Este Sur/Chiapas.
Entrevista N1
El deslinde con el PDPR-EPR fue necesario porque éste dejó de ser el
proyecto que dimos a conocer al pueblo de México mediante los Manifiestos de
Aguas Blancas y de la Sierra Madre Oriental, el 28 de junio y el 28 de
agosto de 1996, respectivamente. Dejó de ser dicho proyecto porque en el
intento por consolidarse realmente como institución democrática y
revolucionaria, el PDPR-EPR sufrió una profunda crisis político-ideológica que
dio marcha atrás al proceso autocrítico y a la incipiente democratización
interna que le dio origen; crisis que, finalmente, fragmentó al conjunto de
fuerzas construidas y acumuladas en casi tres décadas de existencia, dando
lugar a distintos agrupamientos revolucionarios (ERPI, EVPR, FARP, etc.). En
este contexto, el actual PDPR-EPR es un agrupamiento más de estos y de ningún
modo el proyecto original, aunque dicho agrupamiento así lo pretenda. Desde luego,
lo mismo puede decirse de nosotros, o sea, del PDPR-EPR-TDR como agrupamiento
constituido, primero, como corriente de opinión, temporal e inorgánica, al
interior del proyecto original y, posteriormente, como nuevo agrupamiento
orgánico. No está de más señalar que la constitución orgánica de nuestro
agrupamiento se llevó a cabo por medio de un congreso. Dicho congreso ratificó
la validez del proceso de reflexión crítica y autocrítica que, pese a todas sus
limitaciones, había dado lugar al propio PDPR-EPR como proyecto originalmente
constituido, reivindicando el contenido de los Manifiestos de Aguas Blancas y de la Sierra Madre Oriental; asimismo, dicho congreso reivindicó el
derecho de retomar, del proyecto original, el nombre PDPR-EPR, agregándole a
éste el de TDR, para indicar nuestro origen y, al mismo tiempo, diferenciarnos
del otro agrupamiento que también decidió mantener el nombre del proyecto
original, mas no así el contenido fundamental de su propuesta, como lo dejan
constatar sus últimos documentos. En efecto, en dichos documentos han dejado de
figurar los objetivos programáticos y las consignas democráticas populares
propias de un modelo de transición al socialismo que caracterizaron la
propuesta del PDPR-EPR original, siendo sustituidas por los objetivos y
consignas puramente socialistas que sostuvimos como PROCUP-PDLP, incluso,
varios años después del derrumbe del modelo eurosoviético en la ex Urss y en
los países del este europeo; representando esta medida un verdadero movimiento
de retorno con respecto del análisis teórico que hicimos sobre la globalización
y el modelo neoliberal de acumulación capitalista, y un movimiento de retorno
con respecto de la reflexión crítica y autocrítica que hicimos sobre nuestro
desarrollo como agrupamiento revolucionario, con base en los resultados de
nuestra propia práctica, reflexión que dio lugar, finalmente, al PDPR-EPR.
Nuestras diferencias estratégicas y tácticas con el actual PDPR-EPR
tienen que ver precisamente con el movimiento de involución o retorno político
que dicho agrupamiento impulsó como corriente no explícita al interior del
proyecto original. Dicho movimiento de retorno fue llevado a cabo en el terreno
de la teoría de la revolución y del partido, justo donde intentábamos ajustar
cuentas con nuestra propia práctica revolucionaria. Nuestra apreciación se
resume en los siguientes términos. El análisis de los resultados limitados de
dicha práctica nos llevó a actualizar la crítica del capitalismo realmente
existente y a redefinir la estrategia y las tácticas de transformación
revolucionaria. Este paso teórico y práctico dio lugar al PDPR-EPR como nuevo
proyecto, sin que esto signifique el desconocimiento de todo el periodo de
construcción y acumulación revolucionaria precedente, que tuvo como eje
fundamental al PROCUP y al PDLP. De este modo, el análisis concreto de nuestra
realidad nacional y mundial, así como de la experiencia histórica, nos llevó a
considerar necesaria una fase de transición que mediara entre la formación
social capitalista periférica y subordinada en que nos encontramos y la
sociedad socialista a la que aspiramos. Dicha fase de transición, como proyecto
a realizar, introdujo modificaciones programáticas y estratégicas - concretadas
en los objetivos y consignas políticas - que constituyeron, a la postre, el
núcleo de las diferencias fundamentales entre el actual PDPR-EPR y nuestro
agrupamiento. Así, tras las consignas y objetivos políticos enarbolados
actualmente por cada agrupamiento, se encuentra una postura práctico-crítica
diferente y, por consiguiente, un modo distinto de interpretar la realidad y
pretender transformarla. Por ejemplo: mientras nosotros consideramos la
realización del proyecto de emancipación socialista como resultado de una
revolución de doble carácter, popular y socialista a la vez, el actual PDPR-EPR
considera que la realización de dicho proyecto será resultado de una revolución
de carácter únicamente socialista.
Mientras nosotros consideramos necesaria una fase de transición
concretada en los puntos programáticos de Nuevo Gobierno, Nueva Constitución,
Nuevo Orden Económico-Social y República Democrática Popular, el actual
PDPR-EPR pugna directamente por los objetivos históricos concretados en la toma
del poder político, la instauración de la dictadura del proletariado y la
construcción del socialismo. Mientras que nosotros consideramos necesaria la
elaboración de una Línea Política Común y de una Dirección compartida para dar
lugar al Poder popular, como determinación económica, política, ideológica y
militar, el actual PDPR-EPR reivindica la Guerra Popular Prolongada como única
estrategia revolucionaria posible. Mientras nosotros consideramos que el
reconocimiento de los pueblos indios como sujetos de derecho público constituye
un paso adelante en la emancipación política de todo el pueblo, el actual
PDPR-EPR prioriza la necesidad de la liberación proletaria del indígena y del
campesino, postergando y subordinando la cuestión de los derechos y de la
cultura de los pueblos indios, etc.,
etc. Las diferencias estratégicas y tácticas parecieran ser de matiz, pero
también en los matices se juega la posibilidad de poner en práctica
exitosamente una u otra estrategia revolucionaria. Pero, en definitiva será la
práctica la que ponga de manifiesto la realidad, el poderío o la terrenalidad
de cada pensamiento político. Respecto de los otros agrupamientos que tuvieron
su origen en el original PDPR-EPR, no conocemos a profundidad su reflexión
teórica ni sus planteamientos políticos, pero consideramos que el respeto
recíproco que hasta ahora hemos mantenido como organismos revolucionarios
fraternos constituye la base que habrá de permitirnos analizar y discutir
conjuntamente nuestros respectivos planteamientos y, sobre todo, avanzar en la
elaboración de una Línea Política Común y una Dirección Compartida que
constituyan el sustento de una nueva coordinación y unidad revolucionaria.
No avalamos en ningún sentido las acusaciones formuladas por el actual
PDPR-EPR contra el ERPI o contra algún otro agrupamiento derivado del proyecto
original, justamente porque las acusaciones y argumentos de dicho organismo son
parciales y unilaterales. Aunque, por otra parte, consideramos necesario el
restablecimiento de la verdad histórica respecto del proceso de fragmentación
política en que derivó el proyecto original. Pero esta tarea no es tarea
exclusiva de uno u otro agrupamiento en particular, sino tarea de todos sus
protagonistas. El objetivo es evitar que este tipo de experiencias se repitan
y, al mismo tiempo, preparar el terreno para la necesaria unidad
revolucionaria. Ello hace necesario, por elemental honestidad intelectual y
moral, que cada militante y cada agrupamiento asuma
las responsabilidades que le correspondan con respecto del proceso de
fragmentación. Por el momento es necesario dar lugar a la coordinación, entre
los diferentes agrupamientos, con base en lo que nos pueda dar unidad y no en
lo que nos separe y, de este modo, avanzar en la solución de nuestras
diferencias.
El PDPR-EPR-TDR ha hecho acto de presencia en el estado de Guerrero y,
por el momento, sólo ahí lo seguiremos haciendo. / No mantenemos relación con
el actual PDPR-EPR y éste no es matriz nuestra. En todo caso se trata de un
agrupamiento fraterno que, al igual que nosotros, tuvo su matriz en el proyecto
originalmente constituido como PDPR-EPR, entre 1994 y 1996. Pero dicha matriz
ya no existe. Desde este punto de vista, ningún agrupamiento constituye o
representa realmente el proyecto original, aunque pretenda pasar por éste.
Tampoco, ningún agrupamiento es resultado realmente de un proceso de
“depuración” y “fortalecimiento”, aunque pretenda hacerlo ver así.
Desafortunadamente, el comportamiento político de la dirección del actual PDPR-EPR
se caracteriza precisamente por los rasgos antes descritos, pretendiendo
eludir así sus propias
responsabilidades. Dicho comportamiento se asemeja al de las colectividades
cerradas que asumen sus convicciones como certezas universales, considerando
invariablemente ser dueños de la razón y depositarios de la verdad. De ahí las
descalificaciones de este agrupamiento contra todos los demás agrupamientos, a
los que considera “prófugos de la justicia revolucionaria”, “inconsistentes
ideológicamente” y “potencialmente peligrosos”. En tales condiciones es
imposible el establecimiento de algún tipo de vínculo con este agrupamiento,
por lo menos, en este momento. No obstante, consideramos necesario seguir
insistiendo, con éste y con los demás agrupamientos, en la cuestión de la
unidad revolucionaria y en la necesidad de construirla activamente. / La
estructura de nuestro partido no es piramidal sino horizontal; tiene como
sustento la centralización y la democracia, sólo que ésta última no es sólo un
adjetivo sino un sustantivo o proceso real llamado a acotar la excesiva
centralización en que han devenido generalmente las estructuras
político-militares. Desde luego, para que la democracia constituya un proceso
real debe apoyarse, por lo menos, en otros dos principios: el de la dignidad y
el de la libertad, los cuales, tienen por objeto restituir o devolver al hombre
su carácter de sujeto activo, creador y transformador de sí mismo y de su
entorno. La instancia de dirección
central es el congreso; a éste le sigue el consejo político, el cual se
encuentra acotado directamente por los representantes de las instancias
estatales; a éste consejo político le siguen los consejos estatales; a estos
los consejos zonales y a estos los consejos de resistencia popular. En nuestra
estructura reconocemos el derecho de la militancia a agruparse como tendencia,
inorgánica y temporal, así como el derecho a la comunicación horizontal. Todo
ello, siguiendo las normas más estrictas de la clandestinidad revolucionaria.
Dentro de nuestra estructura pero, sobre todo, en las instancias de
representación, no es un secreto saber quién o quiénes forman parte del Consejo
Político, precisamente, porque sus integrantes son resultado de un proceso de
elección interna. Pero hacia fuera de nuestra estructura si es un secreto la
composición de dicho organismo de dirección. / Nuestra postura con respecto de
la izquierda electoral es de reconocimiento y de respeto, pero ello no nos
exime de ejercer la crítica hacia ella. Los espacios políticos que la izquierda
electoral ocupa son, en buena medida, resultado de su propia lucha, pero también de la lucha armada
revolucionaria. De ahí nuestro interés porque dichos espacios sean bien
empleados en la lucha por la transformación social profunda. Desde luego,
sabemos que dicha transformación no esta a la vuelta de la esquina y que para
acercarnos a ella se requiere una estrategia que combine todas las formas de
lucha. La lucha electoral es una forma particular de la lucha de clases que
debe conocer y dominar toda la izquierda. Pues el dominio de ésta permitirá la
conquista de nuevas posiciones. Pero sería necio querer reducir la lucha de
clases a una sola forma de lucha, cualquiera que esta sea. Aunque no ignoramos
que existen corrientes al interior de la izquierda que pretenden reducir o
subordinar todas las formas de lucha a la lucha electoral, de la misma forma en
que existen otras corrientes dentro de la izquierda que pretenden subordinar
todas las formas de lucha a la lucha armada. Esta realidad debe ser criticada
teóricamente y superada prácticamente, sin perder de vista que la dialéctica de
la relación entre estas dos formas de lucha es interactiva y bidireccional. O
dicho en otros términos, ambas formas de lucha deben complementarse y
fortalecerse mutuamente, para dar lugar y consolidar a un nuevo poder - popular
y proletario - y no para fortalecer al poder existente.
De entrada no tenemos ningún problema con el marxismo-leninismo ni con
los principios que postula, entendiendo por marxismo-leninismo la primera
formulación por medio de la cual se intentó divulgar masivamente la teoría
revolucionaria. Haberlo intentado fue un mérito indiscutible realizado por el
hoy extinto Estado soviético, después de la revolución de octubre. Pero no
podemos pasar por alto las críticas de que ha sido objeto dicha formulación
teórica, pues en lugar de fundamentar y orientar - crítica y autocríticamente -
la política del partido y el Estado soviéticos, sólo justificó dicha política,
reduciendo su función al ámbito puramente ideológico. Desde luego, la crítica
de esta formulación no tiene que ver con Marx, Engels o Lenin, sino con los
manuales de divulgación que pretendieron explicarlos. Particularmente, el
marxismo-leninismo, como intento de explicación y divulgación de la teoría
revolucionaria, se inserta en una corriente denominada ontológica, por
considerar que el problema fundamental de la filosofía es el de la relación
entre el ser y la conciencia, y no el de la transformación revolucionaria de
nuestra sociedad. Desde esta perspectiva, dicha formulación escindió
esquemáticamente a los filósofos y sus filosofías en materialistas e
idealistas; escindió a la teoría revolucionaria en materialismo histórico y
materialismo dialéctico; escindió a todas las ciencias en burguesas y
proletarias, positivisando la teoría revolucionaria. De este modo, la teoría
revolucionaria llegó a asumirse como ciencia de las ciencias. Las consecuencias
de este esquematismo fueron lamentables, pues se dogmatizó la teoría
revolucionaria anulando sus posibilidades de desarrollo.
Reconocemos la validez y la vigencia de la propuesta teórico-práctica
formulada por Marx y Engels, sin perder de vista que el propio Marx no se
consideró marxista, justamente, porque no consideró su teoría un sistema
filosófico cerrado, es decir, coronado por alguna verdad absoluta.
Desafortunadamente, la incomprensión de este hecho, dogmatizó la teoría
revolucionaria y desnaturalizó su práctica. Para recuperar y poner de
manifiesto el carácter racional y libertario del marxismo se requiere asumir
éste como unidad indisoluble de la teoría y de la práctica revolucionaria, sin
perder de vista que existen diversas corrientes de interpretación dentro del
marxismo. Ahora bien, como agrupamiento revolucionario no hemos adoptado una u
otra interpretación del marxismo, ni consideramos correcto hacerlo. Más bien
consideramos necesario impulsar un diálogo, al interior de nuestro partido,
entre las diferentes interpretaciones del marxismo, con el objeto de impulsar
su desarrollo. Finalmente, si tuviésemos que escoger alguna definición que
caracterizara nuestros principios y nuestros objetivos volveríamos a optar por
la fórmula de luchadores democráticos y revolucionarios, acuñada en el proceso
de reflexión crítica y autocrítica que dio lugar originalmente al PDPR-EPR;
fórmula por medio de la cual pretendimos restituir la unidad del movimiento
legal y del movimiento clandestino, reconociendo el doble carácter: democrático
y revolucionario, de ambos movimientos, cuando se encuentran realmente
orientados hacia una transformación social profunda; fórmula que seguimos conservando,
al mismo tiempo, como partido y como tendencia, porque dicha fórmula incluye
las dos características: democrática y revolucionaria, de la actividad
práctico-crítica que requiere, a juicio nuestro, la transformación profunda de
nuestra sociedad.
Es una posición de respeto.
Efectivamente,
la emergencia del EZLN el 1 de enero de 1994 vino a catalizar o a acelerar
definitivamente el análisis y la discusión que, primero, el proceso electoral
del 88 y, después, la caída del muro de Berlín trajeron consigo al interior de
nuestro agrupamiento revolucionario. Sin embargo, no fue el análisis ni la
discusión lo que nos ocupó en los primeros días de la emergencia zapatista,
sino el deber insoslayable de solidarizarnos con el EZLN frente a la ofensiva
militar de que era objeto por parte del Estado mexicano. Enfocamos nuestras
baterías contra la infraestructura del gran capital y en vísperas de hacerlo
contra el ejército federal, el gobierno salinista decretó el cese unilateral al
fuego llamando al EZLN al diálogo y a la negociación, cosa que éste acepta. La
caracterización que hace el Sub comandante Marcos sobre nuestro accionar y el
discurso político posterior a su primera declaración contra el gobierno,
generan discusión y diferencias de opinión dentro de nuestras filas. Pero una
cosa queda clara: la necesidad de acelerar nuestros planes estratégicos,
definidos desde 1987, consistentes en reanudar el hostigamiento militar contra
las fuerzas del enemigo. Al avanzar en esta dirección fuimos profundizando, al
mismo tiempo, en el proceso de reflexión, consulta y discusión interna. De modo
que, como PROCUP-PDLP, dimos respuesta a una de las primeras consultas del
EZLN, difundiendo por primera vez la propuesta programática de Nuevo Gobierno,
Nueva Constitución, Reordenamiento económico y Auténtica República. Asimismo,
avanzamos en el proceso de formalización y oficialización de nuestro ejército,
al cual, por vía democrática, dimos por nombre: Ejército Popular Revolucionario
(EPR). La masacre de Aguas Blancas el 28 de junio de 1995, vino a constituir un
nuevo catalizador de este proceso. Elaboramos el proyecto de una nueva
Constitución, rescatando el componente popular y revolucionario que le dio
origen a la Constitución de 1917; asimismo, elaboramos un proyecto de
declaración de guerra que nunca dimos a conocer, pues arribamos a la conclusión
de que era necesario mantenernos en el marco de la autodefensa y de la
propaganda armada revolucionaria, redactando así el Manifiesto de Aguas
Blancas, dado a conocer justo en el primer aniversario luctuoso de la
masacre en el Vado que le dio su nombre, así como el Manifiesto de la Sierra
Madre Oriental, donde dimos a conocer la existencia del PDPR. Sin embargo,
la modalidad del accionar del 28 de agosto no se ajustó finalmente con la
concepción de autodefensa; sobreestimamos nuestras fuerzas y nos dejamos llevar
por la inercia de una concepción militar que no se correspondía con nuestro
grado de desarrollo ni con la realidad que pretendíamos transformar. Entre
junio y agosto de 1996 se llevó a cabo el proceso que puso término al
PROCUP-PDLP y dio lugar al PDPR. Se trataba de ajustar el proyecto partidario a
las modificaciones programáticas y estratégicas a las que habíamos dado lugar;
asimismo, se trataba de hacer un reconocimiento a los diferentes núcleos,
colectivos y proyectos revolucionarios que mediante la cooptación nutrieron e
hicieron crecer al PROCUP-PDLP, codificando, por criterios de clandestinidad,
los nombres de la mayor parte de dichos núcleos, colectivos y proyectos
revolucionarios. Así, de los 14 agrupamientos que dimos a conocer no hay uno
sólo que no tenga sustento en el proceso de relación y cooptación impulsado
tanto por el PROCUP como por el PDLP, primero, de manera separada y,
posteriormente, como PROCUP-PDLP. En su momento, dimos a conocer, para su
análisis, la historia de cada uno de estos agrupamientos, así como el modo en
que sus integrantes fueron renunciando a sus respectivos proyectos e
incorporándose, en aras de fortalecer un proyecto revolucionario único, al
PROCUP-PDLP. Por último, se trataba de asumir autocríticamente y poner
distancia con respecto de la política sectaria que asumimos al seno de la
izquierda en todo el periódico histórico anterior; pero, sobre todo, se trataba
de poner distancia con respecto de la “leyenda negra” acuñada por el estado en
un intento de éste por aislarnos e impedir nuestro crecimiento. Regresando al
28 de junio y 28 de agosto de 1996, consideramos que estas dos fechas marcan la
culminación y al mismo tiempo el inicio de una nueva etapa de nuestro
desarrollo como agrupamiento revolucionario. Se trataba de una nueva etapa en
la que teníamos como tarea, de una parte, concluir todo el proceso de reflexión
anterior y, de la otra, sostener las tácticas de autodefensa y propaganda
armada revolucionaria. Sin embargo, no fuimos capaces de realizar ni una ni
otra tarea. Ya hemos señalado que el proceso que dio lugar al PDPR-EPR no fue
un proceso sólido, explicando, desde nuestro punto de vista, en qué residía su
fragilidad. Ahora sólo nos limitaremos a agregar lo siguiente. Cuando se
produce la crisis interna surgen, al interior de la instancia de dirección
ampliada, entre nuestra tendencia y la tendencia que hoy representa el actual
PDPR-EPR, dos diagnósticos y dos pronósticos distintos acerca de la crisis y,
por consiguiente, dos tratamientos o estrategias distintas para superarla y
preservar al partido. De nuestra parte, consideramos que la crisis interna era
resultado de una mala comprensión del marxismo y del centralismo democrático,
así como de un modelo de construcción y dirección política que si bien había
permitido acumular, cooptar y construir nuevas fuerzas, resultaba ya
insuficiente para seguir avanzando de acuerdo a las necesidades
revolucionarias; considerando, asimismo, que la solución de dicha crisis se
encontraba en la lucha ideológica racional y fraterna, así como en la
democratización de la vida partidaria mediante la participación de toda la
militancia en la discusión de todos los asuntos de la vida política del partido
y la elección de la dirección del partido por medio de un Congreso, para dar
lugar por fin a una verdadera institución revolucionaria. Por su parte los
compañeros del actual PDPR-EPR, defendiendo y reivindicando el modelo de
construcción y dirección anterior, atribuyeron la crisis al supuesto abandono
de la teoría de la revolución, del centralismo democrático y de los objetivos
socialistas, pronosticando que el proceso de democratización interna, de
análisis autocrítico y de reformulación programática y estratégica, impulsado
por una corriente democrática mayoritaria, reventaría políticamente, abocándose
en la práctica a validar su pronóstico y a desacreditar política e
ideológicamente a los representantes de dicha corriente frente a la militancia.
Entre estas dos posiciones, fueron surgiendo otras corrientes de opinión con
matices y circunstancias diferentes,
pero convencidas –por la actitud política que asumieron finalmente- que la
crisis interna partidaria ya no tendría solución. La salida en enero de 1998 de
la primera de ellas agudizó la crisis, sin que los esfuerzos por remontarla
pudiesen fructificar, debido a las acusaciones, reclamos y condenas, así como a
la renovada lucha de posiciones que dicha salida trajo consigo. Dos fueron los
intentos más importantes que llevamos a cabo para superar la crisis. El primero
en julio de 1998 mediante un plan de trabajo que no pudimos llevar a cabo,
debido sustancialmente a un problema de seguridad interno, al cual no pudimos
dar seguimiento ni solución. El segundo en febrero de 1999, mediante una serie
de acuerdos de unidad y disciplina aprobados en la última plenaria
extraordinaria del Comité Central (ampliado), acuerdos que no fueron honrados
por varios de los agrupamientos internos (entre ellos los compañeros del actual
PDPR-EPR) echando por tierra el último intento serio por mantener el proyecto
original y la unidad partidaria. Este último intento concluyó, finalmente, con
la salida del partido de otros grupos de compañeros, en medio de juicios
sumarios, expulsiones y sanciones de carácter ‘depurador’ determinadas por los
compañeros del actual PDPR-EPR (que ya en ese momento habían logrado acceder a
la dirección provisional del partido) contra toda corriente de opinión que no
coincidiese con la suya. En estas condiciones, el 14 de agosto de 1999, surge
el primer pronunciamiento escrito de nuestra tendencia democrática
revolucionaria, como agrupamiento explícito, inorgánico y temporal al interior
del partido, rechazando las medidas ‘disciplinarias’ dictaminadas por la
dirección provisional, pero buscando el establecimiento de nuevos acuerdos que
evitaran una nueva ruptura, entablándose un breve intercambio de misivas que
culmina en octubre del mismo año con el rechazo de nuestras propuestas y,
finalmente, con la escisión entre los compañeros del actual PDPR-EPR y
nosotros.
Dijimos que el PDPR-EPR era producto de la unidad de 14 agrupamientos. Primero, porque hasta ese momento considerábamos que, efectivamente, lo era. Sólo que nuestra concepción acerca de la unidad revolucionaria se encontraba aún subordinada a la teoría y a la práctica que sobre el partido manteníamos; teoría y práctica de la cual, finalmente, éramos resultado. ¿En que consistía dicha teoría y práctica sobre el partido? En una interpretación dogmatizada de la concepción leninista y, por consiguiente, en una aplicación de dicha concepción al margen de condiciones de tiempo y lugar; además se trataba de una interpretación que había elevado al rango de principios universales las medidas agregadas por Stalin en el X congreso del PCUS: 1) la lucha contra las fracciones al interior del partido y 2) la depuración del partido de sus elementos inestables. Asimismo, se trataba de una interpretación parcial de la propuesta leninista, cuyo núcleo fundamental es el Centralismo Democrático. Parcial, porque quedó estancada en los principios formulados por Lenin en 1902 (destacamento de vanguardia, poco numeroso, conspirativo y rigurosamente centralizado) y pasó por alto las readecuaciones hechas por el propio Lenin en 1906 (partido de masas y discusión de los asuntos del partido por toda la militancia, preservando los derechos de la minoría). En consecuencia, el resultado de dicha interpretación dio lugar a un modelo de construcción y dirección política burocrático y autoritario y, en consecuencia, a un partido que, al interior, no suprimió sino reprodujo el vínculo de dominio-subordinación propio de las sociedades divididas en clases antagónicas y, al exterior, pretendió subordinar a la izquierda legal y al movimiento en su conjunto, apelando a la superioridad de la lucha armada revolucionaria como principio universal. Un partido que no impulsó realmente una política de unidad con otras fuerzas armadas revolucionarias, sino que impulsó una política de cooptación y subordinación, de modo de preservar su hegemonía política, con los grupos u organizaciones revolucionarias afines. Por su parte, dichos grupos u organizaciones revolucionarias, convencidas de que la cooptación y la subordinación constituía una vía para forjar la unidad del movimiento armado revolucionario, fueron sumándose y fortaleciendo al proyecto hegemónico en distintas condiciones de tiempo y lugar. Esto es lo que no supimos explicar en su momento, limitándonos, en el plano interno, a reconocer la capacidad de los compañeros que por esta vía hicieron crecer y fortalecieron el proyecto revolucionario y, en el plano externo, a reconocer la capacidad de los compañeros provenientes de otros grupos y organizaciones revolucionarias de haberse sumado para fortalecer a dicho proyecto. Además debe recordarse que la aparición del EPR en el Vado de Aguas Blancas había generado ciertas dudas acerca del origen de este nuevo organismo en la propia izquierda legal, mismas que trataron de ser ahondadas por el Estado a través de los medios de comunicación. Por consiguiente, consideramos en ese momento necesario explicar el origen de este nuevo agrupamiento, pero de modo codificado, reivindicando el pasado revolucionario de muchos de nuestros militantes, incluidos, desde luego, los provenientes de la Liga Comunista 23 de septiembre, a los cuales codificamos bajo en nombre de Células Comunistas.
Consideramos haber dado el punto de referencia, el pasado mes de diciembre, por medio del compañero José Arturo, quien formó parte de la comisión que diera lectura a tres documentos en un acto llevado a cabo en la Sierra de Atoyac, con motivo del 26 aniversario de la caída en combate del Profesor Lucio Cabañas Barrientos. En el primer documento ofrecimos una explicación al pueblo de México y a sus organizaciones acerca de la fragmentación partidaria, dando a conocer la reciente constitución de nuestro agrupamiento, como organismo autónomo; en el segundo documento dimos a conocer el plan de lucha antineoliberal de nuestro agrupamiento y, en el tercero, fijamos nuestra posición frente al gobierno foxista. Ahora, una de las tareas que habremos de agotar en nuestro próximo congreso será precisamente la del balance y el deslinde de responsabilidades respecto de la crisis y el proceso de fragmentación que puso término al PDPR-EPR original, así como el papel que habrán de desempeñar los compañeros que formaron parte de la antigua dirección y que se encuentran en nuestras filas.
Hasta ahora no hemos visto cambios sustantivos en las entidades gobernadas por la izquierda electoral, pero no por ello descartamos definitivamente esta forma de lucha como una opción que contribuya al cambio. La lucha electoral puede contribuir a la transformación social profunda, es decir, a la construcción de una nueva dirección intelectual y moral, así como a suprimir la enajenación económica, siempre y cuando esté vinculada a una concepción política y a una estrategia que reconozca todas las formas de lucha. Desde luego, eso hace necesario una nueva izquierda, popular y proletaria, capaz de capitalizar los espacios políticos abiertos por la lucha de clases para dar lugar a una democracia del pueblo, con el pueblo y para el pueblo. El problema de la actual izquierda electoral es que lejos de promover una democracia representativa y participativa, reproduce los mismos esquemas de poder y de gobierno que ha caracterizado a la burguesía, sirviéndose incluso de dichos esquemas para alcanzar posiciones en el marco de sus luchas intestinas. Asimismo, el problema de la izquierda electoral es que su dirección político-ideológica se ha mostrado ajena a la realización de un proyecto de liberación nacional, popular y, sobre todo, anticapitalista. Así, aunque la lucha de clases en nuestro país ha dado lugar a un régimen de alternancia e incluso a una democracia representativa, la falta de compromiso con el pueblo y de una perspectiva verdaderamente popular y proletaria de la izquierda electoral, tiende a fortalecer aún más el dominio de los grandes capitales y a postergar la solución de los grandes problemas nacionales.
Queremos una sociedad verdaderamente humanizada, donde no exista el abandono y la humillación en que se encuentra la mayoría de seres humanos; una sociedad donde el respeto a la vida y a la dignidad humana constituya uno de sus más preciados baluartes; una sociedad emancipada del dominio y de la explotación que actualmente ejerce una parte minúscula de la sociedad sobre su inmensa mayoría; una sociedad donde el libre desenvolvimiento de cada uno sea la condición del libre desenvolvimiento de todos. Sin embargo, para arribar a una sociedad de este tipo, consideramos necesaria una fase de transición que medie entre la formación social periférica y subordinada en que nos encontramos y la formación social a la que aspiramos. La naturaleza de dicha fase de transición sería democrática popular y tendría por objeto dar lugar a una nueva hegemonía o poder popular, con base en la articulación de todas las fuerzas sinceramente interesadas en una transformación social profunda de nuestra sociedad, así como en la combinación de todas las formas de lucha legales y clandestinas, pacíficas y violentas, siempre y cuando correspondan a las necesidades de la situación concreta. Respecto de la lucha armada revolucionaria, nada indica en México y el mundo que sea obsoleta. Por el contrario sigue constituyendo la opción de cambio a la que siguen recurriendo los pueblos del mundo, frente a la violencia del gran capital. Las tácticas de autodefensa y propaganda armada revolucionaria que activamos en 1996 siguen constituyendo para nuestro agrupamiento una expresión o modalidad concreta de la lucha armada revolucionaria. Pues, por definición, la lucha armada revolucionaria es la unidad indisoluble de la lucha política y de la lucha militar. Desde esta perspectiva, la lucha armada revolucionaria tiene por objeto, en el presente período de la lucha de clases, contribuir a la construcción y consolidación del Poder Popular, es decir, de un poder que no sea la expresión del dominio de una parte sobre el todo social, sino del dominio del todo social sobre sí mismo. Concluyendo. La lucha armada revolucionaria es y seguirá siendo una opción de cambio, mientras prevalezca la violencia económica, social, política y militar de una parte minoritaria de la sociedad contra su inmensa mayoría, pero no por sí misma, no ella sola, sino en combinación con otras formas de lucha.
Dichos métodos siguen siendo vigentes, siempre y cuando se correspondan con los fines políticos que se pretenden alcanzar; pero no debemos perder de vista que su auge en algunos países de América Latina correspondió a una situación histórico concreta y, por consiguiente, a determinada correlación de fuerzas y a un período específico de la lucha armada revolucionaria. En México, después de la desarticulación de algunos agrupamientos revolucionarios, vino un largo período caracterizado por la construcción y acumulación de fuerzas, hasta la emergencia del EZLN y del PDPR-EPR. Después de dicha emergencia, así como de la agudización de la miseria, de la explotación y de la opresión en que se encuentra el pueblo de México, creemos que dichos métodos volverán a tener cierta relevancia, pero ahora en el marco de una masiva protesta y movilización popular orientada a la realización de un nuevo proyecto de Nación. Por lo mismo, la reivindicación de dichas acciones constituirá una necesidad política insoslayable, así como la responsabilidad que de su realización se derive.
No hemos podido ampliar ni modificar nuestro dispositivo conceptual, por la naturaleza parcial y dogmática de nuestra propia formación político-ideológica, desde la cual, llegamos a considerar que Marx, Engels y Lenin habían dicho todo o casi todo lo que podría decirse y criticarse de la sociedad capitalista, así como todo lo que podría fundamentar científica o racionalmente la necesidad de su transformación revolucionaria. Esta creencia elevada a rango de certeza anuló parcialmente nuestra posibilidad de interesarnos y conocer otras lecturas de la obra marxista diferentes a la nuestra como las provenientes del denominado marxismo crítico u occidental, descalificándolas aún sin conocerlas; asimismo, anuló el interés por conocer otras teorías políticas no marxistas. De este modo, nuestra actividad teórica se reducía al estudio de ciertas obras y tesis marxistas o pretendidamente marxistas, por medio de las cuales pretendíamos analizar nuestro propio entorno. Solo que en vez de analizar la realidad, sustituíamos ésta con las tesis aprendidas, sin profundizar en las particularidades de nuestra formación social, histórica y concreta, pese a las advertencias del marxista latinoamericano Carlos Mariategui respecto de la teoría revolucionaria, la cual, desde su óptica, no debería ser ‘calca y copia’ sino ‘creación heroica’ de los revolucionarios, en cada país y en cada época histórica. Precisamente, es Mariategui, contra la ortodoxia y el dogmatismo de su época, quien incluye, describe y explica la situación de los pueblos indios dentro de la realidad peruana, así como la necesaria y activa participación de estos, junto con la clase obrera y demás sectores populares, en la lucha por la realización de un proyecto de Nación democrático, popular y, finalmente, socialista. En este sentido, creemos que el análisis y la propuesta del EZLN, particularmente con respecto de los pueblos indios, ha contribuido a profundizar en el conocimiento de nuestra realidad nacional, así como en el diseño o creación de una estrategia para transformarla, incorporando a la teoría y a la práctica política tesis orientadas a crear una nueva cultura social y humana. De este modo, tesis como la referente a la ‘otredad’ o a la ‘alteridad’ y, fundamentalmente, el de la ‘dignidad huamana’ han tenido un aterrizaje concreto en la realidad de los pueblos indios, así como en la de otros grupos humanos históricamente discriminados y excluidos, en los que, finalmente, se han visto reflejados amplios sectores sociales, tanto de los países dominantes como de los países subordinados, independientemente de que sus agrupamientos políticos representativos compartan o no las propuestas políticas y estratégicas del EZLN -a juicio nuestro mediadoras- entre la sociedad humana que somos y la sociedad humanizada que deseamos ser.
Por el momento preferimos reservarnos este dato. Pero nos interesa dejar en claro nuestro pleno convencimiento de que sólo la unidad de todo el pueblo y, por consiguiente, de sus agrupamientos representativos, posibilitará la realización de un nuevo proyecto de Nación digno y justo. Sólo que dicha unidad no se encuentra a la vuelta de la esquina. Pero creemos que la clave de ella reside en la autocrítica y en la crítica radical de las concepciones y prácticas que lejos de cohesionarnos nos han separado y nos han confrontado como pueblo y como agrupamientos políticos. Sobre todo se trata de apostarle al contenido ético, democrático y racional de la teoría revolucionaria, así como a las necesidades e intereses de todo el pueblo, superando teórica y prácticamente el dogmatismo y el fundamentalismo más propio de sectas que de agrupamientos políticos democráticos y revolucionarios. Precisamente, en esta dirección apunta la propuesta de elaboración conjunta de una Línea Política Común y de una Dirección Compartida que hemos venido formulando a distintos agrupamientos revolucionarios fraternos, abonando dicha propuesta con una actitud fraterna, transparente y respetuosa.