Aceituno, se ha hermanado, gemelo, ese otro arte, la pintura, en el que Jaén es una provincia privilegiada no sólo por la cantidad sino por la calidad. La intuición y la inquietud artística de Pedro ha conseguido encarnar en esta exposición una original idea: el homenaje del fotógrafo a los pintores y el de la pintura a la fotografía, festejándolo éstos con un brindis de color, donde se percibe, al unísono, la diversidad y la personalidad de cada una de las voces y sus matices.

Por su parte, Pedro Aceituno lo ha hecho, desde la fructífera humildad que va del blanco al negro. Y lo ha realizado gastando carretes de exposición y conversación, eligiendo los terrenos y la distancia justa para embarcar (enmarcar) la luz apropiada y acercándose a ese tiempo y a ese odre -artesanía y estudio- en el que ocurre el milagro que convierte el agua del oficio en el vino del arte: al taller donde el artista se forja y se mide hasta dar la talla. A ese taller -vientre y placenta, genio y cerebro, manía y obsesión- donde la obra va nutriéndose y tomando cuerpo de forma diferente hasta que la originalidad queda conectada umbilicalmente con su origen.

El artista de nuestros artistas, Pedro Aceitno, ha captado a través del ojo de su cámara, sin luces eléctricas ni trucos de artificio, toda una gama de detalles y matices que conforman la singularidad de cada uno de los pintores. Cuando los detalles se seleccionan con la minuciosa precisión y rigor con que lo ha hecho Pedro, se convierten en la mejor semántica para conseguir la definición perfecta. No, las cosas no ocurren porque sí, sino por algo: por eso no hay dos artistas iguales, ni dos estudios, ni tampoco habrá dos obras iguales: el hábito (hábitat) no hace al monje, pero lo conforma.

La fotografía de Pedro Aceituno es limpia en su presentación, también constante. Enamorado del realismo y del clasicismo tanto en las formas como en los temas, apuesta decididamente por esos "colores" que, como alfa y omega, abren y cierran la vida: del blanco que la amanece al negro que la apaga. Y, mientras, como si la vida fuera un desarrollo de grises, la luz de las horas y los días va tejiendo dobleces, sombras y contrastes: sí, la vida, esa longitud que se recorre entre el blanco más luminoso y el negro más opaco. Y la austeridad monacal del blanco y negro se prolonga, en rima consonante y perfecta, con la resurección pictórica de los colores.

Todo resultado es fruto de un doloroso proceso de selección. En este caso lo ha debido ser con más razón: externamente, porque no todos los espacios son controlados por la fotografía; internamente, porque en las alforjas del camino, Aceituno ha tenido que dejar negativos y positivos hasta mostrarnos, de entre 1500, sólo 18. Lo que supone un cien por cien de éxito, de esencia, de arte.

José Ramón Grima.

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