Aportar elementos conceptuales y teóricos para favorecer la reflexión y el estudio de la teoría revolucionaria ha sido una de las vertientes que nos hemos propuesto desarrollar en los números de nuestro Boletín Revolucionario Pueblo en Lucha. Para ello hemos recurrido a la inclusión de dos clases de artículos en el mismo; por una lado mantenemos la necesaria exposición de estos a través de nuestros análisis político-ideológicos sobre diversos aspectos de la realidad que nos corresponde vivir y, por el otro, integramos algunos ensayos teóricos elaborados por algún personaje que reflexiona sobre las alternativas que hoy tenemos frente a nosotros los revolucionarios. Lo antedicho no significa que estamos de acuerdo con la posición de tales autores.

Rehuir al conocimiento, análisis y discusión de las diversas posturas político-ideológicas que se presentan, hoy por hoy, en diferentes regiones del planeta no puede ser, como decíamos en el número anterior de nuestro Boletín la actitud que los revolucionarios debamos mantener. Es nuestro deber y responsabilidad analizar y argumentar el por qué de nuestras diferencias y de nuestras concepciones.

Esta ocasión consideramos necesario presentar la primera parte de un Bosquejo Histórico sobre el desarrollo de las ideas marxistas en América Latina y, la segunda parte, continuará en el próximo número.

 

Bosquejo histórico del marxismo en América Latina[1]

(Primera Parte)

 

 

I. Antecedentes.

La recepción de las ideas marxistas en América Latina contó desde un inicio con premisas muy distintas a las del mundo europeo y norteamericano, por el diferente grado de maduración de las relaciones capitalistas y, por consiguiente, del movimiento obrero. Sin embargo, no dejan de existir, a su vez, determinadas similitudes por el grado de influencia de corrientes filosóficas e ideológicas, que también tuvieron sus representantes en esta región.

Una de las formas de manifestarse la insatisfacción de grandes sectores de la población con las insuficiencias del proceso independentista y con los gobiernos corrompidos -que tanto bajo las banderas del liberalismo como del conservadurismo se disputaban ferozmente el poder, se revirtió en la difusión de las ideas socialistas y anarquistas. Gran parte de los procesos revolucionarios que se produjeron durante la segunda mitad del siglo pasado ya enarbolaron algunas ideas de corte socialista o anarquista, o al menos sus seguidores tuvieron participación activa en ellos. 

Las investigaciones históricas demuestran que las ideas socialistas y comunistas se expresaron en algunos movimientos sociales (1) y se dieron a conocer en la prensa de muchas ciudades latinoamericanas desde mediados del siglo XIX (2), especialmente a raíz de los procesos revolucionarios de 1848 en Europa. Pero no se trataba de un simple proceso de información periodística, sino de un paciente trabajo de asimilación y utilización de dichas ideas para tratar de encontrar también soluciones a los problemas de esta región, aunque no se plantearan la instauración del socialismo.

El socialismo utópico básicamente influido por Saint-Simon, tuvo representantes desde fecha temprana en el Cono Sur (3), donde la emigración europea fue portadora de tales ideas, como posteriormente lo fue también del marxismo. Entre los más destacados socialistas utópicos latinoamericanos (4) se encuentran el argentino Esteban Echeverría (1805- 1851), autor del libro Dogma socialista (1846), y el cubano Diego Vicente Tejera (1848-1903), quien con su "sistema de socialismo práctico" se proponía "no aliviar el mal sino extirparlo de raíz"(5). 

Antecedente significativo de la difusión del marxismo en América Latina durante el siglo pasado, constituyó la labor periodística de numerosos intelectuales que, aunque no estaban directamente vinculados con el movimiento obrero y sus luchas, sí se encontraban al tanto de sus acontecimientos más importantes en sus respectivos países y sobre todo en Europa, por lo que reflejaban en sus publicaciones el eco de los grandes sucesos como la Comuna de París, así como las corrientes de ideas que circulaban a su alrededor, donde el marxismo tomaba cada vez mayor auge. Entre ellos se destacó Juan Mata Rivera, en México, quien publicó la primera traducción al español del Manifiesto Comunista, en1884. 

Muchos de los hombres que deben ser considerados como parte de los antecedentes del marxismo en América Latina compartían a su vez las ideas de diversas concepciones filosóficas, por ejemplo el espiritualismo, el eclecticismo, el positivismo, el darwinismo social, etc.; por tanto, no podían ofrecer un cuadro armónico y coherente de toda la teoría marxista. Los múltiples lados débiles de su cosmovisión serían en ocasiones atribuidos al marxismo, cuando en verdad sólo se conocían y se aceptaban de este algunas de sus tesis fundamentales, básicamente las vinculadas a la política, ya que su dimensión filosófica era prácticamente desconocida.

II. Precursores.

Los precursores del pensamiento marxista en América Latina no otorgaron un lugar especial a cuestiones de carácter epistemológico, ontológicas y metodológicas. Se preocuparon más por estudiar los problemas concretos de cada país y de cada momento y por formular alternativas de desarrollo social que consideraban apropiadas para aquella región y época. A la difusión de las ideas marxistas en América Latina contribuyeron algunos europeos que emigraron a estas tierras, y que tenían experiencias en las luchas sociales del viejo continente, como Pablo Zierold en México y German Ave-Lallemant en Argentina. 

Uno de los tempranos identificados con el marxismo en América Latina fue el cubano Carlos Baliño (1848-1926), quien dada su estancia por la década del ochenta en Estados Unidos tuvo un vínculo con las ideas marxistas que ya se divulgaban en ese país, aunque con algunas influencias lasalleanas y reformistas.

 En su pensamiento, a pesar de no evidenciarse un conocimiento amplio y profundo de las obras de Marx y Engels, debido a su condición de obrero autodidacto, (6) se aprecia un dominio básico de la concepción materialista de la historia y de las categorías principales del materialismo histórico. Otro de los primeros representantes de las ideas marxistas en el cono sur fue el argentino Juan Bautista Justo (1865-1928), quien tradujo El Capital. A pesar de su formación positivista y la huella de las ideas liberales, su filiación socialdemócrata propició una mayor identificación con el marxismo. Justo contribuyó a que prevaleciera en Argentina el acertado enfoque marxista sobre el papel de la ciencia y la técnica en el desarrollo social y en general, según Hugo Biagini, contribuyó "a introducir entre nosotros el modelo marxista en la interpretación macro-histórica" (7).

 En Chile es Luis Emilio Recabarren (1876-1924) el padre del movimiento obrero y marxista autodidacto de ese país, quien consideró que la dictadura del proletariado era una etapa imprescindible (8) pero no eterna hacia el logro de una sociedad donde se distribuyese de una forma más justa la riqueza. Se vinculó activamente a la lucha política tanto en su país, donde organizó el primer movimiento obrero significativamente marxista de América Latina en 1912, como en Argentina. Entre los elementos más novedosos que caracterizan su pensamiento, está haber ofrecido uno de los primeros análisis marxista sobre el parlamentarismo burgués en América Latina (9). Otra idea destacable fue su visión dialéctica de las transformaciones que debían operarse en el hombre al triunfo del socialismo. 

En Cuba el dirigente estudiantil Julio Antonio Mella (1903- 1929) es reconocido también como uno de los primeros exponentes del ideario marxista en América Latina. Insistió en la necesidad de la alianza de los obreros con los campesinos, estudiantes e intelectuales progresistas frente a la burguesía nacional y la extranjera imperialista (10). Una de sus más significativas batallas en relación con este aspecto la llevó a cabo contra el aprismo del peruano Víctor Raúl Haya de la Torre, quien subestimaba el papel de la clase obrera en Latinoamérica y, sin embargo, se presentaba como genuino continuador del marxismo y de lo que llamaba socialismo indoamericano (11). La trayectoria ideológica de Haya de la Torre se dirigió finalmente hacia posiciones cada vez más contrarias al socialismo. 

El marxismo de Mella, no obstante su juventud, era mucho más elaborado que el de Baliño, pues no aflorarían en él elementos utopistas y se aprecia su valoración de los aportes de Lenin. Un rasgo característico de la personalidad de Mella, y que también estaría presente en otros marxistas latinoamericanos, fue mantener un criterio propio sobre las transformaciones que demandaba esta región y sus diferencias sustanciales con la realidad en la que se había producido la primera revolución socialista del mundo. Desgraciadamente, esta postura no se asumió siempre y en ocasiones la copia de esquemas afectó sensiblemente la visión de algunos marxistas en estas tierras.

 Mella fue un marxista de su tiempo, pero proyectado al futuro y sin ningún engreimiento, pues como marxista sabía que "reconocer un error y enmendarse es ser infalible" (12) y esa debía ser una cualidad básica de un revolucionario, además de la "comprensión absoluta y su identificación total con la causa que defiende" (13).

 Pero sobre todo debía saber "aplicar el marxismo a todos los problemas" (14), lo que no era igual a aplicar un esquema preconcebido, sino creadoramente como él mismo fue capaz de hacerlo. Tanto en Mella como en el peruano José Carlos Mariátegui (1894-1930), el marxismo alcanzó una mayor raigambre latinoamericana y fue utilizado como un verdadero instrumento crítico para la comprensión y transformación de la realidad concreta y sus estructuras de manera original y auténtica (15). 

Por su vasta cultura y su amplia manera de mirar las cosas desde una perspectiva, en esencia marxista, Mariátegui ha sido considerado con razón como un "exponente del marxismo abierto" (16) y sin duda es el más creativo de todos los precursores. 

Su obra principal “Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana”, es una muestra sustancial de cómo se debía utilizar el marxismo efectiva y creadoramente por un "marxista convicto y confeso" (17) según se reconocía, a partir del análisis delos problemas socioeconómicos más medulares como la distribución de la tierra, y de otros factores de carácter supraestructural no menos importantes y que destacó adecuadamente, por sus repercusiones en el mundo latinoamericano, como el religioso y el étnico. 

Mariátegui supo recepcionar con una actitud crítico-dialéctica tanto el pensamiento filosófico y político de su país como de la Europa de los nuevos tiempos (18). A la vez supo enfrentarse a aquellos que desvirtuaban la teoría marxista en su obra “En defensa del marxismo”. Tanto en ella como en otros de sus múltiples trabajos, avizoró la profunda crisis que se produciría en el marxismo si no se actuaba de manera acertada en el desarrollo crítico de esta teoría y de su práctica revolucionaria (19). En ese sentido se destacó su labor como gestor del partido socialista en su país y luchador por los derechos de los sectores populares. 

El Amauta, como también se le conoce, se pronunció contra aquellos que se dedicaban a "exagerar interesadamente el determinismo de Marx" (20) y destacaba que "el marxismo, donde se ha mostrado revolucionario -vale decir donde ha sido marxismo (el subrayado es del autor)- no ha obedecido nunca a un determinismo pasivo y rígido". Ello evidencia su profunda concepción dialéctica sobre el desarrollo social y desenmascaraba a quienes disfrazados de marxistas esgrimían un determinismo fatalista y mecánico, nada más alejado del marxismo auténtico, cuya esencia era marcadamente revolucionaria y por tanto presuponía la activa participación del sujeto histórico. 

Mariátegui comprendía muy bien que en Marx no se podrían encontrar todas las respuestas, ni todas las indicaciones a los nuevos problemas del mundo contemporáneo, en especial del latinoamericano, y por tanto había que ir más allá de Marx, pero convencido de que "el marxismo es el único medio de proseguir y superar a Marx" (21). Su entrañable condición de marxista orgánico lo convertía en paradigma de las nuevas generaciones de marxistas latinoamericanos. 

Entre quienes se destacaron en las filas del marxismo en los años treinta estuvo el argentino Aníbal Ponce (1898-1938), quien habiendo dejado atrás el positivismo y desde el terreno de la psicología, básicamente como profesor universitario, puso su mayor atención a la problemática humanista, como fue común en otros marxistas de la época en correspondencia con la tradición del pensamiento filosófico latinoamericano (22). 

La obra de Aníbal Ponce es uno de los productos más elaborados de la línea de pensamiento materialista y progresista que arranca en la Argentina en el pasado siglo y tuvo su culminación en José Ingenieros (23). Aunque su punto de partida fue la psicología, incursionó en el terreno de la ética, la estética, la sociología, la filosofía de la historia y de la educación, con una perspectiva definitivamente marxista desde fines de los años veinte, especialmente en México donde radicó en sus últimos años. Las batallas de Ponce por el marxismo no se circunscribieron a las cuestiones estrictamente sociales o políticas, sino que intentó argumentar la validez del método dialéctico-materialista en la esfera de la naturaleza. Recordó que Marx y Engels, por razones de batalla política, reconocieron que les habían dedicado poca atención a otras cuestiones de la biología, la filosofía y el arte (24). 

Aunque los anteriores son los precursores que inicialmente más trascendieron, cada país latinoamericano tiene los suyos que en distintos momentos iniciaron el estudio, divulgación y utilización del marxismo, ante todo para la comprensión de su respectiva realidad nacional, así como para el estudio de las más diversas cuestiones generales de carácter filosófico, económico y social. 

III. Continuadores 

A partir de los años treinta se produciría una serie de acontecimientos de enorme trascendencia, como el auge del fascismo que dio inicio a la II Guerra Mundial, la cual tendría gran significación en la trayectoria del movimiento comunista internacional y dejaría sus huellas en el desarrollo del marxismo en América Latina. 

La política de la III Internacional o Internacional Comunista sobre los partidos comunistas latinoamericanos recién creados fue seguida por estos primeros marxistas durante los años veinte, cuando prevalecía la postura de la lucha de clase en la que se rechazaba cualquier tipo de alianza con cualquier tendencia socialista que no aceptase la dictadura del proletariado (25), y luego a partir de los años treinta cuando se produjo un viraje sustancial con la orientación de crear frentes populares antifascistas que incluían a todas las fuerzas progresistas.

Algunos de estos frentes lograron establecerse en el poder como en Francia y Chile (26) y produjeron nuevos debates en el seno del pensamiento marxista. Pero las particularidades del desarrollo del marxismo en América Latina no dependieron simplemente de las influencias llegadas desde Europa, aun cuando estas desempeñaron un importante papel, sino ante todo del grado de madurez que alcanzaron las contradicciones entre los países latinoamericanos y las potencias imperialistas, básicamente con los Estados Unidos, así como entre las oligarquías nacionales -que llegaron incluso a copiar los métodos fascistas-, las incipientes burguesías nacionales y las masas populares.

 A los marxistas latinoamericanos durante los años treinta se les plantearon nuevas tareas, pues apareció la posibilidad de que la clase obrera tuviese acceso al poder como se puso de manifiesto en las luchas contra Machado en Cuba, hasta la insurrección popular de 1932 en El Salvador, los intentos por instaurar una república socialista en Chile, la revolución brasileña de 1935, etc., hechos en los cuales siempre tuvieron activa participación los comunistas. 

En Perú el marxismo y particularmente el pensamiento de Mariátegui, a pesar de que por algunos años fue visto con recelo por el partido comunista, tuvo inmediata continuidad en Hildebrando Castro Pozo (1990-1945), también preocupado por el adecuado tratamiento que la interpretación materialista de la historia debía darle a la problemática socioeconómica específica del mundo andino y en especial a la cuestión del indio, como lo reflejan sus libros “Nuestra comunidad indígena” (1924) y “Del ayllu al cooperativismo” (1936).

 En esa misma dirección se orientó la labor de Ricardo Martínez de la Torre, como puede apreciarse en su libro “Apuntes para una interpretación marxista de la historia social del Perú” (1935-1949) donde profundiza en la cuestión de las particularidades de la lucha de clases y las posturas anticlericales y antiimperialistas en ese país. 

Figuras destacadas del marxismo en Argentina fueron Victorio Codovilla (1894-1970) y Alfredo L. Palacios (1880-1966). El primero llegó a Argentina en 1912 y se vinculó primero al partido socialista. Posteriormente se identificó con la línea stalinista del partido comunista y con la llamada postura "ortodoxa" del marxismo-leninismo. Desarrolló una amplia labor como polemista político, en particular contra el nacionalismo peronista y contra la penetración imperialista en América Latina. La incomprensión de Codovilla del movimiento peronista lo condujo a que se aliase con la oligarquía para enfrentarse a lo que consideraba constituía una versión del fascismo. 

A partir de los años treinta el marxismo en América Latina quedaría marcado por la distinción entre la línea de los partidos comunistas recién fundados que adoptarían las orientaciones de la Komitern (III Internacional) -en manos de Stalin hasta su disolución durante la II Guerra Mundial-, y su base teórica sería elaborada como doctrina marxista-leninista, considerada como exclusiva interpretación científica de la obra de Marx, Engels y Lenin frente a los que eran considerados por Moscú como traidores, revisionistas, enemigos del marxismo, etc., entre los cuales había muchos marxistas y leninistas, como los trotstkystas y algunos socialistas que se enfrentaban a las concepciones y a la política del Partido Comunista de la Unión Soviética. 

La expresión filosófica "oficial" , -entendiéndose por tal la que seguía la línea soviética,- del partido comunista argentino estuvo a cargo de Emilio Troise en su libro Materialismo dialéctico (1938) en el que se identificaba con las tesis de Bujarin, Rosental y Stalin, aunque también postulaba la tesis del marxismo como filosofía de la praxis siguiendo al italiano Antonio Labriola. 

Contrario a la línea stalinista y a la variante soviética del socialismo fue Alfredo Palacios, quien alcanzó mucho prestigio como primer diputado socialista en su país y reconocido profesor universitario de derecho, pero que incursionó con sus libros en temas políticos, filosóficos, literarios, etc. Especial atención le otorgó a la cuestión de las ideas sobre el socialismo, las libertades individuales en esa sociedad, (27) el papel de la clase obrera, la lucha por la soberanía y contra el imperialismo. 

En su postura filosófica trataba de armonizar las ideas socialistas con lo mejor del pensamiento liberal y destacaba el papel de los factores espirituales, por lo que se opuso a las interpretaciones economicistas del marxismo. Estas ideas las desarrolló en sus libros “El socialismo argentino” y “Las reformas penales” (1934), “La defensa del valor humano” (1939), “En defensa de la libertad” (1944), “La justicia social” (1953) y “Liberalismo económico” (1959), entre otros. Abordó la cuestión de las luchas históricas de los pueblos latinoamericanos frente a las diversas formas de dominación en su libro “Masas y élites en Iberoamérica” (1960) y en “Nuestra América y el imperialismo” (1961). Su franca identificación con la Revolución Cubana evidenció su confianza en que el socialismo pudiese arraigar en estas tierras con características propias, como lo expresó tras su visita a Cuba en su libro “Una Revolución Auténtica”. 

En Argentina, el pensamiento marxista tuvo expresión en los hermanos Rodolfo y Américo Ghioldi, quienes a través del Centro de Estudios "Carlos Marx", creado desde 1912, (28) se enfrentaron a las interpretaciones liberal-burguesas del marxismo. 

Américo Ghioldi estudió las particularidades de las ideas socialistas en su país en su trabajo “El socialismo en la evolución nacional” (1946) y amplió mucho más su análisis a la historia general del marxismo en su libro “Marxismo, socialismo, izquierda, comunismo y la realidad argentina de hoy” (1950). En ellos asumió una perspectiva crítica del ultraizquierdismo en correspondencia con las ideas socialistas moderadas de Henry Lefevre que compartía. Américo Ghioldi también se destacó en sus análisis sobre temas pedagógicos y de historia de Argentina.

 En el pensamiento marxista de ese país -especialmente en el plano académico- ocupa un lugar especial, desde los años cuarenta el transterrado italiano Rodolfo Mondolfo (1877), historiador de la filosofía que intentó rescatar el marxismo de sus tergiversaciones por parte del "marxismo oficial" a través de sus libros Marx y marxismo (1960) y El humanismo de Marx (1964), en el que insiste en este crucial elemento de la filosofía de Marx que define como humanismo realista e historicista  (29), así como en el papel de la práctica. Para él "la dialéctica de la historia es la dialéctica de la praxis humana" (30) y ésta sólo se logra a través de un profundo cambio de la conciencia y de la vida espiritual de la sociedad y no simplemente con transformaciones económicas. 

Un heterodoxo del marxismo argentino fue Silvio Frondozi (1907-1974), quien fue fundador del Movimiento de Izquierda Revolucionaria que se oponía tanto al stalinismo del partido comunista como al reformismo socialdemócrata. Fue una de las víctimas de la dictadura. Alcanzó gran prestigio como profesor universitario y autor de los libros “La integración mundial del capitalismo” (1947), “El estado moderno” (1954), “La realidad argentina” (1956), “La revolución cubana: su significación histórica” (1961), “Teorías políticas contemporáneas” (1965) y “El materialismo dialéctico” (1966).

 Desde fines de la década del cincuenta estaba convencido de que en América Latina existían condiciones objetivas para una revolución socialista, pero faltaban algunas subjetivas, y la más grave era la articulación entre masas, partido y dirección (31). También era defensor del criterio de que el socialismo tendría ante todo "que asegurar al hombre la libertad política y espiritual" (32).

 El enfrentamiento del marxismo a otras corrientes filosóficas prevalecientes en el ambiente intelectual latinoamericano de la primera mitad del siglo XX, tuvo una de sus mejores expresiones en la polémica a propósito de la implementación de la educación socialista en México, a inicios de los años treinta entre el marxista Vicente Lombardo Toledano(1894-1968)[2] y el filósofo Antonio Caso, destacado representante del intuicionismo y el voluntarismo. 

Conoció el marxismo por la literatura proveniente de la Unión Soviética. Algunos de sus críticos (33) le objetan que su marxismo nunca pasó de ser una "vaga filosofía materialista" con una concepción mecanicista de las leyes objetivas del mundo en la que la acción de la subjetividad no quedaba suficientemente reivindicada. Además, su concepción etapista del desarrollo histórico que aconsejaba promover primero el desarrollo capitalista para posteriormente pasar al socialismo le condujeron a una actitud colaboracionista con algunos gobiernos y una concepción corporativista del estado que fue objeto de crítica por otros marxistas mexicanos.

Lombardo se convirtió en un destacado dirigente obrero, de gran influencia en toda América Latina, cuyo reformismo quedó plasmado al considerar la lucha sindical como un medio para promover inicialmente las transformaciones burguesas y nacionales (34) con consecuencias negativas para el movimiento revolucionario, lo que le produjo confrontaciones con los partidos comunistas del área (35) y con otros representantes del marxismo en la región.

La confrontación entre distintas interpretaciones del marxismo se fue haciendo más común en el ámbito latinoamericano con la recepción del trotskismo y, especialmente, durante la estancia de León Trotsky en México hasta su asesinato en 1940. Hasta sus últimos momentos Trotsky recomendó al proletariado latinoamericano hacer realidad las perspectivas de la revolución permanente y no esperar por la emancipación de los países desarrollados para emprender la suya propia (36). 

De América Latina surgen líderes trotskystas que construyen movimientos y corrientes dentro del pensamiento marxista mundial, como el obrero argentino J. Posadas (1911-1981), quien caracterizó al peronismo como un movimiento nacionalista burgués de base proletaria que supo llenar los vacíos dejados por el movimiento comunista. Caracterizó en su momento como estados revolucionarios a Libia, Chile y Nicaragua, pero consideró que era imprescindible el paso del nacionalismo revolucionario al socialismo. Su original teoría sobre la regeneración parcial como una fase de la revolución política en la antigua URSS lo caracterizaron entre las corrientes trotskystas. 

Otro líder destacado de esta corriente fue el argentino Nahuel Moreno quien estudió el fenómeno del desarrollo desigual y combinado en el espacio latinoamericano.

 Tanto en estos casos como en el boliviano Guillermo Lora sus ideas trotskystas se evidenciaban por su marcado obrerismo en todas sus propuestas políticas y reflexiones teóricas. 

Las críticas al stalinismo y sus seguidores en el seno de los partidos comunistas latinoamericanos por parte de los trotskistas y otros marxistas opuestos a las concepciones y prácticas del "socialismo real", dieron lugar a que desde temprano apareciesen diversas tendencias en el seno del marxismo latinoamericano como la trotstystas, cierto marxismo académico o de cátedra, la marxista-leninista en su versión soviética y posteriormente la prochina, proalbanesa, procubana, etc. 

Por un lado se fue imponiendo la interpretación del llamado marxismo-leninismo que se identificaba con toda la producción teórica y la práctica política que se derivaba de ella en la entonces Unión Soviética. Después de la II Guerra Mundial y con el surgimiento de los países socialistas de Europa oriental su radio de acción se amplió mucho más. 

Por otro lado se fue gestando una intelectualidad de orientación marxista, no siempre vinculada a los partidos comunistas del área y que veía con simpatía algunas interpretaciones del marxismo que se producían en el mundo occidental.

 El marxismo paulatinamente fue ganando aceptación no solo entre dirigentes político, sino en intelectuales y artistas prestigiosos como el pintor mexicano Diego Rivera; poetas y escritores como el peruano César Vallejo, el chileno Pablo Neruda, el mexicano José Revueltas, y los cubanos Nicolás Guillén y Juan Marinello, y así como otras personalidades de la cultura latinoamericana.

 Pero indudablemente, las revelaciones del XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética en 1956 respecto a los crímenes de Stalin y otros graves errores de la política soviética, sacudieron sensiblemente a muchos marxistas latinoamericanos. "El XX Congreso del PCUS descobija y desampara a muchos”. 

Unos entienden y siguen, otros se acomodan y también siguen, otros se retiran, no traicionan, simplemente se encogen de hombros, dan la vuelta y no regresan más" (37).

 Entre los afectados por este proceso está el escritor mexicano José Revueltas (1914-1976). Además de notables novelas, escribió varios trabajos sobre problemas históricos como La revolución mexicana y el proletariado (1938). Pero el más significativo fue su libro “Ensayo sobre un proletariado sin cabeza “, (1962) publicado después de su ruptura con el partido comunista de su país, en el sostenía la inexistencia histórica del partido de la clase obrera en México. Aunque mantuvo su defensa de la idea de que el marxismo-leninismo seguiría siendo la guía ideológica del futuro de la clase obrera (38), pero no en la versión stalinista que anteriormente había compartido. 

Las reflexiones de Revueltas sobre el humanismo contenido en el marxismo y la crítica a las diversas formas de enajenación engendradas por el capitalismo, también expresadas en sus obras literarias se orientaron finalmente hacia uno a los temas a los que mayor atención le ofrecería el pensamiento marxista en América Latina en los años sesenta. 

A partir de la Revolución de Octubre de 1917 todos los movimientos políticos e intelectuales que se engendraron a América Latina había tenido necesariamente que tomar en consideración este acontecimiento trascendental para la historia contemporánea. Era lógico que algunos procesos revolucionarios que se produjeron en América Latina como la insurrección campesina de El Salvador en 1932, la Revolución Cubana de 1959 o la Revolución Sandinista se viesen precisados a definirse ante las opciones que presentaba el socialismo no solo como idea, sino como proyecto ya puesto en práctica.

 El traslado de esquemas de la Revolución Rusa a la realidad latinoamericana se apreció desde los intentos por crear algunos soviet en Cuba y otros países del área, sin embargo no es correcto achacar todos los fracasos del movimiento revolucionario latinoamericano al tutelaje del Komintern (39).

 El salvadoreño Farabundo Martí (1893-1932), fundador del Partido Comunista Centroamericano, y colaborador de Augusto Cesar Sandino a quien quiso inducir al socialismo, fue uno de los mejores exponentes de la articulación de las ideas marxistas con el proceso revolucionario de esa región en esa época (40). Junto a Mella encabeza la lista delos primeros mártires de las ideas y la práctica del marxismo en América Latina (41).

Otro representante de esa articulación fue el brasileño Luis Carlos Prestes (1898), destacado militar revolucionario, conocido como "el Caballero de la esperanza" que encabezó el movimiento antioligárquico del tenentismo y posteriormente se convirtió en principal dirigente del partido comunista de su país. La historia del marxismo en el Brasil hasta los años sesenta estuvo vinculada a la labor política de Prestes, sin embargo no se destacó tanto por su labor intelectual como por su trabajo organizativo. Su posición estuvo identificada con la Unión Soviética y durante la postguerra era reconocido como el principal representante de la concepción que emanaba de ese país sobre el socialismo y el marxismo. 

En el plano intelectual alcanzó un mayor reconocimiento en el Brasil el historiador Caio Prado Junior (1907). Aunque militó en el partido comunista, no se identificó con la llamada línea ortodoxa del marxismo, especialmente por sus desacuerdos con el traslado del esquema europeo de la sucesión de los modos de producción a la historia brasileña. Se opuso a que se plantease la existencia de feudalismo en América Latina, ya que la economía de esta región siempre estuvo orientada hacia el mercado capitalista. Su libro “La revolución brasileña” (1966) era un intento de formular la estrategia revolucionaria en correspondencia con las particularidades históricas de su país, tarea que recomendaba a todos los marxistas latinoamericanos. Recomendación que no siempre fue tomada en consideración. 

Otro intelectual marxista brasileño es Nelson Werneck Sodré (1911), quien se dedicó a estudiar el desarrollo histórico de su país desde la perspectiva del marxismo. Su libro “Evolución política de Brasil: ensayo de interpretación materialista de la historia brasileña” (1933) y posteriormente “Formación histórica del Brasil” (1962) constituyen una muestra de esa labor. También incursionó en temas filosóficos de carácter estético, ético e ideológico como el racismo, la modernización, las formas del colonialismo y otros temas políticos en sus libros “Oficio de escritor: dialéctica de la literatura” (1965) y en “Historia de la burguesía brasileña” (1967). 

Esta labor de interpretación histórica del devenir socioeconómico de América Latina se hizo cada vez más común en muchos intelectuales marxistas latinoamericanos. Esto se aprecia en la obra “Economía de la sociedad colonial” (1949) del argentino Sergio Bagú en la que también se enfrenta a la consideración de la existencia del feudalismo en América Latina. La obra sociológica, económica e histórica de Bagú alcanza una dimensión filosófica en su libro “Tiempo, realidad, social y conocimiento” (1970). También el cubano Carlos Rafael Rodríguez en “El marxismo y la historia de Cuba” (1944) trataba diferenciar el marxismo de sus tergiversaciones economicistas (42). 

Una labor similar se observa en Colombia en la amplia obra del profesor Antonio García (1912) sobre la economía y la historia de su país (43), así como en “Colombia: país formal y país real“(1963) del luchador revolucionario Diego Montaña Cuellar Tanto uno como otro, de la misma forma que Luis Eduardo Nieto Arteta en su libro “Economía y cultura en la historia de Colombia” (1942), hicieron del marxismo un instrumento imprescindible para el estudio de ese país, (44) hasta el punto de ser reconocido el prestigio académico de sus investigaciones incluso por sus adversarios políticos. 

Junto a estos se encuentra Gerardo Molina, quien estuvo entre los fundadores del llamado Grupo Marxista de Bogotá en 1933 (45) y dedicó su atención al estudio de las ideas socialistas y liberales en ese país. Un ala del Partido Liberal estuvo desde sus inicios vinculada a la propuesta socialista. Sin embargo, esto no significa que se acepte que propiamente haya sido Molina un marxista. 

Un lugar significativo en la recepción de las ideas marxistas en Colombia lo ocupa el líder popular Jorge Eliezer Gaytán, admirador de la Revolución Rusa, quien en1924 se graduó con una tesis sobre Las ideas socialistas en Colombia. Su labor política y académica fue truncada en 1948, al ser asesinado; hecho que motivó una gran insurrección popular de gran trascendencia en la vida del país conocida como El Bogotazo. Gaytán "sin haber sido un socialista científico, aceptó las tesis cardinales del marxismo, o sea, la interpretación materialista de la historia, la lucha de clases, la contradicción entre producción social y apropiación individual y el rol del estado como representante de los grupos favorecidos." (46)

 En Bolivia el marxismo comenzó a divulgarse en los años veinte y en esa labor sobresale la obra intelectual y política de de José Antonio Arze y Arze (1904-1955). Su labor en el estudio de la filosofía y la sociología marxista se caracterizó por una intención enciclopédica que se recoge en su contribución a la clasificación dialéctica de las ciencias (47) tanto en su obra “Problemática general de las ciencias, de la sociología y del marxismo” (1949) como en las múltiples conferencias que ofreció en varias universidades latinoamericanas y de Estados Unidos. Tal vez uno de sus aportes fundamentales haya sido el tratar de sistematizar el estado de las investigaciones sociológicas en la perspectiva del marxismo en su voluminosa obra “Sociología marxista” (1963) en relación con la realidad boliviana y latinoamericana (48). 

Otra de las personalidades que se destacó tanto en la vida académica, en tanto que profesor de derecho público, así como en la vida política, como fundador en 1940 del Partido de Izquierda Revolucionaria, fue Ricardo Anaya. Autor de “Derecho penal y marxismo” (1943) y de “Nacionalización de las minas en Bolivia” (1952) que es su obra más aportativa.

 Continuadores de la labor de articular el estudio del marxismo con las exigencias de la realidad socioeconómica y especialmente étnica de Bolivia han sido Arturo Urquidi, autor de La comunidad indígena (1951). Resulta muy apreciable la atención que los marxistas bolivianos le fueron otorgando a la problemática indígena, como es apreciable en Abelardo Villalpando, con “La cuestión del indio” y en Miguel Bonifaz con el “Derecho agrario indígena en Bolivia”. 

También le ha otorgado atención Gustavo Adolfo Navarro (1898), más conocido por su seudónimo Tristán Marof, quien alcanzó inicialmente gran prestigio como líder revolucionario en ese país. Su creación intelectual se evidenció en obras como “La justicia del inca” (1926), “La tragedia del altiplano” (1934) y “La verdad socialista en Bolivia” (1938), en las que se refleja su preocupación por los problemas concretos de su realidad nacional; como en el caso del trotskysta Guillermo Lora. La problemática indígena era lógico que tuviese un tratamiento particular por parte de estos marxistas bolivianos que admiraban en ese plano las ideas de Mariátegui al respecto y por constituir uno de los problemas esenciales del ese país.

 Un hecho significativo en la historia del marxismo en Bolivia, que también se manifiesta en otros países latinoamericanos, lo constituye el hecho de que este fuese utilizado por muchos intelectuales y políticos desvinculados de los partidos comunistas, y del movimiento trotskysta que ha sido tan significativo en el movimiento obrero boliviano. Muchos de los que participaron en la llamada Revolución de abril de 1952 y vinculados al Movimiento Nacional Revolucionario han utilizado el marxismo como valioso instrumento epistémico para la comprensión de la realidad boliviana.

 En el caso de Chile la labor inicial de Recabarren la continuaron, Luis Vitale, Volodia Teitelboim, Luis Corvalán y Clodomiro Almeida, entre otros.

 Luis Vitale (1927), de origen argentino, se ha dedicado al estudio de la historia de Chile , así como de los problemas del desarrollo industrial y agrario bajo la presión imperialista. Sostuvo la tesis de la necesidad del carácter internacional de la revolución socialista en correspondencia con los clásicos del marxismo para que fuese exitosa. Vitale analizó detenidamente las experiencias del frente popular establecido en Chile en 1932 para la preparación de una nueva victoria de las fuerzas de izquierda como ocurrió con el poder de la Unidad Popular entre 1970 y 1973. 

Por su parte, Volodia Teitelboim (1916) alcanzó prestigio como escritor desde su conocida obra “El amanecer del capitalismo y la conquista de América” (1943) que ha tenido amplia divulgación. También su actividad literaria ha sido muy significativa en la que ha insistido en el carácter humanista del marxismo y el socialismo. 

El líder del partido comunista Luis Corvalán (1916) abordó sistemáticamente la cuestión de la posibilidad de la vía pacífica de la toma del poder político en su análisis “Nuestra vía revolucionaria” (1964) donde insistía en la necesidad de no copiar la fórmula de la Revolución Cubana. 

El profesor de ciencias sociales Clodomiro Almeida (1923) reveló sus potencialidades de analista en “Hacia una teoría marxista del Estado” (1948), identificado con los criterios leninistas al respecto y su articulación con las particularidades de la vida política chilena. Sus análisis sobre el proceso revolucionario latinoamericano y en especial sobre la formación de las vanguardias (49) evidencian sus contribuciones al desarrollo del marxismo en esa región. El análisis de la forma de la toma pacífica o violenta del poder político ha estado muy presente en el pensamiento marxista latinoamericano en general, pero muy especialmente en el chileno, como se aprecia en el libro “Los problemas del socialismo contemporáneo” (1961) de Oscar Waiss. Otro tema de gran interés en este autor ha sido el de la libertad de creación intelectual en el socialismo.

 La obra de Salvador Allende (1908-1973) y sus luchas por alcanzar el socialismo por la vía pacífica en Chile, coronada por el triunfo de la Unidad Popular en 1970, se inscribe como una de las páginas más relevantes de las luchas de la izquierda y de las ideas marxistas en el presente siglo. Allende utilizó el marxismo como método de interpretación histórica de su realidad, (50) pero se opuso a que se usaran las obras de Marx, Engels y Lenin como un catecismo y no como arma de transformación social.

 La experiencia de la derrota del gobierno de la Unidad Popular en Chile y la instauración de una dictadura fascista en ese país constituyó un severo golpe a la izquierda latinoamericana de la cual ha extraído profundas experiencias. Los marxistas ratificaron sus convicciones de que un proceso revolucionario que no se prepare para la defensa de sus conquistas por todas las vías posibles, incluyendo la armada, no tiene posibilidades de sobrevivir. 

En Uruguay las ideas marxistas comenzaron su difusión a través del Centro de Estudios Carlos Marx creado por Emilio Furgón (1880-1969) en 1904. Sus ideas socialistas, inspiradas también en el pensamiento martiano, se radicalizaron con la Revolución Rusa. En sus libros “La revolución del machete: panorama político del Uruguay” (1935) y “Ensayos sobre marxismo” (1936) se revela tanto su utilización del arsenal del materialismo histórico para la comprensión de la evolución socioeconómica y política de su país, como su interés por las cuestiones relacionadas con el aspecto

ideológico de la lucha de clases y el papel de los factores espirituales según deben ser concebidos a través de la concepción materialista de la historia. 

Aunque se consideraba un discípulo de Marx, insistía en que el socialismo no es un producto exclusivo del marxismo (51) y en que la lucha por el socialismo no debía entenderse como guerra de clases, pues no se trataba de luchar contra individuos, sino contra las instituciones y las clases que las representaban, por lo que ha sido considerado un marxista moderado. En su libro posterior “Génesis, esencia y fundamentos del socialismo” (1947) efectuó un análisis de esta ideología y su articulación con el contexto latinoamericano, tomando en consideración los intentos de articular el socialismo con los proyectos dela revolución mexicana y el aprismo, difundidos por esos años en otros países latinoamericanos.

 Una muestra más de que los marxistas uruguayos pusieron su mayor empeño en investigar la historia y el presente de su país para transformarlo fue la obra de Francisco Pintos (1880-1968), autor de “Historia de Uruguay (1851-1938): Ensayo de interpretación materialista”(1946), “Batlle y el proceso histórico” (1960), “Historia del movimiento obrero del Uruguay” (1960) y “Ubicación de Artigas” (1965). Pero sin dudas, el más relevante marxista de ese país fue Rodney Arismendy (1913) por su larga labor al frente del partido comunista de ese país y por su obra intelectual sostenida en defensa del marxismo. En su trabajo “La filosofía del marxismo y el Señor Haya de la Torre” (1946) sostenía que "el marxismo no aparece, pues, en ningún instante como un 'sistema universal y cerrado'. No puede serlo" (52).

 Tanto en su libro más conocido: “Problemas de una revolución continental” (1963) como en otros trabajos se expresó su lucha contra las interpretaciones dogmáticas que eran frecuentes. Sostenía : "Conscientes del contenido antidogmático y creativo del marxismo y el leninismo, usamos indistintamente la frase referente al pensamiento de Marx, Engels y Lenin, o el término marxismo-leninismo. La expresión marxista-leninista fue acuñada después de la muerte de Lenin. El hecho de que fuera esgrimida en ciertos momentos de nuestra historia con alcances dogmáticos, no parece razón bastante para negarle su esencia, marxista y leninista, es decir, agresivamente antidogmática" (53). 

Esto se corresponde con su concepción sobre la estimulación que el partido marxista debe proporcionar a la libre creación intelectual y artística (54) tanto de sus militantes como de los intelectuales en general, por su significativo papel en la gestación de la ideología revolucionaria. En ese sentido la huella de Gramsci también fue muy marcada en Arismendi.

 Los partidos comunistas siempre trataron de desarrollar una política de acercamiento hacia los intelectuales más destacados en sus países. En muchos casos lo lograron y hasta han llegado a militar entre sus filas. Pero también muchos intelectuales marxistas latinoamericanos expresaron sus discrepancias con los partidos comunistas tanto por cuestiones de carácter táctico en la lucha política de la izquierda como por cuestiones más de fondo sobre lo que debía ser el socialismo.[3] 

En la mayoría de los países latinoamericanos los partidos comunistas se formaron con militantes de extracción proletaria con un gran odio clasista contra la explotación capitalista, pero en ocasiones con un conocimiento elemental de las ideas de los clásicos marxistas. Sus ideas se veían incluso permeadas hasta de elementos anarcosindicalistas, por las nuevas modalidades del pensamiento socialdemócrata y por algunas posiciones filosóficas no propiamente marxistas, aunque en el plano ideológico compartiesen las ideas revolucionarias y socialistas. 

Cuba no escapó a esta regularidad , sin embargo algunos intelectuales estuvieron vinculados más que otros al Partido Comunista. Rubén Martínez Villena, Juan Marinello, Alejo Carpentier, Carlos Rafael Rodríguez, José Antonio Portuondo, Sergio Aguirre, Julio Le Riverend, Raúl Roa, encuentran justo lugar en la historia de las ideas marxistas en la Isla.

Cuando se produjo una elevación del nivel cultural de muchos cuadros del partido de extracción obrera, paulatinamente se destacarían también por su preparación teórica como es el caso de Blas Roca, Gaspar Jorge García Galló, y Salvador García Agüero. Tal ofensiva en el plano cultural posibilitó que los comunistas fuesen cada vez más reconocidos no solo como líderes políticos, sino también como personalidades de la vida intelectual del país.

Esta ha sido una regularidad del ámbito cultural y político latinoamericano.

 IV. La Revolución Cubana y el marxismo en América Latina 

Con el triunfo de la Revolución Cubana no solo se inició una nueva etapa en el desarrollo de las luchas sociales de los pueblos latinoamericanos, sino también una nueva época en el devenir del marxismo en esta región. La proclamación del carácter socialista de esta revolución tendría un extraordinario significado para este proceso en correspondencia con las nuevas circunstancias internacionales que le dieron al socialismo y al marxismo una tonalidad distinta para el mundo contemporáneo a partir de los convulsos años sesenta. 

La orientación socialista que fue tomando paulatinamente la Revolución Cubana no se debió a que los comunistas hayan escamoteado el poder como sostiene Víctor Alba entre otros (55) o que producto de la hostilidad norteamericana aquella tuviese que ir a parar obligatoriamente a los brazos de la Unión Soviética (56), ignorándose por completo los factores endógenos que influyeron en el definitivo rumbo de esta Revolución. 

Una de las principales batallas contra el marxismo se ha desarrollado, precisamente, en relación con el tema de por qué el carácter socialista de esta Revolución y su confirmación o no de las tesis fundamentales de lo sostenido por entonces por el llamado marxismo-leninismo sobre la revolución socialista. 

Han sido considerables las pretensiones de considerar a La Revolución Cubana como un fenómeno absolutamente excepcional, producto exclusivo de la mística y el voluntarismo de un líder carismático. Otras tantas tergiversaciones tienden a negar las regularidades objetivas que hacen del proceso revolucionario cubano un fenómeno que confirma la concepción materialista de la historia propugnada por el marxismo y a la vez lo enriquece.

 Fidel Castro (1926), es reconocido no solo como el líder principal de una revolución socialista proclamada en su orientación ideológica como marxista-leninista, sino el gestor de innumerables tesis aportadoras al desarrollo de la teoría marxista en las nuevas circunstancias, hasta tal punto que incluso los estudiosos del marxismo admiten la existencia de una corriente que denominan castrismo, al igual que guevarismo para referirse a las ideas de Fidel Castro y Ernesto Guevara respectivamente, así como a las de aquellos otros líderes e intelectuales que se han orientado en su perspectiva (57). 

Las ideas de Fidel, referidas a las formas de lucha de clases, la revolución social, la independencia nacional, la estrategia para la toma del poder político, la democracia en el socialismo, la relación entre partido, gobierno e instituciones de la sociedad civil, el internacionalismo, (58) el nuevo orden económico internacional, (59) los desafíos del desarrollo científico y tecnológico para el Tercer Mundo (60), el papel de los factores éticos en la construcción de la nueva sociedad, (61) los derechos humanos, (62) los nexos entre marxismo y religión, (63) y múltiples problemas de la ideología y del marxismo como teoría (64) etc. son algunas muestras de los temas que han sido objeto de su reflexión teórica. 

El líder cubano, al igual que los fundadores del marxismo, no se ha detenido a conformar un texto donde aparezca consumada toda su concepción dialéctico-materialista del mundo. Esta se ha expresado en cada circunstancia y se ha definido en las distintas contiendas ideológicas que ha tenido que sostener en cuatro décadas de batalla por el socialismo. En su defensa de la validez universal de los principios del marxismo ha sabido conjugar armónicamente la tradición de lucha de la historia revolucionaria cubana y en especial la obra martiana, (65) sin ningún tipo de enfoque forzado que implique adulteraciones del pensamiento o de la acción del héroe nacional cubano, sino, por el contrario, tomándolo como paradigma de humanismo práctico-revolucionario y latinoamericanismo antiimperialista. 

La obra intelectual y revolucionaria de Ernesto Guevara (1927-1967), si bien no se circunscribe a su estancia en Cuba, indudablemente está unida orgánicamente a la Revolución Cubana y a su raigambre internacionalista de la cual él ha sido su paradigma. El Che atisbó y criticó "el escolasticismo que ha frenado el desarrollo de la teoría marxista" (66) y las insuficiencias en la construcción del socialismo por parte de aquellos que subestimaran la formación ético-ideológica y los hombres que reclama aquella sociedad, y hoy después del derrumbe del llamado "socialismo real" encuentran su verificación desgraciadamente algo tarde aquellas insuficiencias. Por eso, Armando Hart considera que "el Che ha de considerarse como uno de los mayores precursores de la necesidad de cambios revolucionarios en el socialismo. Vio desde el principio de la década del sesenta, problemas del socialismo como nadie los vio entonces" (67). 

Cuando el Che se enfrentaba a la hiperbolización de los estímulos materiales en la construcción de la sociedad socialista, estaba también con la adarga al brazo en defensa del marxismo, dado su convencimiento de las nefastas consecuencias que traería no utilizar esos estímulos adecuadamente (68).

 La labor intelectual del Che se desplegó en muchos planos, desde las cuestiones referidas a la ética, la cultura, le gestación de un hombre nuevo (69), los problemas de la construcción del socialismo y el comunismo (70), la dictadura del proletariado (71), el papel del estado (72) e innumerables cuestiones de carácter filosófico (73) como la enajenación, la concepción materialista de la historia, etc. Su vida, pensamiento y acción constituyen una de las más ejemplificantes expresiones de orgánica unidad dialéctica y de adecuada ponderación marxista en la utilización del arma de la crítica y la crítica de las armas.

 La Revolución Cubana ha tenido en otros de sus dirigentes, entre los que sobresalen Carlos Rafael Rodríguez y Armando Hart, una obra teórica significativa en la historia del pensamiento marxista. La producción intelectual marxista en Cuba a partir del triunfo de la Revolución se ha incrementado considerablemente a pesar de relativos estancamientos en algunas esferas de las ciencias sociales, cuyas causas y consecuencias en la actualidad son objeto de investigación.

 (Continuará).

 
 


[1]        Pablo Guadarrama González. Tomado del libro "Despojado de todo fetiche. Autenticidad del pensamiento marxista en América Latina". Universidad INCCA de Colombia, Universidad Central de Las Villas. Colectivo de autores bajo la direción de Dr. P Guadarrama, UNINCCA, UCLV, 1999. Capítulo I. pág 1-72

 

[2]           Es necesario manifestar aquí que, tratándose de Vicente Lombardo Toledano (fundador del Partido Popular Socialista, uno de los partidos que jamás fue marxista), conviene decir que nunca, dentro de la izquierda mexicana, fue considerado marxista. José Revueltas, en su “Ensayo de un proletariado sin cabeza”, ubica en su exacta dimensión el carácter oportunista y antimarxista de las ideas de Lombardo Toledano. Cuando mucho, puede concedérsele un lugar importante en la definición antiimperialista de una postura política en México; sin embargo, ésta se expresó históricamente en el movimiento de izquierda mexicano. (N de la R).

[3]           Importa aquí considerar que es importante subrayar el hecho de que aunque el desarrollo de las ideas marxistas en América Latina se vinculó con los partidos comunistas, desde sus orígenes fue imprescindible diferenciar estas ideas de los propios partidos; lo anterior en virtud de que la mayoría de los partidos comunistas no siempre se vincularon con las aspiraciones de transformación revolucionaria de nuestros países. La experiencia de los movimientos revolucionarios en nuestro continente ha mostrado que la mayoría de los partidos comunistas lo fueron de nombre y no de hecho. El desarrollo de los movimientos en nuestra región fue dirigido por movimientos revolucionarios que se separaron de aquéllos. Los partidos comunistas o se extinguieron o terminaron en partidos electoreros


 

Referencias bibliográficas:

 

1.    Véase: González Casanova, Pablo. Imperialismo y liberación. Editorial Siglo XXI. México. 1982.

2.    En Bogotá, desde 1849, Joaquín Posada y Fermín Piñeros divulgaban lo que denominaban "principios elementales del comunismo". Vargas, Gustavo. "Pensamiento socialista en Nueva Granada (1850- 1860)”. En Dialéctica, n° 18. año XI. Septiembre de 1986. Puebla. México. p. 80.

3.    Véase: Ingenieros, José: "Los saintimonianos argentinos". En: Evolución de las ideas en Argentina. Obras Completas. Vol. 16, libro IV, Ediciones L-J.- Rosso. Buenos Aires, 1937, p. 237-399.

4.    Véase: Guadarrama, Pablo. Marxismo y antimarxismo en América Latina. Universidad INCCA de Colombia. Bogotá. 1990. p. 71-80; Editora Política. La Habana- Ediciones El Caballito. México. 1994. p. 85-96.

5.    Tejera, Diego Vicente. Textos escogidos. Prólogo y selección de Carlos del Toro. Editorial Ciencias Sociales. La Habana. 1981. p. 161.

6.    Véase: Gómez García, Carmen. Carlos Baliño, primer pensador marxista cubano. Editorial Ciencias Sociales. La Habana. 1985.

7.    Biagini, Hugo. Filosofía americana e identidad. Eudeba. Buenos Aires. 1988. p. 170.

8.    Recabarren, Luis Emilio. Obras. Prólogo y selección de Digna Castañeda. Casa de las Américas. La Habana. 1976. p. 53.

9.    Lowy Michael. El marxismo en América Latina. Ediciones Era: Mexico. 1980. p. 73.

10.   Mella, Julio Antonio. Documentos y artículos. Ediciones DOR. La Habana. 1975.p. 230.

11.   García Salvatecci, H. Haya de la Torre o el marxismo indoamericano. María Ramírez Editora. Lima. 1980. p.105.

12.   Mella, J.A. obra citada. p. 203.

13.   Idem. p. 266.

14.   Ibidem.

15.   "En la historia universal una filosofía ha sido original y auténtica cuando no ha planteado simplemente ideas nuevas, sino cuando estas se han correspondido con las exigencias históricas de su momento en los diferentes planos, esto es, sociopolítico, económico, ideológico, científico." Guadarrama, Pablo. Valoraciones sobre el pensamiento filosófico cubano y latinoamericano. Editora política. La Habana. 1985. p. 118-119.

16.   Liss, Scheldon B. Marxist Thought in Latin America. University of California Press. 1984. p. 129.

17.   Mariátegui, José Carlos. Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana. Casa de Las Américas. La Habana. 1968. p. 23-24.

18.   Posada, Francisco. Los orígenes del pensamiento marxista en América Latina. Cuadernos Ciencia Nueva. Madrid. 1968. p. 23-24.

19.   Guadarrama, Pablo. "Mariátegui y la actual crisis del marxismo". La Gaceta de Cuba. n. 4. . 1994. p. 34-38.

20.   Mariátegui, José Carlos. En defensa del marxismo. Amauta. Lima. 1985. p. 65.

21.   Idem. p.126.

22.   Véase: Guadarrama, Pablo. "Martí dentro del concepto latinoamericano de humanismo". Revolución y cultura. no. 3. mayo-junio. 1995. Epoca. IV. Año 34. La Habana. p. 10-17.

23.   Véase: Ponce, Aníbal. Obras. Casa de Las Américas. La Habana. 1975.

24.   Ponce, Aníbal. "Manuel Prenant o el marxismo en La Sorbona" en: Marxistas de América. Editorial Arte y Literatura. La Habana. 1985.p. 198.

25.   Cole, G.D. H. Historia del pensamiento socialista T. VI. Fondo de Cultura Económica. México. 1962. p. 269

26.   Véase: Viatkin. A. Movimiento obrero y comunista de liberación nacional. Editorial Pueblo y Educación. La Habana. 1985. p. 337 -345.

27.   "Porque soy socialista me siento profundamente individualista. El socialismo es la doctrina que permite el desenvolvimiento de todas las facultades del espíritu, es decir, lucha por la libertad porque el fin del hombre es la libertad". Palacios, Alfredo. Una revolución auténtica. Ediciones Teoría y práctica. Buenos Aires. 1985.

28.   Dessau, Adalbert y colectivo de autores. Politische-ideologische Strömungen in Lateinamerika. Akademie-Verlag.Berlin. 1987.p. 275.

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30.   Mondofo. Rodolfo. Marx y marxismo. Fondo de Cultura Económica. México. 1960. p. 13.

31.   Frondozi, Silvio. "Tesis de la izquierda revolucionaria en Argentina" en Lowy, Michael. El marxismo en América Latina. Ediciones Era. México. 1980. p. 221.

32.   Idem. p.223.

33.   Aguilar Mora. Manuel. La crisis de la izquierda en México. Juan Pablos Editor. México. 1978. p. 60-61.

34.   Quintanilla Obregón, Lourdes. Lombardismo y sindicatos en América Latina. Edición Nueva Sociología. México. 1982. p. 159.

35.   Toledano, Lombardo. Selección de obras. Editorial El Combatiente. México. 1955. p. 28.

36.   Trostsky, León. Por los Estados Unidos Socialistas de América Latina. Ediciones Coyoacan. Buenos Aires. 1961. p. 30.

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38.   Revueltas, J. Ensayo sobre un proletariado sin cabeza. Obras Completas. T. XVII. Ediciones ERA. México. 1962. p. 46.

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44.   Aun cuando Nieto Arteta propugnó la "constitución de una sociología y de una economía esencialmente americana" la teoría marxista constituía el instrumento básico de sus análisis sobre la realidad colombiana. Nieto Arteta, Luis Eduardo. Economía y cultura en la historia de Colombia. El Ancora. Editores. Bogotá. 1983. p. 174-175.

45.   "A más de los debates, que fueron un suceso en el Bogotá de entonces, el Grupo elaboró monografías sobre temas de actualidad internacional y colombiana, como la dedicada a analizar el Nacionalsocialismo, a la sazón tan en boga." Molina, Gerardo. Las ideas socialistas en Colombia. Tercer Mundo Editores. Bogotá 1988. p. 275.

46.   Molina, Gerardo. Las ideas liberales en Colombia. T. II. Ediciones Tercer Mundo. Bogotá. 1990. p. 145.

47.   Arze, José Roberto. Prólogo a Arze José Antonio. Polémica sobre marxismo y otros ensayos afines. Ediciones Roalva. La Paz . 1980. p. 19-20

48.   Bonifaz, Miguel. "Estudio preliminar" En: Arze y Arze, José Antonio. Sociología marxista. Universidad Técnica de Oruro. Bolivia. p. XII.

49.   Almeyda, Clodomiro. "Reflexiones sobre el proceso de constitución de las vanguardias en la revolución latinoamericana". En: Memorias de la Conferencia Teórica Internacional. Características generales y particulares de los procesos revolucionarios en América Latina y el Caribe. La Habana. 26-28 de abril de 1982. p. 64.

50.   Allende, Salvador. El pensamiento de Salvador Allende. Edición Hugo Latorre. Fondo de Cultura Económica. México. 1974. p. 272.

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57.   Lowy, Michael. Obra citada. Pág. 262-384.

58.   Véase: Castro, Fidel. El pensamiento de Fidel Castro. Selección temática. Editora Política. La Habana. 1983.(dos vólumenes)

59.   --------------------. La crisis económica y social del mundo. Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado. La Habana. 1983.

60.   Véase: D' Stefano Pisani, Miguel y otros. Fidel y el Tercer Mundo. Editorial Chinh Tri Quoc Gia. Hanoi. 1994.

61.   Véase: Castro, Fidel. En la trinchera de la revolución. Editora Política. La Habana. 1990.

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64.   --------------------. Ideología, conciencia y trabajo político. Editora Política. La Habana. 1986.

65.   --------------------. José Martí. El autor intelectual. Editora Política. La Habana, 1983.

66.   Guevara, Ernesto. "El socialismo y el hombre en Cuba". Obras. Casa de Las Américas. La Habana. 1970. p. 377.

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68.   Tablada, Carlos. El pensamiento económico de Ernesto Che Guevara. Casa de Las Américas. La Habana. 1987. p. 86.

69.   Véase: Centro de Estudios Sobre América. Pensar al Che. Editorial José Martí. La Habana., 1989. (dos tomos).

70.   Véase: Martínez Heredia, Fernando. Che, el socialismo y el comunismo. Casa de Las Américas. La Habana. 1989.

71.   Véase: Ariet, María del Carmen. Editora política. La Habana. 1988.

72.   Véase: Vuskovic, Pedro y Elgueta, Berlamino. Che Guevara en el presente de América Latina. Casa de las Américas. La Habana. 1987.

73.   Véase: Guevara, Ernesto. Ideario político y filosófico del Che. Editora Política. La Habana. 1991.

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