El Patio de las Cayenas
Dedicado a cultivar la literatura latinoamericana, especialmente la dominicana
Fundado el 21 de abril del a�o 2000
Chat (novela)
Fragmento
Pedro Camilo, escritor dominicano


Todav�a el reverendo Pepe S�nchez conservaba el sabor del vino consagrado, cuando se sent� frente a su computadora.
   -Caramba, �qu� felicidad! -susurr�, mientras dejaba desplomar sus hombros e inclinaba hacia arriba su cabezota.

Con sus brillos de celof�n, la ma�ana dominical hab�a entrado por la ventana de la peque�a oficina, El punto de oro de una estilogr�fica colocada sobre el escritorio desped�a un hilillo de luz. Tras una breve reflexi�n, el padre S�nchez, con  mucha premura, accion�, primero el bot�n del UPS, luego el de la CPU, y por �ltimo el del monitor. Segundos despu�s, aparecieron las primeras im�genes del
Escritorio; una amplia sonrisa se dibuj� en los gruesos labios del sacerdote, que en ese momento hac�a los aprestos necesarios para entregarse a su juego favorito: tratar de seducir a una de las mujeres que se hab�an inscrito en La Arcadia, un club cibern�tico que �l hab�a fundado en los predios de Yahoo.

Cada d�a, de lunes a s�bado, el cura despachaba en ese mismo sitio los documentos eclesi�sticos. Con gran minucia, revisaba docenas de actas de bautismo, de confirmaci�n y de matrimonio. Con un golpecito tierno, las autorizaba al estampar el sello sobre la firma garabateada con su impecable
Monte Blanc. Pero los domingos, las cosas variaban: a las ocho de la ma�ana dec�a una misa, luego desayunaba y el resto del d�a se lo pasaba sentado en una mecedora oyendo m�sica y leyendo literatura. Sin embargo, esa rutina dominical cambi� cuando el padre hizo un esfuerzo y compr� una computadora para agilizar los tr�mites burocr�ticos de la parroquia. Desde entonces, los documentos eclesi�sticos hab�an adoptado un empaque moderno y eran entregados con mucha celeridad. Pero tambi�n, la br�jula interior del religioso se trastorn�: de repente, sustituy� las lecturas y las audiciones musicales por el uso desmedido de la computadora.

Acarici�ndose la calva, mientras esperaba ahora que las im�genes del mensajero de Yahoo acabaran de aparecer en la pantalla, el sacerdote record� que minutos antes hab�a conmovido a los fieles con su discurso sagrado: maestro de la oratoria y del arte esc�nico, hab�a pronunciado un serm�n acerca de la castidad entendida como una virtud cuyo ejercicio conlleva grandes sacrificios, pues su adopci�n significa someter a la carne, tan rebelde, a la grandeza del esp�ritu, tan poco palpable. Evoc�, asimismo, que hab�a articulado una encendida perorata sobre la infidelidad conyugal y contra los abortos criminales, porque sab�a que dentro de su parroquia abundaban esos pecados capitales.

Tras finalizar la santa misa, se hab�a quitado su vestidura sagrada, y, acto seguido, con mucho apremio, hab�a abandonado la peque�a iglesia, ubicada muy cerca de la casa curial, en un barrio de Santo Domingo. Minutos despu�s, al llegar a su vivienda fue recibido por Cuca Smith, una mulata cuarentona, de finas facciones y a�n con vestigios de nalgas prominentes, que le serv�a de cocinera y de ama de llaves. Parada en el vano de la puerta, la mujer mostraba una sonrisa blanqu�sima, y cuando recibi� el cordial saludo del religioso, canturre�:
   -Buenos d�as, Futuro Papa.

"Futuro Papa" era el apelativo cari�oso que la sirvienta usaba para referirse al padre S�nchez, pues en su fuero interno ten�a la certeza de que �l, por su gran talento y dedicaci�n, ser�a premiado con la tiara papal. Y el sacerdote dejaba que ella utilizara esa lisonja, sin poner ning�n reparo, porque estaba convencido de que en la intenci�n de la mulata hab�a una gran sinceridad.
   -Buenos d�as, Cuca -respondi� el eclesi�stico.
   -Ya su desayunito est� en la mesa -anunci� la sirvienta.
   -�Qu� bien, buena mujer! -declam� el padre. Y agreg�:
   -Tan pronto como saque el trabajito dominical, me sentar� a la mesa. No te preocupes, Smith.

Dicho esto, el sacerdote dio la espalda y, con premura, camin� hasta su dormitorio. El aposento estaba sumido en la m�s cerrada oscuridad. Entonces, sin dilaci�n, descorri� las cortinas y abri� las persianas; un golpe de aromas entr� junto con la deslumbrante claridad. Al momento, Pepe S�nchez pas� al ba�o, y, tras quitarse los lentes, la sotana, los pantalones y los calzoncillos, se sent� en la taza del inodoro. Poco a poco, comenz� su v�a crucis: aunque ten�a un apremiante deseo de orinar, los intensos pujos no lograban expulsar el chorro liberador; en cambio, salieron una, dos, tres gotitas doradas, espasm�dicas, distanciadas...

Conocedor de su antiguo problema prost�tico -siempre diferido por el terror que le causaban los galenos-, el religioso separ� m�s sus piernas, apoy� sus codos sobre los muslos y, resignado, se puso a mirar su propia figura reflejada en el espejo que le quedaba enfrente: la amplia calva, los labios gruesos y sensuales, las abundantes cejas encanecidas, el rostro caballuno y arrugado, en fin, los peque�os ojos embutidos entre los carnosos p�rpados estaban ah�, record�ndole su gran parecido con el escritor Camilo Jos� Cela.
   -�Ay, Dios m�o!, �qu� feo se pone uno! -mascull�.

Al final, cuando ya hab�a perdido las esperanzas, lleg�, as� de repente, un copioso chorro, y el padre alz� su cabezota y elev� la mirada hacia el techo, al tiempo que exclamaba:
   -Virgen de la Altagracia, �esto es mejor que un orgasmo!

Luego, con mucha aplicaci�n, se ase� sus partes pudendas. Acto seguido, y parado frente al lavamanos, inici� el ritual de higienizar cada dedo, cada u�a y cada palma, especialmente buscando cualquier part�cula de sucio que pudiera haberse quedado en las l�neas de sus manos. Cuando termin� se puso sus lentes, y tras recoger sus ropas tiradas en el suelo las coloc� en un canasto. Enseguida, con pasos jocundos entr� al aposento y se dirigi� hasta el cl�set de caoba, donde comenz� a escoger su indumentaria. Mientras hac�a esta opeeraci�n, sinti� la fragancia que desped�a la madera del armario: con los ojos cerrados, olisc� aqu�, olisc� all�, como un perro, y lleno de placer, aspir� muy hondo y comenz� a decir que s� con la cabeza. "Dios m�o, perd�name, pero soy un sibarita incorregible", pens�. Segundos despu�s, se visti� con uos pantaloncitos cortos y con una amplia camiseta que mostraba en su parte anterior un velero y la siguiente inscripci�n:
Nautic Adventures.

"La vestimenta hace al hombre", musit�, cuando empezaba a bajar con mucho br�o la escalera que comunicaba al dormitorio con la parte baja de la casa curial.  Y su reflexi�n era sincera: al vestir ropa deportiva, Pepe S�nchez ten�a la impresi�n de que su abultada panza se reduc�a y que todo su cuerpo era tocado por una varita m�gica rejuvenecedora.  Por esta raz�n, siempre se pon�a esa ropa antes de sentarse frente a la computadora.

Pues bien, faltaba muy poco para que la descarga de las im�genes se completara, cuando, de repente, el estado de gracia del reverendo se rompi� debido al sobresalto que le caus� una voz chillona que, desde la calle de enfrente, entr� por la persiana: "Marchanta, corra, corra, marchanta: aqu� est�n sus g�evos grandotes".  Pero el cura se recuper� al instante: en sus labios apareci� una sonrisa que fue ampli�ndose poco a poco, conforme surg�an los detalles de su p�gina: de este lado, una inscripci�n:
Clubes de Yahoo; en el centro, un t�tulo y un eslogan: La Arcadia, un lugar para trenzar amistades duraderas; y, m�s abajo, el mensaje del fundador: Porque s� que al mundo le falta mucha ternura, he creado este club parar que sirva de espacio donde se puedan hacer, mediante el trato sincero, amistades perdurables. Asimismo, este lugar desea convertirse en una antesala de mi p�gina web, La Doble Llama, la que est� dedicada a cultivar la literatura latinoamericana, en general, y la dominicana en particular. Suscr�bete a mi lista de correo y visita mi sitio pulsando el v�nculo que aparece m�s abajo.

En la parte superior de la p�gina, en su extremo derecho, aparec�an m�s de veinte usuarios conectados. Acto seguido, el padre coloc� el puntero sobre uno de los nombres y, al instante, puls� su �ndice sobre el bot�n izquierdo del mouse. Mientras lo accionaba, esboz� una sonrisa de muchacho travieso: rosalba1954 correspond�a a una dama argentina, muy culta, profesora de ingl�s, con la que ven�a conversando desde hac�a m�s de cuatro semanas. En realidad, el temperamento arisco de la mujer hab�a estimulado el inter�s del sacerdote. Luego del clic m�gico, apareci� una ventana con varios enlaces, y el prelado, sin ning�n titubeo, puls� el que pertenec�a al mensajero, que en ese momento mostraba una tentadora invitaci�n:
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