| El Patio de las Cayenas Dedicado a cultivar la literatura latinoamericana, especialmente la dominicana Fundado el 21 de abril del a�o 2000 |
| Misa de nueve Estampa tomada de El caballito de cart�n y otras cr�nicas de asombro Pedro Camilo, escritor dominicano |
En mi pueblo la misa de nueve ten�a la extra�a magia de los juguetes nuevos. Llenos de ansiedad, varios grupos de muchachos esperaban la ma�ana dominical con la firme intenci�n de asistir a la iglesia, enclavada ah�, en uno de los costados del parque que entonces conservaba todos sus bancos de granito, y sus pinos remotos, y su fuente con bombillitos multicolores que s�lo eran encendidos los domingos por la noche, cuando la banda municipal empezaba la retreta. Recuerdo ahora que en las calles aleda�as hab�a farmacia, billares, restaurantes, freidur�as, clubes sociales y, sobre todo, la casona donde estaba El Almendro Bar, el non plus ultra de los centros de diversi�n de aquella �poca salcedense. La efervescencia vital que emanaba de esos antiguos locales daba un toque de fiesta patria a la ma�ana dominical, lo que sin lugar a dudas, contaminaba con un aire profano la condici�n m�stica de la santa ceremonia. A las ocho de la ma�ana, justamente con las primeras campanadas premonitorias, las muchachas comenzaban a acicalarse: tras el cotidiano ritual de la ba�era, pon�anse cretonas, sujetadores y vestidos domingueros, y luego se quitaban los bienhechores ruleros para peinarse con devoci�n las florecientes mo�as. La tarea era cuesti�n dom�stica, porque en aquellos tiempos todav�a la reverie de los salones de belleza no hab�a llegado hasta mi pueblo. Y as�, paradas frente al espejo, las muchachas o�an el segundo campaneo, y la angustia les apresuraba los corazones y pon�a temblores en esas manos que afanosamente coloreaban las mejillas y los labios con el carm�n de Max Factor. Como ha sucedido siempre, el ritual de los muchachos resultaba menos laborioso, pues todo se reduc�a a ponerse el pantal�n de moda, las boticas de cuero con argollas y cremalleras laterales y a peinarse al estilo de Tony Curtis o al modo de Chubby Checker, estilos que ciertamente no depend�an del mal o buen gusto del mozalbete, sino de la calidad de su pelo. Y las �ltimas campanadas encontraban a los muchachos reunidos en el parque, sentados aqu� y all�, en los bancos de granito, o alrededor de la fuente sin agua. Entonces la plaza era el verdadero universo, pero aquel universo resultaba demasiado peque�o para contener tanta belleza, tanto colorido y tantas vibraciones acumuladas durante siete d�as de espera. Bromas, silbos, piropos, gui�adas reiteradas y palabras encendidas se sumaban al alboroto que sal�a de los centros festivos, y nadie pensaba en la misa de nueve hasta que m�s tarde, y a trav�s de un altavoz, se escuchaba el introibo ad altare Dei que de pronto apaciguaba los �nimos e invitaba a todos a entrar al templo. Acomodadas en sus asientos, las muchachas m�s creyentes abr�an sus carteritas y sacaban rosarios y misales, y, como por arte de magia, todos los j�venes se met�an en un aparente halo de circunspecci�n. Pero no; la inquietud no pod�a esconderse de esa manera, pues durante la semana se hab�an almacenado muchas expectativas, relacionadas algunas con la intenci�n vanidosa de lucir collares, aretes, blusas y conjuntos; o casi siempre, vinculadas al primigenio deseo de contemplar unos ojos, unos labios, una sonrisa, o un rostro amado, inclinaci�n tan di�fana y tan inmensa pero tal vez refrenada por unos padres tir�nicos y llenos de celos. Y esas largas y aburridas esperas aupaban el desasosiego. De inmediato, los muchachos ten�an conciencia de la brevedad de la misa; atemorizados, barruntaban el fin del mundo, atenuaban la gravedad de sus figuras y separaban los ojos de los misalitos nacarados y, acto continuo, las miradas ardientes engarzaban la verdadera epifan�a de la gloria. Terminada la misa, casi todos los muchachos sal�an de la iglesia con pasos lentos, con el alma llena de j�bilo y los ojos vac�os de tanto mirar, mientras que las muchachas, ante la presencia sutil de los adultos, reprim�an su regocijo, adoptaban un aire enf�tico y majestuoso, y se perd�an lentamente en la ma�ana dominical. Algunos volv�an a sentarse en los bancos del parque o alrededor de la fuente sin agua. De nuevo, empezaban a re�r, a vocear, o a tejer conversaciones como la gente grande, hasta que la ma�ana se dilu�a cuando el reloj de la torre soltaba las doce campanadas. Otros, los m�s osados, se met�an en el ambiente festivo de El Almendro Bar, donde demostraban sus habilidades como bailadores de sones y merengues. Y nosotros, los m�s t�midos, nos march�bamos a nuestros hogares, y en la soledad de una habitaci�n, comenz�bamos a vivir la inmensa gloria de una mirada. |
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