El Patio de las Cayenas
Dedicado a cultivar la literatura latinoamericana, espcialmente la dominicana
Fundado el 21 de abril del a�o 2002
Literatos pol�ticos

R�mulo Gallegos, cuentista y novelista venezolano
El crep�sculo del diablo


Relato (primer cap�tulo)


En el borde de una pila que muestra su cuenca seca bajo el ramaje sin fronda de los �rboles de la plaza, de la cual fuera ornato si el agua fresca y cantarina brotase de su ca�o, est� sentado "el Diablo" presenciando el desfile carnavalesco.

La turba vocinglera invade sin cesar el recinto de la plaza, se api�a en las barandas que dan a la calle por donde pasa "la carrera", se agita en ebrios hormigueros alrededor de los tarantines donde se expanden, amargos, frituras, refrescos y cucuruchos de papelillos y de arroz pintado, se arremolina en torno a los m�sicos, trazando rondas dionis�acas al son del joropo nativo, cuya b�rbara melod�a se deshace en la crudeza del ambiente deslucido por la estaci�n seca, como un harapo que el viento deshilase.

Con ambas manos apoyadas en el araguaney primorosamente encabullado, el sombrero sobre la nuca y el tabaco en la boca, el Diablo oye aquella m�sica que despierta en las profundidades de su �nimo, no sabe qu� vagas nostalgias.  A ratos melanc�lica, desgarradora, como un grito perdido en la soledad de las llanuras; a ratos er�tica, excitante, aquella m�sica era el canto de la raza oscura, llena de tristeza y de lascivia, cuya alegr�a es algo inquietante que tiene mucho de tr�gico.

El Diablo ve pasar ante su mente trozos fugaces de paisajes desolados y nunca vistos, sombras espesas de un dolor que no sinti� su coraz�n, rel�mpagos de sangre que otra vez, no sabe cu�ndo, atravesaron su vida.  Es el sortilegio de la m�sica que escarba en el coraz�n del Diablo, como un nido de escorpiones.  Bajo el influjo de esos sentimientos se va poniendo sombr�o; sus mejillas chupadas se estremecen levemente, su pupila quieta y dura taladra en el aire una visi�n de odio, pero de una manera siniestra. Probablemente la causa inconsciente de todo esto es la presencia de la multitud que le despierta diab�licos antojos de dominaci�n; sobre encabullado de araguaney, sus dedos �speros de u�as filosas, se encorvan en una crispatura de garras.

Al lado suyo, uno de los que junto con �l est�n sentados en el borde de la pila, le dice:
   -Ah, compadre Pedro Nolasco, �no es verdad que ya no se ven aquellos disfraces de nuestro tiempo?
El diablo responde malhumorado:
   -Ya esto no es carnaval ni es na.
El otro contin�a evocador:
   -�Aquellos volatines que pon�an la cuerda de ventana a ventana!  �Aquellas pandillas de negritos que se daban esas agarr�s al garrote!  �Y que se sumbaban de veras!  �Aquellos diablos!

Por aqu� andaban las nostalgias de Pedro Nolasco. 

Era �l uno de los diablos m�s populares y constitu�a la nota t�pica dominante, de la fiesta plebeya.  A punto de mediod�a ech�base a la calle con su disfraz infernal, todo rojo, y su enorme "mandador" y de all� en adelante, toda la tarde, era un infatigable ambular por los barrios de la ciudad, perseguido por la chusma ululante, tan numerosa que a veces llenaba cuadras enteras y contra la cual se revolv�a de pronto blandiendo el l�tigo, que no siempre chasqueaba ocioso en el aire para vanas amenazas.
 
Buenos verdugones levant� m�s de una vez aquella fusta diab�lica en las pantorrillas de chicos y grandulones.  Y todos la sufr�an como merecido castigo por sus aullidos ensordecedores, sin protesta ni rebeld�a, tal que si fuera un flagelo de lo Alto.  Era la tradici�n: contra los latigazos de los diablos nadie apelaba a otro recurso sino al de la fuga.

Posesionado de su car�cter, d�balos Pedro Nolasco con verdadera indignaci�n, que le parec�a la m�s justa de las indignaciones, pues una vez que se vest�a de diablo y se echaba a la calle, olvid�base de la farsa y juzgaba como falta de lesa Majestad los irreverentes alaridos de la chiquiller�a.

�sta, por su parte, proced�a como si se hiciese estas reflexiones: un diablo es un ente superior; todo el que quiere no puede ser diablo, pues esto tiene sus peligros y al que sabe serlo como es debido hay que soportale los latigazos.

Pedro Nolasco era el mejor de los diablos de Caracas. Su feudo era la parroquia de Candelaria y sus aleda�os y all� no hab�a muchacho que no corriese detr�s de �l aullando hasta enronquecer y arriesgando el pellejo.

Respet�banlo como a un �dolo. Cuando se aproximaba el Carnaval empezaban a hablar de �l y su misteriosa personalidad era objeto de entusiastas comentarios. La mayor parte no lo conoc�a sino de nombre y muchos se lo forjaban de la manera m�s fant�stica.  Para algunos Pedro Nolasco no pod�a ser un hombre como los dem�s, que trabajaba y viv�a la vida ordinaria, sino un ente misterioso, que no sal�a de su casa durante todo el a�o y s�lo aparec�a en p�blico en el Carnaval, en su car�cter absurdamente sagrado de diablo.  Conocer a Pedro Nolasco, saber cu�l era su casa y estar al corriente de sus intimidades, era motivo de orgullo para todos; haber hablado con �l era algo como poseer la privanza de un pr�ncipe. Se pod�a llenar la boca quien tal afirmaba, pues esto solo adquir�a gran ascendiente entre la chiquiller�a de la parroquia.

Aumentaba este prestigio una leyenda en la cual Pedro Nolasco aparec�a como un h�roe tutelar.  Refer�ase que muchos a�os atr�s, en la tarde de un martes de carnaval, Pedro Nolasco hab�a realizado una proeza de consagraci�n a "su cuerda". Hab�a para entonces en Caracas un diablo rival de Pedro Nolasco, el diablo de San Juan, que ten�a tanto partido como el de Candelaria y que hab�a dicho que ese d�a invadir�a los dominios de �ste para echarle cuero a �l y a su turba. S�polo Pedro Nolasco y fue en busca de �l, seguido de su hueste ululante.  Top�ronse los dos bandos y el diablo de San Juan arremeti� contra la turba del otro, con el l�tigo en alto acudi� en su defensa el de Candelaria y antes de que el rival bajase el brazo para "cuerearlo" le asest� en la cara un formidable cabezazo que a �l le estrope� los cuernos y al otro le destroz� la boca.  Fue un combate que no se hubiera desde�ado de cantar el Dante.

Desde entonces fue Pedro Nolasco el diablo �nico contra quien nadie se atrev�a, temido de sus rivales vergonzantes, que arrastraban por las calles apartadas irrisorias turbas, admirado y querido de los suyos, a pesar del escozor de las pantorrillas y quiz�s por esto mismo, precisamente.
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