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—¿Por qué el deslinde con el EPR y por qué «Tendencia
Democrática Revolucionaria»?
—En primer lugar, quisiéramos señalar que el PDPR-EPR
tuvo como origen un proceso paulatino de reflexión interna motivado y
acelerado por diversos acontecimientos entre los que destacan el proceso
electoral de 1988, la caída del muro de Berlín en 1989 y, sobre todo, la
emergencia del EZLN en 1994. Dichos acontecimientos pusieron de manifiesto
cierto grado de desfasamiento entre los planteamientos políticos y
estratégicos sostenidos como agrupamiento revolucionario por más de 20
años y la extraordinaria complejidad alcanzada, en la actual fase de
expansión y reestructuración capitalista, por la realidad nacional y
mundial. Así pues, como resultado del proceso de reflexión y, más
concretamente, de la actualización de la crítica del
capitalismo realmente existente, del
análisis del derrumbamiento del modelo euro soviético en la
ex URSS y los países del este europeo, del
análisis de los procesos revolucionarios (particularmente
centroamericanos); pero, sobre todo, como resultado del análisis
autocrítico de nuestro propio desarrollo, surgen y se constituyen, primero
el EPR (1994) y posteriormente el PDPR (1996), sobre la base de un largo
periodo de construcción, cooptación y acumulación de fuerzas impulsado por
el PROCUP-PDLP; agrupamiento hegemónico que, por esta vía, arribó y
desembocó en un nuevo proyecto revolucionario: el PDPR-EPR.
Es a este nuevo proyecto al que denominamos proyecto
original. Sin embargo, el proceso que le dio lugar y que terminó haciendo
crisis no fue lo suficientemente sólido, expresándose su fragilidad en lo
siguiente:
1) las modificaciones programáticas y estratégicas no
fueron suficientemente discutidas ni quedaron claras para algunos sectores
de la militancia, surgiendo serias dudas sobre el rumbo del quehacer
revolucionario;
2) la ampliación de la instancia de dirección central,
en particular, fue llevada a cabo sin consulta ni consenso de la
militancia generando descontento al interior de algunos sectores
partidarios;
política;
4) el divorcio relativo entre la dirección y la
militancia, como resultado de un modelo vertical y autoritario de
construcción y dirección política, impidió percibir las limitaciones e
insuficiencias de nuestro trabajo político;
5) la falta de un adecuado equilibrio entre las
instancias de dirección superior y las instancias subordinadas;
6) la falta de seguridad jurídica o de reconocimiento
del militante, independientemente de las diferencias políticas que
pudiesen existir, como expresión de la carencia de una cultura política
democrática, tolerante e incluyente, sin dejar de ser de clase;
7) la gestación de un nuevo reagrupamiento
político-ideológico al interior de la estructura partidaria y de una lucha
de posiciones que por sus características impidió concluir, por medio de
los resolutivos de un Congreso, con el proceso de reflexión teórica y
democratización interna que habíamos impulsado.
En segundo lugar, es necesario señalar que el deslinde
con el PDPR-EPR fue necesario porque éste dejó de ser el proyecto que
dimos a conocer al pueblo de México mediante los Manifiestos de Aguas
Blancas y de la Sierra Madre Oriental, el 28 de junio y el 28 de agosto de
1996, respectivamente. Dejó de ser dicho proyecto porque en el intento por
consolidarse realmente como institución democrática y revolucionaria, el
PDPR-EPR sufrió una profunda crisis político-ideológica que dio marcha
atrás al proceso autocrítico y a la incipiente democratización interna que
le dio origen; crisis que, finalmente, fragmentó al conjunto de fuerzas
construidas y acumuladas en casi tres décadas de existencia, dando lugar a
distintos agrupamientos revolucionarios.
En este contexto, el actual PDPR-EPR es un agrupamiento
más de éstos y de ningún modo el proyecto original, aunque dicho
agrupamiento así lo pretenda. Desde luego, lo mismo puede decirse de
nosotros, o sea, del PDPR-EPR-TDR como agrupamiento constituido, primero,
como corriente de opinión, temporal e inorgánica, al interior del proyecto
original y, posteriormente, como nuevo agrupamiento orgánico. No
está de más señalar que la constitución orgánica de nuestro agrupamiento
se llevó a cabo por medio de un congreso. Dicho congreso ratificó la
validez del proceso de reflexión crítica y autocrítica que, pese a todas
sus limitaciones, había dado lugar al propio PDPR-EPR como proyecto
originalmente constituido, reivindicando el contenido de los
Manifiestos de Aguas Blancas y de la Sierra Madre Oriental; asimismo,
dicho congreso reivindicó el derecho de retomar, del proyecto original, el
nombre PDPR-EPR, agregándole a éste el de TDR, para indicar nuestro origen
y, al mismo tiempo, diferenciarnos del otro agrupamiento que también
decidió mantener el nombre del proyecto original, mas no así el contenido
fundamental de su propuesta, como lo dejan constatar sus últimos
documentos. En efecto, en dichos documentos han dejado de figurar
los objetivos programáticos y las consignas democráticas populares propias
de un modelo de transición al socialismo que caracterizaron la propuesta
del PDPR-EPR original, siendo sustituidas por los objetivos y consignas
puramente socialistas que sostuvimos como PROCUP-PDLP, incluso, varios
años después del derrumbe del modelo euro soviético en la ex URSS y en los
países del este europeo; representando esta medida un verdadero movimiento
de retorno con respecto del análisis teórico que hicimos sobre la
globalización y el modelo neoliberal de acumulación capitalista, y un
movimiento de retorno con respecto de la reflexión crítica y autocrítica
que hicimos sobre nuestro desarrollo como agrupamiento revolucionario, con
base en los resultados de nuestra propia práctica, reflexión que dio
lugar, finalmente, al PDPR-EPR.
—¿Cuáles son las diferencias en la estrategia y las
tácticas con el EPR y con los otros grupos político-militares?
—Nuestras diferencias estratégicas y tácticas con el
actual PDPR-EPR tienen que ver precisamente con el movimiento de
involución o retorno político que dicho agrupamiento impulsó como
corriente no explícita al interior del proyecto original. Dicho movimiento
de retorno fue llevado a cabo en el terreno de la teoría de la revolución
y del partido, justo donde intentábamos ajustar cuentas con nuestra propia
práctica revolucionaria. Nuestra apreciación se resume en los siguientes
términos. El análisis de los resultados limitados de dicha práctica
nos llevó a actualizar la crítica del capitalismo realmente existente y a
redefinir la estrategia y las tácticas de transformación revolucionaria.
Este paso teórico y práctico dio lugar al PDPR-EPR como nuevo proyecto,
sin que esto signifique el desconocimiento de todo el periodo de
construcción y acumulación revolucionaria precedente, que tuvo como eje
fundamental al PROCUP y al PDLP.

De este modo, el análisis concreto de nuestra
realidad nacional y mundial, así como de la experiencia histórica, nos
llevó a considerar necesaria una fase de transición que mediara entre la
formación social capitalista periférica y subordinada en que nos
encontramos y la sociedad socialista a la que aspiramos. Dicha
fase de transición, como proyecto a realizar, introdujo modificaciones
programáticas y estratégicas —concretadas en los objetivos y consignas
políticas— que constituyeron, a la postre, el núcleo de las diferencias
fundamentales entre el actual PDPR-EPR y nuestro agrupamiento.
Así, tras las consignas y objetivos políticos
enarbolados actualmente por cada agrupamiento, se encuentra una postura
práctico-crítica diferente y, por consiguiente, un modo distinto de
interpretar la realidad y pretender transformarla. Por ejemplo:
mientras nosotros consideramos la realización del proyecto de emancipación
socialista como resultado de una revolución de doble carácter, popular y
socialista a la vez, el actual PDPR-EPR considera que la realización de
dicho proyecto será resultado de una revolución de carácter únicamente
socialista. Mientras nosotros consideramos necesaria una fase de
transición, bajo hegemonía popular y proletaria, concretada en los puntos
programáticos de Nuevo Gobierno, Nueva Constitución, Nuevo Orden
Económico-Social y República Democrática Popular, el actual PDPR-EPR pugna
directamente por los objetivos históricos concretados en la toma del poder
político, la instauración de la dictadura del proletariado y la
construcción del socialismo. Mientras que nosotros consideramos necesaria
la elaboración de una Línea Política Común y de una Dirección compartida,
entre los distintos sujetos sociales afectados por la estrategia
neoliberal (obreros, campesinos, indígenas, vendedores ambulantes,
pequeños empresarios, profesionistas, militares patriotas, etcétera), para
dar lugar a una nueva Hegemonía o Poder Popular, como determinación
económica, política, ideológica y militar, el actual PDPR-EPR reivindica
la Guerra Popular Prolongada como única estrategia revolucionaria posible.
Mientras nosotros consideramos que el reconocimiento de los pueblos indios
como sujetos de derecho público constituye un paso adelante en la
emancipación política de todo el pueblo, el actual PDPR-EPR prioriza la
necesidad de la liberación proletaria del indígena y del campesino,
postergando y subordinando la cuestión de los derechos y de la cultura de
los pueblos indios, etc., etc.
Las diferencias estratégicas y tácticas parecieran ser
de matiz, pero también en los matices se juega la posibilidad de poner en
práctica exitosamente una u otra estrategia revolucionaria. Pero, en
definitiva será la práctica la que ponga de manifiesto la realidad, el
poderío o la terrenalidad de cada pensamiento político.
Respecto de los otros agrupamientos que tuvieron su
origen en el original PDPR-EPR, no conocemos a profundidad su reflexión
teórica ni sus planteamientos políticos, pero consideramos que el respeto
recíproco que hasta ahora hemos mantenido como organismos revolucionarios
fraternos constituye la base que habrá de permitirnos analizar y discutir
conjuntamente nuestros respectivos planteamientos y, sobre todo, avanzar
en la elaboración de una Línea Política Común y una Dirección Compartida
que constituyan el sustento de una nueva coordinación y unidad
revolucionaria.
—El EPR ha acusado al ERPI de haber robado y delatado,
¿avalan estas acusaciones?
—No avalamos en ningún sentido las acusaciones
formuladas por la dirección del actual PDPR-EPR contra el ERPI o contra
algún otro agrupamiento derivado del proyecto original, justamente porque
las acusaciones y argumentos de dicho organismo son parciales y
unilaterales. Aunque, por otra parte, consideramos necesario el
restablecimiento de la verdad histórica respecto del proceso de
fragmentación política en que derivó el proyecto original. Esta tarea no
es exclusiva de uno u otro agrupamiento en particular, sino tarea de todos
sus protagonistas. El objetivo es evitar que este tipo de experiencias se
repitan y, al mismo tiempo, preparar el terreno para la necesaria unidad
revolucionaria. Ello hace necesario, por elemental honestidad intelectual
y moral, que cada militante y cada agrupamiento asuma las
responsabilidades que le correspondan con respecto del proceso de
fragmentación.
Por el momento es necesario dar lugar a la
coordinación entre los diferentes agrupamientos, para dar cuenta de dichas
responsabilidades, con base en lo que nos dé unidad y no en lo que nos
separe y, de este modo, avanzar en la solución de nuestras diferencias, en
el entendido que el problema de la unidad no se reduce sólo a la
explicación y a la crítica del pasado, donde probablemente sigamos
manteniendo diferencias, sino tiene que ver con la elaboración de la
imagen anticipada del futuro que deseamos y consideramos posible realizar,
con base en el conocimiento profundo de nuestra realidad, sin olvidar que
la práctica es el criterio de veracidad del conocimiento.
—El EPR/TDR dónde mantiene presencia, ¿existen algunos
enlaces con lo que fuera su matriz? ¿Qué estructura pueden dar a conocer?
—El PDPR-EPR-TDR ha hecho acto de presencia en el
estado de Guerrero y, por el momento, sólo ahí mantendremos abierta
nuestra presencia. No mantenemos relación con lo que desde fuera parece
apreciarse como nuestra matriz, por la sencilla razón que el proyecto
original que nos dio origen a todos los agrupamientos, incluido el
PDPR-EPR actual, ya no existe. Desde este punto de vista, ningún
agrupamiento representa al proyecto original, aunque lo pretenda. Después
de la fragmentación política, nadie puede comportarse políticamente como
si nada hubiera pasado, o como si no tuviera ninguna responsabilidad en lo
sucedido. Desgraciadamente, el comportamiento político de la
dirección del actual PDPR-EPR se caracteriza fundamentalmente por los
rasgos antes descritos y como si no pudiese existir revolución ni
revolucionarios fuera de sus filas y de su visión. Dicho comportamiento se
asemeja al de las colectividades cerradas o grupos integristas y
fundamentalistas que asumen sus convicciones como certezas universales,
considerando invariablemente ser dueños de la razón y depositarios de la
verdad. De ahí las acusaciones, diatribas y descalificaciones de
este agrupamiento contra todos los demás agrupamientos, a los que
considera prófugos de la justicia revolucionaria. En tales condiciones
parece imposible, mientras no se modifique esta actitud, el
establecimiento de algún vínculo con este agrupamiento. No obstante,
consideramos necesario seguir insistiendo, con éste y con los demás
agrupamientos, en el problema de la unidad revolucionaria y en la
necesidad de construirla activamente, tratando de abonar el terreno y
hacer que fructifique la semilla de la reflexión que indudablemente existe
al interior de cada agrupamiento revolucionario.
La estructura de nuestro partido no es piramidal sino
horizontal; tiene como sustento la centralización y la democracia, sólo
que ésta última no es sólo un adjetivo sino un sustantivo o proceso real
llamado a acotar la excesiva centralización en que devienen generalmente
las estructuras político-militares. La instancia de dirección central es
el congreso; a éste le sigue el consejo político, acotado directamente por
los representantes de las instancias estatales; a éste consejo político le
siguen los consejos estatales; a estos los consejos zonales y a estos los
consejos de resistencia popular. En nuestra estructura reconocemos el
derecho de la militancia a agruparse como tendencia, inorgánica y
temporal, así como el derecho a la comunicación horizontal. Todo ello,
siguiendo las normas más estrictas de la clandestinidad revolucionaria.
Desde luego, es necesario explicar que hemos preferido
recurrir a la metáfora de la estructura horizontal porque de lo que se
trata es de representar plásticamente el vínculo de relación social
igualitario que consideramos necesario construir al interior de la
estructura revolucionaria y del conjunto de la sociedad. Vínculo de
relación cualitativamente distinto al de dominio-subordinación propio de
las sociedades divididas en clases sociales antagónicas. Pues de lo
que se trata es de crear un nuevo poder, donde prive el dominio del todo
sobre sí mismo y no un grupo de poder más que reproduzca el dominio de una
parte sobre el todo, justificando dicho dominio mediante reales o
supuestos fines revolucionarios. Desde esta óptica, el todo
estaría representado por el Congreso, al centro del todo estaría el
Consejo Político electo democráticamente, en torno al CP los concejos
estatales, en torno a estos los concejos zonales y en torno a éstos los
concejos de resistencia popular, dando lugar a una estructura democrática,
centralizada y horizontal, llamada a garantizar el respeto a la dignidad y
a la libertad del militante revolucionario.
—¿Quiénes integran su Dirección Nacional?
—Dentro de nuestra estructura pero, sobre todo, en las
instancias de representación, no es un secreto saber quién o quiénes
forman parte del Consejo Político, precisamente, porque sus integrantes
son resultado de un proceso de elección interna. Pero hacia fuera de
nuestra estructura sí es un secreto la composición de dicho organismo de
dirección.
—¿Cuál es su posición ante la izquierda electoral?
—Nuestra postura con respecto de la izquierda
electoral es de reconocimiento y de respeto, pero ello no nos exime de
ejercer la crítica hacia ella. Los espacios políticos que la
izquierda electoral ocupa son, en buena medida, resultado de su propia
lucha, pero también de la lucha armada revolucionaria. De ahí
nuestro interés porque dichos espacios sean bien empleados en la lucha por
la transformación social profunda. Desde luego, sabemos que dicha
transformación no está a la vuelta de la esquina y que para acercarnos a
ella se requiere una estrategia que combine todas las formas de lucha. La
lucha electoral es una forma particular de la lucha de clases que debe
conocer y dominar toda la izquierda. Pues el dominio de
ésta permitirá la conquista de nuevas posiciones. Pero sería necio
querer reducir la lucha de clases a una sola forma de lucha, cualquiera
que ésta sea. Aunque no ignoramos que existen corrientes al
interior de la izquierda que pretenden reducir o subordinar todas las
formas de lucha a la lucha electoral, de la misma forma en que existen
otras corrientes dentro de la izquierda que pretenden subordinar todas las
formas de lucha a la lucha armada. Esta realidad debe ser
criticada teóricamente y superada prácticamente, sin perder de vista que
la dialéctica de la relación entre estas dos formas de lucha es
interactiva y bidireccional. O dicho en otros términos, ambas formas de
lucha deben complementarse y fortalecerse mutuamente, para dar lugar y
consolidar a un nuevo poder —popular y proletario— y no para fortalecer al
poder existente.
—¿Cuáles de los principios del marxismo-leninismo
reivindican?
—De entrada no tenemos ningún problema con el
marxismo-leninismo ni con los principios que postula, entendiendo por
marxismo-leninismo la primera formulación por medio de la cual se intentó
divulgar masivamente la teoría revolucionaria. Haberlo intentado fue un
mérito indiscutible realizado por el hoy extinto Estado Soviético, después
de la revolución de octubre. Pero no podemos pasar por alto las críticas
de que ha sido objeto dicha formulación teórica, pues en lugar de
fundamentar y orientar —crítica y autocríticamente— la política del
partido y el Estado soviéticos, sólo justificó dicha política, reduciendo
su función al ámbito puramente ideológico. Desde luego, la crítica de esta
formulación no tiene que ver con Marx, Engels o Lenin, sino con los
manuales de divulgación que pretendieron explicarlos.
Particularmente, el marxismo-leninismo, como intento de
explicación y divulgación de la teoría revolucionaria, se inserta en una
corriente denominada ontológica, por considerar que el problema
fundamental de la filosofía es el de la relación entre el ser y la
conciencia. Otras corrientes, dicho sea de paso, son la antropológica, la
epistemológica y la práxica, en función del problema que cada una
considera fundamental. Pero fue la formulación ontológica la que escindió
de manera lineal y esquemática a los filósofos y sus filosofías en
materialistas e idealistas; escindió a la teoría revolucionaria en
materialismo histórico y materialismo dialéctico; escindió a todas las
ciencias en burguesas y proletarias, positivisando la teoría
revolucionaria. De este modo, la teoría revolucionaria llegó a asumirse
como ciencia de las ciencias. Las consecuencias de este esquematismo
fueron lamentables, pues se dogmatizó la teoría revolucionaria anulando
sus posibilidades de transformación y ajuste a los procesos históricos.
—¿Son marxistas?
—Reconocemos la validez y la vigencia de la
propuesta teórico-práctica formulada por Marx y Engels, sin perder de
vista que el propio Marx no se consideró marxista, justamente, porque no
consideró su teoría un sistema filosófico cerrado, es decir, coronado por
alguna verdad absoluta. Desgraciadamente, la incomprensión de este
hecho, dogmatizó la teoría revolucionaria y desnaturalizó su práctica.
Para recuperar y poner de manifiesto el carácter racional y libertario
del marxismo se requiere asumir éste como unidad indisoluble de la teoría
y de la práctica revolucionaria, sin perder de vista que existen diversas
corrientes de interpretación dentro del marxismo. Ahora bien, como
agrupamiento revolucionario no comulgamos con la idea de adoptar
oficialmente una u otra interpretación del marxismo, ni consideramos
correcto hacerlo. Más bien consideramos necesario impulsar un diálogo, al
interior de nuestro partido, entre las diferentes interpretaciones del
marxismo, con el objeto de impulsar su desarrollo. Finalmente, si
tuviésemos que escoger alguna definición que caracterizara nuestros
principios y nuestros objetivos volveríamos a optar por la de luchadores
democráticos y revolucionarios, acuñada en el proceso de reflexión crítica
y autocrítica que dio lugar originalmente al PDPR-EPR; fórmula por medio
de la cual pretendimos restituir la unidad del movimiento legal y del
movimiento clandestino, reconociendo el doble carácter: democrático y
revolucionario, de ambos movimientos, cuando se encuentran realmente
orientados hacia una transformación social profunda; fórmula que seguimos
conservando, al mismo tiempo, como partido y como tendencia, porque dicha
fórmula incluye las dos características: democrática y revolucionaria, de
la actividad práctico-crítica que requiere, a juicio nuestro, la
transformación profunda de nuestra sociedad.
—¿Su posición ante el EZLN y Marcos?
—Es una posición de respeto.
—El despertar del EZLN al parecer no sólo sacudió al
supremo gobierno, sino que a «las otras guerrillas» también les movió el
tapete y el PROCUP-PDLP se vio en la «necesidad» de replantear su
estrategia y tácticas. Nace el PDPR-EPR. La bronca es que es ahí
precisamente, en la práctica, donde su estructura hace crisis, dando como
resultado los subsiguientes desprendimientos del núcleo original, ¿Por
qué?
—Efectivamente, la emergencia del EZLN el 1 de enero de
1994 vino a catalizar o a acelerar definitivamente el análisis y la
discusión que, primero, el proceso electoral del 88 y, después, la caída
del muro de Berlín trajeron consigo al interior de nuestro agrupamiento
revolucionario. Sin embargo, no fue el análisis ni la discusión lo que nos
ocupó en los primeros días de la emergencia zapatista, sino el deber
insoslayable de solidarizarnos con el EZLN frente a la ofensiva militar de
que era objeto por parte del Estado mexicano.

Enfocamos nuestras baterías contra la infraestructura
del gran capital y en vísperas de hacerlo contra el ejército federal, el
gobierno salinista decretó el cese unilateral al fuego llamando al EZLN al
diálogo y a la negociación, cosa que éste acepta. La caracterización que
hace el Subcomandante Marcos sobre nuestro accionar y el discurso político
posterior a su primera declaración contra el gobierno, generan discusión y
diferencias de opinión dentro de nuestras filas. Pero una cosa queda
clara: la necesidad de acelerar nuestros planes estratégicos, definidos
desde 1987, consistentes en reanudar el hostigamiento militar contra las
fuerzas del enemigo. Al avanzar en esta dirección fuimos profundizando, al
mismo tiempo, en el proceso de reflexión, consulta y discusión interna.
De modo que, como PROCUP-PDLP, dimos respuesta a una de
las primeras consultas del EZLN, difundiendo por primera vez la propuesta
programática de Nuevo Gobierno, Nueva Constitución, Reordenamiento
Económico y Auténtica República. Asimismo, avanzamos en el proceso de
formalización y oficialización de nuestro ejército, al cual, por vía
democrática, dimos por nombre: Ejército Popular Revolucionario (EPR).
La masacre de Aguas Blancas el 28 de junio de 1995,
vino a constituir un nuevo catalizador de este proceso. Elaboramos el
proyecto de una nueva Constitución, rescatando el componente popular y
revolucionario que le dio origen a la Constitución de 1917; asimismo,
elaboramos un proyecto de declaración de guerra que nunca dimos a conocer,
pues arribamos a la conclusión de que era necesario mantenernos en el
marco de la autodefensa y de la propaganda armada revolucionaria,
redactando así el «Manifiesto de Aguas Blancas», dado a conocer justo en
el primer aniversario luctuoso de la masacre en el Vado que le dio su
nombre, así como el «Manifiesto de la Sierra Madre Oriental», donde dimos
a conocer la existencia del PDPR. Sin embargo, la modalidad del accionar
del 28 de agosto no se ajustó finalmente con la concepción de autodefensa;
sobrestimamos nuestras fuerzas y nos dejamos llevar por la inercia de una
concepción militar que no se correspondía con nuestro grado de desarrollo
ni con la realidad que pretendíamos transformar.
Entre junio y agosto de 1996 se llevó a cabo el proceso
que puso término al PROCUP-PDLP y dio lugar al PDPR. Se trataba de ajustar
el proyecto partidario a las modificaciones programáticas y estratégicas a
las que habíamos dado lugar; asimismo, se trataba de hacer un
reconocimiento a los diferentes núcleos, colectivos y proyectos
revolucionarios que mediante la cooptación nutrieron e hicieron crecer al
PROCUP-PDLP, codificando, por criterios de clandestinidad, los nombres de
la mayor parte de dichos núcleos, colectivos y proyectos revolucionarios.
Así, de los 14 agrupamientos que dimos a conocer no hay uno solo que no
tenga sustento en el proceso de relación y cooptación impulsado tanto por
el PROCUP como por el PDLP, primero, de manera separada y, posteriormente,
como PROCUP-PDLP.
En su momento, dimos a conocer, para su análisis, la
historia de cada uno de estos agrupamientos, así como el modo en que sus
integrantes fueron renunciando a sus respectivos proyectos e
incorporándose, en aras de fortalecer un proyecto revolucionario único, al
PROCUP-PDLP.
Por último, se trataba de asumir autocríticamente y
poner distancia con respecto de la política sectaria que asumimos al seno
de la izquierda en todo el periódico histórico anterior; pero, sobre todo,
se trataba de poner distancia con respecto de la "leyenda negra" acuñada
por el Estado en un intento de éste por aislarnos e impedir nuestro
crecimiento.
Regresando al 28 de junio y 28 de agosto de 1996,
consideramos que estas dos fechas marcan la culminación y al mismo tiempo
el inicio de una nueva etapa de nuestro desarrollo como agrupamiento
revolucionario. Se trataba de una nueva etapa en la que teníamos como
tarea, de una parte, concluir todo el proceso de reflexión anterior y, de
la otra, sostener las tácticas de autodefensa y propaganda armada
revolucionaria.
Sin embargo, no fuimos capaces de realizar ni una ni
otra tarea. Ya hemos señalado que el proceso que dio lugar al PDPR-EPR no
fue un proceso sólido, explicando, desde nuestro punto de vista, en qué
residía su fragilidad. Ahora sólo nos limitaremos a agregar lo siguiente.
Cuando se produce la crisis interna surgen, al interior de la instancia de
dirección ampliada, entre nuestra tendencia y la tendencia que hoy
representa el actual PDPR-EPR, dos diagnósticos y dos pronósticos
distintos acerca de la crisis y, por consiguiente, dos tratamientos o
estrategias distintas para superarla y preservar al partido.
De nuestra parte, consideramos que la crisis interna
era resultado de una mala comprensión del marxismo y del centralismo
democrático, así como de un modelo de construcción y dirección política
que si bien había permitido acumular, cooptar y construir nuevas fuerzas,
resultaba ya insuficiente para seguir avanzando de acuerdo a las
necesidades revolucionarias; considerando, asimismo, que la solución de
dicha crisis se encontraba en la lucha ideológica racional y fraterna, así
como en la democratización de la vida partidaria mediante la participación
de toda la militancia en la discusión de todos los asuntos de la vida
política del partido y la elección de la dirección del partido por medio
de un Congreso, para dar lugar por fin a una verdadera institución
revolucionaria.
Por su parte los compañeros del actual PDPR-EPR,
defendiendo y reivindicando el modelo de construcción y dirección
anterior, atribuyeron la crisis al supuesto abandono de la teoría de la
revolución, del centralismo democrático y de los objetivos socialistas,
pronosticando que el proceso de democratización interna, de análisis
autocrítico y de reformulación programática y estratégica, impulsado por
una corriente democrática mayoritaria, reventaría políticamente,
abocándose en la práctica a validar su pronóstico y a desacreditar
política e ideológicamente a los representantes de dicha corriente frente
a la militancia.
Entre estas dos posiciones, fueron surgiendo otras
corrientes de opinión con matices y circunstancias diferentes, pero
convencidas —por la actitud política que asumieron finalmente— que la
crisis interna partidaria ya no tendría solución. La salida en enero de
1998 de la primera de ellas agudizó la crisis, sin que los esfuerzos por
remontarla pudiesen fructificar, debido a las acusaciones, reclamos y
condenas, así como a la renovada lucha de posiciones que dicha salida
trajo consigo.
Dos fueron los intentos más importantes que llevamos a
cabo para superar la crisis. El primero en julio de 1998 mediante un plan
de trabajo que no pudimos llevar a cabo, debido sustancialmente a un
problema de seguridad interna, al cual no pudimos dar seguimiento ni
solución. El segundo en febrero de 1999, mediante una serie de acuerdos de
unidad y disciplina aprobados en la última plenaria extraordinaria del
Comité Central (ampliado), acuerdos que no fueron honrados por varios de
los agrupamientos internos (entre ellos los compañeros del actual PDPR-EPR)
echando por tierra el último intento serio por mantener el proyecto
original y la unidad partidaria.
Este último intento concluyó, finalmente, con la salida
del partido de otros grupos de compañeros, en medio de juicios sumarios,
expulsiones y sanciones de carácter ‘depurador’ determinadas por los
compañeros del actual PDPR-EPR (que ya en ese momento habían logrado
acceder a la dirección provisional del partido) contra toda corriente de
opinión que no coincidiese con la suya. En estas condiciones, el 14 de
agosto de 1999, surge el primer pronunciamiento escrito de nuestra
Tendencia Democrática Revolucionaria, como agrupamiento explícito,
inorgánico y temporal al interior del partido, rechazando las medidas
‘disciplinarias’ dictaminadas por la dirección provisional, pero buscando
el establecimiento de nuevos acuerdos que evitaran una nueva ruptura,
entablándose un breve intercambio de misivas que culmina en octubre del
mismo año con el rechazo de nuestras propuestas y, finalmente, con la
escisión entre los compañeros del actual PDPR-EPR y nosotros.
—Cuando el PDPR-EPR dio su primera entrevista pública
(en la Sierra Madre Oriental) se habló de que era la concreción de una
política de alianzas de 14 organizaciones revolucionarias; después hemos
sido observadores de múltiples «desprendimientos». Obviamente la suma de
«ellas» no fue como lo plantearon, sino que diversos militantes
provenientes de algunos de esos grupos, en diversos tiempos y espacios,
habían sido reclutados por el PROCUP —a excepción de la ORAP—, ¿era
necesario dejar claro que reconocían la historia de esos diversos
militantes o era menester poner distancia de la «leyenda negra» del PROCUP?
Si la primera es la respuesta adecuada ¿por qué no reconocieron el pasado
revolucionario de militantes provenientes de la Liga Comunista 23 de
Septiembre?
—Dijimos que el PDPR-EPR era producto de la unidad de
14 agrupamientos. Primero, porque hasta ese momento considerábamos que,
efectivamente, lo era. Sólo que nuestra concepción acerca de la unidad
revolucionaria se encontraba aún subordinada a la teoría y a la práctica
que sobre el partido manteníamos; teoría y práctica de la cual,
finalmente, éramos resultado.
¿En que consistía dicha teoría y práctica sobre el
partido? En una interpretación dogmatizada de la concepción leninista y,
por consiguiente, en una aplicación de dicha concepción al margen de
condiciones de tiempo y lugar; además se trataba de una interpretación que
había elevado al rango de principios universales las medidas agregadas por
Stalin en el X congreso del PCUS: 1) la lucha contra las fracciones al
interior del partido y 2) la depuración del partido de sus elementos
inestables. Asimismo, se trataba de una interpretación
parcial de la propuesta leninista, cuyo núcleo fundamental es el
Centralismo Democrático. Parcial, porque quedó estancada en los principios
formulados por Lenin en 1902 (destacamento de vanguardia, poco
numeroso, conspirativo y rigurosamente centralizado) y pasó por alto las
readecuaciones hechas por el propio Lenin en 1906 (partido de masas y
discusión de los asuntos del partido por toda la militancia, preservando
los derechos de la minoría).
En consecuencia, el resultado de dicha interpretación
dio lugar a un modelo de construcción y dirección política burocrático y
autoritario y, en consecuencia, a un partido que, al interior, no suprimió
sino reprodujo el vínculo de dominio-subordinación propio de las
sociedades divididas en clases antagónicas y, al exterior, pretendió
subordinar a la izquierda legal y al movimiento en su conjunto, apelando a
la superioridad de la lucha armada revolucionaria como principio
universal. Un partido que no impulsó realmente una política de unidad con
otras fuerzas armadas revolucionarias, sino que impulsó una política de
cooptación y subordinación, de modo de preservar su hegemonía política,
con los grupos u organizaciones revolucionarias afines. Por su
parte, dichos grupos u organizaciones revolucionarias, convencidas de que
la cooptación y la subordinación constituía una vía para forjar la unidad
del movimiento armado revolucionario, fueron sumándose y fortaleciendo al
proyecto hegemónico en distintas condiciones de tiempo y lugar. Esto es lo
que no supimos explicar en su momento, limitándonos, en el plano interno,
a reconocer la capacidad de los compañeros que por esta vía hicieron
crecer y fortalecieron el proyecto revolucionario y, en el plano externo,
a reconocer la capacidad de los compañeros provenientes de otros grupos y
organizaciones revolucionarias de haberse sumado para fortalecer a dicho
proyecto. Además debe recordarse que la aparición del EPR en el Vado de
Aguas Blancas había generado ciertas dudas acerca del origen de este nuevo
organismo en la propia izquierda legal, mismas que trataron de ser
ahondadas por el Estado a través de los medios de comunicación. Por
consiguiente, consideramos en ese momento necesario explicar el origen de
este nuevo agrupamiento, pero de modo codificado, reivindicando el pasado
revolucionario de muchos de nuestros militantes, incluidos, desde luego,
los provenientes de la Liga Comunista 23 de Septiembre, a los cuales
codificamos bajo eL nombre de Células Comunistas.
—Respetamos su compartimentación y clandestinidad, pero
seguro los servicios de inteligencia del Estado saben perfectamente
quiénes del Comité Central ampliado del PDPR están al frente de la hoy TDR,
¿por qué no darle un punto de referencia al pueblo de su dirección cuando
algunos de ustedes fueron quienes más prestigio ganaron en la etapa
incipiente del PDPR/EPR?
—Consideramos
haber dado el punto de referencia, el pasado mes de diciembre, por medio
del compañero José Arturo, quien formó parte de la comisión que diera
lectura a tres documentos en un acto llevado a cabo en la Sierra de Atoyac,
con motivo del 26 aniversario de la caída en combate del profesor Lucio
Cabañas Barrientos. En el primer documento ofrecimos una explicación al
pueblo de México y a sus organizaciones acerca de la fragmentación
partidaria, dando a conocer la reciente constitución de nuestro
agrupamiento, como organismo autónomo; en el segundo documento dimos a
conocer el plan de lucha antineoliberal de nuestro agrupamiento y, en el
tercero, fijamos nuestra posición frente al gobierno foxista. Ahora, una
de las tareas que habremos de agotar en nuestro próximo congreso será
precisamente la del balance y el deslinde de responsabilidades respecto de
la crisis y el proceso de fragmentación que puso término al PDPR-EPR
original, así como el papel que habrán de desempeñar los compañeros que
formaron parte de la antigua dirección y que se encuentran en nuestras
filas.
—La izquierda electoral gobierna algunos estados,
además del DF, ¿ven cambios sustantivos en estos gobiernos como para
considerar la lucha electoral como una opción de cambio?
—Hasta ahora no hemos visto cambios sustantivos
en las entidades gobernadas por la izquierda electoral, pero no por ello
descartamos definitivamente esta forma de lucha como una opción que
contribuya al cambio. La lucha electoral puede contribuir a la
transformación social profunda, es decir, a la construcción de una nueva
dirección intelectual y moral, así como a suprimir la enajenación
económica, siempre y cuando esté vinculada a una concepción política y a
una estrategia que reconozca todas las formas de lucha. Desde luego, eso
hace necesario una nueva izquierda, popular y proletaria, capaz de
capitalizar los espacios políticos abiertos por la lucha de clases para
dar lugar a una democracia del pueblo, con el pueblo y para el pueblo.
El problema de la actual izquierda electoral es que
lejos de promover una democracia representativa y participativa, reproduce
los mismos esquemas de poder y de gobierno que ha caracterizado a la
burguesía, sirviéndose incluso de dichos esquemas para alcanzar posiciones
en el marco de sus luchas intestinas. Asimismo, el problema
de la izquierda electoral es que su dirección político-ideológica se ha
mostrado ajena a la realización de un proyecto de liberación nacional,
popular y, sobre todo, anticapitalista. Así, aunque la lucha
de clases en nuestro país ha dado lugar a un régimen de alternancia e
incluso a una democracia representativa, la falta de compromiso con el
pueblo y de una perspectiva verdaderamente popular y proletaria de la
izquierda electoral, tiende a fortalecer aún más el dominio de los grandes
capitales y a postergar la solución de los grandes problemas nacionales.
—Hay diferencias en las tácticas y las estrategias para
construir esa nueva sociedad (llámese socialista o no), pero lo que no
queda claro es ¿qué tipo de sociedad quieren construir? y con ello, ¿sigue
siendo necesaria la lucha armada para lograrla?
—Queremos una sociedad verdaderamente humanizada,
donde no exista el abandono y la humillación en que se encuentra la
mayoría de seres humanos; una sociedad donde el respeto a la vida y a la
dignidad humana constituya uno de sus más preciados baluartes; una
sociedad emancipada del dominio y de la explotación que actualmente ejerce
una parte minúscula de la sociedad sobre su inmensa mayoría; una sociedad
donde el libre desenvolvimiento de cada uno sea la condición del libre
desenvolvimiento de todos. Sin embargo, para arribar a una
sociedad de este tipo, consideramos necesaria una fase de transición que
medie entre la formación social periférica y subordinada en que nos
encontramos y la formación social a la que aspiramos. La
naturaleza de dicha fase de transición sería democrática popular y tendría
por objeto dar lugar a una nueva hegemonía o poder popular, con base en la
articulación de todas las fuerzas sinceramente interesadas en una
transformación social profunda de nuestra sociedad, así como en la
combinación de todas las formas de lucha legales y clandestinas, pacíficas
y violentas, siempre y cuando correspondan a las necesidades de la
situación concreta.

Respecto de la lucha armada revolucionaria, nada indica
en México y el mundo que sea obsoleta. Por el contrario sigue
constituyendo la opción de cambio a la que siguen recurriendo los pueblos
del mundo, frente a la violencia del gran capital. Las tácticas de
autodefensa y propaganda armada revolucionaria que activamos en 1996
siguen constituyendo para nuestro agrupamiento una expresión o modalidad
concreta de la lucha armada revolucionaria. Pues, por definición, la lucha
armada revolucionaria es la unidad indisoluble de la lucha política y de
la lucha militar.
Desde esta perspectiva, la lucha armada revolucionaria
tiene por objeto, en el presente período de la lucha de clases, contribuir
a la construcción y consolidación del Poder Popular, es decir, de un poder
que no sea la expresión del dominio de una parte sobre el todo social,
sino del dominio del todo social sobre sí mismo.
Concluyendo. La lucha armada revolucionaria es y
seguirá siendo una opción de cambio, mientras prevalezca la violencia
económica, social, política y militar de una parte minoritaria de la
sociedad contra su inmensa mayoría, pero no por sí misma, no ella sóla,
sino en combinación con otras formas de lucha.
—Los métodos de la guerrilla de los años 70, de
intercambiar presos políticos por secuestrados de la propia guerrilla, ¿ya
no tiene vigencia? Cuando realizan expropiaciones (asaltos y secuestros),
¿por qué no reivindicarlas y evitar se confundan con actividades del
lumpen? Es riesgoso por las implicaciones para sus compañeros que más
tarde podrían caer en prisión, se entiende, pero ¿no es acaso el riesgo
que han asumido al definirse por la lucha político militar?
—Dichos métodos siguen siendo vigentes, siempre y
cuando se correspondan con los fines políticos que se pretenden alcanzar;
pero no debemos perder de vista que su auge en algunos países de América
Latina correspondió a una situación histórico concreta y, por
consiguiente, a determinada correlación de fuerzas y a un período
específico de la lucha armada revolucionaria. En México, después de la
desarticulación de algunos agrupamientos revolucionarios, vino un largo
período caracterizado por la construcción y acumulación de fuerzas, hasta
la emergencia del EZLN y del PDPR-EPR. Después de dicha emergencia, así
como de la agudización de la miseria, de la explotación y de la opresión
en que se encuentra el pueblo de México, creemos que dichos métodos
volverán a tener cierta relevancia, pero ahora en el marco de una masiva
protesta y movilización popular orientada a la realización de un nuevo
proyecto de Nación. Por lo mismo, la reivindicación de dichas acciones
constituirá una necesidad política insoslayable, así como la
responsabilidad que de su realización se derive.
—Una de las aportaciones de Marcos al movimiento
insurgente sin duda ha sido el lenguaje, ¿por qué no han incursionado en
el manejo de un lenguaje más fresco y menos ortodoxo? Esto, claro está,
sin abandonar sus principios…
—No hemos podido ampliar ni modificar nuestro
dispositivo conceptual, por la naturaleza parcial y dogmática de nuestra
propia formación político-ideológica, desde la cual, llegamos a considerar
que Marx, Engels y Lenin habían dicho todo o casi todo lo que podría
decirse y criticarse de la sociedad capitalista, así como todo lo que
podría fundamentar científica o racionalmente la necesidad de su
transformación revolucionaria. Esta creencia elevada a rango de certeza
anuló parcialmente nuestra posibilidad de interesarnos y conocer otras
lecturas de la obra marxista diferentes a la nuestra como las provenientes
del denominado marxismo crítico u occidental, descalificándolas aún sin
conocerlas; asimismo, anuló el interés por conocer otras teorías políticas
no marxistas. De este modo, nuestra actividad teórica se reducía al
estudio de ciertas obras y tesis marxistas o pretendidamente marxistas,
por medio de las cuales pretendíamos analizar nuestro propio entorno. Solo
que en vez de analizar la realidad, sustituíamos ésta con las tesis
aprendidas, sin profundizar en las particularidades de nuestra formación
social, histórica y concreta, pese a las advertencias del marxista
latinoamericano Carlos Mariátegui respecto de la teoría revolucionaria, la
cual, desde su óptica, no debería ser ‘calca y copia’ sino ‘creación
heroica’ de los revolucionarios, en cada país y en cada época histórica.
Precisamente, es Mariátegui, contra la ortodoxia y el dogmatismo de su
época, quien incluye, describe y explica la situación de los pueblos
indios dentro de la realidad peruana, así como la necesaria y activa
participación de éstos, junto con la clase obrera y demás sectores
populares, en la lucha por la realización de un proyecto de Nación
democrático, popular y, finalmente, socialista. En este sentido, creemos
que el análisis y la propuesta del EZLN, particularmente con respecto de
los pueblos indios, ha contribuido a profundizar en el conocimiento de
nuestra realidad nacional, así como en el diseño o creación de una
estrategia para transformarla, incorporando a la teoría y a la práctica
política tesis orientadas a crear una nueva cultura social y humana. De
este modo, tesis como la referente a la ‘otredad’ o a la ‘alteridad’ y,
fundamentalmente, el de la ‘dignidad humana’ han tenido un aterrizaje
concreto en la realidad de los pueblos indios, así como en la de otros
grupos humanos históricamente discriminados y excluidos, en los que,
finalmente, se han visto reflejados amplios sectores sociales, tanto de
los países dominantes como de los países subordinados, independientemente
de que sus agrupamientos políticos representativos compartan o no las
propuestas políticas y estratégicas del EZLN —a juicio nuestro mediadoras—
entre la sociedad humana que somos y la sociedad humanizada que deseamos
ser.
—¿Qué acercamientos han realizado con otras
agrupaciones revolucionarias y en caso de ser así, con cuáles?
—Por el momento preferimos reservarnos este dato.
Pero nos interesa dejar en claro nuestro pleno convencimiento de que
sólo la unidad de todo el pueblo y, por consiguiente, de sus agrupamientos
representativos, posib ilitará
la realización de un nuevo proyecto de Nación digno y justo. Sólo
que dicha unidad no se encuentra a la vuelta de la esquina. Pero creemos
que la clave de ella reside en la autocrítica y en la crítica radical de
las concepciones y prácticas que lejos de cohesionarnos nos han separado y
nos han confrontado como pueblo y como agrupamientos políticos. Sobre todo
se trata de apostarle al contenido ético, democrático y racional de la
teoría revolucionaria, así como a las necesidades e intereses de todo el
pueblo, superando teórica y prácticamente el dogmatismo y el
fundamentalismo más propio de sectas que de agrupamientos políticos
democráticos y revolucionarios. Precisamente, en esta dirección apunta la
propuesta de elaboración conjunta de una Línea Política Común y de una
Dirección Compartida que hemos venido formulando a distintos agrupamientos
revolucionarios fraternos, abonando dicha propuesta con una actitud
fraterna, transparente y respetuosa. |