El Patio de las Cayenas
Dedicado a cultivar la literatura latinoamericana, especialmente la dominicana
Fundado el 21 de abril del a�o 2000
La impecable visi�n de la inocencia
(Fragmento de la narraci�n)

Pedro Camilo, cuentista y novelista dominicano





Otelo: Piensa en tus pecados.
Desd�mona: Son amores que os llevo.
Otelo: S�, y por eso vas a morir.

Shakespeare.

Entonces t� eras feliz pero no lo sab�as hasta hoy cuando de pronto te encuentras parapetado frente a la misma tragedia sentado ah� mismo con un cigarrillo entre tus labios temblorosos fumando sin cesar mientras diriges la mirada hacia el piso de granito y la clavas en esos grandes ojos verdes llenos de asombro y paralizados ahora en el primer instante de la nada rotunda esos enormes ojos verdes colocados como luces de diamantes en medio de esas pesta�as largas y muy negras y en tanto miras fijamente de pronto oyes el sonido tan musical del timbre del apartamento pero no puedes despegarte de esos ojos imantados que te aferran al campo magn�tico de tu habitaci�n y aunque no lo deseas al mirar esos ojos te metes sin ning�n remedio en una agridulce retrospecci�n y de este modo comienzas a recordar que a veces en las tardecitas de verano cuando todav�a la can�cula marchitaba los claveles de muertos sembrados ah� en los canteritos frente a este apartamento algunas veces en esas remotas tardecitas de verano que se hac�an infinitas por el terrible hast�o y el enorme calor que desped�an las paredes del peque�o apartamento ustedes comenzaban a inventar as� mismo dec�an ustedes y comenzaban a inventar para tratar de que las ganas despuntaran con mayor empuje con la esperanza de sobrevivir frente a los rigores del aburrimiento y de la ardiente resolana que cubr�a todas las cosas de este mundo mientras ustedes se encontraban acostados en la cama de esta diminuta habitaci�n t� y Rosario acostados ah� tratando de alargar la siesta porque realmente no hab�a otra cosa que hacer por las tardes desde el mismo momento en que te quedaste con un solo empleo y as� t� le dec�as a ella comenzaran a inventar que se hiciera un mo�o y que se pintara los labios con el carm�n m�s encendido y que se calzara las zapatillas con los tacones altos y que se pusiera la blusa roja y la minifalda m�s corta y Rosario se sonre�a con una sonrisa de dientes y ojos y enc�as porque de ese modo sonr�a ella y de inmediato dec�a que s� con la cabeza y se frotaba las manos con gran deleite y prontamente se levantaba y corr�a hasta el armario de caoba y enseguida sacaba la ropa y luego se dirig�a al ba�o donde poco a poco se acicalaba.

Y mientras t� esperabas comenzabas a fumar y a mirar los retazos de �rboles y de cielo que asomaban por la ventanilla de enfrente y ahora debes recordar que deten�as la vista en aquel cielo muy limpio y fragmentado por la persiana y de pronto escuchabas el mon�tono sonar de las plantas el�ctricas enredado en un bolero de Lucho Gatica
Reloj no marques las horas porque voy a enloquecer el mon�tono sonar enredado en el son glorioso del Compay Segundo No me f�o m�s no me f�o m�s no me f�o m�s de las mujeres no me f�o m�s cantaba Pablo Milan�s por encima del bordoneo casi doliente de aquel son tan glorioso y t� continuabas acostado lleno de lujuria contenida como el famoso lobo de la Caperucita Roja de Perrault acostado con los ojos fijos en las aspas inm�viles del abanico de techo fumando y sudando y pensando tal vez en los placeres que se avecinaban o quiz� en la tremenda jodienda de los apagones y as� segu�as mientras ella se acicalaba y se pon�a aquella vestimenta que tanto te gustaba.

En este momento vuelves a escuchar el sonido del timbre pero acompa�ado ahora de pu�etazos que resuenan ah� en la puerta son pu�etazos de tus propios vecinos que llegaron atra�dos por los penetrantes gritos de Rosario y ciertamente son pu�etazos acelerados y mezclados con voces que te reclaman con mucha insistencia que abra de inmediato esa puerta del apartamento donde te encuentras secuestrado en medio del campo magn�tico de unos ojos verdes paralizados en el primer instante de la nada rotunda y de manera agitada pasas tu mano por el pelo revuelto y sientes que el sudor corre por tu cuerpo inclinado ahora sobre las dos �rbitas de vidrio que poco a poco empiezan a cubrirse de un velo muy denso y aunque haces un esfuerzo dilatando tus ojos para tratar de rescatar aquella memorable imagen del poeta no logras escudri�ar el �ltimo paisaje de sol que podr�a haberse fijado en la pantalla de esos enormes ojos verdes y entonces piensas que la poes�a es s�lo una vaina de la imaginaci�n y tomado de repente por el mismo desencanto de nuevo caes en el centro de los recuerdos y te duele mucho pensar que Rosario era una muchacha dulce y llena de mansedumbre y sientes la necesidad de evocar que en aquellas remotas tardecitas y frente a tu mandato ella se pon�a siempre aquella vestimenta que tanto te gustaba y traspasado por la tristeza en este momento recuerdas que al poco rato Rosario regresaba y sin decir nada comenzaba a caminar de aqu� para all� y de all� para ac� con pasitos de modelo consumada y al final de cada vuelta se deten�a y doblaba su cuerpo hacia abajo como si fuera a coger una moneda perdida entre las m�ltiples figuritas del suelo de granito donde ahora est�n esos ojos verdes que te miran sin mirar y entonces ella inclinaba su cuerpo para que t� pudieras verle sus nalgas contenidas apenas por unos brev�simos panticitos rojos o negros qu� s� yo y de inmediato te sentabas en el mismo borde de la cama y no bien te quitabas los pantaloncillos sent�as con inmenso placer c�mo tu falo crec�a m�s y m�s y ella continuaba caminando frente a ti con pasitos muy cortos y graciosos mientras ovalaba los labios y mov�a las manos al modo de una bailadora de flamenco y de pronto Rosario desaparec�a del escenario y al momento volv�a a caminar frente a ti y cuando de nuevo se agachaba te dabas cuenta de que ya no ten�a puestos los panticitos y en ese luminoso instante pod�as darle una mirada a ese tri�ngulo negro metido ah� mismo entre los muslos y las nalgas entreabiertas y de repente sent�as c�mo tu falo empezaba a moverse con movimientos oscilatorios caramba y ella segu�a dando vueltecitas y agach�ndose y t� romp�as a sudar y a respirar profundamente y poco despu�s cuando el brillo del espect�culo comenzaba a opacarse s�lo bastaba un gesto tuyo para que ella comprendiera que el momento de iniciar el siguiente acto hab�a llegado.

Sumido en los recuerdos y con tus ojos pegados a esos grandes ojos verdes a�n no te has dado cuenta de que los pu�etazos en la puerta han continuado pero ahora con mayor intensidad y si por un momento salieras de la nebulosa en la que te encuentras sumergido podr�as escuchar las voces que en este instante les reclaman a los polic�as que acaban de llegar que de inmediato derriben la puerta del apartamento donde t� est�s arrodillado frente a esos ojos verdes buscando en ellos aquella visi�n fugaz de la realidad buscando sin cesar aquellos tres versos del hermoso haik� que en aquel mediod�a de tus recuerdos escribi� Rosario con su mirada y que desde entonces marc� una impronta en tu vida y que hoy desemboc� en esta penosa situaci�n caramba Valent�n qui�n lo iba a pensar y mientras observas t� sudas y fumas nerviosamente y otra vez atrapas aquellas im�genes que ahora conforman el testimonio cierto de que t� eras feliz pero en aquel tiempo no lo sab�as y en este instante llega a tu memoria la figura de Rosario tan hermosa y complaciente cuando en aquellas remotas tardecitas ella pasaba a ocupar tu sitio en la cama y enseguida t� corr�as hasta el comedor y desde all� tra�as una silla y la colocabas frente a la cama y con prontitud te sentabas y abr�as las piernas y luego apoyabas los pies en el borde del colch�n y comenzabas a masturbarte con mucha lentitud as� despacito disfrutando los primeros arpegios de la sinfon�a poco a poco conteniendo la tormenta que tarde o temprano habr�a de llegar con una puntualidad extrema pero a breve paso comienzas a salir del �xtasis en que te encuentras sumido y alcanzas a o�r los golpeteos y las voces muy enardecidas que vuelven a reclamarles a los polic�as que de inmediato tumben esa puerta carajo y contin�as fumando y destilando chorros de sudor pero las im�genes del ayer que entran en tu cerebro tienen una fuerza brutal y as� vuelves a sumergirte en los recuerdos y sin ninguna dilaci�n t�  prosegu�as frot�ndote con suavidad el falo mientras Rosario estaba ahora acostada boca abajo frente a ti todav�a con la blusa y la minifalda puestas tendida as� con las nalgas y el tri�ngulo negro apenas silueteados por la leve luz que penetraba a trav�s de la ventanilla y segundos despu�s Rosario comenzaba a moverse con movimientos circulares de cadera y poco a poco la habitaci�n se llenaba de ayes contenidos y t� continuabas frot�ndote lentamente el falo y de pronto la muchacha daba una vuelta y se pon�a boca arriba con las piernas separadas y con sus partes pudendas emplazadas hacia ti y de repente t� abandonabas la silla y entonces te sentabas en el piso y acercabas tus ojos a la mara�a de pelos y a las dos abultadas valvas de miel y desde tu �ngulo privilegiado pod�as ver en un primer plano el �ndice derecho de Rosario quien ahora estaba acariciando su cl�toris rosado y muy erguido mientras los dedos �ndice y medio de la otra mano separaban los labios de la dilatada vulva carajo y sin pensarlo dos veces tu mano derecha aceleraba el l�dico frotamiento del falo y la muchacha continuaba su tarea con religioso empe�o y las palabras tiernas y las palabras encendidas brotaban de su garganta como catapultadas por el deseo m�s intenso.

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