La
torre
de filigrana de oro
Jorge Carpizo

L a Torre Eiffel representa a París, a
Francia y, para muchas personas, a Europa.
El destino de la Torre Eiffel no deja de ser curioso, cuando se le construyó la
polémica fue muy apasionada y muchas personalidades de la época la consideraban
horrible, un monstruo de fierro que venía a destruir la armonía de París. Lo
único que consolaba a sus detractores era que al acabarse la concesión -20 años
después- sería desmantelada y la pesadilla habría terminado.
La Torre Eiffel fue escogida entre 107 proyectos para simbolizar la Exposición
Universal de 1889. Se construyó en menos de dos años por un equipo de 50
ingenieros encabezados por Eiffel; pesa siete mil toneladas, se integra por 15
mil piezas metálicas unidas por dos y medio millones de tornillos. Su altura
original fue de 300 metros, pero desde hace varias décadas se ha aumentado en
20 más por la cabina-antena de la televisión. Su forma no la determinó la
estética sino la técnica, el problema de cómo sostener una torre que en ese
momento iba a ser la más alta del mundo.
Ciertamente la Torre es un prodigio técnico: la presión que ejerce sobre el
suelo es la de cuatro kilos por centímetro cuadrado y ello es, como bien se ha
dicho, el peso de un hombre sentado sobre una silla.
Cuando la concesión de la Torre terminó, era claro que no sería desmantelada
porque ya formaba parte del entorno parisino, pero además tenía una importante
utilidad científica, como los servicios prestados a la desaparecida TSF
(Telégraphic Sans Fil), servicios que de aquel entonces a nuestros días han
aumentado como las antenas de televisión que sostiene y la instalación de un
importante laboratorio de meteorología y de navegación aérea.
La vista de París desde cualquiera de las tres plataformas de la Torre Eiffel
es extraordinaria. Prefiero la que se contempla desde la primera, porque se
tiene a la ciudad más cerca de los ojos y la impresión que da es la de un plano
de aquellos que tienen dibujados los edificios, y muchos de los de París se encuentran
entre los más hermosos del mundo. Así, uno está dentro del plano, algo parecido
a cuando se visita una ciudad miniatura, sólo que en este caso es una ciudad
verdadera, a escala real, París.
La Torre Eiffel es un magnífico mirador, pero a su vez ella es parte de una de
las más hermosas perspectivas de París, aquella que se contempla desde la
terraza del Palacio de Chaillot con el espejo de agua abajo y sus fuentes
laterales y la de los grandes chorros de agua de su batería de cañones, pasando
por la Plaza de Varsovia, el Puente de Jena para toparse y elevarse a la
cúspide de la Torre Eiffel y después el Campo de Marte con sus hileras de
árboles, sus jardines y sus flores hasta cerrarse la perspectiva con la
imponente fachada clásica de la Escuela Militar. A la izquierda se contempla la
cúpula dorada de los Inválidos que es la corona de París.
Durante el día, aunque la Torre es un prodigio de ligereza, parece muy pesada,
una mole, un inmenso monstruo de fierro. En la noche es algo diverso. A la
Torre se le iluminaba como a los principales edificios de la ciudad con
reflectores externos, pero desde hace 10 años la iluminación es interna con
lámparas de sodio que proporcionan una luz amarilla, un poco anaranjada. Esta
iluminación es tan importante como la construcción misma de la Torre en el
siglo pasado, porque cuando el cielo de París se oscurece y la Torre es
iluminada, tenemos frente a nosotros, sin ninguna hipérbole, exageración ni
fantasía, una verdadera torre de oro.
Así es. Una torre inmensa de oro pero que al mismo tiempo es
extraordinariamente ligera porque está construida con delgados hilos en forma
de X tal y como se realiza una pulsera, un collar o unos aretes de filigrana.
Son 320 metros de altura de oro fino, de hilos de oro cincelado. Ahora sí, la
ligereza de la Torre es real y etérea y su alma es la luz que la inunda desde
su interior. Con mucho prefiero la Torre iluminada que a su vista durante el
día. No conozco el nombre de quien ideó esta maravilla de iluminación, pero
merece que su apellido siga al de Eiffel: es el segundo nacimiento y triunfo de
la Torre.
Y decía al principio de este artículo que la Torre Eiffel representa a Europa.
Esta no es mi opinión, sino que se deriva de dos encuestas que realizó la
Sofres (importante empresa francesa de encuestas): la primera a 13 mil 780
visitantes de noviembre de 1994 a octubre de 1995, y la segunda a 4 mil 40
visitantes del 15 de marzo al 2 de abril de 1996. Ante la pregunta: ¿cuál es el
monumento que mejor simboliza a Europa?, el 50 por ciento de los italianos
respondió que la Torre Eiffel y el 31 por ciento que la Torre inclinada de
Pisa. El 62 por ciento de los ingleses se inclinó por la Torre Eiffel sobre el
Big Ben. El 59 por ciento de los españoles por la Torre sobre la Alhambra. En
cambio, el 57 por ciento de los alemanes se inclinó por la Puerta de
Brandeburgo.
En esta forma, la torre de filigrana de oro pasó de ser controvertida y
repudiada por algunos, a convertirse en el símbolo de París, después de Francia
y actualmente en el de Europa, en el de la Europa contemporánea, la de la
Comunidad Europea.