Los
atentados del 11 de septiembre y la guerra actual.
Los
símbolos del poder imperialista contra los que fue dirigida la serie de
atentados del 11 de septiembre, los medios y procedimientos empleados para su
realización, así como sus resultados e implicaciones políticas, permiten
deducir, hasta cierto punto, el condicionamiento y los fines políticos e
ideológicos que dieron lugar a dichos atentados. Pero, ni las condiciones
más difíciles, ni los fines más justos pueden justificar el sacrificio
indiscriminado de miles de vidas humanas - no todas ellas inocentes, como lo
pretende el bombardeo informativo imperialista, además del bombardeo militar
de Afganistán - para el logro de ciertos objetivos políticos. Por lo menos,
no desde una perspectiva revolucionaria.
Sólo desde el fundamentalismo o el dogmatismo, religioso o
cientificista, es posible sostener, bajo dominio de una visión lineal de la
historia, la validación de los medios por el fin o, lo que es lo mismo, la
justificación del sacrificio - indiscriminado - de miles de seres humanos,
bajo el supuesto de que dicho sacrificio conduce ineluctablemente a la
materialización de los fines políticos o religiosos que se supone, fatal y
venturosamente, esperan a la humanidad en algún recodo del devenir
histórico.
No
obstante, el denominado martes negro adquiere elevado valor emblemático
porque cierra y deja tras de sí un periodo histórico caracterizado por la
hegemonía casi absoluta del imperialismo norteamericano y porque abre o al
menos deja ver un nuevo período histórico complejo e impredecible, que
habrá de poner a prueba la capacidad de sobrevivencia y reorganización
social de la humanidad, frente a la catástrofe económica y la espiral de
violencia que el capitalismo global totalitario (con sus crisis y estrategias
de reestructuración y expansión imperialista) ha traído consigo.
En efecto, la serie de atentados que el pasado 11 de septiembre segaron
la vida de miles de ciudadanos y cientos de militares estadounidenses, así
como la de cientos de residentes, trabajadores eventuales y visitantes de al
menos 15 países, en territorio de los Estados Unidos de Norteamérica,
constituye un hecho verdaderamente complejo cuya relevancia cierra un período
y, al mismo tiempo, abre otro en la historia más reciente de la humanidad.
Primero, porque dichos atentados fueron desarrollados dentro del
territorio de la primer potencia del mundo, burlando los más sofisticados
sistemas de seguridad e inteligencia policíaca y militar que ésta posee;
mostrando que, mientras persistan motivaciones sociales profundas derivadas
del estado de miseria, explotación, opresión y exclusión en el que se
encuentran clases, grupos sociales y pueblos enteros, bajo la globalización
capitalista, no habrá en ningún país del mundo, sistema de seguridad, grupo
de inteligencia o fuerza de tarea con la suficiente capacidad para impedir la
protesta social, el atentado terrorista o la acción revolucionaria.
Segundo,
porque dichos atentados dieron en el blanco de los más importantes símbolos
de la soberbia y del poder del imperialismo norteamericano, a saber: 1) las
Torres Gemelas (centro neurálgico del poder financiero y del comercio
mundial), 2) el Capitolio (sede del poder ejecutivo del gobierno de la primer
potencia mundial) y 3) el Pentágono (sede del complejo militar más poderoso
del mundo); creando dichos atentados el mismo estado de paranoia y de terror que
el imperialismo norteamericano ha creado en los países a los que ha hecho
blanco de sus intereses, pero ahora dentro del territorio y la población
estadounidenses.
Tercero,
porque el Terrorismo de Estado y la guerra imperialista, que el gobierno
norteamericano ha intensificado y reorganizado contra pueblos y naciones de
todo el mundo (coartando aún más sus menguadas libertades civiles y
políticas), so pretexto de combatir el terrorismo internacional, representa
una de la expresiones más crudas de la crisis estructural del capitalismo
como modo de producción de las condiciones materiales e ideales de existencia
social dominantes; crisis reflejada fehacientemente en el periodo de
estancamiento económico relativo en que se encuentra la economía mundial,
desde la década de los 70 del siglo pasado, el cual no pudo ser remontado
mediante la estrategia mundial de expansión y reestructuración económica
neoliberal, pese a su carácter depredador y a la profunda miseria en que ha
sumido a más del 80 % de seres humanos en todo el mundo.
Cuarto, porque dichos atentados constituyen una expresión más del
inicio de la declinación del imperialismo norteamericano como principal
fuerza hegemónica mundial; declinación expresada en la actitud desafiante de
países como Irán, Irak y, ahora, Afganistán (al no admitir los chantajes
del Imperialismo Norteamericano que demanda del Talibán la entrega de los
Frankestein del propio Imperialismo), ante las políticas expoliadoras,
depredadoras y expansionistas del este último, a pesar de que ninguno de
dichos países constituye una potencia mundial, pero cuyos integrismos y
fundamentalismos políticos, ideológicos y religiosos - exacerbados por la
expansión polarizante del capitalismo - los unifica, los fortalece y los
mueve a la defensa de sus recursos e, incluso, a desafiar al gran ‘Satán’
(como es nombrado el imperialismo norteamericano por el fundamentalismo
islámico). Sin perder de vista que detrás de dichos integrismos y
fundamentalismos se encuentran los grupos tradicionales de poder político y
empresarial mediatizando y reprimiendo toda expresión de inconformidad, ya
sea de clase, de género, religiosa o cultural; disputándose entre ellos y
disputando con el imperialismo norteamericano y europeo el control y la
explotación de las principales fuentes energéticas, que ha enriquecido a
unos y otros, sin que sus respectivos pueblos y países puedan salir de la
miseria y de la explotación en que se encuentran, bajo la opresión política
y religiosa enajenante de sus propias clases empresariales y de sus propios
gobiernos autoritarios.
Quinto,
porque los atentados del 11 de septiembre pusieron al descubierto, ante todo
el mundo, la alianza mantenida por el gobierno norteamericano con los jeques y
empresas petroleras, así como con los movimientos integristas y
fundamentalistas de Medio Oriente y del Centro de Asia; movimientos que, en el
curso de la guerra fría sostenida entre el bloque de países capitalistas y
el bloque de países del ‘socialismo real’, fueron alentados, entrenados y
equipados por el gobierno norteamericano, por medio de la CIA, para combatir
al gobierno que había impuesto y sostenido en Afganistán la, hoy
inexistente, Unión Soviética. Siendo, precisamente, con algunos de estos
mismos jeques, empresas petroleras y movimientos integristas con quienes el
gobierno norteamericano sostiene la actual guerra por el control y la
explotación de los yacimientos de gas natural y petróleo, así como por el
control de la producción y procesamiento de la goma de opio; sin perder de
vista lo que significa, desde el punto de vista militar, la imposición de un
gobierno títere en Afganistán y el establecimiento de bases norteamericanas
o de la OTAN (que para el caso es lo mismo), en la lucha por el mantenimiento
de la supremacía mundial del imperialismo norteamericano y del mantenimiento
de presencia cercana a las fronteras de Rusia y China.
No
obstante, pese a todos los pronósticos, amenazas y balandronadas del gobierno
norteamericano y, sobre todo, pese al criminal bombardeo y a las acciones
militares abiertas y encubiertas a las que ha sido sometido el pueblo afgano
por el bloque de potencias imperialistas agrupadas en la OTAN, los
imperialistas han sido incapaces de coronar con éxito sus expectativas
belicistas.
Así, varias semanas después de la criminal ofensiva militar lanzada en
Afganistán por el gobierno norteamericano contra el taliban, estos, después
de mantenerse en el gobierno, han pasado a una nueva etapa de resistencia sin
dejar de asestar duros golpes a la oposición afgana, apoyados en su servicio
de inteligencia; Osama Bin Laden no ha sido capturado ni vivo ni muerto,
encontrándose convertido en un verdadero símbolo de la guerra santa
islámica; la inconformidad de la comunidad musulmana crece día a día contra
la agresión imperialista y contra el servilismo de sus propios gobiernos
autoritarios; asimismo, crece gradualmente la protesta y el movimiento de
resistencia por la paz y contra la guerra imperialista en todo el mundo; y al
interior de los propios EEUU se levantan voces de protesta del pueblo
norteamericano contra la política guerrerista y demencial de su propio
gobierno.
Aunque
no ha quedado firmemente establecida o suficientemente demostrada la conexión
entre los autores materiales de los atentados del 11 de septiembre y el
movimiento integrista de Al Qaeda, es posible afirmar que dichas acciones
forman parte de la resistencia y de la réplica antiimperialista sostenida
históricamente por los pueblos y naciones sojuzgadas y oprimidas, en
particular, por el imperialismo norteamericano en las regiones de Medio
Oriente y Centro de Asia, sin perder de vista que los principales beneficiados
de la guerra imperialista desatada, en estos momentos, contra el pueblo
afgano, son los consorcios petroleros y de la industria militar,
principalmente, norteamericano.
Así
pues, los atentados del 11 de septiembre abren, o al menos dejan ver un nuevo
periodo histórico, complejo e impredecible, en lo que toca a las
posibilidades de reestructuración del sistema de dominación y apropiación
capitalistas, además de los avances o retrocesos de la lucha, la conciencia,
la organización y las nuevas estrategias de las clases, pueblos y naciones
dominadas, así como de los distintos sujetos sociales despojados,
cosificados, enajenados, explotados y excluidos a los que ha dado lugar,
históricamente, el proceso de expansión y polarización capitalista, tanto
en los centros industrializados como en las periferias integradas y marginadas
de la geografía mundial capitalista.
Mientras
tanto, sólo la globalización y la articulación de la resistencia activa de
los pueblos y naciones oprimidas del mundo permitirá avanzar en la lucha
contra la guerra imperialista. Pero, en última instancia, sólo la
organización político y militar de nuestros respectivos pueblos
posibilitará la derrota del imperialismo transnacional y el establecimiento
de un orden social más justo en el mundo entero.