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LA CRÍTICA Y LA PRÁCTICA EN LA FILOSOFÍA DEL JOVEN
MARX
(Breve ensayo sobre la ‘Introducción a la crítica de
la filosofía del derecho de Hegel’, de Carlos Marx.)
Presentación.
La
‘Introdución a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel’ fue
escrita por Carlos Marx en diciembre de 1843. Este ensayo pretendía
introducir a la obra unitaria que Marx denominó: ‘Crítica de la
política y de la economía política’. En dicha obra la parte política
estaría constituida por su ‘Crítica de la filosofía del derecho de
Hegel’ y la parte económica por los ‘Manuscritos económicos
filosóficos’. Pero esta obra unitaria no se vio realizada, pese a que
Marx publicó su ‘Introducción’ y escribió -en 1843 y 1844,
respectivamente- las dos partes fundamentales que la integrarían. La
explicación que dio Marx a su editor es que necesitaba ‘reelaborar una vez
más el contenido y el estilo’ de su obra. Sin embargo, Marx no lo hizo,
quedando las partes que la integrarían en estado de borrador, no sin antes
haberse apoyado en ellas para avanzar en el análisis crítico y en la
explicación de la sociedad capitalista, como paso necesario para su
transformación.
En ese tiempo
(1843), el joven Marx se planteaba influir en sus contemporáneos,
particularmente alemanes, abordando dos hechos que polarizaban sus
intereses: la religión y la política; como lo señala expresamente en una
carta que dirige a Arnoldo Ruge,[1]
tres meses antes de elaborar el ensayo que nos ocupa. En esta misma carta
(Kreuznach, septiembre, 1843), Marx fija su posición, polemizando con los
reformadores de su tiempo,[2]
en los términos siguientes: ‘nosotros no anticipamos dogmáticamente el
mundo, pero a partir de la crítica del viejo pretendemos deducir el
nuevo’; en esto estriba, precisamente, ‘la ventaja de la nueva
orientación’. Asimismo, refutando a los filósofos que ‘tenían preparada,
sobre sus cátedras la solución a cualquier enigma’, el joven Marx afirma:
‘Si la construcción del futuro y la invención de una fórmula perennemente
actual no es obligación nuestra, tanto más evidente resulta que tenemos
que actuar sobre el presente, a través de la crítica radical de todo
lo existente, radical en el sentido de que la crítica no se asusta
ni frente a los resultados logrados ni frente al conflicto con las fuerzas
existentes. Esta es la razón por la que nosotros no tendríamos que alzar
ninguna bandera dogmática; todo lo contrario. Tenemos que intentar acudir
en ayuda de los dogmáticos, a fin de que se aclaren a sí mismos sus
propios principios.’
Pero lo
esencial y trascendente del ensayo de Marx reside en la definición que
hace del ‘arma de la crítica’ y de la ‘crítica de las armas’, como
fundamento crítico- práctico de la revolución radical (proletaria)
o de la emancipación humana general. Asimismo, lo esencial y trascendente
de este ensayo reside en el descubrimiento del proletariado (por su
situación económica y sus necesidades radicales) como ‘corazón’, fuerza
motriz o agente fundamental, de la transformación revolucionaria, así como
en la ubicación de la filosofía como ‘cabeza’ de dicha transformación;
aunque sus conceptos aún no se encuentren suficientemente fundados en el
análisis histórico y concreto que más adelante le permitirá, a Carlos Marx,
fundar científicamente la necesidad y la posibilidad de la transformación
revolucionaria.
Por nuestra
parte, en este breve ensayo, trataremos de dar cuenta del ensayo citado
con el propósito de señalar el papel central que ocupan ya las categorías
de crítica y de práctica en la filosofía del
joven Marx y, al mismo tiempo, contribuir a la comprensión de la etapa
inicial de la filosofía de la transformación revolucionaria, fundada y
comenzada a desarrollar por Carlos Marx y Federico Engels, sin pretender
oponer el pensamiento del joven Marx con el del Marx maduro, sino tratando
de entender y abordar los diferentes momentos de elaboración de la
filosofía marxista como parte de un proceso, continuo y discontinuo, a
través del cual sus fundadores fueron descubriendo y dando lugar a las
categorías que han orientado la interpretación y la transformación del
mundo, desde hace más de 150 años.
Antecedentes.
La
Gaceta del Rhin.
Carlos Marx nació en la ciudad alemana de Tréveris,[3]
el 5 de mayo de 1818. Terminó la carrera de jurisprudencia en 1841, en la
universidad de Berlín; la tesis que presentó fue sobre la filosofía de
Epicuro,[4]
siendo sus ideas en ese momento las de un idealista[5]
hegeliano.[6]
Después de terminar sus estudios universitarios se acercó al círculo de
los “hegelianos de izquierda”,[7]
que intentaban sacar de la filosofía de Hegel conclusiones
revolucionarias, para oponerlas al Estado prusiano;[8]pero
ese mismo año, al conocer la crítica de la religión y de la teología de
Ludwig Feuerbach,[9]
contenida en “La esencia del cristianismo”, los hegelianos de
izquierda, y entre ellos el joven Marx, se hicieron “feuerbachianos”.[10]
En
ese tiempo los burgueses radicales renanos[11]
fundaron en Colonia[12]
un periódico de oposición, la Gaceta del Rhin, cuyo primer número
fue publicado el 1 de enero de 1842, siendo Carlos Marx y Bruno Bauer sus
principales colaboradores. La gaceta renana fue así la primer tribuna
desde la cual el joven Marx comenzó a lanzar sus proyectiles críticos y a
afinar puntería contra las instituciones petrificadas de la Alemania de su
tiempo (la religión cristiana y el Estado prusiano).
Carlos Marx
fue nombrado redactor jefe del periódico, gracias al tino y al filo
crítico de sus proyectiles, en octubre de ese mismo año (1842),
acentuándose la tendencia democrática revolucionaria del periódico; por lo
que, después de haber sido sometido a una doble y a una triple censura,
fue suprimido el 1 de enero de 1843, pese a la renuncia anticipada de
Marx, dejando de publicarse en marzo de ese año.
Entre los artículos más importantes publicados por Marx en la Gaceta
del Rhin, destaca La justificación del corresponsal del Mosela,
que se refiere a la situación de los campesinos viticultores del valle de
Mosela. Pero, como su labor periodística le había revelado que no disponía
de los necesarios conocimientos de economía política, se dedicó -
‘ardorosamente’, dice Lenin[13]
- al estudio de esta disciplina científica.
Los
Anales[14]
Franco-Alemanes.
Después de haberse trasladado a París, con el propósito de editar una
nueva revista de tipo radical, Carlos Marx se abocó (en el verano de 1843)
al estudio de la Filosofía del derecho de Hegel, dejando -como testimonio
de ello- el manuscrito titulado Crítica de la Filosofía del derecho de
Hegel o Crítica de la filosofía del Estado de Hegel; donde el
joven Marx somete a crítica la cosmovisión idealista, especulativa y
apriorística hegeliana, entendiendo que para encontrar los fundamentos del
Estado había que remitirse a las condiciones materiales de existencia,
cuyo conjunto resumía Hegel (siguiendo el precedente de los ingleses y
franceses del siglo XVIII) bajo el nombre de Sociedad Civil.
Dicho manuscrito es un comentario casi literal de los párrafos de Hegel
relacionados directamente con el problema del Estado y constituye un paso
importante en la evolución del pensamiento de Marx y, particularmente, en
su proceso de ruptura con la filosofía idealista de Hegel; proceso de
ruptura sustentado en el conocimiento de La esencia del cristianismo
y de las Tesis provisionales para la reforma de la filosofía
(aparecidas en marzo de 1843) de Ludwig Feuerbach, pese a la insuficiente
importancia que Feuerbach le concede en sus trabajos al problema del
Estado.
Por
su parte, el escrito filosófico titulado “Introducción a la crítica de
la filosofía del derecho de Hegel” fue elaborado por Carlos Marx en
diciembre de 1843 y tenía por objeto servir de introducción al manuscrito
arriba mencionado; aclarando su propio autor, que su crítica no se refería
directamente al ‘original’, sino a una ‘copia’, es decir, a la filosofía
alemana del derecho y del Estado, por estar circunscrita a Alemania. Pero
los planteamientos de su ‘Introducción’ significaron un paso
adelante respecto de su ‘Crítica’, siendo éste uno de los motivos
por lo que la ‘Crítica’ ya no fue entregada por Marx para su
publicación.
La
‘Introducción’ fue dada a conocer a fines de febrero de 1844 en los
Anales franco-alemanes, junto con otro ensayo de Carlos Marx titulado
‘Sobre la cuestión judía’, en respuesta (este último) a las
concepciones idealistas y teológicas de Bruno Bauer[15]
ante la cuestión nacional. Los Anales Franco-Alemanes fueron una
publicación editada y dirigida por Arnoldo Ruge y Carlos Marx, con el
objeto de abrir el diálogo entre las dispersas fuerzas de la democracia
europea y coordinar la elaboración de conceptos y textos de alemanes y
franceses conjuntamente; pero, sobre todo, de aliar en una síntesis
superior el espíritu teórico de los alemanes y el espíritu práctico de los
franceses o, dicho en otros términos, de unir la crítica y la
práctica o la filosofía y la política, en una única concepción.
Esta
publicación tuvo una gran importancia para el desarrolló teórico-político
de Carlos Marx y Federico Engels, principales colaboradores de la
publicación, así como para el movimiento filosófico y político del siglo
XIX, por cuanto dicho movimiento trataba de superar los planteamientos
liberal-burgueses más progresistas,[16]
así como las concepciones más avanzadas del socialismo europeo.
Aunque los Anales Franco-Alemanes no lograron su propósito original,
contribuyeron al proceso o tendencia de autoclarificación que el joven
Marx se había propuesto como tarea de la publicación; dicha tendencia se
vio plasmada en las dos obras que constituyeron el núcleo fundamental de
la revista: la Contribución a la crítica de la filosofía del derecho de
Hegel, escrito por Carlos Marx, y el Esbozo de la crítica de la
economía política, escrito por Federico Engels.
De la filosofía clásica alemana a la filosofía de la
actividad práctica revolucionaria.
Desde
el título y el contenido de la obra en cuestión no es difícil advertir el
lugar que ocupan, en ese momento (1843), la crítica y la
práctica, como categorías centrales, en la filosofía
revolucionaria del joven Marx, filosofía en proceso, teórico y práctico,
de elaboración o creación apasionada.
La
crítica, como categoría, fue introducida por Kant[17]
en el movimiento filosófico idealista alemán iniciado por él y culminado
por Hegel; movimiento filosófico que, en oposición al materialismo pasivo
o contemplativo precedente, captó y desarrolló el lado activo de la
relación entre sujeto y objeto, dando lugar a la teoría o filosofía de la
actividad, entendida ésta, como actividad de la conciencia o del espíritu.
Teoría que, bajo la forma de filosofía del saber absoluto, despejó el
camino al joven Marx en la elaboración de su filosofía de la actividad
práctico-transformadora, al abordar aquella - aunque en forma mistificada
- el papel del trabajo o de la praxis productiva en la formación del
hombre.
Pero
no sólo Hegel, sino también Feuerbach ayudó al joven Marx a elaborar su
filosofía, al restablecer las verdaderas relaciones entre sujeto y objeto
- asumiendo al hombre real como sujeto y a Dios o la Idea como objeto o
predicado suyo -;[18]
contribuyendo a invertir el contenido de la filosofía hegeliana que, como
filosofía del saber absoluto, era la filosofía de la acción absoluta en el
terreno del pensamiento y, por ello, de la conciliación absoluta con la
realidad.
Precisamente contra ese principio conciliador se había pronunciado la
izquierda hegeliana, pretendiendo que la filosofía fuese práctica y
contribuir así a la transformación del mundo. Por eso, la forma que la
filosofía adoptó históricamente fue de crítica de los elementos
irracionales o negativos de la realidad social y humana (crítica de la
miseria, de la opresión, de la explotación, etc.), crítica
incesante y a fondo contra las instituciones petrificadas,[19]
políticas y religiosas, que - según los hegelianos de izquierda - detenían
el desenvolvimiento infinito del Espíritu.
Por
medio de la crítica los jóvenes hegelianos pensaban poner a salvo
el movimiento del Espíritu; pero, fue Marx -apoyándose en el materialismo
humanista y naturalista de Feuerbach - quien pudo captar las limitaciones
y la incapacidad de la filosofía crítica de transformar por sí
misma, o por el poder de las ideas, el mundo de los hombres y de sus
relaciones concretas, orientando su investigación al estudio de las
condiciones materiales de vida como fundamento del Estado.
Feuerbach ayudó al joven Marx a dar a la actividad (práctica) no el
contenido teórico espiritual que recibía en Hegel, sino un contenido real,
al transformar el sujeto hegeliano de dicha actividad (el espíritu o saber
absoluto) en un sujeto real; aunque el propio Feuerbach no llegase nunca a
comprender la importancia de la actuación revolucionaria,
crítico-práctica, del hombre concreto, por captar objeto y sujeto en
una relación exterior, abstracta, y reducir la actividad práctica a un
criterio de verificación entre el pensamiento del sujeto y un objeto que
existe en sí, al margen de su relación práctica con el mundo.
Por
ello, la comprensión de la importancia de la actuación revolucionaria,
crítico-práctica, del hombre, como nexo esencial entre el sujeto y su
entorno, constituye la columna vertebral de la filosofía revolucionaria
del joven Marx; porque es en la actividad objetiva material, y por medio
de ésta, que el hombre conoce y transforma la realidad, la ajusta a sus
necesidades, le imprime su huella, humanizándola, al mismo tiempo que él
mismo se crea y transforma, como realidad social y humana. A esta
comprensión asoma ya el joven Marx, en esta obra, negando y superando
tanto el idealismo (o activismo) absoluto de Hegel como el materialismo
contemplativo y mecanicista (o pasivo) de Feuerbach.
De la crítica del cielo a la crítica de la tierra.
En
su Introducción a la Crítica de la filosofía del derecho de Hegel,
el joven Marx arranca de la crítica de la religión como premisa de
toda crítica y, al mismo tiempo, pasa a la crítica del
derecho y la política, descubriendo y reivindicando la necesidad de
orientar la crítica, no hacia sí misma, sino hacia tareas para cuya
solución no existe otro medio que el de la práctica. Veamos cómo lo
hace.
Marx
define la religión como ‘razón general de consolación y justificación’ del
hombre; al mismo tiempo que identifica como fundamento de la crítica
religiosa, el hecho histórico siguiente: ‘el hombre hace la religión, la
religión no hace al hombre. Y, situándose ya en el materialismo
filosófico, Marx agrega, entre otras cosas, que ‘la miseria religiosa es
la expresión de la miseria real, así como la protesta contra ésta’; que
‘la religión es el opio del pueblo’; que ‘la superación de la religión, en
cuanto ilusoria dicha del pueblo, es la exigencia de su dicha real’; que
‘abandonar las ilusiones acerca de un estado de cosas es lo mismo que
exigir que se abandone un estado de cosas que necesita ilusiones’; que ‘la
crítica de la religión es, en germen, la crítica del valle de lágrimas que
la religión rodea con un halo de santidad’; tratando de abonar así a la
desenajenación religiosa del hombre, como tarea necesaria para su
liberación efectiva, real.
No
en vano señala el joven Marx la función práctica de la crítica con la
siguiente y aleccionadora metáfora: ‘La crítica no arranca de las cadenas
las flores imaginarias para que el hombre soporte las frías y escuetas
cadenas, sino para que se las sacuda y puedan brotar las flores vivas.’
El
propósito del joven Marx, y así lo escribe en su obra, es que el hombre
‘piense, actúe y se organice como un hombre desengañado y que ha entrado
en razón, para que gire en torno a sí mismo y en torno a un sol
auténtico’. Pero, sobre todo, su propósito es llamar al hombre a enfrentar
ese mundo que produce la religión como conciencia invertida - al invertir
las verdaderas relaciones entre el hombre y su producto – apareciendo la
idea de Dios como fundamento o principio del mundo real.
Por
eso, Marx retoma la crítica de la religión como premisa de toda
crítica, definiendo la misión que para él tiene, en esos momentos, la
historia, a saber: ‘averiguar el más acá’ (una vez desaparecido el más
allá de la verdad); así como la misión de la filosofía: ‘desenmascarar la
autoenajenación en sus formas no santas’ (una vez desenmascarada la forma
de santidad de la autoenajenación).
Pero en la obra que analizamos, la crítica del joven Marx es una crítica
formulada todavía desde una esencia humana, en cierto modo, abstracta, una
crítica con resonancias feuerbachianas, no acabada de fundar en un
análisis histórico y concreto, como lo haría más tarde, negando y
absorbiendo, en un proceso continuo y discontinuo, a los principales
exponentes del pensamiento filosófico de su época, así como a los
principales economistas e historiadores europeos, sin dejar de
interactuar, teórica y prácticamente, con el entorno social y político de
su tiempo.
A
partir de Feuerbach, el joven Marx entiende por enajenación la
forma particular que adopta la relación entre el sujeto de la actividad,
el objeto de la misma y sus motivos; cuando el sujeto con su actividad
crea el objeto y, siendo el objeto un producto suyo, el sujeto no se
reconoce con él, le es extraño, ajeno; y, por último, cuando el objeto
obtiene un poder que de por sí no tiene, dominando y convirtiendo al
sujeto en un predicado suyo. En la enajenación es más evidente una
escisión entre el sujeto de la actividad y los motivos de la misma; el
motivo de su actividad se separa del objeto de aquélla, su actividad se
orienta hacia la subsistencia y no hacia la creación de objetos o bienes
que le son necesarios .Pero, mientras en Feuerbach la enajenación se
produce sólo en la subjetividad del hombre, es decir, en su conciencia,
para Marx, la enajenación constituye un hecho objetivo y subjetivo, al
mismo tiempo. Por eso orienta su investigación al estudio, la crítica y la
negación de las condiciones materiales de vida como fundamento del Estado,
restableciendo, por esta vía, las verdaderas relaciones entre Estado y
Sociedad.
De
este modo, apoyándose en el concepto feuerbachiano de enajenación,
Marx pasa de la crítica del cielo a la crítica de la tierra,
es decir, de la crítica de la religión (como fantástica realización
de la esencia humana) a la crítica del derecho y de la política.
Pero no quedándose en la crítica de dichas formas de enajenación,
sino pasando a la crítica de la realidad o de las condiciones
materiales de vida que las producen; realidad que Hegel - con su filosofía
del saber absoluto – justificaba y dejaba intacta.
Así, refiriéndose al estado de cosas alemán de 1843, el joven Marx
consideraba un anacronismo[20]
pretender atenerse a dicho estado de cosas, por encontrarse más atrás del
punto crucial de aquella época: la revolución francesa de 1789. Pero
aclaraba: no por encontrarse las condiciones sociales alemanas ‘por debajo
del nivel de la historia’ y, por tanto, ‘por debajo de toda crítica’,
dejan de ser ‘objeto de crítica’; comparando esta situación con la del
criminal que, ‘no por encontrarse por debajo del nivel de la humanidad,
deja de ser objeto del verdugo’.
Por
eso, Marx exclama de manera enérgica: ¡Guerra a las condiciones sociales
alemanas!, pasando a definir la función práctica de la crítica
en los siguientes términos (algunos de ellos metafóricos): En lucha
contra las condiciones sociales alemanas ‘la crítica no es una pasión de
la cabeza, sino la cabeza de la pasión’. ‘No se trata de un bisturí
anatómico, sino de un arma.’ ‘Su objeto es el enemigo, al que no trata de
refutar, sino de destruir, porque el espíritu de aquellas condiciones de
vida ya ha sido refutado.’ ‘De por sí, esas condiciones no son dignas de
ser recordadas, sino tan despreciables, como las existencias proscritas.’
‘La crítica, de por sí, no necesita llegar a esclarecerse, ante sí misma,
ese objeto, puesto que ya ha terminado con él.’ ‘Esa crítica no se
comporta como un fin en sí, sino simplemente como un medio.’ ‘Su
sentimiento esencial es el de la indignación, su tarea esencial, la
denuncia.’
Y
más adelante, calificando de ‘lamentable’ el espectáculo ofrecido por la
división de la sociedad en las ‘razas’ más diferentes, Marx continúa su
reflexión sobre la función práctica de la crítica: ‘La crítica que se
ocupa de ese contenido es la crítica en la refriega, y en la refriega no
se trata de saber si el enemigo es un enemigo noble y del mismo rango, un
enemigo interesante, sino que se trata de zurrarle’. Y, ofreciendo una
clave para la realización práctica de la crítica, dice: ‘Se trata de no
conceder a los alemanes ni un solo instante de ilusión y resignación’.
‘Hay que hacer la opresión real más opresora todavía, añadiendo a aquella
la conciencia de la opresión, haciendo la infamia más infamante al
pregonarla.’ Y remata: ‘Hay que enseñar al pueblo a asustarse de sí mismo
para infundirle ánimo’.
De la tragedia a la comedia en el curso de la
historia.
Marx
somete a la Alemania de su tiempo a una crítica radical. Se trata de una
crítica hecha desde la altura humana a la que podría elevarse Alemania,
por medio de una revolución radical (proletaria) o una práctica a la
altura de los principios. El objeto de su crítica es el régimen alemán al
que define como ‘coronación del antiguo régimen’ y al antiguo régimen como
‘la debilidad oculta del estado moderno’. De esta realidad desprende el
joven Marx el interés de los pueblos modernos en la lucha contra el estado
de cosas alemán. Pero para que desaparezca definitivamente el antiguo
régimen la historia recorre muchas fases, afirma el joven Marx, de las
cuales señala dos: la que reviste la forma de tragedia y la fase final que
reviste la forma de comedia. Pero veamos cómo lo aborda el propio Marx:
‘Mientras el antiguo régimen, en cuanto orden del mundo existente luchaba
con un mundo en estado, sólo de gestación, cometía un error
histórico-universal, pero no de carácter personal. Por lo tanto, su
catástrofe resultó trágica. Por el contrario, el régimen alemán actual (…)
es un anacronismo, una contradicción flagrante con todos los axiomas[21]
universalmente reconocidos (…) el antiguo régimen moderno no es sino el
comediante de un orden universal, cuyos héroes reales han muerto (…) La
historia es concienzuda y pasa por muchas fases antes de enterrar las
viejas formas (…) La última fase de una forma histórico-universal es su
comedia (…) Los dioses de Grecia, ya un día trágicamente heridos en el
Prometeo encadenado de Esquilo, hubieron de morir todavía otra vez
cómicamente en los coloquios de Luciano. ¿Por qué esa trayectoria
histórica? Para que la humanidad pueda separarse alegremente de su
pasado.’
Por
eso afirma el joven Marx: ‘en cuanto la moderna realidad político social
se ve sometida a la crítica, es decir, en cuanto la crítica se eleva al
nivel de los problemas auténticamente humanos, es que ya no se inserta en
el estado de cosas alemán, pues de otro modo abordaría a su objeto por
debajo de su objeto (…) Mientras en Francia e Inglaterra el problema se
plantea así: economía política o imperio de la sociedad sobre la riqueza,
en Alemania los términos del problema son otros: economía nacional o
imperio de la propiedad privada sobre la nacionalidad.’
‘En
Francia e Inglaterra se trata, por tanto, de abolir el monopolio, que ha
llegado a sus últimas consecuencias; por el contrario, de lo que se trata
en Alemania es de llevar hasta sus últimas consecuencias el monopolio. En
el primer caso se trata de la solución, en el segundo de la colisión,
simplemente.’
‘Por
tanto, si todo el desarrollo de Alemania no se saliese de los marcos del
desarrollo político alemán, un alemán sólo podría, a lo sumo, participar
de los problemas del presente a la manera como puede participar en ellos
un ruso. Pero, si el individuo suelto no se halla vinculado por las
ataduras de la nación, mucho menos liberada se ve todavía la nación entera
por la liberación de un individuo.’ (…) ‘Los escitas[22]
no avanzaron un paso hacia la cultura griega porque Grecia contase a un
escita entre sus filósofos.’
De la crítica de la realidad a la realización de la
crítica.
Refiriéndose a la Alemania de su tiempo, Marx decía, ‘Somos
contemporáneos filosóficos del presente, sin ser sus contemporáneos
históricos.’ ‘La filosofía alemana es la prolongación ideal de la historia
de Alemania’. ‘Lo que en los pueblos es la ruptura práctica
con las situaciones del estado moderno, en Alemania, donde esas
situaciones ni siquiera existen, ante todo, es la ruptura crítica
con el reflejo filosófico de dichas situaciones’. Y seguía diciendo: ‘La
filosofía alemana del derecho y del Estado es la única historia alemana
que se halla ‘al pari’ (o sea, a la par), con el presente oficial
moderno, por eso el pueblo alemán no tiene más remedio que incluir también
esa historia suya, hecha de sueños, en el estado social existente y
someter a crítica no sólo ese estado social, sino también simultáneamente
su prolongación abstracta.’
En
estas circunstancias, Marx consideraba que el futuro del pueblo alemán no
podía limitarse a la negación directa de su orden jurídico estatal real ni
a la ejecución inmediata del ideal de su Estado y de su derecho, ya que la
negación directa de sus condiciones reales iba implícita ya en su orden
ideal y la realización inmediata de su orden ideal casi había sido
superada ya, en la contemplación de sus pueblos vecinos; por eso da la
razón al ‘partido político práctico’ alemán que reclamaba ‘la negación de
la filosofía’, pero señalándole que su error no consistía en dicha
reivindicación, ‘sino en detenerse en su mera exigencia, que ni realiza ni
puede realizar seriamente’.
El
‘partido político práctico’ alemán, afirmaba el joven Marx, ‘cree llevar a
cabo aquella negación por el hecho de volver la espalda a la filosofía’ y,
en ese intento, ‘olvida que el germen real de la vida del pueblo alemán
sólo ha brotado hasta ahora bajo su bóveda craneana’. Por tanto, la
advertencia crítica de Marx a dicho partido, era la siguiente: ‘no podéis
superar la filosofía sin realizarla’.
‘Por
el contrario, el partido político teórico sólo veía la lucha crítica de la
filosofía con el mundo alemán, sin pararse a pensar que la filosofía
anterior pertenecía también a este mundo y era su complemento, siquiera
fuese su complemento ideal’. Y agregaba, con respecto al ‘partido político
teórico’: ‘Mostraba una actitud crítica ante la parte contraria, pero
adoptaba un comportamiento no crítico para consigo misma’. En conclusión:
‘creía poder realizar la filosofía sin eliminarla’.
Con
base en lo anterior y refiriéndose a su propia filosofía, en cuanto
momento crítico de la práctica transformadora, Marx decía: ‘La crítica de
la filosofía alemana del derecho y del Estado (que ha encontrado en Hegel
su expresión última) es ambas cosas a la vez: tanto el análisis crítico
del Estado moderno y de la realidad que a él se refiere, como la
resuelta negación de todo el modo anterior de la conciencia política y
jurídica alemana’; pasando a definir el rumbo que tendría que tomar su
propia filosofía crítica (todavía en proceso de elaboración), de la
siguiente manera: ‘Ya en cuanto resuelto adversario del modo anterior de
la conciencia política alemana, se orienta la crítica de la filosofía
política del derecho, no hacia sí misma, sino hacia tareas para cuya
solución no existe más que un medio: la práctica’.
Del arma de la crítica a la crítica de las armas.
Marx
se refiere a las tareas críticas y prácticas que el hombre, en
cuanto ser social e histórico, debe realizar para lograr su emancipación,
haciendo ver, implícitamente, en cada una de sus definiciones, la función
práctica de la crítica y la función crítica de la práctica y, por tanto,
los límites y alcances de una y otra, así como la necesaria unidad interna
de ambas determinaciones (o procesos esenciales), en la transformación
revolucionaria del mundo.
Ofreciendo nuevas claves para la transformación del mundo, el joven Marx
lo explica de la siguiente manera: ‘El arma de la crítica no puede
sustituir a la crítica de las armas (...) la fuerza material tiene que
derrocarse con la fuerza material, pero también la teoría se convierte en
poder material tan pronto se apodera de las masas. Y la teoría es capaz de
apoderarse de las masas (...) cuando se hace radical, ser radical es
atacar el problema por la raíz. Y la raíz para el hombre es el hombre
mismo. (...) La prueba evidente del radicalismo de la teoría alemana y,
por lo tanto, de su energía práctica, consiste en saber partir de la
decidida superación positiva de la religión.’
Con
base en lo anterior, aunque todavía bajo la concepción antropológica de
Feuerbach, el joven Marx concluye su reflexión de la siguiente manera: La
crítica de la religión desemboca en la doctrina de que “el hombre es la
esencia suprema para el hombre y, por consiguiente, en el imperativo
categórico de echar por tierra todas las relaciones en que el hombre sea
un ser humillado, sojuzgado, abandonado y despreciable”.
Así
arriba el joven Marx a la teoría de que el hombre (o mundo de los hombres)
es el sujeto y, al mismo tiempo, el objeto de su propia actividad
crítico-práctica revolucionaria, aunque aún le falta descubrir y
fundar, en el plano económico-filosófico y en el económico-político, la
especificidad propiamente humana: la del trabajo o práctica productiva
como actividad objetiva en y por medio de la cual el hombre crea su propia
realidad. A esta conclusión del trabajo como dimensión esencial del ser
del hombre, arribaría el joven Marx un poco más tarde. Pero sin duda, en
este trabajo, ha dado ya pasos firmes en la comprensión de la estructura
de la realidad social y humana, así como en ciertas claves para
transformar revolucionariamente dicha realidad.
De la emancipación parcial a la emancipación
universal.
La
clave para descifrar y transformar el mundo la encuentra, el joven Marx,
en las necesidades radicales, o necesidades verdaderamente humanas, como
fundamento de la crítica o teoría radical y, por consiguiente, en la
posibilidad de dicha teoría de ‘prender en las masas’ y transformarse en
poder material. Pero veamos cómo lo expone él mismo, sin perder de vista
que aún no ha arribado a elaborar las categorías del materialismo
histórico; categorías que, posteriormente, le permitieron reproducir
intelectualmente la realidad capitalista, comprenderla y, en consecuencia,
fundar crítica y prácticamente la necesidad y la posibilidad de la
transformación revolucionaria de la realidad.
‘En
cualquier pueblo, dice el joven Marx, la teoría se realiza sólo en la
medida en que supone la realización de sus necesidades’. Y, enseguida,
pregunta: ‘¿Serán las necesidades teóricas necesidades directamente
prácticas?’ Y contesta: ‘¡No basta con que el pensamiento acucie hacia su
realización; es necesario que la misma realidad acucie hacia el
pensamiento! Una revolución radical, sólo puede ser una revolución de
necesidades radicales, cuyas premisas y cuyos orígenes parecen cabalmente
faltar’.
Por
eso afirma: ‘Alemania (...) no podrá derribar las barreras específicamente
alemanas sin derribar la barrera general del presente político’;
sosteniendo, al mismo tiempo, que: ‘El sueño utópico, para Alemania, no es
la revolución radical, no es la emancipación humana general, sino por el
contrario, la revolución parcial, la revolución meramente política, la
revolución que deja en pie los pilares del edificio’ (...) ‘¿Sobre qué
descansa una revolución parcial, una revolución meramente política? En el
hecho de que se emancipe la parte de la sociedad burguesa que instaure su
dominación general, en el hecho de que una determinada clase emprenda la
emancipación general de la sociedad, a partir de su especial situación.
Esta clase libera al resto de la sociedad, pero sólo en el supuesto de que
toda la sociedad se encuentre en la situación de esa clase, es decir, que
posea, por ejemplo, el dinero y la cultura, o de que pueda adquirirlo a su
antojo’.
‘Ninguna clase de la sociedad civil puede desempeñar ese papel sin
provocar un momento de entusiasmo en sí y en la masa, momento durante el
cual confraterniza y se funde con la sociedad en general, se confunde con
ella y es sentida y reconocida como su representante universal, en el que
sus pretensiones y sus derechos son, en verdad, los derechos y las
pretensiones de la sociedad misma, en el que esa clase es realmente la
cabeza social y el corazón social.’ (...) ‘Sólo en nombre de los derechos
generales de la sociedad puede una clase particular reivindicar para sí la
dominación general. Y, para escalar esa posición emancipadora y poder, por
lo tanto, explotar políticamente todas las esferas de la sociedad en
interés de la propia esfera, no bastan por sí solos la energía
revolucionaria ni el amor propio espiritual.’
‘Para que coincidan la revolución de un pueblo y la emancipación de una
clase en particular de la sociedad civil, para que una clase valga por
toda la sociedad, es necesario, por el contrario, que todos los defectos
de la sociedad se condensen en una clase, que una determinada clase resuma
en sí la repulsa general, sea la incorporación del obstáculo general; es
necesario para ello que una determinada esfera social sea considerada como
el crimen notorio de toda la sociedad, de tal modo que la liberación de
esta esfera aparezca como la autoliberación general.’ (...) ‘cualquiera de
las clases de Alemania carece de la consecuencia, el rigor, el arrojo, la
intransigencia capaces de convertirla en el representante negativo de la
sociedad. (...) Y todas ellas carecen, asimismo, de esa grandeza de alma
que pudiera identificar a una, aunque sólo fuese momentáneamente, con el
alma del pueblo, de esa genialidad que infunde a la fuerza material el
entusiasmo del poder político, de esa intrepidez revolucionaria que arroja
a la cara del enemigo las retadoras palabras: ¡No soy nada, y debiera
serlo todo!
De
la realización de la filosofía a la abolición del proletariado.
No
es difícil advertir tras estas líneas el concienzudo estudio realizado por
el joven Marx sobre la revolución francesa (de 1789), en un intento por
comprender el papel, los sujetos históricos y la dinámica de ese
acontecimiento en la realización de las necesidades revolucionarias de la
época, expresadas en forma teórica por los enciclopedistas franceses.[23]
Tampoco es difícil advertir el esfuerzo del joven Marx por comprender las
condiciones sociales alemanas, así como su prolongación abstracta. Lo que
Marx se propone con ello es fundar teóricamente la necesidad de una
emancipación verdaderamente humana en Alemania y, por medio de ella, hacer
coincidir la realización de la libertad total con la actividad
revolucionaria de los hombres.
Por
eso, señala: ‘En Francia, basta con que alguien sea algo para que quiera
serlo todo. En Alemania, nadie puede ser nada si no quiere verse obligado
a renunciar a todo. En Francia, la emancipación parcial es el fundamento
de la emancipación universal. En Alemania, la emancipación universal es la
condición sine qua non de toda emancipación parcial. (...) En Francia, es
la realidad de la liberación gradual, en Alemania su imposibilidad, la que
tiene que engendrar la libertad total. (...) En Francia el papel
emancipador llega a la clase que organiza todas las condiciones de la
existencia humana bajo el supuesto de la libertad social. (...) En
Alemania, ninguna clase siente la necesidad, ni tiene la capacidad para la
emancipación general hasta que se ve obligada a ello por la situación
inmediata, por la necesidad material, por sus mismas cadenas.’
¿Dónde reside, entonces, la posibilidad positiva de emancipación humana,
pregunta el joven Marx?
‘Respuesta: en la formación de una clase con cadenas radicales, de una
clase de la sociedad civil que no sea una clase de la sociedad civil; de
un estado que sea la disolución del estado; de una esfera que posea un
carácter universal por lo universal de sus sufrimientos, y que no reclame
para sí ningún derecho especial, puesto que, contra ella no se ha cometido
ningún desafuero en particular, sino el desafuero en sí, absoluto. Una
clase a la que resulte imposible apelar a ningún título histórico, y que
se limite a reivindicar su título humano. Que no se encuentre en
contradicción unilateral con sus consecuencias, sino en omnilateral
contraposición con las premisas del estado alemán; de una esfera,
finalmente, que no pueda emanciparse sin emanciparse en el resto de las
esferas de la sociedad y, simultáneamente, emanciparlas a todas ellas; que
sea, en una palabra, la pérdida completa del hombre. Esta descomposición
de la sociedad, en cuanto clase particular, es el proletariado.’
‘El
proletariado comienza a existir a través de un movimiento industrial
naciente (...) lo que forma al proletariado no es la pobreza nacida
naturalmente, sino la pobreza artificialmente provocada.’ (...) ‘Cuando el
proletariado proclama la disolución del orden universal precedente, no
hace más que pregonar el secreto de su propia existencia, ya que él es la
disolución de hecho de ese orden universal. Cuando el proletariado reclama
la negación de la propiedad privada, no hace más que elevar a principio de
la sociedad, lo que la sociedad ha elevado a principio suyo, como
resultado negativo de la sociedad.’
Así
como la filosofía encuentra en el proletariado sus armas materiales, el
proletariado encuentra en la filosofía sus armas espirituales, y tan
pronto como el rayo del pensamiento muerda a fondo en este candoroso suelo
popular, se llevará a cabo la emancipación de los alemanes en cuanto
hombres.’
‘La
única liberación posible de Alemania es la liberación, desde el punto de
vista de la teoría, que declara al hombre su suprema esencia’ (...) En
Alemania no puede abatirse ningún tipo de servidumbre sin abatir todo tipo
de servidumbre en general. (...) La meticulosa Alemania no puede
revolucionar sin revolucionar desde el mismo fundamento. (...) La
emancipación del alemán es la emancipación del hombre. La cabeza de esta
emancipación es la filosofía, su corazón es el proletariado. La filosofía
no puede llegar a realizarse sin la abolición del proletariado, y el
proletariado no puede abolirse sin la realización de la filosofía. (...)
Cuando se cumplan todas estas condiciones interiores, el canto del gallo
galo anunciará el día de resurrección de Alemania.’
De los tiempos del joven Marx a nuestro tiempo.
La
‘Introducción a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel’ es
uno de los escritos juveniles de Carlos Marx, donde el rayo de su
pensamiento aborda e ilumina el horizonte problemático de su tiempo,
pretendiendo esclarecerlo. Dicho horizonte se encuentra determinado por
las condiciones histórico-sociales de su época y marcado, teóricamente,
por el activismo idealista de Hegel, el pasivismo materialista de
Feuerbach y la postura puramente crítica de los hegelianos de izquierda.
No obstante, ese horizonte es al que el joven Marx se enfrenta, viéndose
obligado a negarlo y superarlo, en un proceso continuo y discontinuo, para
dar lugar a una filosofía de la actividad práctica revolucionaria con
vocación de ser realizada. Las categorías empleadas en esta obra por el
joven Marx carecen aún de la riqueza y concreción que su posterior
investigación económico-filosófica y económico-política le imprimirán,
llevándole a crear nuevas categorías liberadas de las resonancias
feuerbachianas presentes en esta obra. No obstante, su enfoque
histórico-materialista le permite aproximarse ya a la comprensión de la
estructura de su objeto: la sociedad alemana y su prolongación abstracta:
la filosofía alemana del derecho y del Estado. Se trata de una
comprensión, en cierto modo, abstracta y relativa, pero que conducen al
joven Marx a descubrir y a ofrecer las primeras claves para la
interpretación y transformación revolucionaria del mundo social y humano
y, particularmente, de la sociedad alemana de su tiempo. Es precisamente,
en este estudio que se perfila ya el carácter crítico-práctico de
la filosofía del joven Marx que, no satisfecho con el desenmascaramiento
de la forma religiosa de la autoenajenación, considera necesario
desenmascarar la autoenajenación en sus formas no santas; recurriendo para
ello a la ‘crítica radical de todo lo existente’, definiendo la
función práctica de la crítica y la función crítica de la práctica,
los límites y alcances de una y otra, así como su unidad interna en la
transformación del mundo. Por eso Marx exige pasar de la crítica
del cielo a la crítica de la tierra, de la crítica de la
realidad a la realización de la crítica, del arma de la crítica
a la crítica de las armas, de la emancipación parcial a la
emancipación universal y de la realización de la filosofía a la abolición
del proletariado, haciendo un análisis, un recorrido y una comparación
lógica e histórica entre la Francia y la Alemania de su tiempo.
Precisamente en este proceso, Marx descubre la posibilidad positiva de
emancipación humana en el proletariado, al que percibe primero como
revolucionario que como productor. Pero se trata de un proletariado que
apenas comienza a existir como resultado, dice él, de una pobreza
‘artificialmente provocada’ y que, por ello mismo, reclama la negación de
la propiedad privada, elevando así a principio de la sociedad lo que la
sociedad a elevado a principio suyo. Por eso, el joven Marx afirma, casi
al finalizar su ensayo filosófico, lo siguiente: ‘así como la filosofía
encuentra en el proletariado sus armas materiales, el proletariado
encuentra en la filosofía sus armas espirituales’.
En
esta obra se perfila ya el joven revolucionario que, tras breve pero
intenso periodo de actividad creativa (teórica y práctica) apasionada,
habrá de desembocar, cinco años más tarde, en la elaboración del primer
llamamiento, fundado en la ciencia económico-política, hecho en 1848 al
proletariado mundial. Pero antes de elaborar y dar a conocer su histórico
Manifiesto del Partido Comunista, Carlos Marx y Federico Engels
dejaron testimonio de su reflexión en distintas obras, de las cuales
consideramos necesario ir dando cuenta para dar respuesta no sólo a la
pregunta de ¿qué es el marxismo?, sino también a la pregunta de ¿cómo fue
fundado?, tratando así de profundizar en el estudio crítico del marxismo y
avanzar en una justa y recta comprensión de éste, como teoría crítica,
abierta y en constante desarrollo frente a los colosales retos, viejos y
nuevos, de un época histórica que, pese al tiempo transcurrido, nos sigue
desafiando, incluso, con mayor cinismo y brutalidad que antes, confirmando
la justa y certera reflexión acerca del hombre - como ser práctico, social
e histórico – iniciada hace más de 150 años por el joven Marx.
Nuestro tiempo, el del principio de una nueva centuria y de un nuevo
milenio; nuestra realidad y espacio, la de los países latinoamericanos,
dependientes, subdesarrollados y subordinados, no pueden ser ajenos a la
necesidad de retomar la crítica y la práctica como armas
indispensables en la búsqueda de la transformación radical de las
condiciones materiales que han hecho posible la miseria, explotación y
alineación de nuestra humanidad. Recuperar ésta para dejar de ser “capital
humano” o “recursos humanos”, exige empuñar las armas de la crítica
y de la práctica revolucionarias.
Comité Editorial.
Enero
de 2001.
[1]
Arnold Ruge nació en
1802 en Bergen-Rügen, Alemania; fue miembro de la asociación de
estudiantes liberales y representante de los hegelianos de izquierda;
asimismo, fue publicista y escritor. Estuvo preso 14 años por haber
tomado parte en distintos movimientos revolucionarios.
[2]
Los socialistas
utópicos: Cabet, Fourier, Saint-Simón y R. Owen.
[3]
Ciudad del suroeste de
Alemania, situada a orillas del río Mosela.
[4]
Filósofo griego (341-270
a.n.e.) y autor prolífico que abarcó varias disciplinas adelantándose
a su tiempo: su física es materialista y atomísta, en biología
anticipó la doctrina de la selección natural; su psicología es
materialista; basa la ética en la justicia, la honestidad y la
prudencia; a pesar de su materialismo creía en la libertad de la
voluntad.
[5]
El idealismo es una
corriente filosófica que pretende resolver el problema de la relación
sujeto-objeto, o de la relación entre el espíritu y la materia (o de
la relación entre el pensar y el ser), partiendo del sujeto, idea o
pensar, como fundamento o premisa de dicha relación. Traducido esto a
otros términos tenemos lo siguiente: el idealismo considera que existe
un principio creador que precede al mundo y que dicho principio es
Dios. Este Dios o principio creador dijo un buen día: ¡Que el mundo
sea! Y su palabra se transformó inmediatamente en realidad. Por tanto,
para el idealismo Dios es el sujeto y el mundo (natural y humano) es
el objeto creado por Dios.
[6]
Hegeliano: partidario
del filósofo idealista alemán G.W. Hegel (1831); Hegel dio a su
filosofía el nombre de filosofía del saber absoluto, siendo el rasgo
fundamental de dicha filosofía su dialéctica, por medio de la cual
explica el desarrollo de la naturaleza, de la sociedad y del
pensamiento, sólo que de manera mística, por considerar que dicho
desarrollo es la expresión del desenvolvimiento del espíritu y éste,
el fundamento de lo real.
[7]
De acuerdo a su posición política los hegelianos se dividían en dos:
los hegelianos de derecha que pretendían mantener intacta la realidad
y los hegelianos de izquierda que pretendían transformarla.
[8]
Primer potencia alemana de la confederación germánica en 1815, a la
que se encontraban vinculados económicamente casi todos los estados
alemanes. Después de la guerra de Prusia con Dinamarca (1864), con
Austria (1866) y con Francia (1870) se conforma el segundo imperio
alemán, bajo liderazgo de Prusia. A partir de 1871 la historia de
Prusia coincide con la de Alemania. El Estado prusiano quedó
legalmente abolido en 1947 por el Consejo de control aliado.
[9]
Filósofo materialista alemán (1804-1872), cuya obra pone punto final a
la filosofía clásica alemana. El materialismo resuelve el problema de
la relación entre sujeto-objeto, partiendo del objeto (o materia) como
fundamento de dicha relación. Es decir, el materialismo reconoce como
principio la materialidad del mundo y, por tanto, el carácter
objetivo, real e independiente de la materia con respecto de la
conciencia y de la voluntad del hombre. Para el materialismo, la
materia no tiene principio ni fin y se encuentra en constante
movimiento, o dicho en términos científicos: la materia no se crea ni
se destruye sólo se transforma. Así, la materia inorgánica dio lugar a
la materia orgánica, la materia orgánica dio lugar a la vida y la vida
dio lugar, finalmente, a la conciencia.
[10]
Partidarios de Ludwig
Feuerbach.
[11]
Originarios de Renania.
Provincia alemana que debe su nombre al río Rhin, que marca la
frontera entre Alemania y Francia.
[12]
Ciudad comercial del
oeste de Alemania, perteneciente a Renania del Norte.
[13]
Vladimir Ilich, Lenin: Breve esbozo biográfico de Carlos Marx, Obras
escogidas, 2 tomos.
[14]
Anales: Publicación periódica en la que se recogen noticias y
artículos sobre un campo concreto de la cultura, de la ciencia o de la
técnica.
[15]
Bruno Bauer: Crítico y
filósofo alemán (1809-1882), fundador de los hegelianos de izquierda,
pretendía transformar la realidad de su tiempo con base en la acción
de las ideas. Marx criticó duramente esta tentativa.
[16]
La burguesía radical
renana quería oponer a la publicación oficial su propio órgano
político a fin de defender sus interese económicos frente al
feudalismo. Kamphausen (de la burguesía industrial y comercial) y
Mevisson (constructor de ferrocarriles) eran los representantes de la
burguesía radical progresista que suministró fondos al grupo de
literatos que dio lugar a la gaceta renana.
[17]
Immanuel Kant: filósofo
alemán (1724-1804), situó la razón ( o al hombre) en el centro del
mundo, como Copérnico situó el sol en el centro del universo. Fue
autor de la Crítica de la razón práctica (1788), de la Crítica del
juicio (1790) y de la Metafísica de las costumbres (1797).
[18]
Toda proposición se
escinde en dos términos esenciales, el sujeto, o sea, de lo que
se afirma (o niega) algo y el predicado, que es precisamente lo
que se afirma (o niega) del sujeto, así en ‘El Hombre creó a Dios’,
‘El hombre’ es el sujeto, ‘Dios’ el predicado.
[19]
Carentes de vida o de movimiento.
[20]
Anacronismo: error de
cronología que consiste en atribuir a una época elementos
pertenecientes a otra.
[21]
Axioma: (lo que parece
justo), proposición primitiva o evidencia no susceptible de
demostración y sobre la cual se funda una ciencia.
[22]
Relativo a un pueblo de
lengua irania, establecido entre el Danubio y el Don a partir del
siglo XII a.J.C; pueblo de jinetes y guerreros temibles.
[23]
Los Enciclopedistas eran los filósofos franceses que proponían una
reorganización de la sociedad desde la racionalidad de su desarrollo.
Enciclopedistas eran Juan Jacobo Rousseau, Dense Diderot, Montesquieu,
Condorcet, Bufón, entre otros.
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