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PROGRAMA POLÍTICO.

 Indice.

 

A.   ANALISIS INTERNACIONAL.

1.  Fase histórica: globalización y polarización capitalista.

 B.   ANALISIS NACIONAL.

 

1.  Formación social.

2.  Neoliberalismo: una estrategia de expansión y reestructuración global capitalista.

3.  Lucha de clases y contradicciones al interior de la clase dominante.

-      Lucha de clases.

-      Contradicciones al interior de la clase dominante.

-      Tendencia de la lucha de clases.

4.  Guerra de Baja Intensidad: una estrategia imperialista para preservar la hegemonía y dominación capitalista.

 

C.   NECESIDAD DE LA REVOLUCIÓN.

D.   CARÁCTER Y OBJETIVOS DE LA REVOLUCION.

  -      Objetivos democráticos populares.

-      Objetivos socialistas.

  

 

¡ C O N T R A   E L   N E O L I B E R A L I S M O,

E L  P O D E R  P O P U L A R ¡

 

   

I.             PROGRAMA POLÍTICO.

A.   ANÁLISIS INTERNACIONAL:

1.   Fase histórica: globalización y polarización capitalista.

Para elaborar una estrategia adecuada a nuestra realidad y a los objetivos que pretendemos alcanzar se requiere partir del análisis concreto de la realidad nacional y mundial; es decir, de la estructura y superestructura de nuestra sociedad, de las tendencias del desarrollo de la lucha de clases y de las condiciones internacionales en que ésta se desarrolla, así como del estudio y conocimiento de la estrategia general del poder imperialista en la fase actual. Pues de este análisis se desprende la identificación del enemigo principal, sus puntos vulnerables, así como la identificación de los aliados y fuerzas con que cuentan las clases o sectores revolucionarios, la definición de los objetivos posibles de alcanzar y, por consiguiente, la definición del carácter y la estrategia de la revolución.

Veamos primero las características internacionales de la fase histórica y, después, las características de nuestra formación social.

La fase histórica actual está determinada por el inicio de un nuevo proceso de globalización y polarización capitalista, y una crisis estructural concretada en un periodo de estancamiento económico relativo iniciado desde la década de los 70, a pesar del extraordinario impulso adquirido por el proceso de automatización capitalista, que ha dado lugar, entre otras determinaciones, a breves periodos de auge económico con incremento de contradicciones, así como a la realidad virtual del espacio cibernético y por medio de éste a un nuevo mecanismo de enajenación económica y reproducción del sistema.

En esta fase, el capital financiero transnacional pretende gestionar la crisis estructural, crear las bases materiales que le permitan remontar la crisis de estancamiento relativo y dar lugar a una nueva fase de acumulación, instrumentando para ello dos estrategias específicas. Una de reestructuración y expansión capitalista: el Neoliberalismo. Y otra de defensa: la Guerra de Baja Intensidad (GBI) o estrategia global contrainsurgente,  que no sólo ha bloqueado nuevas rupturas revolucionarias sino que incluso ha sido capaz de revertir revoluciones triunfantes.

Después del fracaso eurosoviético, del hundimiento del compromiso histórico capital-trabajo y del proyecto modernista-desarrollista del tercer mundo, dicha mundialización capitalista pretende imponer la gestión del mundo como mercado globalizado, en el marco de una fuerte disputa por la hegemonía mundial que tiene como base la producción estratégica. Pero lejos de sugerir lo que éste pretende a través de la realidad virtual de los multimedia, la nueva mundialización constituye un proceso contradictorio e inestable, del cual dan cuenta, entre otras, las determinaciones siguientes: (1) un proceso de financiarización propio de las fases de estancamiento productivo; (2)un mercado mundial organizado por regiones en beneficio de las principales potencias; (3) la consolidación de monopolios o transnacionales en los que reside el poder económico y, por tanto, el poder político a escala mundial; (4) una masa de la humanidad desposeída y depauperada en contradicción con la existencia de un mundo de riqueza y de cultura excluyente y totalitario; (5) el desmantelamiento y  reconversión de los Estados, la desarticulación de las naciones, la readecuación de los marcos jurídico-constitucionales y la extinción de las soberanías nacionales y populares; así como (6) un acelerado deterioro ecológico que amenaza toda forma de vida en el planeta.

Así pues, el ordenamiento mundial de posguerra se encuentra disuelto, produciéndose un vacío y, al mismo tiempo, una coyuntura de dimensiones históricas. La contradicción fundamental: producción social / apropiación privada se ha redefinido y ha sufrido sensibles modificaciones, en parte, por el rápido avance tecnológico, la flexibilización de la producción y la reestructuración del capital y, en parte, por el derrumbamiento del ‘socialismo real’. Lo anterior ha modificado la correlación mundial de fuerzas en favor del poder imperialista pero, al mismo tiempo, ha abierto una nueva época de movimientos y revoluciones de corte democrático-socialista o popular-proletario, particularmente en la periferia del capitalismo, como sistema mundial jerarquizado; movimientos y revoluciones que no son ni pueden ser calcas de las anteriores, tanto por su contenido como por el tipo de estrategias que harán posible y realizable el proyecto de emancipación socialista; estrategias que deberán partir de las condiciones reales de existencia que hacen a dicho proyecto cada vez más deseable y necesario. La génesis heterogénea del sujeto social revolucionario y, por tanto, del nuevo poder por construir y articular impone una determinación plural y democrática mediadora, que una lo diverso y lo oriente hacia la transformación social profunda. La coyuntura exige poner en juego todas las formas de lucha y recursos revolucionarios actuando localmente pero sin perder de vista ni la dimensión global ni el proceso o larga fase de transición del sistema capitalista al socialismo como sistema mundial. Ello exige que la construcción de la nueva hegemonía o poder popular se desarrolle a partir de los márgenes, fisuras y coyunturas del propio capitalismo, acumulando fuerzas de manera activa, es decir, en lucha constante por satisfacer las apremiantes necesidades populares, con puntos de partida y metas claramente delimitadas, preparando el gran salto que habrá de significar - en la dimensión local - la desarticulación y aniquilamiento de la hegemonía y la dominación capitalistas. Todo ello por la vía y los procedimientos revolucionarios (ideológicos, políticos, militares) que imponga la lucha de clases concreta.

B.   ANÁLISIS NACIONAL

1.   Formación social.

Nuestro análisis parte, por tanto, del capitalismo como sistema mundial jerarquizado, determinante de sociedades capitalistas centrales y periféricas, y de un mercado mundial organizado por regiones en beneficio de las potencias imperialistas. Es  decir, arranca del carácter periférico y dependiente de nuestra formación social y, más concretamente, de su inserción subordinada y desventajosa en el bloque financiero, industrial, comercial de Norteamérica (bajo dominio del imperialismo norteamericano) y de una vinculación, también subordinada, con los bloques comerciales de Europa y Asia. Contexto en el cual, el principal vínculo de dominación y saqueo imperialista es el de la deuda externa, que asciende a más de 170 mil millones de dólares y mantiene a nuestro país en la posición subordinada.

En un territorio de casi dos millones de kilómetros cuadrados y una población actual de 98 millones de mexicanos, nuestra formación social se caracteriza por un modo de producción dominante: el capitalista y por la articulación alrededor de éste, de formas de producción y subsistencia que le son subordinadas: la forma de la pequeña producción simple y las formas comunitarias en proceso de extinción y disgregación; proceso que se ha visto acelerado, particularmente, por la crisis económica estructural y la estrategia neoliberal de reestructuración y expansión capitalista que, desde los 80, la ha pretendido gestionar y remontar.

Dichas formas de producción y organización social combinadas, dieron lugar - en la periferia del capitalismo mundial - a una formación social capitalista y neocolonial y, por consiguiente, a una estructura de clases concreta.

En primer lugar, a las clases propias del modo de producción capitalista dominante: burguesía y proletariado. Pero a diferencia de la forma clásica que dichas clases adoptan en las formaciones capitalistas metropolitanas o centrales, en nuestra formación social capitalista: periférica, dependiente, subdesarrollada y neocolonial, la burguesía constituye una clase dominante y, al mismo tiempo, dominada. Dominante al interior de nuestra formación social, pero dominada por el capital financiero transnacional (particularmente norteamericano), salvo las reducidas elites o fracciones de clase, asociadas a dicho capital y ensambladas con el Estado, del cual, constituyen sus fuerzas dirigentes o hegemónicas.

Dichas fracciones de clase conforman una oligarquía financiera e industrial, que con sólo nueve bancos (de 43 en 1996) controla casi el 50% de los activos, 31% de los titulares de cuentas y 48% de las sucursales; asimismo, con el 0.86% de los establecimientos industriales posee las dos terceras partes de los activos fijos de toda la industria, emplea al 43% de los asalariados y genera el 62% de la producción y del valor agregado. Incluso, el dominio de esta oligarquía no se reduce al ámbito de nuestro país, sino que se extiende, en algunas ramas de la producción y los servicios, al sur de los EE.UU., así como en centro y Sudamérica.

Por su parte, el proletariado constituye, por su participación en el proceso productivo, la clase dominada más importante y el proletariado industrial su fracción de clase principal. De la población ocupada, en 1996, el 22.5% se encontraba concentrada en actividades agropecuarias; el 16.3% en la industria extractiva, eléctrica y de transformación; el 5.7% en la construcción; el 17.1% en el comercio; el 4.1% en comunicaciones y transportes; el 25.2% en servicios; el 4.5% en administración pública y defensa; así como un 0.1% no especificado.

Del total de esta población ocupada (35,226,036 según la Encuesta Nacional de Empleo de 1996), poco más del 50% se encontraba registrada como asalariada y el resto se encontraba incorporada a la economía bajo otras formas, como el trabajo no remunerado para apoyar el ingreso familiar y el trabajo por su cuenta. Es decir, bajo la forma de subempleo, que afectaba al 35.6% de la población ocupada. Al mismo tiempo que un 9% de la población económicamente activa se encontraba en el desempleo abierto. Así, la base del alto porcentaje de mexicanos que emigran, definitiva o temporalmente hacia los EE.UU., en busca de trabajo, lo constituye la alta tasa de desempleo y subempleo así como los bajos salarios.  

En segundo lugar, dentro de nuestra formación social se encuentran las clases o sectores que forman parte de las formas de producción y subsistencia subordinadas: campesinos (comuneros, ejidatarios y pequeños propietarios), artesanos, productores y comerciantes en pequeño, desarrollando una economía prácticamente de subsistencia, economía que los empobrece, sin acabar de proletarizarlos, salvo en breves temporadas en que se ven obligados a trabajar asalariadamente, dentro y fuera del país, para tratar de satisfacer sus necesidades más elementales, sin conseguirlo. La mayor parte de esta población, se encuentra conformada por los pueblos y comunidades originarios (indígenas), víctimas, desde hace más de cinco siglos, de la mayor opresión económica, política y cultural.

La clase obrera, el campesinado, los pueblos originarios (indígenas), los artesanos, los pequeños productores y comerciantes, los estudiantes, los profesionistas, etc., constituyen una masa social altamente heterogénea, bajo dominio capitalista y neocolonialista, identificada bajo la categoría de pueblo trabajador.

2.   Neoliberalismo: una estrategia de expansión y reestructuración global capitalista.

Desde 1982, la burguesía y el Estado dependiente así como el Estado y burguesía imperialistas impusieron en nuestro país un nuevo modelo o patrón de acumulación capitalista. Las causas objetivas de este hecho tienen  que ver, de una parte, con la disolución de las condiciones tecnológicas, económicas, productivas, financieras y comerciales existentes en el plano internacional desde la posguerra hasta los 70, disolución que trajo consigo el agotamiento del anterior patrón modernista-desarrollista de acumulación capitalista y la crisis de la deuda externa de 1982. Y, de otra parte, con la estrategia de expansión y reestructuración global capitalista instrumentada por el capital financiero transnacional.

El anterior patrón de acumulación consistió en un ordenamiento económico autocentrado, es decir, sustentado en un mercado interno protegido y en la sustitución de importaciones. Este patrón posibilitó, durante un largo período (casi cuatro décadas), un vigoroso crecimiento de la producción, aunque al final de éste observó una clara tendencia al debilitamiento, como resultado de los problemas estructurales del mercado interno (desproporciones sectoriales, baja capacidad exportadora, etc.) que se manifestaron, entre otras determinaciones, en el creciente déficit de la balanza comercial, el déficit fiscal, la caída del salario real, etc. Algunos de esos problemas se intentaron compensar incrementando la extracción y venta de petróleo, así como incrementando de modo desorbitado la deuda externa.

El patrón de acumulación que remplazó, por la vía de la imposición, al modernista-desarrollista, fue el patrón secundario-exportador, altamente trasnacionalizado, con una participación hegemónica del capital transnacional y financiero, así como una alta apropiación del beneficio financiero-especulativo del total del excedente económico y la ganancia. Nos estamos refiriendo al patrón neoliberal que, de manera aparente, reduce la participación del Estado en la economía, pero que en realidad lo reestructura y se vale de éste para ajustar la economía a las necesidades del gran capital.

El patrón de  acumulación secundario-exportador y la gran contrarreforma general institucional (impuesta - desde arriba - para facilitar su aplicación, modificando a la Constitución Política y reorganizando al Estado) constituyen la expresión de la estrategia neoliberal de acumulación y reestructuración global capitalista, que redujo a su mínima expresión el desarrollo de las políticas públicas (educación, salud, vivienda, seguridad social, etc.), impulsadas desde el Estado. Dicha estrategia ha atravesado por las siguientes etapas: el cambio estructural (apertura externa, desregulación, reforma financiera, privatización de la banca y principales empresas estatales, reforma privatizadora del artículo 27 constitucional), el ajuste fiscal y la flexibilización laboral por medio de la reducción de derechos en los contratos colectivos (como en la vía de los hechos el derecho de huelga).

La estrategia neoliberal significó, asimismo, la reestructuración del Estado o superestructura, concretamente, el desplazamiento de la conducción política y económica del grupo “populista” de la burocracia estatal y de la fracción industrial nacional con poder monopólico protegido. El lugar de estos fue ocupado por el grupo de tecnócratas y por la fracción industrial oligopólica y financiera que al amparo del primero incrementó aceleradamente el volumen de capital concentrado en sus manos. El desplazamiento del grupo “populista”, de su respectiva plataforma político-ideológica y del modelo modernista-desarrollista, significó, asimismo, una recomposición en el sistema hegemónico, es decir, una nueva orientación político-ideológica y un nuevo sistema de alianzas bajo la dirección de una fracción industrial y financiera; siendo una expresión de este hecho la fractura del partido de Estado, fractura que, junto con algunos organismos de izquierda (PSUM, PST, etc.) dio lugar a una nueva fuerza social y política bajo la direción de una corriente democrática expriísta obligada a reconstituir su ideología y su programa en términos democráticos nacionales, fuerza que se denominó primero FDN y, posteriormente, PRD.

Por medio de la estrategia neoliberal y casi dos décadas después de haberse iniciado su aplicación en nuestro país, el grupo de tecnócratas y la fracción capitalista industrial y financiera (asociada al poder transnacional) lograron privatizar los sectores estratégicos de la economía nacional, incrementar a su favor la concentración y centralización de capitales, quebrantar la economía campesina y acelerar la privatización agraria, fortalecer su poder dentro y fuera del país subordinando aún más nuestra soberanía popular y nacional al capital financiero transnacional. Pero, al mismo tiempo, dicha estrategia vulneró la hegemonía del poder capitalista, en tanto acentuó la heterogeneidad estructural incrementó el desempleo y subempleo, deterioró el salario acentuándose su desigualdad interna, redujo drásticamente el valor bruto de la producción, fracturó el circuito entre ganancia, inversión y crecimiento, sometió a la pequeña y mediana empresa a la competencia externa; operando finalmente, como rasgo característico del patrón neoliberal, un débil proceso de acumulación de capital. Pero, sobre todo, la estrategia neoliberal profundizó la polarización social y los efectos depredadores propios del capitalismo como sistema de dominio y explotación mundial. Por ejemplo, 13 familias concentran en sus manos más del 50% del ingreso nacional y más de 60 millones de mexicanos se encuentran en la pobreza y en la miseria, pese a lo cual el gobierno neoliberal endosó al pueblo el pago de 157,000 millones de pesos del Fobaproa o rescate bancario que, con motivo de la crisis financiera de 1994, promovió el propio gobierno y cuyos principales beneficiarios han sido los grandes capitalistas industriales y bancarios de la oligarquía mexicana.

3.   Lucha de clases y contradicciones al interior de la clase dominante.

Lucha de clases.

El efecto depredador y polarizante del modelo neoliberal acentuó la confrontación entre la clase en el poder y el conjunto de fuerzas sociales y políticas representativas del pueblo trabajador y, por consiguiente, entre sus respectivos partidos políticos (incluso al interior de estos). La contradicción principal entre estos dos agrupamientos de clase tiene que ver tanto con el incremento de la explotación asalariada, de la miseria y la gradual anulación de las garantías sociales - y el acelerado proceso de concentración de la riqueza - como con la hegemonía y dominación neoliberal sustentada en la aplicación combinada del consenso y la represión policiaco-militar.

Se trata de la lucha de clases propiamente dicha entre los dos agrupamientos de fuerzas sociales y políticas, existentes en el país, articulado uno, desarticulado el otro, con intereses históricos antagónicos.

De una parte, se encuentra la clase en el poder, dirigida por su fracción industrial y financiera, así como las instituciones políticas, jurídicas, policiacas y militares encargadas de validar y garantizar su dominación de clase. En este mismo agrupamiento se encuentran las cúpulas empresariales, sindicales (charras), religiosas conservadoras, culturales, etc., por  medio de las cuales, la clase en el poder ejerce su hegemonía (o dirección intelectual y moral) difundiendo y reproduciendo en toda la sociedad su ideología y, por tanto, reproduciendo el vínculo de dominio-subordinación capitalista.

De la otra parte, se encuentra el pueblo trabajador, así como un conjunto de fuerzas democráticas en proceso de articulación, desde fines de los 50, a partir de las luchas de la clase obrera, el campesinado, los pueblos indígenas, los sectores urbano-populares, el magisterio, el estudiantado, los profesionistas honestos, los intelectuales democráticos, los micro, pequeños y medianos empresarios (sólo algunos sectores del último), las comunidades eclesiales de base e, incluso, un sector patriota y nacionalista de las fuerzas armadas y, desde luego, todas sus organizaciones representativas.

Dicho  proceso de articulación de las fuerzas democráticas es resultado de la lucha popular y proletaria, acelerada o mediatizada por la política de represión-concesión que la clase en el poder ha instrumentado por medio de aperturas, reformas, contrarreformas, acciones represivas (masivas y selectivas), cooptaciones, concesiones autoritarias, consensos (generalmente pasivos), etc. Sin que dicha política haya podido evitar, finalmente, el gradual fortalecimiento de la lucha democrática y popular ni los desbordamientos revolucionarios de ésta y, en consecuencia, la emergencia de organizaciones armadas revolucionarias, en el transcurso de las últimas cuatro décadas, entre las que destacan, el grupo armado revolucionario comandado por Arturo Gámiz, el PDLP, la ACNR, las FLN, la LC-23, las FRAP, el MAR, el PPUA, el PROCUP, etc. Todo ello en el marco de los inevitables y, las más de las veces, necesarios reemplazos generacionales, recomposiciones, claudicaciones, traiciones y readecuaciones (estratégicas y tácticas) al seno de las diversas expresiones orgánicas y tendencias ideológicas de la izquierda mexicana.

Después de 1982, la fuerte tendencia privatizadora (educación, salud, tierra, vías de comunicación, medios masivos de comunicación, banca, telefonía, industria extractiva, ferrocarriles, etc.), así como la política autoritaria y corrupta sostenida invariablemente por el PRI-gobierno  (crímenes de Estado, narcotráfico, enriquecimiento ilícito, fraudes electorales, ‘concertacesiones’, etc.) acrecentaron el encono social, particularmente contra el PRI-gobierno y su política neoliberal. Así lo demuestran diversas movilizaciones y protestas, entre las que destacan, la insurgencia cívico-electoral de 1988, la emergencia del EZLN (que echó por tierra la supuesta incorporación de nuestro país al primer mundo), la reanimación de la lucha de los pueblos indígenas, la reactivación de la lucha obrera y popular, la incorporación a la lucha social de diversos sectores de la micro, pequeña y mediana empresa (afectados severamente por la crisis económico-financiera y la puesta en marcha del TLC), la crítica teórica contra el neoliberalismo y el acercamiento de los sectores intelectuales a las luchas populares, la aparición del PDPR-EPR (un año después de la masacre de Aguas Blancas),  y, más recientemente, la resistencia y respuesta popular del Mexe, Hidalgo y el largo movimiento de la UNAM. Todo lo cual debilitó la hegemonía de la fracción industrial y financiera, colocando cada vez en mayor riesgo los intereses del gran capital.

Contradicciones al interior de la clase dominante.

Durante más de 70 años la burguesía mexicana ejerció su hegemonía y dominación por medio de un régimen de partido de Estado. Pero su desgaste - bajo los efectos depredadores y polarizantes de la estrategia neoliberal y la lucha de clases - acentuó las contradicciones existentes entre sus fracciones principales (ambas de carácter industrial, financiero y oligopólico) y sus respectivos representantes dentro de la burocracia estatal.

Nos referimos a la lucha que se venía desarrollando, desde los 80, entre fracciones de la burguesía. Una de las cuales pretendía conservar su hegemonía dentro del Estado y la otra intentaba reemplazarla, accediendo a la posición central de gobierno y de poder.

La primera fracción a la que se alude, estuvo históricamente representada por el PRI, y la segunda por el PAN y otros sectores y agrupamientos conservadores, articulados de modo reciente en torno a la figura de Fox. Sus contradicciones han sido, históricamente, secundarias, derivando en el establecimiento de acuerdos para reforzar la hegemonía de la clase dominante.

El objetivo político de la fracción representada electoralmente por el PAN fue el de desarticular a las fuerzas de izquierda y reforzar la hegemonía y dominio de los grandes capitales nacionales y extranjeros. Su estrategia consistió en reemplazar al régimen de partido de Estado por un régimen de alternancia entre partidos empresariales, haciendo pasar como suyo el deseo de cambio existente en nuestra sociedad, articulando un agrupamiento de fuerzas (alianza para el cambio) y apoyándose en el clero reaccionario y la burguesía imperialista. Dicha estrategia, incorporó en su apoyo a algunos sectores de la izquierda (de manera directa o por medio del llamado ‘voto útil’) – posibilitando, finalmente, un relevo político entre fracciones de clase al interior del Estado, así como una segunda reestructuración del sistema hegemónico por medio del cual la clase dominante ejerce y garantiza su dominación de clase.

En este contexto, cualquiera de las fracciones industriales y financieras que asuma de modo directo o por medio de sus representantes la función hegemónica dentro del Estado, mantendrá la estrategia neoliberal hasta que las potencias imperialistas decidan modificar dicha estrategia o el pueblo mexicano pueda derrotarla.

Tendencia de la lucha de clases.

El bloque dominante pretende profundizar la estrategia de acumulación y reestructuración global capitalista y, por consiguiente, mantener el patrón de acumulación neoliberal.

Dicha pretensión tendría por objeto materializar el proyecto nacional-gran burgués de la fracción clasista dirigente del bloque conservador: la gran burguesía financiero-industrial oligopólica localizada en los sectores líderes del patrón de acumulación, a saber: la industria pesada y la exportadora. Asimismo, tendría por objeto completar la privatización de la economía nacional (particularmente del petróleo y la industria eléctrica) y anular, entre otras, las garantías laborales y sindicales plasmadas en nuestra Constitución. Esto significa que la clase dominante reforzará el ordenamiento económico vigente, con un ordenamiento político-ideológico de alternancia en el poder entre grupos empresariales que combine la represión y concesión jerarquizadas; ordenamiento que, incluso, podría desaparecer o acotar las libertades políticas y la débil apertura democrática, suprimiendo o caricaturizando los procesos electorales, en caso que estos pongan en riesgo sus intereses y los del imperialismo, principalmente norteamericano.

Por su parte, el pueblo y sus organizaciones democráticas y populares rechazan y se oponen al proyecto neoliberal, pero carecen de la fuerza suficiente para imponer un proyecto diferente. Carecen de fuerza porque la lucha democrática popular se encuentra desarticulada y porque los agrupamientos sociales y políticos articulados en torno a la lucha político-electoral o en torno a alguna otra propuesta (insurgente, civil o de otro tipo) no han logrado incorporar y fusionarse  a la inmensa mayoría del pueblo trabajador en la lucha contra el ordenamiento económico vigente.

Así, mientras al interior de la clase dominante sus fracciones afianzan la estrategia para mantener el modelo neoliberal, reforzar su hegemonía y dominación capitalista, dando paso a la alternancia en el poder (tratando de presentar dicha alternancia como máxima expresión de la ‘democracia’), las organizaciones  de izquierda no acaban de remontar la crisis ideológica y orgánica que trajo consigo el derrumbamiento del denominado socialismo real, ni de precisar la estrategia y las tácticas que hagan posible alcanzar los objetivos del periodo y de la etapa histórica, siendo una muestra de ello la reciente fragmentación del PDPR-EPR, como resultado de insalvables diferencias éticas, políticas y estratégicas que dieron lugar a la formación de nuevos agrupamientos revolucionarios: ERPI, EVPR, FARP, etc.

Así pues, la tendencia de la lucha de clases en la presente fase y coyuntura se desprende directamente del efecto depredador y polarizante que ha traído consigo la estrategia neoliberal en el orden económico y en la formación social en su conjunto. Dicho efecto apunta a la agudización de la lucha de clases entre el bloque de poder y los diversos agrupamientos sociales y políticos de carácter democrático y popular. Poniendo de manifiesto la vulnerabilidad de la hegemonía capitalista. Dicha vulnerabilidad consiste en la unidad intelectual y moral de todo el pueblo, que se expresa en la reducción de la distancia entre representantes y representados al interior de las organizaciones democráticas, populares y revolucionarias, entre una organización y otra, así como entre el pueblo y sus organizaciones bajo el peso de la creciente explotación, miseria, exclusión y represión que ha acentuado la estrategia neoliberal. O sea, que se expresa en la construcción y articulación de una nueva hegemonía de carácter popular.

4.   Guerra de Baja intensidad: una estrategia imperialista para preservar la hegemonía y dominación capitalista.

“La guerra de baja intensidad es el recurso de naciones y organizaciones para el uso limitado de la fuerza o la amenaza de su uso, para conseguir objetivos políticos sin el involucramiento pleno de recursos y voluntad que caracteriza las guerras de Estado-nación de supervivencia o conquista. Típicamente la guerra de baja intensidad involucra relativamente pocos participantes, en relación con la importancia de los objetivos políticos en riesgo. La GBI puede incluir diplomacia coercitiva, funciones policiacas, operaciones psicológicas, insurgencia, guerra de guerrillas, actividades contraterroristas y despliegues militares-paramilitares con objetivos limitados. En tanto que la intensidad puede ser baja, la duración puede ser muy larga. Debido a que las tácticas no convencionales son usadas frecuentemente, el triunfo en la GBI rara vez es aquel de la victoria convencional por la fuerza de las armas; frecuentemente el triunfo es medido sólo para evitar ciertos resultados o por cambios de comportamiento en un grupo que es el objetivo.”

La GBI, fue introducida en nuestro país a mediados de los 80. Esta estrategia instrumenta medidas de carácter económico, político, social e ideológico-cultural, además de actividades militares de tipo quirúrgico y psicológico con base en un intenso trabajo de inteligencia militar. De una parte intenta descabezar al movimiento insurgente mediante rápidas y eficaces operaciones militares que, en apariencia, dañen lo menos posible el conjunto del tejido social y, de otra parte, intenta desmoralizar y paralizar al pueblo por medio del terror. La combinación de ambas medidas caracterizan a dicha estrategia. De esto dan cuenta, entre otras actividades contrainsurgente, la ofensiva del 9 de febrero de 1995 contra el EZLN, así como las masacres de Aguas Blancas, de Acteal, del Charco, del Bosque, etc. En el plano internacional dicha estrategia se expresa en los tratados de extradición contra militantes de organizaciones revolucionarias (como la ETA).

La GBI es una estrategia dirigida y coordinada por el imperialismo, particularmente norteamericano. Dicha estrategia requiere el control total de los altos mandos y del personal operativo; de ahí la maniobra de reemplazo que paulatinamente se ha venido instrumentando en América Latina, particularmente del personal de mando y operativo fuera de control, absorbido por el narcotráfico e incómodo políticamente por su responsabilidad en actividades de lesa humanidad (como la tortura y la desaparición forzada).

La GBI es una estrategia de defensa de la hegemonía y dominación de la burguesía y del Estado dependiente así como del propio Estado y burguesía imperialistas. Es la estrategia de coerción orientada a desarticular cualquier expresión político-ideológica y, particularmente, político-militar de la nueva hegemonía o poder popular.

C.   NECESIDAD DE LA REVOLUCION

La revolución se constituye en una necesidad histórica cuando el pueblo se descubre y reconoce a sí mismo explotado, empobrecido, oprimido y humillado, imponiéndose ante él la necesidad de restaurar su dignidad, es decir, de transformar revolucionariamente sus relaciones sociales. Pero la revolución o realización de un proyecto de emancipación social no puede ser resultado sólo de la voluntad. Se requiere además del conocimiento profundo de la realidad que se pretende transformar y, por tanto, de la teoría política y de la teoría de la estrategia para lograrlo.

El efecto depredador y la polarización global que el neoliberalismo vino a acentuar en nuestro país, ha deteriorado aún más las condiciones de existencia del pueblo, transformando la explotación, la opresión, el abandono, la miseria y la humillación, en que se encuentra, en un hecho cada vez más consciente, tensando el resorte invisible de la rebeldía: el de su dignidad; tornándose la revolución y el proyecto de emancipación social que la inspira, en la expresión de un proceso histórico cada vez más necesario y deseable pero, sobre todo, cada vez más posible y realizable.

¿Qué deseamos y qué necesitamos los mexicanos?

Deseamos un nuevo México, un México distinto, que garantice el respeto irrestricto a la dignidad humana y haga prevalecer la democracia, la justicia y la libertad.

Necesitamos un México diferente porque en actual se niegan los más elementales derechos humanos y las garantías sociales e individuales, por los que han luchado y dado su vida millones de mexicanos.

Para lograr lo anterior se necesita poner término a la hegemonía y a la dominación capitalistas, así como a la doble estrategia imperialista (el neoliberalismo y la Guerra de Baja Intensidad) y, por consiguiente, conquistar nuestra soberanía popular y nacional. Lo anterior requiere, a su vez, la participación de todo el pueblo en una lucha total y prolongada, que habrá de hacer frente a la guerra interna y a la intervención y posible ocupación militar norteamericana por medio de una guerra de liberación nacional. Sólo de esta manera podremos llevar a cabo la realización de un nuevo proyecto Pueblo-Nación.

D.   CARÁCTER Y OBJETIVOS DE LA REVOLUCION.

En el caso de nuestra formación social capitalista y neocolonial, la salida histórica a la crisis estructural tendrá que ser indudablemente de carácter socialista.

Sin embargo, para llegar o acceder al socialismo o sociedad verdaderamente humanizada, es necesario arribar primero a una fase de transición de carácter democrático-popular. Dicha fase debe mediar el paso entre la formación social capitalista (en que nos encontramos) y la formación social socialista (a la que aspiramos). Sin arribar a dicha fase es imposible la consolidación del poder popular y proletario y, por tanto, la realización del proyecto socialista de emancipación.

El arribo a la fase de transición y la construcción del socialismo deben sustentarse en un Programa Político, cuya primera parte (programa mínimo) enuncie claramente las tareas y objetivos democráticos, populares y nacionales. Y su segunda parte (programa máximo) enuncie las tareas y objetivos socialistas.

El programa mínimo y el programa máximo constituyen una unidad indisoluble. Sus contenidos económico-sociales y político-ideológicos, así como sus fuerzas motrices y dirigentes interactúan y se condicionan mutuamente, determinando el carácter de la lucha de clases y de la revolución.

De una parte, el contenido del programa mínimo es democrático-popular-nacional y, por tanto, nacionalista, antioligárquico, antioligopólico y antiimperialista. De otra parte, el contenido del programa máximo es proletario-socialista y, por tanto, anticapitalista e internacionalista.

Desde la perspectiva política, la lucha por la realización del programa político tiene por objeto, en una primera fase, alcanzar los objetivos de: Nuevo Gobierno,  Nueva Constitución, Reordenamiento Económico y Social y República Democrática Popular. Y, en una segunda fase, la construcción del socialismo.

Desde la perspectiva estratégica, la lucha por la realización del programa político tiene por objeto, en una primera fase, la construcción y articulación del poder popular así como la desarticulación y aniquilamiento de la hegemonía capitalista, pues sólo la realización de esta tarea posibilitará la desarticulación del aparato de Estado y la toma del poder propiamente dicha. Y, en una segunda fase, el aplastamiento de la contrarrevolución y la consolidación del poder popular y proletario.

El programa mínimo y el programa máximo constituyen la expresión del doble carácter y la doble fase de una misma revolución a la que podemos denominar de dos modos distintos: democrática-socialista o popular-proletaria, según queramos referirnos a sus tareas o a las fuerzas que las impulsan. En el primer caso, democrática-socialista, por sus tareas inmediatas y por la salida revolucionaria que propone finalmente a la crisis estructural capitalista. En el segundo caso, popular-proletaria, porque será el pueblo su principal fuerza motriz durante la primera fase de la revolución y porque será la clase obrera la que desempeñe el papel decisivo en la segunda fase de la revolución.

El programa mínimo o plan de lucha antineoliberal mínimo debe reivindicar con precisión los objetivos concretos que conquisten al pueblo trabajador para la revolución: si se cae en el radicalismo, la revolución perderá el apoyo de los sectores democráticos consecuentes y si las transformaciones que propone son superficiales perderá el apoyo de los sectores más avanzados del pueblo. Por tanto, dicho programa deberá abanderar en la presente fase y coyuntura la lucha popular contra el neoliberalismo y la dictadura del gran capital. Y, por otra parte, deberá ser impulsado con base en los procedimientos democráticos y revolucionarios (pacíficos y violentos) a los que ha dado lugar la lucha de clases en México.

Objetivos democráticos populares:

1.  Gobierno democrático popular.

2.  Nueva Constitución.

3.  Reordenamiento económico social.

4.  República Democrática Popular.

 Objetivos socialistas:

  1. Consolidación de la hegemonía popular y proletaria.
  1. Construcción del socialismo.

 

 

16 de Noviembre de 2000.

  Primer Congreso del PDPR-EPR-TDR.

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