EL
SOCIALISMO COMO GESTIÓN: UNA NEGACIÓN DEL CAMBIO SOCIAL
Marcos Roitman Rosenmann
Resulta
común a pensadores desengañados, cansados de luchar y defender
principios éticos, construir alternativas al neoliberalismo desde una
propuesta sincrética y pragmática: lo mejor de unos y de otros.
Los
unos son los actualmente derrotados por los partidarios del
neoliberalismo, aquéllos que han activado políticas desde el poder y que
en su ejercicio han realizado obras de infraestructura, ordenamiento
territorial, organización administrativa, educación, sanidad, deportes,
etc.
Es
decir, quienes han gestionado el erario estatal con contenidos sociales.
Los otros, los eternos críticos, deseados, pero nunca apoyados
electoralmente, o bien que han tenido poder mas no han sabido
mantenerlo, víctimas de sus contradicciones internas y sus continuas
divisiones.
Lo que
estos pensadores desengañados pretenden hacer creer es la necesidad de
formar un partido político en el que estén presentes las diferentes
corrientes de pensamiento articuladas en torno a un fin común: recuperar
el control y el mando del poder al neoliberalismo. Es decir, hacer de la
toma del poder un fin en sí con tal de viabilizar el proyecto.
Para la
toma del poder todo está permitido, incluso anular las diferencias
estructurales entre partidos políticos, cuyas tradiciones ideológicas
antagónicas no permitirán un acuerdo de principios.
Si algo
diferencia a los partidos políticos es, justamente, su concepción del
poder político y la condición humana. La lucha contra el capitalismo no
es sólo contra el dominio del capital, sino contra las formas culturales
y sociales que devienen de un orden político afincado en dichas
relaciones de dominio y explotación. La lucha entre la derecha y la
izquierda es una lucha política desigual.
La
cultura obrera se ha desarrollado en los extramuros del capitalismo.
Casas del pueblo, centros de educación popular, ateneos culturales,
entre otras realizaciones, tienen como objetivo proyectar una concepción
del ser humano y del comportamiento colectivo fundamentado en la
solidaridad y el compañerismo frente al individualismo y la avaricia.
Las
organizaciones políticas de izquierda no pueden coincidir con las
organizaciones de la derecha política. No hay puntos en común, salvo la
lucha contra la corrupción, el delito y la violación de los derechos
humanos y ciudadanos, principios defendibles desde cualquier posición
política, siempre que la ética de la convicción prime sobre la razón de
Estado.
Si se
elimina de un plumazo toda una cultura política, una tradición de
pensamiento, en este caso de izquierda, la explotación, la desigualdad,
las diferencias estructurales que separan una concepción del cambio
social democrática y socialista, desaparecen.
En su
lugar emergen consideraciones técnico-administrativas de gestión estatal
e ingeniería política.
La
tradición latinoamericana tiene ricos ejemplos desarrollados durante el
período oligárquico de principios del siglo XX. Julio Godio lo expresa
así en su Historia del movimiento obrero latinoamericano:
“La concepción del mundo liberal
positivista es consensual en la nueva intelectualidad proveniente de
profesiones liberales, que ideologizan las nuevas pautas culturales como
marco favorable para la satisfacción de sus propias expectativas. Ven en
la libertad política y la difusión de las ciencias garantías para su
propio progreso. De allí que este fenómeno de dependencia cultural tenga
un alto valor instrumental para la articulación entre las capas medias.
El poder de convicción de la ideología liberal-positivista será tan
poderosa que impregnará a los propios intelectuales socialistas. Esto
explica por qué la subordinación inconsciente al modelo liberal caló tan
hondo en este grupo de intelectuales (...) Entre el progreso real de las
sociedades nacionales que perciben a partir de su situación social y las
elaboraciones teóricas bernstenianas ven una correspondencia global.
Ellos han producido una ruptura ideológica dominante en la medida que se
transforman en portavoces de una nueva clase (...) Pero esta ruptura y
esa adhesión al socialismo se opera desde una perspectiva de
democratización del mismo liberalismo oligárquico”.
Democratizar la dominación neo-oligárquica actual y crear mecanismos
para la implantación de un liberalismo progresista de rostro humano
desde una tradición política, supuestamente de izquierda, es un esfuerzo
estéril.
Esfuerzo cuyo resultado visible es la creación de partidos donde la
lucha por el poder y la falta de escrúpulos han dilapidado todo un
acervo cultural ético. Esfuerzo de siglos por demostrar que la lucha
contra el capitalismo no es un problema de gestión administrativa, sino
de principios y de condición humana.
Los
resultados de dilapidar esta tradición democrática son visibles. Los
triunfos de la ultraderecha o de la derecha más ramplona. Berlusconi en
Italia, o Aznar en España.
Cuando
se ha resuelto a crear un partido con estas cualidades, lo mejor de unos
y de otros frente al liberalismo, se ha terminado con sus dirigentes en
la cárcel, convictos de delitos de corrupción, malversación, vínculos
con el narco, blanqueo de dinero y otras pequeñeces.
Pero no
importa, algunos intelectuales siguen viendo en Europa su mundo perdido
y continúan tomando al Partido Socialista Obrero Español como ejemplo
para crear un partido democrático en América Latina. Mejor sería ver en
la propia tradición latinoamericana, mucho más rica en experiencias
democráticas que la España posfranquista. Pero no importa, el socialismo
es hoy para algunos intelectuales y escritores un problema de gestión
administrativa, no de principios políticos fundados en la crítica a la
explotación.