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Imperialismo y
globalización
Samir
Amin
junio
del 2001.
El imperialismo no es
una etapa, ni siquiera la etapa más alta del capitalismo: desde el
comienzo es inherente a la expansión del capitalismo. La conquista
imperialista del planeta por los europeos y sus hijos estadounidenses, se
realizó en dos fases, y quizás esté entrando en la tercera.
[i]
La primera
fase de esta empresa en desarrollo, se organizó en torno a la conquista de
las Américas, dentro del marco del sistema mercantil de la Europa
Atlántica de aquella época. El resultado claro fue la destrucción de las
civilizaciones indígenas y la Hispanización/Cristianización o,
simplemente, el genocidio total sobre el que se construyeron los EEUU.[ii]
El racismo fundamental de los colonos Anglo-Sajones explica por qué el
modelo se reprodujo en todas partes, en Australia, en Tasmania (el
genocidio más completo de la historia) y en Nueva Zelanda. Si los
católicos españoles actuaban en nombre de la religión que debía ser
impuesta a los pueblos conquistados, los protestantes anglo-sajones
derivaban de su particular lectura de la Biblia el derecho a eliminar a
los "infieles". La infame esclavitud de los negros, que se hizo necesaria
tras el exterminio de los indios, se impuso bruscamente para asegurar que
las partes útiles del continente pudieran ser explotadas. Nadie, hoy día,
puede dudar de los motivos reales de todos estos horrores, a menos que se
ignore su relación íntima con la expansión del capital. Sin embargo, los
europeos contemporáneos aceptaron el discurso ideológico que los
justificaba -y las voces de protesta como la del Padre Las Casas- no
encontraron muchos simpatizantes.
[iii]
Los
desastrosos resultados que produjo este primer capítulo de la expansión
capitalista mundial, hizo que más tarde las fuerzas de liberación
desafiaran la lógica de su producción. La primera revolución del
hemisferio Occidental fue la de los esclavos de Santo Domingo (lo que hoy
es Haití), a fines del siglo XVIII, seguida más de un siglo después por la
revolución mexicana de la década de 1910, y cincuenta años después por la
revolución Cubana. Y si no cito aquí la famosa "revolución Americana" o
las de las colonias de España que la siguieron, es porque éstas sólo
transfirieron el poder de decisión de las metrópolis a los colonos de modo
que éstos continuaron haciendo lo mismo, persiguiendo los mismos
proyectos, aún con mayor brutalidad, sólo que sin tener que compartir las
ganancias con "la madre patria".
La segunda
fase de la devastación imperialista se basó en la revolución industrial y
se manifestó en la sujeción colonial de Asia y de África.[iv]
"Para abrir los mercados" -como el mercado del opio que fue impuesto a los
chinos por los puritanos de Inglaterra- y apoderarse de los recursos
naturales del globo fueron los motivos reales aquí, como ya todos saben.
Pero una vez más, la opinión europea -incluyendo al movimiento obrero de
la Segunda Internacional- no ve estas realidades y acepta el nuevo
discurso legitimador del capital. En esta ocasión se trató de la famosa
"misión civilizadora". Las voces que expresaron el pensamiento más claro
de la época fueron las de los burgueses cínicos, como Cecil Rhodes, que
apreció la conquista colonial como un antídoto a la revolución social en
Inglaterra. Una vez más, las voces de protesta -desde la Comuna de Paris a
los bolcheviques- tuvieron poca resonancia.[v]
Esta segunda fase del imperialismo está en el origen del más grande
problema con el que se ha enfrentado la humanidad: la inmensa polarización
que ha aumentado la desigualdad entre las personas de una proporción de
dos a uno en los alrededores del 1800, a la de 60 a 1 en nuestros días, en
donde sólo el 20% de la población mundial queda incluida en los centros
que se benefician con el sistema. Al mismo tiempo, esos prodigiosos logros
de la civilización capitalista dieron lugar a las más violentas
confrontaciones entre los poderes imperialistas que el mundo haya visto.
La agresión imperialista otra vez produjo las fuerzas que resistieron ese
proyecto: las revoluciones socialistas que ocurrieron en Rusia y en China
(de un modo nada de accidental, todas ocurrieron en periferias que eran
víctimas de la expansión polarizadora del capitalismo realmente existente)
y las revoluciones de liberación nacional. Su victoria dio medio siglo de
respiro, tras la Segunda Guerra Mundial, que alimentó la ilusión de que el
capitalismo, obligado a ajustarse a las nuevas situaciones, al menos se
las había arreglado para llegar a civilizarse.
La cuestión
del imperialismo (y tras ésta, su opuesto, la liberación y el desarrollo)
han continuado pesando en la historia del capitalismo hasta el presente.
Así la victoria de los movimientos de liberación que justo después de la
Segunda Guerra Mundial gana la independencia política de naciones de Asia
y de África, no sólo puso fin al sistema del colonialismo sino que,
también, de cierta manera, llevó al final de la era de la expansión
Europea que había comenzado en 1492. Durante cuatro siglos y medio, desde
1500 a 1950 esa expansión había sido la forma adoptada por el desarrollo
del capitalismo histórico, de modo que estos dos aspectos de la misma
realidad habían llegado a ser inseparables. Para ser más exactos, el
"sistema mundial del 1492" ya había sido roto a finales del siglo XVIII y
a comienzos del XIX por la independencia de las América. Pero esta quiebra
había sido sólo aparente, ya que la referida independencia se alcanzó, no
por los indígenas o los esclavos importados por los colonos (excepto en
Haití), sino por los mismos colonos, que intentaron transformar a América
en una segunda Europa. La independencia reconquistada por los pueblos de
Asia y África buscó un significado diferente.
Las clases
dirigentes de los países coloniales de Europa no dejaron de entender que
se había dado vuelta una página en la historia. Se dieron cuenta que
debían abandonar el punto de vista tradicional de que el crecimiento de su
economía capitalista doméstica estaba unido al éxito en la expansión
imperial. Era el punto de vista que había sido mantenido no sólo por los
poderes coloniales -primordialmente Inglaterra, Francia y Holanda- sino
también por los nuevos centros capitalistas formados en el siglo XIX
-Alemania, EEUU y Japón-. De acuerdo a esto, los conflictos intra-Europeos
e internacionales eran primordialmente luchas por las colonias del sistema
imperialista de 1492. Se entendía que los EEUU se reservaba para sí los
derechos exclusivos sobre todo el nuevo continente.
La
construcción de un gran espacio Europeo -desarrollado, rico, que contara
con un potencial tecnológico y científico de primera clase y fuertes
tradiciones militares- pareció constituir una sólida alternativa sobre la
que se podía basar el nuevo crecimiento de la acumulación capitalista,
"sin colonias" -esto es, sobre la base de un nuevo tipo de globalización,
diferente a la del sistema de 1492-. El problema que quedaba en pie, era
cómo, de qué manera, este nuevo sistema mundial podía diferenciarse del
antiguo, si continuaba siendo tan polarizado como el anterior, aún con una
nueva base, o si dejara de ser así.
Sin duda,
esta construcción, que está muy lejos de terminarse, pero que sí está
atravesando una crisis que pone en cuestión su significado a largo plazo,
sigue siendo una tarea difícil. No se han encontrado todavía fórmulas que
hagan posible la reconciliación de las realidades históricas de cada
nación, que tanto pesan sobre la formación de una Europa políticamente
unida. Agréguese a eso, la visión de cómo este espacio económico y
político europeo pueda calzar con el nuevo sistema global, que tampoco
está construido, lo cual hace que todo permanezca ambiguo, para no decir
nebuloso. ¿Será este espacio económico el rival del otro gran espacio, el
que fue creado en la segunda Europa por los EEUU? De ser así, ¿de qué modo
esta rivalidad afectará las relaciones de Europa y de los EEUU con el
resto del mundo? ¿O actuarán en concierto? En este caso, ¿los europeos
aceptarán participar como socios en esta nueva versión del sistema
imperialista de 1492, manteniendo sus opciones políticas en conformidad
con Washington? ¿Bajo qué condiciones la construcción de Europa podría ser
parte de una globalización que pusiera fin definitivo al sistema de 1492?
Hoy
presenciamos el comienzo de una tercera ola de devastación del mundo por
una expansión imperialista, apoyada por el colapso del sistema Soviético y
de los regímenes nacionalistas populares del Tercer Mundo. Los objetivos
del capital dominante siguen siendo los mismos -el control de la expansión
de los mercados, el saqueo de los recursos naturales de la tierra, la
superexplotación de las reservas de trabajo en la periferia- aún cuando
todo esto se persiga bajo condiciones que son nuevas y en muchos aspectos
muy diferentes de las que caracterizaron la fase precedente del
imperialismo. El discurso ideológico diseñado para asegurar el predominio
de los pueblos de la tríada central (EEUU, Europa Occidental y Japón), ha
sido remozado y ahora se funda en "el derecho a intervenir", que
supuestamente se justifica en "la defensa de la democracia", "los derechos
de los pueblos" y en el "humanitarismo" . Los ejemplos de duplicidad son
tan flagrantes que para Africanos y Asiáticos llega a ser obvio el cinismo
con que se usa este lenguaje. La opinión occidental, sin embargo, ha
respondido con el mismo entusiasmo como frente a las justificaciones de
las primeras fases del imperialismo.
Todavía más:
para alcanzar este fin, los EEUU llevan a cabo una estrategia sistemática
diseñada para asegurar su absoluta hegemonía mediante una demostración de
poder militar que consolida tras él a todos los socios de la Tríada. Desde
este punto de vista, la guerra de Kosovo cumplió con una función crucial,
obtener la total capitulación de los estados de Europa, que apoyaron la
posición americana sobre los nuevos "conceptos estratégicos" adoptados por
la OTAN, inmediatamente después de "la victoria" en Yugoslavia en abril
23-25, de 1999. En este "nuevo concepto" (referido rudamente al otro lado
del Atlántico como "la doctrina Clinton"), la misión de la OTAN queda,
para todos los fines prácticos, extendida a toda el Asia y el África (Los
EE.UU, ya desde la Doctrina Monroe, se reservaban el derecho a intervenir
en América), lo que viene a ser una admisión de que la OTAN ya no es una
alianza defensiva sino un arma ofensiva de los EEUU. Al mismo tiempo, esta
misión es definida en los términos más vagos que se pudiera imaginar, para
incluir nuevas "amenazas" (crimen internacional, "terrorismo", el
"peligroso" armamento de países que están fuera de la OTAN, etc.), lo que
llanamente hace posible justificar casi cualquier agresión que pudiera
antojársele a los EEUU. Clinton, no se hizo del rogar para referirse a
"estados deshonestos", a los que habría que atacar "preventivamente", sin
especificar lo que quería decir por la tal deshonestidad.
Agréguese
que la OTAN se libera de toda obligación para actuar sólo bajo un mandato
de las Naciones Unidas, que es tratada con un desprecio similar al que
mostraron los poderes fascistas con la Liga de las Naciones (hay una
asombrosa similitud en los términos utilizados).
La ideología
americana es cuidadosa en empacar su mercancía, el proyecto imperialista,
en el inefable lenguaje de "la misión histórica de los EEUU". Una
tradición heredada desde los comienzos por "los padres fundadores",
seguros de su inspiración divina. Los liberales americanos -en el sentido
político del término, los que se consideran a "la izquierda" en su
sociedad- comparten esta ideología. De acuerdo con esto, presentan la
hegemonía americana como necesariamente "benigna", la fuente del progreso
en escrúpulos morales y en la práctica democrática, que necesariamente
están ahí para dar ventajas a quienes, a sus ojos, no son víctimas de este
proyecto, sino sus beneficiarios. La hegemonía Americana, la paz
universal, la democracia y el progreso material se juntan como términos
inseparables. Por supuesto, la realidad queda en cualquier otra parte.
La increíble
extensión en que la opinión pública europea (y particularmente la opinión
de la izquierda, en lugares en donde tiene la mayoría) se ha juntado en
torno a este proyecto -la opinión pública en los EEUU es tan ingenua que
no plantea ningún problema- es una catástrofe que no dejará de tener
consecuencias. Las intensas campañas de los medios, enfocadas hacia
regiones hacia donde se dirige la intervención americana, sin duda explica
este amplio acuerdo. Pero más allá de eso, la gente en Occidente está
persuadida de eso porque los EEUU y los países de la Unión Europea son
"democráticos", sus gobiernos son incapaces de tener "malas intenciones",
algo que queda reservado solamente a los sangrientos "dictadores" del
Oriente. Están tan cegados por esta convicción que olvidan la influencia
decisiva de los intereses del capital dominante. Y así, una vez más los
pueblos de los países imperialistas se niegan una conciencia clara.
Desarrollo y
Democracia: los aspectos inseparables de un mismo movimiento
La
democracia es uno de los requerimientos absolutos del desarrollo. Pero
todavía tenemos que explicar por qué, y bajo qué condiciones, porque es
sólo muy recientemente que esta idea ha sido, al parecer, generalmente
aceptada. Hasta hace poco el dogma dominante en Occidente, en el Oriente y
en el Sur, era que la democracia era un "lujo" que sólo podía llegar
cuando "el desarrollo" hubiera solucionado los problemas materiales de la
sociedad. Esa fue la doctrina oficial compartida por los círculos
dirigentes del mundo capitalista (por los EEUU para justificar su apoyo a
los dictadores militares de América Latina, y a los Europeos para
justificar sus propios regímenes autocráticos en África); por los estados
del Tercer Mundo (en donde el desarrollismo latinoamericano se expresó tan
claramente);[vi]
y por Costa de Marfil, Kenya, Malawi, y muchos otros países que
demostraron que los países socialistas no fueron los únicos en gobernarse
con partidos únicos; y por los gobernantes del sistema soviético.
Pero ahora,
de la noche a la mañana, la proposición se ha invertido en su opuesto. En
todas partes, o en casi todas, hay un discurso oficial cotidiano acerca de
la preocupación por la democracia, la certificación de la democratización,
otorgada en debida forma, es una "condición" `para obtener ayuda de las
grandes y ricas democracias, etc. La credibilidad de esta retórica es
particularmente dudosa cuando el principio de "doble estándar", que es
aplicado en perfecto cinismo, de un modo tan liso y llano revela en la
práctica la verdadera prioridad dada a otros objetivos no dados a conocer,
que los círculos dominantes intentan alcanzar por pura y simple
manipulación. Esto no es negar que ciertos movimientos sociales, aunque no
todos, realmente pueden tener objetivos democráticos, o que la democracia
es realmente la condición del desarrollo.
Democracia
es un concepto moderno, en el sentido de que coincide con la misma
definición de modernidad -si, como sugiero, entendemos por modernidad la
adopción del principio de que los seres humanos individual y
colectivamente (esto es, como sociedades) son responsables de su historia.
Antes de que formularan tal concepto, los pueblos tuvieron que liberarse
de las alienaciones características de las formas de poder que precedieron
al capitalismo, fueran estas las alienaciones de la religión o las que
tomaban la forma de las "tradiciones" concebidas como permanentes, como
hechos transhistóricos. Las expresiones de la modernidad, y de la
necesidad de democracia que se implicaba, datan de la Edad de la
Ilustración.[vii]
La modernidad en cuestión es por eso sinónimo de capitalismo, y la
democracia que él produjo es limitada como el resto, como lo es el mismo
capitalismo. En sus formas históricas burguesas -que son las únicas
conocidas y practicadas hasta ahora- se constituye sólo como un "estadio".
Ni la modernidad ni la democracia han alcanzado el extremo de su
desarrollo potencial. Es por eso que prefiero el término
"democratización", que enfatiza el aspecto dinámico de un proceso todavía
no terminado, al término "democracia", que refuerza la ilusión de que
podemos dar con una fórmula definitiva para él.
El
pensamiento social burgués se ha basado desde sus comienzos, desde la
Ilustración, en la separación entre los diferentes dominios de la vida
social -entre otros, su manejo económico y su manejo político- y la
adopción de diferentes principios específicos que se supone son la
expresión de demandas particulares de la "razón" en cada uno de estos
dominios.[viii]
De acuerdo con este punto de vista, la democracia es el principio
razonable de la buena administración política. Desde que los hombres (en
aquella época, no había ninguna razón para incluir a las mujeres), o, más
precisamente, ciertos hombres (aquellos que estaban bien educados o bien
acomodados), son razonables, ellos tendrían la responsabilidad de hacer
leyes bajo las cuales vivir y de seleccionar, por elección, a aquellas
personas que se encargaran de ejecutar tales leyes. Por otra parte, la
vida económica, es dirigida por otros principios que también eran
concebidos como la expresión de demandas de la "razón" (sinónimo de
naturaleza humana): la propiedad privada, el derecho a ser empresario, la
competencia en los mercados. Conocemos este grupo de principios como los
del capitalismo, que en si mismos nada tienen que ver con los principios
de la democracia. Este es el caso especialmente si pensamos la democracia
como implicando igualdad -la igualdad de los hombres y las mujeres-, por
supuesto, pero también la de todos los seres humanos (teniendo en mente
que la democracia Americana olvidó a sus esclavos hasta 1865 y olvidó
todos los más elementales derechos civiles para sus descendientes hasta
1960), de los propietarios y los no propietarios (nótese que la propiedad
privada sólo existe cuando es exclusiva, esto es, cuando hay quienes no
tienen nada).
La
separación de los dominios políticos y económicos inmediatamente alza la
cuestión de la convergencia o divergencia de los resultados de las lógicas
específicas que los gobiernan. En otras palabras, ¿podría la "democracia"
(signo taquigráfico que se pone por gobierno de la vida política) y el
"mercado" (signo taquigráfico por el gobierno de la actividad económica),
ser vistas como convergentes o divergentes? El postulado donde se funda el
discurso en uso, y que es elevado al estatus de verdad tan autosustentada
y evidente que no hay necesidad de discutirla, afirma que los dos términos
convergen. La democracia y el mercado supuestamente se engendran
recíprocamente, la democracia requiere al mercado y viceversa. Y nada
puede estar más lejos de la verdad, como lo demuestra la historia real.
Los pensadores de la Ilustración eran sin embargo más exigentes que el
común de nuestros contemporáneos. Al revés de estos últimos, se
preguntaban por qué había convergencia y bajo qué condiciones. Su
respuesta a la primera pregunta se inspiraba en su concepto de "Razón", el
común denominador de los modos de gobierno intentados para la democracia y
el mercado. Si los hombres son razonables, entonces los resultados de sus
opciones políticas podían sólo venir a reforzar los resultados producidos
por el mercado. Esto, entonces, bajo la condición, obviamente, de que el
ejercicio de los derechos democráticos esté reservada a seres provistos de
razón, es decir, ciertos hombres -no mujeres, quienes, como sabemos, son
guiadas solamente por sus emociones y no por la razón; no, por supuesto,
los esclavos, los pobres, y los desposeídos (los proletarios), que sólo
obedecen a sus instintos. La Democracia debe pues basarse en
calificaciones de propiedad, y quedar reservada a aquellos que
simultáneamente son ciudadanos y empresarios. Entonces, naturalmente, es
probable que sus opciones electorales sean siempre, o casi siempre,
consistentes con sus intereses como capitalistas. Pero eso al mismo tiempo
significa que en su convergencia con la economía, por no decir su
subordinación, la política pierde su autonomía. La alienación economicista
funciona aquí en plenitud, ocultando este hecho.
La ulterior
extensión de los derechos democráticos a otros más allá de los ciudadanos
empresarios, no fue el resultado espontáneo del desarrollo capitalista o
la expresión de un requisito de tal desarrollo. Muy por el contrario, esos
derechos fueron ganados gradualmente por las víctimas del sistema -la
clase obrera, y más adelante, las mujeres. Fue el resultado de luchas
contra el sistema, y aún si el sistema se las arreglaba para adaptarse a
ellas, para "recuperar" sus beneficios, como se dice. ¿Cómo y a qué costo?
Esa es la pregunta que debemos hacer aquí.
Esta
extensión de los derechos necesariamente revela una contradicción
expresada a través del voto democrático entre la voluntad de la mayoría
(los explotados por el sistema) y el destino que el mercado tiene
reservado para ellos; el sistema corre el riesgo de tornarse inestable,
aún explosivo. Al menos, existe el riesgo -y la posibilidad- de que el
mercado en cuestión deba someterse a la expresión de los intereses
sociales, que no coincide con el máximo de beneficio del capital, al cual
el dominio económico da prioridad. En otras palabras, existe el riesgo
para algunos (el capital) y la posibilidad para otros (los
obreros-ciudadanos) de que el mercado sea regulado en términos diferentes
de esos que trabajaban con la estricta lógica unilateral: Eso es posible,
por supuesto, y bajo ciertas condiciones llegó a ocurrir, como en el
estado de bienestar de la posguerra.
Pero ese no
es el único modo posible de apaciguar la divergencia entre la democracia y
el mercado. Si la historia concreta produce circunstancias tales que los
movimientos de crítica social lleguen a estar fragmentados e impotentes, y
que la consecuencia llegue a ser no tener alternativas frente a la
ideología dominante, entonces la democracia es vaciada de todo contenido
que la lleve hacia el camino del mercado, y puede llegar a ser peligrosa
para él. Usted puede votar libremente, de la manera que se le antoje:
blanco, azul, verde, rosado o rojo. Haga lo que haga, no surtirá efecto,
ya que su destino es resuelto en otra parte, fuera de los recintos del
parlamento, en el mercado. La subordinación de la democracia al mercado (y
no su convergencia) se refleja en el lenguaje de la política. La palabra
"alternancia" (cambiar la cara del poder mientras se sigue haciendo lo
mismo) ha reemplazado a la palabra "alternativa" (que significa hacer algo
diferente).
Esta
alternancia que implica solamente a un remanente insignificante dejado por
la regulación del mercado, es en los hechos un signo de que la democracia
está en crisis. Debilita la credibilidad y la legitimidad de los
procedimientos democráticos y puede rápidamente llevar a un reemplazo de
la democracia por un consenso ilusorio basado, por ejemplo, en el
chauvinismo religioso o étnico.[ix]
Desde el comienzo, la tesis de que habría una convergencia "natural" entre
la democracia y el mercado contenía el peligro de que llegáramos a este
punto. Presupone una sociedad reconciliada consigo misma, una sociedad sin
conflicto, como lo sugiere alguna interpretación posmodernista. Pero la
evidencia es concluyente en el sentido de que las relaciones del mercado
capitalista global han generado aún más grandes desigualdades. La teoría
de la convergencia -la noción de que el mercado y la democracia convergen-
es hoy puro dogma: una teoría para una política imaginaria. Esta teoría
es, en su propio dominio, la contrapartida de la "economía pura", que es
la teoría, no del capitalismo realmente existente, sino de una economía
imaginaria. Justo como el dogma del fundamentalismo del mercado, en todas
partes se adelgaza frente a la realidad, ya no podemos tampoco aceptar la
noción popular que hoy se propaga de que la democracia converge con el
capitalismo.
Por el
contrario, ya estamos con los ojos muy abiertos ante el potencial
autoritario latente en el capitalismo. La respuesta del capitalismo al
reto presentado por la dialéctica del individuo versus el colectivo
(social) contiene, efectivamente, este peligroso potencial.
La
contradicción entre el individuo y el colectivo, que es inherente en
cualquier sociedad a cualquier nivel de su realidad, fue superada, en
todos los sistemas sociales antes de los tiempos modernos, mediante la
negación del primer término -esto es, por la domesticación del individuo
por la sociedad. El individuo es reconocible sólo, por y a través de su
estatus en la familia, el clan, y la sociedad. En la ideología del mundo
(capitalista) moderno, los términos de la negación se revierten: la
modernidad se declara a sí misma en los derechos de los individuos, aún en
oposición a la sociedad. En mi opinión, esta reversión es solamente una
precondición de la liberación, el comienzo de la liberación. Porque al
mismo tiempo libera un potencial para la agresividad permanente en las
relaciones entre los individuos. La ideología capitalista expresa esta
realidad mediante su ética ambigua: larga vida a la competencia, dejemos
que sobreviva el más fuerte. El efecto devastador de tal ideología se
contiene a veces por la coexistencia de otros principios éticos, la
mayoría de orígenes religiosos o heredados de otras formas sociales más
tempranas. Pero dejen caer estas represas, y la ideología unilateral de
los derechos del individuo -sea en las versiones popularizadas por De Sade
o Nietzsche, o en su versión americana- sólo producirá horror empujada
hasta sus límites, autocracia y fascismo suave o duro.
Pienso que
Marx subestimó este peligro. Quizás al no preocuparse en desarrollar
ilusiones que estimularan las adicciones por el pasado, no habría previsto
todo el potencial reaccionario de la ideología burguesa del individuo.
Dirigió sus preferencias a la sociedad Americana, con el pretexto de que
no sufría de los vestigios del pasado feudal que frenaba el progreso en
Europa.[x]
Quisiera sugerir, por el contrario, que el pasado de la Europa feudal
rinde cuentas de algunas características relativamente positivas en su
favor. Baste ver el grado de violencia que domina la vida diaria en los
EEUU, que está fuera de toda proporción con lo que ocurre en Europa...
¿podría eso atribuirse a la ausencia de antecedentes pre-modernos en los
EEUU? Para ir más lejos, ¿no podríamos atribuir a estos antecedentes
-donde existan- un papel positivo en la emergencia de elementos de una
ideología pos-capitalista que enfatice valores de generosidad y de
solidaridad humana? ¿Su ausencia, no estará reforzando la sumisión al
poder dominante de la ideología capitalista? ¿Es mera casualidad que,
precisamente, el autoritarismo "blando" (alternándose con fases de
autoritarismo duro, como la experiencia del McCartismo podrá hace recordar
a todos aquellos que la han borrado de su memoria de la historia reciente)
es una de las características permanentes del modelo americano? ¿Es pura
casualidad que por esta razón los EEUU provea el modelo de democracia de
baja intensidad, al punto que la proporción de gente que se abstiene de
votar no se ve en ninguna parte y que -otro hecho que no es accidental-
sean precisamente los desheredados los que quedan al margen de las
votaciones en masse?
¿De qué modo
una síntesis dialéctica más allá del capitalismo pudiera hacer posible
reconciliar los derechos del individuo con los de la colectividad? ¿De qué
modo esta posible reconciliación pudiera dar más trasparencia a la vida
individual y a la vida de la sociedad? Estas son preguntas que no
intentaremos contestar aquí, pero que definitivamente se proponen solas, y
que por supuesto son un reto al concepto burgués de democracia e
identifican sus límites históricos.
Si no hay
convergencia, ni menos una convergencia "natural", entre el mercado y la
democracia, debemos concluir que el desarrollo -entendido en su sentido
corriente de crecimiento económico acelerado a través de la expansión de
los mercados ( y hasta ahora ha habido escasamente alguna experiencia de
desarrollo de una clase diferente)- ¿es compatible con algún grado
avanzado de democracia?
No faltan
hechos que apoyen esta tesis. Los "éxitos" de Corea, de Taiwán, de Brasil
bajo la dictadura militar, y de los populismos nacionalistas en su fase de
ascenso (Nasser, Boumadienne, el Irak del Baath, etc.) no se cumplieron
por sistemas que tuvieran mucho respeto por la democracia. Más atrás,
Alemania y Japón, en la fase en que capturaron el momento, fueron
ciertamente menos democráticos que sus rivales Británicos o Franceses. Los
experimentos socialistas modernos, fuero escasamente democráticos, y
ocasionalmente registraron altos índices de crecimiento. Pero por el otro
lado, uno pudo observar que la Italia democrática de la posguerra se
modernizaba con una rapidez y una profundidad que el fascismo, con toda su
fanfarronería, nunca alcanzó, y que la Europa Occidental, con su
socialdemocracia avanzada (el estado de bienestar de la posguerra),
experimentó el más prodigioso crecimiento en la historia. Uno puede
fortalecer la comparación a favor de la democracia enumerando incontables
dictaduras que sólo engendraron estancamiento y aún masas devastadoras de
dificultades interconectadas.
¿Podríamos
entonces adoptar una posición reservada y relativista, rehusar establecer
cualquier clase de relación entre el desarrollo y la democracia, y decir
que si son compatibles o no, eso dependería de condiciones concretas
específicas? Esa actitud es aceptable si nos contentamos con la definición
"ordinaria" de desarrollo, identificado con el crecimiento acelerado
dentro del sistema. Pero eso ya no es aceptable, si nosotros atendemos a
la segunda de las tres proposiciones establecidas al comienzo de este
estudio. Entender que el capitalismo globalizado es por naturaleza
polarizador y que ese desenvolvimiento es un concepto crítico, que implica
que el desarrollo debe ocurrir dentro del marco de la construcción de una
alternativa, la sociedad pos-capitalista. Esa construcción sólo puede ser
el producto de la voluntad y de la acción progresiva del pueblo. ¿Hay allí
una definición de democracia diferente a lo que está implícito en esa
voluntad y en esa acción? Es en este sentido que la democracia es
verdaderamente la condición del desarrollo. Pero esta es una proposición
que ya no tiene nada que ver con lo que el discurso dominante intenta
decir sobre este tema. Nuestra proposición concluye diciendo que en efecto
no podrá haber socialismo (si usamos este término para designar una
alternativa poscapitalista mejor) sin democracia, pero también que no
puede haber progreso en democratización sin una transformación socialista.
El
observador "realista" que estaba esperando esto de mí, no perderá tiempo
en señalar que la experiencia del socialismo realmente existente alega en
contra de la validez de mi tesis. Verdad. La versión popular del marxismo
histórico soviético efectivamente decreta que la abolición de la propiedad
privada significa derechamente que ha sido reemplazada por la propiedad
social. Ni Marx ni Lenin jamás llegaron a tal simplificación. Para ellos,
la abolición de la propiedad privada del capital y de la tierra era sólo
el primer acto necesario para iniciar una posible larga evolución hacia la
constitución de la propiedad social. La propiedad social llega a ser una
realidad sólo desde el momento en que la democratización ha realizado
tales poderosos progresos que los ciudadanos-productores han llegado a ser
amos de todas las decisiones tomadas a todos los niveles de la vida
social, desde el lugar de trabajo a las cumbres del Estado. El más
optimista de los seres humanos no podría imaginar que este resultado
pudiera alcanzarse en cualquier parte del mundo -se trate de los EEUU, de
Francia o del Congo- en "unos pocos años", como en los pocos años al final
de los cuales se proclamó que en algún lugar o en otro se había completado
la construcción del socialismo. Ya que la tarea es nada menos que la
construcción de una nueva cultura, que requiere de generaciones sucesivas
que gradualmente se transforman a si mismas mediante su propia acción.
El lector
captará rápidamente que hay una analogía, y no una contradicción, entre 1)
el funcionamiento en el capitalismo histórico, de la relación entre el
liberalismo utópico y la dirección pragmática, y 2), el funcionamiento en
la sociedad soviética, de la relación entre el discurso ideológico
socialista y la dirección real. La ideología socialista en cuestión es la
bolchevique que, siguiendo la de la socialdemocracia europea anterior a
1914 (y sin tener ninguna quiebra con ella en este punto fundamental), no
criticó la convergencia "natural" de las lógicas entre los diferentes
dominios de la vida social y dio un "significado" a la historia sobre una
interpretación lineal y fácil de su curso "necesario". Esa era sin duda
una manera de leer el Marxismo histórico, pero no era la única manera de
leer a Marx (de todos modos, no es la mía). La convergencia es expresada
aquí de la misma manera: vista desde el punto de vista impuesto por el
dogma, la dirección de la economía por el Plan (substituido por el
mercado) obviamente produce una respuesta apropiada a las necesidades. La
Democracia sólo puede reforzar las decisiones del Plan, oponérsele es
irracional. Pero aquí el socialismo demasiado imaginativo corre en contra
de las demandas de la dirección del socialismo realmente existente, que se
enfrenta a problemas reales y serios, entre otros, por ejemplo,
desarrollar las fuerzas productivas para "capturar el momento". Los
poderes en presencia proveen para eso prácticas cínicas que no son ni
pueden ser aceptadas. El totalitarismo es común a ambos sistemas y se
expresan de la misma manera, mediante la mentira sistemática. Si sus
manifestaciones fueron más violentas en la URSS, es porque el retraso que
debía superarse era un peso tan grande, mientras el progreso que se
realizaba en Occidente tenía confortables cojines en donde descansar (de
ahí el frecuente "totalitarismo light" o blando, como en el caso del
consumismo de los períodos de crecimiento fácil).
Abandonar la
tesis de la convergencia y aceptar la del conflicto entre las lógicas de
los diferentes dominios, es el prerrequisito para interpretar la historia
de una manera que potencialmente reconcilie la teoría con la realidad.
Pero es también el prerrequisito para diseñar estrategias que hagan
posible llevar a cabo acciones efectivas -esto es, realizar progresos en
todos los aspectos de la sociedad. La íntima relación entre el desarrollo
social real y la democratización, tan cercana que son inseparables, nada
tiene que ver con la cháchara sobre el tema ofrecido por los proponentes
de la ideología dominante. Su pensamiento es siempre de segunda clase,
confuso, ambiguo, y al final, a pesar de lo que a veces sea aparente,
reaccionario. Como consecuencia, llega a ser la herramienta perfecta del
poder dominante del capital.
La
democracia es necesariamente un concepto universalista, y no puede
tolerarse ningún lapsus de esa virtud esencial. Pero el discurso dominante
-aún ese que emana de fuerzas que subjetivamente se clasifican como "de
izquierda"- da una interpretación sesgada de democracia que al final niega
la unidad de la especie humana a favor de "razas", "comunidades", "grupos
culturales", etc. La política de identidad de los Anglo-Sajones, cuya
expresión agregada en el "comunitarismo", es un ejemplo sobresaliente de
esta negación de la igualdad real de los seres humanos. Desear
ingenuamente, aún con las mejores intenciones, formas específicas de
"desarrollo comunitario" -que serán reclamadas después, es algo que se
produjo por voluntad expresada democráticamente, en comunidades (de las
Indias Occidentales en los suburbios de Londres, o entre los Nor Africanos
en Francia, o entre los negros de los EEUU, etc)- lo que significa
encerrar a los individuos dentro de esas comunidades y encerrar esas
comunidades dentro de los límites de hierro de las jerarquías que impone
el sistema. Es nada menos que un tipo de apartheid que no es reconocido
como tal.
El argumento
avanzado por los promotores de este modelo de "desarrollo comunitario"
pareciera ser a la vez pragmático ("hacer algo por los desposeídos y las
víctimas, que se han juntado en estas comunidades") y democrático ("las
comunidades están dispuestas a afirmarse como tales"). Sin duda una gran
cantidad de decires universalistas han sido y siguen siendo pura retórica,
que no llama a ninguna estrategia por una acción efectiva que cambie el
mundo, la que obviamente significaría considerar formas concretas de lucha
contra la opresión sufrida por estos grupos particulares. De acuerdo. Pero
la opresión en cuestión no puede ser abolida si al mismo tiempo le
imponemos un marco dentro del cual se reproducirá a si misma, aún en
formas más suaves.
La
vinculación que los miembros de una comunidad oprimida pudieran sentir por
su propia cultura de opresión, por mucho que respetemos sus sentimientos
en abstracto, es sin embargo el producto de la crisis de la democracia. Es
porque la efectividad, la credibilidad y la legitimidad de la democracia
han sido horadadas, que los seres humanos buscan refugio en la ilusión de
una identidad particular que los pueda proteger. Entonces nos topamos en
la agenda con el culturalismo, esto es, la afirmación de que cada una de
estas comunidades (religiosas, étnicas, sexuales, u otras) tiene sus
propios valores irreductibles (esto es, valores que no tienen
significación universal). El culturalismo, como he dicho antes, no es un
complemento de la democracia, una manera de aplicarla concretamente, sino
todo lo contrario, una contradicción a ella.
[xi]
La
globalización de las luchas sociales: Condiciones para una reanudación del
Desarrollo
Los
escenarios del futuro dependen extensamente de nuestra visión sobre las
relaciones entre las fuertes tendencias objetivas y las respuestas que los
pueblos, y las fuerzas sociales de que están compuestos, den a los retos
que representan esas tendencias. Así pues, hay un elemento de
subjetividad, de intuición, que no puede eliminarse. Y eso está bien, ya
que significa que el futuro no está programado de antemano, y que el
producto de la imaginación inventiva, para usar la fuerte expresión de
Castoriadis, tiene su lugar en la historia.
Es
especialmente difícil hacer predicciones en un período como el nuestro,
cuando todos los mecanismos políticos e ideológicos que gobiernan la
conducta de los diversos actores han desaparecido. Cuando llegó a su fin
el período de la post-Segunda Guerra Mundial, la estructura de la vida
política colapsó.
Tradicionalmente las luchas políticas y la vida política se conducían en
el contexto de los estados nacionales cuya legitimidad no era cuestionada
(la legitimidad de un gobierno podía cuestionarse, pero no la del Estado).
Detrás y dentro del Estado, los partidos políticos, los sindicatos, y unas
cuantas grandes instituciones -como las asociaciones nacionales de
empleadores y los círculos que los medios llamaban "la clase política"
constituían la estructura básica del sistema en el que los movimientos
políticos, las luchas de clases y las corrientes ideológicas venían a
expresarse. Pero ahora nos encontramos con que casi en todos los lugares
del mundo estas instituciones han perdido en un grado u otro gran parte,
sino toda, su legitimidad. La gente "ya no cree en ellas". Así, en su
lugar, han surgido "movimientos" de diversa suerte, movimientos centrados
en las demandas de los Verdes, o movimientos de las mujeres, movimientos
por la democracia o la justicia social y movimientos de grupos que afirman
su identidad como comunidades étnicas o religiosas. Esta nueva vida
política es por eso altamente inestable.
Valdría la
pena discutir concretamente la relación entre esas demandas y movimientos
y la crítica radical de la sociedad (esto es, del capitalismo realmente
existente) y de la dirección neoliberal globalizada. Ya que algunos de
estos movimientos se juntan -o pueden juntarse- en el rechazo consciente
de la sociedad proyectada por los poderes dominantes, otros, al contrario,
no se interesan en esto y no hacen nada por oponerse a eso. Algunos
movimientos son manipulados y apoyados (por los poderes dominantes.),
abierta o encubiertamente, a otros los combaten resueltamente -esa es la
regla en la nueva y aún no bien establecida vida política.
Hay una
estrategia política global para el gobierno mundial. El objetivo de esta
estrategia es producir la más grande fragmentación posible de fuerzas
potencialmente hostiles al sistema, apadrinando la atomización de las
formas estatales de organización de la sociedad. ¡Que haya tantas y tantos
Eslovenias, Chechenias, Kosovos y Kuwaits como sea posible! En conexión
con esto, se da la bienvenida a la posibilidad de manipular demandas
basadas en las identidades separadas. La cuestión de la identidad de la
comunidad-étnica, religiosa, o de cualquier otra clase -es por eso uno de
los problemas centrales de nuestro tiempo.
El principio
democrático básico, que implica el respeto real por la diversidad
(nacional, étnica, religiosa, cultural e ideológica), no puede tolerar
ninguna excepción. La única manera de sostener la diversidad es mediante
la práctica de una genuina democracia. Fallando esto, llega a ser
inevitablemente un instrumento que el adversario puede usar (menos a
menudo ella) para sus propios fines. Pero a este respecto las diversas
izquierdas en la historia a menudo han estado faltando. No siempre, por
supuesto, y mucho menos de lo que con frecuencia se dice. Un ejemplo entre
otros: la Yugoslavia de Tito fue casi un modelo de coexistencia de
nacionalidades, sobre una base de igualdad, pero no ciertamente Rumania.
En el Tercer Mundo del período de Bandung, los movimientos de liberación
nacional a menudo se las arreglaron para unir a diferentes grupos étnicos
y comunidades religiosas contra el enemigo imperialista. Muchas clases
dirigentes en la primera generación de los estados africanos, eran
realmente trans-étnicas. Pero pocos poderes fueron capaces de administrar
la diversidad democráticamente o, cuando se ganaba con ello, de
mantenerla. Su débil inclinación por la democracia produjo resultados
deplorables tanto en este dominio como en la administración de otros
problemas de sus sociedades. Cuando llegó la crisis, las clases dirigentes
muy presionadas, y sin poderes para confrontarlos, hasta llegaron a jugar
un rol decisivo en el recurso de alguna comunidad étnica particular para
separarse, lo que fue usado como un medio para prolongar su "control" de
masas. Aún en muchas auténticas democracias burguesas, la diversidad entre
las comunidades está lejos de haber sido administrada correctamente.
Irlanda del Norte es un claro ejemplo.
El
culturalismo ha sido exitoso en la medida en que ha fallado la
administración democrática de la diversidad. Por culturalismo quiero
significar la afirmación de que las diferencias en cuestión son
"primordiales", que debe dárseles a éstas "prioridad" (sobre las
diferencias de clase, por ejemplo), e incluso que estas diferencias son "Transhistóricas",
esto es, basadas en invariables históricas. (Esto último es a menudo el
caso con los culturalismos religiosos, que fácilmente se deslizan hacia el
oscurantismo y el fanatismo).
[xii]
Para salir
de este atolladero de las demandas basadas en la identidad, propondría lo
que pienso es un criterio esencial. Esos movimientos cuyas demandas están
conectadas con la lucha contra la explotación y por una más amplia
democracia en cualquier dominio, son progresivos. Por el contrario, esos
que se presentan a si mismos, como carentes de un "programa social" (ya
que suponen que eso no es importante!)- que se declaran "no hostiles a la
globalización" (porque eso tampoco es importante!)-a fortiori esos que se
declaran ajenos al concepto de democracia (que acusan de ser un invento
Occidental)-son abiertamente reaccionarios y sirven los fines del capital
dominante a la perfección. El capital dominante sabe esto, y al caso,
apoya sus demandas ( aún cuando la media saca ventajas de su bárbaro
contenido para denunciar a los pueblos que son sus víctimas!), usando y
manipulando estos movimientos.
La
democracia y los derechos de los pueblos, que invocan hoy los mismos
representantes del capital dominante, escasamente pueden concebirse salvo
como medios políticos de la dirección neoliberal en la crisis
contemporánea mundial, como un complemento a los medios económicos. La
democracia en cuestión depende de los casos. Lo mismo es verdad con
respecto al "buen gobierno", del que también hablan. En adición, porque
esto queda enteramente al servicio de las prioridades que imponen las
estrategias de EEUU/Tríada, y entonces es también cínicamente usado como
instrumento. De ahí la extensa aplicación del doble estándar. Por ejemplo,
nada de intervenciones a favor de la democracia en Afganistán o en los
países del Golfo Pérsico, así como no se metieron ayer en los caminos de
Mobutu, u hoy, en los de Svabimbi, y de muchos otros, mañana. En algunos
casos, los derechos de los pueblos son sagrados (hoy en Kosovo, mañana en
Tibet), y en otros casos son olvidados (en Palestina, el Kurdistán,
Chipre, los Serbios de Krajina, a los que los croatas expulsaron por la
fuerza, etc.) Incluso el terrible genocidio de Rwanda no ocasionó ninguna
investigación seria sobre la parte de responsabilidad de los estados que
dieron su apoyo diplomático a los gobiernos que lo prepararon
abiertamente. Sin duda la abominable conducta de ciertos regímenes
facilita la tarea al proveer pretextos que son fáciles de explotar. Pero
el silencio cómplice en otros casos le quita toda credibilidad a estos
discursos sobre la democracia y los derechos de los pueblos. Uno no puede
menos que cumplir con los requerimientos de la lucha por la democracia y
el respeto de los pueblos, sin los cuales no hay progreso.
Este es
afortunadamente el caso, en esta nueva fase que estamos presenciando de
ascenso de las luchas en que está envuelto el pueblo trabajador victima
del sistema. Los campesinos sin tierra en Brasil; asalariados y
desempleados, en algunos países de Europa; sindicatos que incluyen a la
gran mayoría de los que perciben un salario (en Corea del Sur o en Sud
África); jóvenes y estudiantes que traen consigo a las clases trabajadoras
urbanas (como en Indonesia) -y la lista crece cada día. Estas luchas
sociales están destinadas a expandirse. Serán seguramente muy pluralistas,
lo que es una de las características positivas de nuestro tiempo. Sin duda
este pluralismo surge de los resultados acumulados de los llamados "nuevos
movimientos sociales" -los movimientos feministas, los movimientos
ecologistas, los movimientos democráticos. Por supuesto, tendrán que
enfrentar diferentes obstáculos a su desarrollo, dependiendo del tiempo y
del lugar.
El problema
central aquí es cuál es la relación que se dará entre los conflictos
dominantes, por lo que quiero decir los conflictos globales entre diversas
clases dominantes -esto es, los estados -cuya posible geometría he tratado
de delinear más arriba. ¿Quién vencerá? ¿Las luchas sociales estarán
subordinadas, contenidas en el más amplio contexto imperial-global de los
conflictos, y por ello, serán controladas por los poderes dominantes,
movilizadas para sus propósitos si es que no simplemente manipuladas? ¿O,
por el contrario, las luchas sociales ganarán autonomía y forzarán a los
poderes a adaptarse a sus demandas?
[i]
Como sabemos, fue Lenin quien planteó que el Imperialismo era
una etapa o fase del desarrollo del capitalismo; no cualquier fase,
sino la fase superior y última del capitalismo, como Modo de
Producción dominante. De aquí en adelante el socialismo vino a ser la
alternativa previsible al capitalismo y sus secuelas de barbarie,
explotación, dominación y subordinación; según planteó Lenin siguiendo
a Marx. En este artículo, Samir Amín propone que el Imperialismo no es
ni una etapa, ni la última del capitalismo, desliza la idea de que el
Imperialismo es una característica esencial del capitalismo, un rasgo
inseparable de su naturaleza, no una etapa. Tal vez cabría considerar
por nuestra parte que el momento actual de expansión del capital,
llamada neoliberalismo, no es un momento más ni una tercera fase de
expansión imperialista, sino que el Imperialismo desarrolla formas de
adecuación a las nuevas condiciones existentes y que el Imperialismo,
como fase superior y última del capitalismo, aún pervive y no tiene
visos de concluir en el corto plazo. (N de la R).
[ii]
Es importante manifestar que la conquista de América, por España
y Portugal, pese a responder a las necesidades de expansión de las
rutas comerciales (es decir, del mercado), no era expresión aún del
capitalismo como Modo de Producción dominante, sino de la decadencia
del Feudalismo europeo; por esta razón, al decir de José Carlos
Mariátegui, España y Portugal no dejaron un nuevo Modo de Producción
de las condiciones materiales de existencia de la población, sino se
dedicaron al saqueo de las colonias para financiar sus guerras de
resistencia al desarrollo de un nuevo Modo de Producción: El
capitalismo. Por otro lado, el desarrollo de los EEUU no estaba
asociado a esta conquista aunque sí a las guerras de independencia
regional. (N de la R).
[iii]
Considérese lo mismo que en la nota 2. (N de la R).
[iv]
Vale decir que el capitalismo, como Modo de Producción dominante,
iniciaba en esta época histórica su desarrollo; en consecuencia, el
Imperialismo aún no hacía su aparición. La Revolución Industrial (cuyo
auge se observó en Inglaterra, Francia y los EEUU), sostenida por el
desarrollo científico técnico, fue, como Marx consideró siempre, un
paso revolucionario en su época, como alternativa al decadente y
atrasado Modo de Producción Feudal. Al parecer, en su artículo, Samir
Amín considera que el Colonialismo y el Imperialismo son lo mismo;
puede ser conveniente, por ello, expresar que el colonialismo es,
efectivamente, una forma de expansión capitalista y, probablemente, el
inicio del Imperialismo. (N de la R).
[v]
Evidentemente la Revolución Bolchevique tuvo muchas más
consecuencias y resonancia de la que Amín le otorga; al margen de la
decadencia de la URSS y de los países del Bloque socialista en Europa
del Este, el socialismo sigue siendo la única opción visible para
resolver las condiciones miserables de vida a que condena al grueso de
la humanidad el Imperialismo capitalista como Modo de Producción
Dominante. (N de la R)
[vi]
El Desarrollismo es un concepto que se refiere a las políticas
económicas impulsadas en América Latina para acceder a la democracia;
se consideraba que el desarrollo económico capitalista era una
precondición para acceder a un gobierno democrático y respetuoso de
los más elementales derechos jurídicos de la población. Se decía que
el atraso económico de los Estados latinoamericanos era un obstáculo
para la democracia, sin adjetivos. (N de la R).
[vii]
Se refiere aquí al periodo de la fundamentación filosófica del
capitalismo. (N de la R).
[viii]
El concepto de “Razón” (con mayúsculas) se refiere a una fuerza
que existe por sí misma como expresión de lo verdadero y lo correcto;
la “Razón” no es, en este caso, una razón de un Estado; es por sí
misma lo que da sentido al Estado por medio del derecho, la política y
la economía. La “Razón” flota como una fuerza ideal sin sustento
histórico y material. Hegel, uno de los padres de la dialéctica, es
quien, como idealista, propone la razón como supranatural y
autorefrida-
[ix]
El concepto de Chouvinismo hace referencia a posturas políticas
muy cercanas a los fundamentalismos religiosos, étnicos o
ultranacionalistas; asimismo, expresa un rechazo a la pluralidad o a
la diversidad nacional. (N de la R)
[x]
Evidentemente no puede pensarse que Marx advirtiera de todas las
consecuencias (materiales e ideales, individuales y colectivas) del
capitalismo, en la época histórica que le correspondió enfrentar. Marx,
tan sólo ello (¡Vaya modo de decir el tan sólo ello!), construyó el
conjunto de principios teórico-metodológicos con base en los cuales,
quienes enfrentamos hoy nuestra responsabilidad, pudiéramos realizar
los análisis correspondientes y sugerir las alternativas posibles y
deseables. (N de la R).
[xi]
Tras el concepto de culturalismo, sin embargo, se expresa también
una serie de premisas que parecen irreductibles; nadie podría dejar de
admitir, desde luego tampoco Samir Amín, que ciertas formas de
pensamiento y la estructuración de la personalidad de los individuos
no se rige por principios universales. El conjunto de condiciones
materiales e históricas de existencia de ciertas formas de
organización social se constituyen a partir de la actividad
(conceptual y práctica) de los individuos que la conforman; asimismo,
estas condiciones son, a la vez, determinadas y determinantes del
desarrollo de los individuos. Más que una contradicción irresoluble
entre valores éticos o ideológicos universales y formas culturalmente
determinadas de expresión de la vida social (o colectiva), encontramos
la convergencia dialéctica de diferentes niveles de expresión de la
vida sociocultural. (N de la R).
[xii]
Esta definición de culturalismo es atinada en virtud de que la
refiere a las cuestiones políticas y de clase, no de carácter
psicológico o de expresión sociocultural. (N de la R).
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