Globalización, regionalización y soberanía

Ponencia presentada por Alonso Aguilar Monteverde

 

 

Agradezco a la Federación Latinoamericana de Periodistas (FELAP), y en particular a su presidente, Luis Suárez, la gentil invitación para participar como ponente en este Seminario. El tema que se me pidió tratar es el que sirve de título a estas reflexiones; y aunque las tres cuestiones a que se refiere son complejas y no fáciles de abordar en unas cuantas páginas, intentaré destacar algunos aspectos de cada una de ellas, así como reparar en sus interrelaciones a fin de entenderlas, en su conjunto, mejor.

Globalización. De pocos asuntos se habla hoy tanto como de la globalización, y, contra lo que suele pensarse, las opiniones al respecto están lejos de ser uniformes. En realidad revelan más bien múltiples discrepancias. Entre aquellas caracterizaciones del fenómeno que se antojan parciales, simplistas y en general incorrectas, podría mencionar las que siguen: 

  • Se supone a la globalización un hecho reciente, de carácter exclusivamente económico;
  • Se la ve como algo consumado, más que como un proceso en desarrollo;
  • Se atribuye, desde una visión tecnologista, a la revolución en las comunicaciones y a las nuevas tecnologías de la información;
  • Se piensa que no sólo rebasa sino que invalida lo nacional, impide la regulación estatal y aun anuncia la desaparición del Estado-nación;
  • Se le asocia estrechamente e incluso suele vérsele como una expresión y aun consecuencia de las políticas neoliberales;
  • Se le vincula con la agresiva política de Estados Unidos, en vez de relacionarla con el capitalismo en su conjunto, sus principales contradicciones y los cambios que sufre el sistema en épocas recientes.
  • Desde posiciones apologéticas se piensa que la globalización genera armonía, interdependencia y prosperidad que resuelven graves problemas, y desde posiciones críticas superficiales se firma que los supuestos fenómenos globales son sólo palabras sin contenido, divorciadas de la realidad. Lo que en ambos casos exhibe una fuerte carga ideológica.

 

  • Frente a las opiniones anteriores y otras semejantes que podríamos añadir, la globalización debe verse como un hecho diferente, de otra naturaleza y alcance.
  • En efecto, aunque algunas de sus características pueden haber cambiado en los últimos años, se inserta en un proceso histórico de internacionalización, y es un fenómeno multidimensional que afecta la economía, la estructura social, el orden jurídico e institucional, la cultura y la política;
  • Más que algo cerrado o concluido, la globalización es una tendencia o un proceso que se desenvuelve desigual y contradictoriamente en el tiempo y el espacio;
  • Sin menospreciar la influencia de la ciencia y la tecnología, la globalización resulta de la interacción de hechos de muy diversa naturaleza; uno de los cuales, sin duda muy importantes, es la reestructuración del proceso económico;
  • Si bien lo global significa cierta desterritorialización que rebasa las fronteras nacionales, desde luego no impide la acción reguladora del Estado, no invalida lo nacional y menos anuncia que el Estado-nación esté en vías de desaparecer.
  • Aun Cuando actualmente se desenvuelve en numerosos países en el marco de conservadoras políticas neoliberales, anteriormente lo hizo junto con políticas desarrollistas e intervensionistas de corte keynesiano, y años atrás, asociada a otras líneas de acción, lo que se explica porque como escriben Marx y Engels, “con el mercado mundial se establece... una interdependencia universal de las naciones... “... las antiguas industrias nacionales han sido destruidas y están destruyéndose continuamente; son suplantadas por nuevas industrias (...) que ya no emplean materias primas indígenas, sino venidas de las más lejanas regiones del mundo, y cuyos productos no sólo se consumen en el propio país, sino en todas partes del globo”. Y en otro pasaje hacen notar que “la burguesía no puede existir sin revolucionar constantemente los instrumentos de producción y, por  ello, las relaciones de producción y todas las relaciones sociales.”1
  • A diferencia de lo anterior, en no pocas referencias y análisis se ve a la globalización al margen del capitalismo o sea de hechos de fondo, propiamente estructurales, no obstante que desde el colapso de los países socialistas europeos y la desaparición de la Unión Soviética, el régimen del capital adquiere un alcance universal que nunca tuvo antes.

        O sea, no se advierte que si bien el contenido y la orientación de la globalización responden al carácter de las fuerzas sociales y políticas que en ella predominan, la cada vez mayor proyección internacional deriva principalmente de la dinámica capitalista.

  Al respecto cabe recordar que sobre todo en los últimos decenios, el proceso de internacionalización cobre especial intensidad, razón por la que empieza a  hablarse, en forma cada vez más excedida, de globalización. Por lo que hace a la economía, es a partir de entonces cuando se internacionaliza como nunca antes el comercio, la inversión, la tecnología, la producción y los mercados financieros. Estos, desde años antes empiezan manejar enormes cantidades de dinero que se mueven con cada vez mayor velocidad, y desde cierto momento incluso con sólo meros registros electrónicos. La producción y el capital productivo, en cambio empiezan a fragmentase en más pendientes, y hoy es frecuente que bienes que antes provenían de un solo lugar, y una sola empresa, ahora procedan de alianzas estratégica, y se produzcan en instalaciones diferentes, a menudo muy alejadas unas de otras, y desde las cuales se envían a mercados cada vez más amplios, incluyendo la reexportación a los países industriales de los que procede el grueso de inversión de las corporaciones que los fabrican.

En resumen, entre los rasgos más significativos de la globalización, cabría apuntar:

“... entraña un alto nivel de internacionalización, que entre otras cosas modifica la relación entre lo nacional y lo internacional; se relaciona estrechamente, aunque a la vez de manera desigual, con un gran avance científico-tecnológico; se expresa en una reestructuración de la producción, de la economía y de otros aspectos de la vida social y cultural; trae consigo importantes cambios en el proceso de acumulación de capital, por ejemplo, aumenta a una escala sin precedente y sin relación directa con la producción el capital-dinero, cobra creciente participación la inversión privada, sobre todo extranjera y la inversión financiera, en buena parte a menudo improductiva; se acelera el ritmo o velocidad de múltiples fenómenos; se registran interconexiones que en buena parte hacen posible y a la vez resultan del progreso de las comunicaciones y la tecnología de la información; la globalización supone cambios cuantitativos que se relacionan entre sí de nuevas maneras y tiene probablemente como su principal rasgo el de la mundialización del capital. Y todo ello altera el  viejo cuadro de contradicciones, modifica el alcance y significado de  numerosos conceptos y desborda los marcos en que la ciencia social explicaba el desarrollo de la sociedad, lo que pone en crisis a dicha ciencia ...”

“Entre las relaciones y conceptos que la globalización modifica podrían mencionarse el espacio-tiempo, el capital-trabajo, Estado-sociedad y  Estado-mercado, gobierno y empresa privada, soberanía e independencia, integración y desintegración, libertad y control, proteccionismo y libre comercio, empleo y desempleo, nación y región y estructuras económicas y políticas. El solo nivel, antes nunca alcanzado, de mundialización del capital, entraña una nueva y compleja situación histórica que obliga a reformular y poner al día el instrumental analítico con que se trabaja para entender el mundo de hoy, su proyección hacia el futuro y la dirección en  que se desenvuelve”.2

El que la globalización se desenvuelva, a menudo en el marco de autoritarias y antidemocráticas políticas neoliberales, aconseja y aun obliga a tener presentes otros hechos.  

Desde luego no es cierto que, con base en lo que postulaban los economistas clásicos ingleses, se pueda sostener con fundamento que bajo el capitalismo monopolista y globalizante de nuestros días, operando espontáneamente, el mercado asigne mejor los recursos productivos.

Dichos economistas pensaban en una economía muy diferente de la actual, de pequeños productores que no podían imponer precios y en la que los factores de producción y en particular el capital no tenía movilidad, para trasladarse como hoy lo hacen de unos países a otros, con gran celeridad.

Bajo la globalización liberal, el capitalismo se vuelve más inestable, injusto y desigual. Y la liberalización, la desregulación y la privatización propias de las políticas neoliberales, aun cuando contribuyan a elevar la tasa de ganancia del  capital, no logran ya impulsar adecuadamente y de manera sostenida el crecimiento económico. Los países subdesarrollados, concretamente, lejos de acortar la distancia que los separa de las naciones más desarrolladas, se rezagan, son más dependientes, malutilizan su potencial productivo y la pobreza de buena parte de su población se  extiende dramáticamente, en un capitalismo turbulento en el que aumentan además la incertidumbre, la violencia, la inseguridad, la corrupción, el narcotráfico y el crimen organizado.

Hasta aquí, recordamos algunas de las manifestaciones de la globalización que  se imponen, en general, de arriba abajo por las fuerzas y países dominantes. Pero en  los últimos años, la internacionalización empieza también a advertirse en movimientos y acciones de los pueblos, que si bien difieren en sus formas de organización, así como en lo que objetan y demandan, representan a la vez una indudable extensión del descontento, una nueva manifestación de la crisis y las contradicciones en que se expresa, y un signo de que en cada vez más amplios sectores comienza a comprenderse que la lucha por transformar el orden social y mejorar las condiciones de trabajo y de vida no debe ser solamente nacional, sino también internacional, y no sólo política sino ideológica, social y cultural.

Regionalización.  El capitalismo, y en rigor todas las formaciones sociales no se desenvuelven de manera lineal ni uniforme. Bajo la globalización capitalista reciente, la desigualdad persiste y aun se acentúa. Pues bien, uno de los hechos que influyen en esa desigualdad y en la dinámica del desarrollo en su conjunto, es el fenómeno regional. Una región, como se sabe, puede ser de muy diversa magnitud y características, ya que las hay dentro de cada país, que corresponden a varios de  ellos e incluso que abarcan y aun rebasan a todo un continente.

El intento bolivariano de unir en una federación republicana a los pueblos de  Latinoamérica que fueron colonias de España, fue un proyecto de integración de  alcance regional. La Doctrina Monroe, que por entonces pretendió excluir a Europa de los asuntos de América y subordinar a ésta a Estados Unidos, tuvo también una proyección regional. Y en épocas recientes el Pacto del Atlántico (1941), la creación de la OEA, (1948) y de la OTAN (1949), las tres acciones realizadas bajo la hegemonía norteamericana, tuvieron alcances regionales de diversa magnitud.

En cuanto Europa, desde la terminación de la II Guerra Mundial empieza a  desenvolverse un proceso de integración regional que culmina, ya en los años noventa, en el Tratado de Maastricht y la actual Unión Europea. Y Estados Unidos, en los últimos años promueve la creación del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), de la que un significativo avance es el TCL, que incorpora al “libre comercio” a los tres países de América del Norte, y un corolario de menor importancia, es el Plan Puebla-Panamá. La experiencia de los países socialistas Europeos, que por muchos años vivieron relativamente aislados de occidente, dentro de lo que algunos consideran una “cortina de hierro”, como la de Cuba, en nuestra América, son diferentes.

La situación de África y Asia es también distinta.  Sin embargo, en el primero de estos continentes, sobre todo hasta hace unos años se trabaja por la unidad africana, y en Asia se advierte también la influencia del fenómeno regional, pudiendo decirse que en el último medio siglo, el más rápido crecimiento se da, precisamente en el sureste asiático, primero en los llamados nuevos países industriales (Corea del Sur, Taiwán, Hong Kong y Singapur), después en Japón, y en los últimos dos decenios en China, y en particular en la franja del litoral sudoriental de ese país, comprendida entre Cantón y Shanghai, y más recientemente, el crecimiento cobra impulso en Malasia, Tailandia, Indonesia e incluso India, todo lo cual altera la división internacional del trabajo, y, acaso sobre todo, da cuenta de que los nuevos motores de la economía mundial no son ya los de antes.

Globalización y regionalización, pues, son fenómenos y conceptos estrechamente relacionados entre sí.  Y del mismo modo que la globalización es algo cuyo contenido, alcance y orientación no están predeterminados, la regionalización, tiene también caracteres y significados muy diferentes.

Si bien en ciertos casos impulsa la internacionalización y la globalización,  en otros las limita.  A menudo, lo que realmente sucede es que, quienes participan en un esquema o proyecto regional, obtienen al hacerlo mayor libertad y posibilidades de acción, y quienes quedan afuera, se enfrentan a restricciones y obstáculos.  En principio podría decirse que lo global rebasa a lo propiamente regional.  En ocasiones, sin embargo, se piensa que el peso de los países más desarrollados y poderosos es lo que ejerce mayor influencia; y entonces se dice que más que ante una economía global, estamos ante una situación en que el dominio de tres países –Estados Unidos, Japón y Alemania- incluidos los más cercanos y dependientes de ellos, forman una “triada”, y que éste es el hecho más característico y significativo del mundo de nuestros días.  O sea que el proceso dominante, más que de globalización, es de “triadización”.

En la globalización, y sobre todo en la regionalización, la influencia de ciertos países suele ser incluso indudable y aun decisiva, y en tales casos, más que el acuerdo real de diferentes países se expresa la dominación de uno de ellos y la subordinación de los demás.  Este es el caso, en particular, del proyecto del ALCA, pues la asimetría entre Estados Unidos y los países latinoamericanos y caribeños es muy grande, y el Acuerdo en proyecto no contempla la necesidad de mecanismos que compensen esa enorme desigualdad.

Por lo que hace a los bloques económicos regionales, lo que generalmente ocurre es que, al mismo tiempo que impulsan la globalización, la obstruyen.

Los intentos de integración regional de países latinoamericanos y caribeños tienen otro alcance y una proyección diferente.  Esquemas de integración subregional como la ALADI, la Comunidad de países andinos, el MERCOSUR, el Grupo de los Tres, el sistema Centroamericano y la Comunidad de Países del Caribe, representan esfuerzos tendientes a conjugar actividades de países económica y culturalmente semejantes, que no persiguen fines de dominación, sino más bien tratan de impulsar el desarrollo y la cooperación de quienes en ellos participan.

O en otras palabras, así como la regionalización puede o no contribuir a fortalecer la globalización, a la vez puede o no responder a propósitos defensivos y unitarios que estimulan la integración regional y el desarrollo nacional independiente, o a políticas agresivas de dominación, propiamente imperialistas, que intenten subordinar a los participantes a los intereses de las naciones más poderosas, y que, más que buscar una genuina integración regional, se quedan en la liberalización y la creación de zonas de “libre comercio”, que en realidad representan mayor libertad para el capital trasnacional monopolista y oligopolista.

Soberanía.  Tanto la globalización como la regionalización afectan la soberanía, pero en realidad no es fácil saber cómo lo hacen y con qué consecuencias.

Ciertos autores, a partir de lo que parecen considerar una contradicción antagónica entre lo nacional y lo global, supone que el Estado nacional es un aparato rígido, cada vez más inadecuado para actuar frente a una dinámica e incontrolable economía global que lo desborda y se impone sobre él.  Según ellos, la globalización se desenvuelve al margen y por encima del Estado, que a su vez se debilita crecientemente e incluso anuncia su desaparición, y la soberanía, se vuelve una palabra sin contenido, de la que se habla retóricamente en discursos convencionales.

Una variante de tal opinión, digamos menos radical, acepta que el Estado no está en vías de extinguirse; pero lo ve como víctima de la globalización, o al menos como un elemento pasivo, subordinado y débil, y a la soberanía como algo cuyo significado y alcance han cambiado.

Una tercera corriente de opinión repara en la cada vez mayor internacionalización de las relaciones sociales, en que las transacciones transfronterizas adquieren creciente importancia y la globalización rompe la territorialidad y nuevas formas de organización socavan al Estado-nación.

Algunos prestan especial atención a la forma en que actúan los poderos organismos financieros y comerciales internacionales, y a que, con base en ciertas reformas que ellos consideran “estructurales”, apoyan a otros países con políticas y  líneas de acción que contribuyen a su estabilidad y desarrollo, aunque debilitando a Sus Estados nacionales.

Lo que las posiciones anteriores y otras análogas tienen en común, es que consideran que los Estados nacionales son cada vez menos capaces de actuar y concretamente de regular los procesos globales. Y si bien es cierto que los Estados de los países subdesarrollados, en general se debilitan y ven lesionada su soberanía, aun en tal caso el estado influye en el proceso de globalización a través de sus políticas neoliberales, y lo hace sobre todo cuando se trata de Estados fuertes de las naciones poderosas.

En años recientes, en efecto, hemos visto a menudo cómo los gobiernos contribuyen a resquebrajar al Estado y apoyan políticas neoliberales autoritarias y  antiestatistas, que fomentan la apertura, la desregulación y la privatización. Y en el  caso de los Estados más poderosos de países dominantes, y en particular el de  Estados Unidos, es indudable que no sólo influyen  en la globalización sino que a  menudo a ellos. –que por cierto mantienen política proteccionista- obedece en gran parte que las instituciones internacionales actúen como lo hacen, a que intervengan donde no debieran hacerlo y a que las cosas sean como son.

Independientemente de ello, lo que no se tiene presente es que el capitalismo, inclusive el global, necesita al estado, y menos que, como dice Polanyi, “el mercado es creación del Estado”, o como escribe Leo Panitch, la globalización se da “... en , a través de, y bajo la dirección del Estado”. Y tampoco se repara en que “el capitalismo global es un sistema global de Estados-naciones, y la universalización del sistema está residida por Estados-naciones, y especialmente por una superpotencia hegemónica”.

En otras palabras, sin la acción de los Estados, el capitalismo no habría sido lo  que fue ni sería lo que es hoy. Y aunque la función del estado ha cambiado, ello no  significa que la globalización lo vuelva “irrelevante”, porque lo rebase. Lo cierto es más bien que el propio Estado se internacionaliza y actúa en nuevos marcos, y lo que en todo caso lesiona su soberanía, más que la globalización per se, es un  capitalismo que se universaliza, que ahora ya no pretende colonizar ciertos territorios como lo hizo en épocas pasadas, sino dominar de nuevas maneras al mundo entero, y que somete a los países económicamente subdesarrollados y en general a los más débiles, a políticas y condiciones contrarias a sus intereses, que les impiden ejercer su soberanía. Y en este proceso, lo que por sí solo ejerce a menudo gran influencia, es que ciertos gobiernos tienen una base social muy débil, están dominados por minorías muy conservadoras y en realidad defiende el orden establecido y no se atreven a hacer valer sus derechos.

 Los países subdesarrollados, especialmente en los últimos decenios vieron una y otra vez lesionada su soberanía. En los años de la “guerra fría” bastaba tan sólo tratar de romper con el orden imperante para que un país fuera acusado de “comunista”. Cuando Cuba, en respuesta a la invasión de playa Girón declaró que a partir de entonces su gobierno era socialista, bajo la presión de estados Unidos fue expulsada de la OEA, porque su nuevo régimen era “incompatible” con la  democracia. Y aun cuando la OEA estaba plagada de dictaduras, ninguna de ellas fue considerada “incompatible” con la democracia. Años más tardes, mientras el  gobierno democrático y constitucional de Salvador Allende, en Chile, fue hostilizado hasta derrocársele y asesinar a quien lo presidía, la brutal dictadura del general Pinochet contó con el apoyo de Estados Unidos y no pocas veces fue inclusive puesta como ejemplo para otros países.

Hoy, después del atentado terrorista contra las torres gemelas de Nueva York, las cosas son aun más graves pues el presidente George W. Bus ha declarado que, quien no esté de acuerdo con su política está con los terroristas. Lo que quiere decir que la posición ya agresiva del gobierno norteamericano, alcanza ahora una mayor violencia, y en nombre de la libertad, la democracia y el antiterrorismo, en realidad se vuelve una nueva forma de terrorismo de Estado y de abierta intervención ilegal en cuanto a Nuestra América, sobre todo en Colombia y Venezuela.

El ejercicio de la soberanía nunca fue fácil. México, por ejemplo, al independizarse políticamente de España tuvo que enfrentarse a la iglesia y a toda la  herencia colonial para afirmar la soberanía del nuevo Estado. Por la soberanía nacional y popular fue preciso, además, luchar desde entonces, sin que hasta ahora hayamos podido conquistarla. Y todo hace pensar que no lo lograremos bajo el  capitalismo, o sea mientras no sea el pueblo el que gobierne y no tengamos democracia ni independencia. Quienes piensan que sólo es viable una mayor dependencia, y que cediendo además soberanía ello contribuirá al bien común, se  equivocan.

Para cambiar tal estado de cosas y asegurar un desarrollo que permita fortalecer nuestra economía, democratizar la sociedad y asegurar a la mayoría de la población una vida digna, será necesario construir una estrategia de largo plazo y alcance, una estrategia que no se limite a rechazar lo que hoy se hace, no vuelva al pasado y trate de revivir viejas políticas que ya cumplieron su cometido, no responda sólo al interés de pequeños grupos o de ciertas organizaciones o partidos políticos; que exprese las posiciones de una amplia y heterogénea constelación de  fuerzas convencidas de la necesidad de cambios progresistas de fondo, de que siendo esa lucha fundamentalmente nacional, no se libre en forma aislada sino que  se proyecte internacionalmente, y en el caso de nuestros países, promueva y  fortalezca la integración y la unidad regional de Latinoamérica y el Caribe, que tome en cuenta los cambios que el mundo está sufriendo para enfrentarse con éxito a viejos y nuevos problemas y, debido a que bajo el capitalismo global de nuestros días no podrán resolverse los más graves problemas, sin perjuicio de hacer todo lo que esté al alcance de las fuerzas del cambio desde posiciones antiimperialistas y anticapitalistas, empiece, a la vez, a construirse una estrategia de transición hacia una nueva, democrática e independiente organización social, que a mi juicio será una nueva fase del proceso histórico y un nuevo tipo de socialismo, que sin imitar a nadie, se construya a partir de las más profundas raíces históricas y culturales propias de cada país y del conjunto de ellos.


 

1 Marx, C. y Engels, F. El Manifiesto Comunista.

2 Alonso Aguilar Monteverde. Globalización y Capitalismo. Plaza y Janés. Barcelona y México, 2002, pp. 386 y 387

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