Como es ya bastante claro, la historia
del desarrollo de ésta se ha caracterizado por un proceso permanente de
escisiones que la han atomizado y fragmentado hasta el extremo de su
casi inexistencia orgánica.
La incapacidad de la izquierda
revolucionaria para mostrarse como una opción organizativa y de acción
del pueblo en torno al socialismo, como la luz que se observa la final
del túnel, es evidente desde hace ya varios años.
La historia de las escisiones y
fragmentaciones de ésta se observa nítidamente desde la década de los
setentas; grupos y partidos autodenominados marxistas-leninistas,
trostkystas, gramscianos, luckacsianos, foquistas, maoístas,
guevaristas, stalinistas, prochinos, prosoviéticos, proalbaneses,
ortodoxos, heterodoxos, revisionistas, teoricistas, anarquistas,
nacionalistas, democráticos, electoreros, terceristas, etc,
pretendieron mostrar con ello su pureza ideológica y la posesión de la
verdad única, justificando así la necesidad de caminar (supuestamente
hacia el mismo objetivo) por caminos diferentes y cada quien por su
lado.
Las discusiones que se dieron,
durante este periodo, más que centrarse en las necesidades de la unidad
de acción en torno a la organización del pueblo para la construcción
de un bloque histórico que pudiera ofrecer una alternativa diferente al
bloque hegemónico de la burguesía y sus instrumentos político-ideológicos
de dominación, se concentró en las descalificaciones y, en algunos
casos extremos, en ajustes de cuentas que aún pesan sobre la
credibilidad de ésta.
La incapacidad histórica para
formar cuadros de una cualidad teórica y práctica que pudieran ofrecer
análisis serios y profundos sobre las coyunturas que se presentaban a
nuestras naciones latinoamericanas y sobre las alternativas de acción,
tanto estratégicas como tácticas, para avanzar en torno a los
objetivos planteados, se suplantó con la formación de tótem que dogmáticamente
pretendieron imponer líneas de acción subordinadas a una obediencia
ciega hacia los "principios" derivados de manuales o de dogmas
que se supusieron indiscutibles, inamovibles y acabados.
Cada organización, grupo o
"partido", por su lado, se asumió como la única instancia
capaz de organizar y dirigir al pueblo, sin comprender que por las
características y dinámica del desarrollo de nuestras naciones,
ninguna de éstas era y es, por sí misma, suficiente para abarcar la
diversidad y complejidad de nuestra realidad sociopolítica.
El problema de la unidad
siempre se asumió como la subordinación de las instancias que buscaban
aquélla, hacia la organización que se pretendía como vanguardia histórica
e indiscutible de la revolución. Tal actitud llevó a la imposibilidad
de la unidad tan cacareada.
En otros casos, se supuso que,
debido a esta insuperable diferenciación, la opción consistía en
conformar frentes de acción en contra del enemigo común, sin tener un
programa único para el desarrollo de la revolución en sus diferente
fases; de esta manera, el resultado inevitable fue la escisión una vez
derrotado el enemigo común o, en su defecto, tenida la negociación con
éste de formas nuevas de organizar la sociedad sin transformar
radicalmente (de raíz) la misma. Tal fue el caso de los frentes
Sandinista, Farabundo Martí para la Liberación Nacional, o la Unidad
Revolucionaria Nacional Guatemalteca.
El caso de nuestro país y
organizaciones revolucionarias que subsisten no es radicalmente
diferente. El proceso de unidad y escisión permanente parece ser una
maldición que pesa como un fardo y, como Sísifo, cuando parece que
llegamos a la cima tan anhelada, la piedra se nos cae y tenemos que
volver a comenzar, una y otra vez, por toda la eternidad.
Pero como no hay maldiciones
ni destinos insuperables, es imprescindible que autocríticamente
revisemos nuestra concepción de la unidad de la izquierda
revolucionaria, así como de las actitudes y procedimientos que se
requieren para alcanzar ésta; ello es crucial no sólo porque deseemos
construirla, sino porque sin la misma estaremos condenados a no alcanzar
el objetivo de nuestra acción teórica y práctica: El desarrollo de un
modo de producción de las condiciones materiales e ideales de
existencia que permita la recuperación de nuestra humanidad no alienada
y favorezca una calidad de vida digna y ética y políticamente libre.
Nos referimos, naturalmente, al socialismo.
Sin la unidad de la izquierda
revolucionaria, nuestro pueblo jamás tendrá frente a sí una opción sólida
y creíble de acción; sin la unidad de la izquierda revolucionaria
nuestro pueblo observará fragmentos y pedazos de un mundo disperso,
confuso y, desde luego, fragmentador del mismo pueblo oprimido y
explotado.
Sin la unidad de la izquierda
revolucionaria jamás podremos ofrecer la solidaridad política, bajo la
concepción del internacionalismo, a los diferentes pueblos y naciones
que luchan, como nosotros, contra el imperialismo y en pro del
socialismo.
Como debe ser comprendido, más allá
de la unidad orgánica, es imprescindible consolidar la unidad en torno
de un programa político de acción común.