Fórum Social Mundial
Biblioteca de las
Alternativas
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La lucha contra el capital global no tiene fronteras
(Comentarios de la redacción de nuestro
boletín)
Michael Löwy*
EXPOSICIÓN DEL AUTOR
Permítaseme comenzar con una referencia al Manifiesto Comunista
de Marx y Engels, obra que contiene un incisivo y penetrante diagnóstico del
mundo contemporáneo. El capitalismo -insistían los dos autores- está
llevando a cabo un proceso de unificación del mundo, sometiendo todo el
planeta a su dominación. La burguesía "obliga, so pena de muerte, a
todas las naciones a adoptar el modo burgués de producción; ella las obliga
a introducir a la así llamada civilización en su seno, ésto es, a tornarse
también burguesas. En una palabra, ella modela el mundo a su imagen".
Esto era, en gran medida, en 1848, un anticipación de las tendencias futuras.
Se trata de un análisis que es mucho más verdadero hoy que 150 años atrás.
Nunca antes consiguió el capital, como ahora, en el inicio del siglo XXI,
ejercer un poder tan completo, absoluto, integral, universal e ilimitado sobre
el mundo entero. Nunca antes pudo imponer, como actualmente lo hace, sus
reglas, sus políticas, sus dogmas y sus intereses a todas las naciones del
globo. Nunca antes existió una red tan densa de instituciones -como el Fondo
Monetario Internacional, el Banco Mundial, la Organización Internacional de
Comercio- destinada a controlar, gobernar y administrar la vida de la
humanidad, siguiendo las reglas estrictas del libre mercado capitalista y del
libre lucro capitalista. La dictadura internacional que ejercen las
multinacionales y el capital financiero mundial no tiene precedentes en la
historia. La previsión de Marx y Engels tuvo éxito en un grado sorprendente.
Asimismo, encontramos también en el Manifesto Comunista ciertas
afirmaciones que merecen reflexionarse por ser bastante significativas y por
ser objeto de diversas interpretaciones en conflicto. Marx y Engels previeron,
por ejemplo, que "las demarcaciones y los antagonismos nacionales de los
pueblos desaparecen cada vez más con el desarrollo de la burguesía, con la
libertad de comercio y del mercado mundial, con la unificación de la
producción industrial ".
La historia del siglo XX –dos guerras mundiales, así como
innumerables
conflictos brutales entre las naciones- no confirmó de manera alguna esta
previsión. En realidad, lo que nuestra experiencia histórica demuestra es
que el reino de la burguesía y la dominación del mercado capitalista no
suprimen, sino que intensifican –en un nivel sin precedentes- los conflictos
nacionales.
¿Qué consecuencias tiene la intensificación del proceso de
globalización capitalista en los últimos años? Si examinamos lo que hubo
pasado en esta década, será evidente que, contrariamente a lo que pretenden
los ideólogos del mercado global, este no contribuye, de ninguna manera, en
la creación de un «nuevo orden mundial» pacífico y armónico. Más bien,
por el contrario, la globalización «realmente existente» nutrió los
pánicos identitarios y los nacionalismos tribales. La falsa universalidad del
mercado mundial estimula los particularismos y endurece las xenofobias: El cosmopolitismo mercantil del capital y las pulsiones
identitarias agresivas se nutren recíprocamente.
En la discusión sobre el futuro de los Estados-Naciones hay dos errores
que deben ser evitados; primero, el de considerar a los Estados-Naciones como
instituciones en decadencia, desaparición o pérdida de cualquier poder
político y/o económico como resultado del proceso de globalización
neoliberal; y, segundo, acreditar que la defensa de las naciones y de la
soberanía nacional es la única o la principal línea de defensa contra los
estragos del mercado globalizado.
Comencemos por el primero: contrariamente a lo que se afirma con
frecuencia, los Estados-Naciones continúan jugando un papel decisivo en el
campo político y económico. Para comenzar, son los Estados de los países
capitalistas dominantes, a través de sus representantes, los que determinan
las políticas neoliberales del G-7, del FMI, del BM, de la OMC. Son estos
mismos Estados, los que sirviéndose de sus instrumentos militares y en
particular de la OTAN, imponen su orden a escala mundial, como lo demuestran
las guerras de intervención imperialista en el Golfo Pérsico y en
Yugoeslavia. En fin, el Estado-Nación Estadounidense, única superpotencia en
el mundo actual, ejerce una hegemonía económica, política y militara
indiscutible.
En el caso de los países del sur, los Estados-Naciones no dejan de jugar un papel importante; salvo
pocas excepciones, funcionan como correas de transmisión para el sistema de
dominación imperialista, se someten sin discusión a los imperativos del
capital financiero así como a los dictados del FMI, colocan el pago de
interese de las deudas externas como primera prioridad de ordenamiento y ponen
en práctica, con mucho celo, las políticas neoliberales de “ajuste
estructural”.
¿Cómo resistir a la globalización capitalista, a sus políticas
neoliberales productoras de la brutal desigualdad social, de desastres
ecológicos, de retraso social, de «horror económico» y de agravamiento de
la deuda y de la dependencia de los países del Tercer Mundo? Es obvio que el Estado-Nación juega un papel muy importante en la
lucha y la resistencia a estas políticas, es ésta la primera exigencia de los movimientos antisistémicos
–para utilizar la pertinente terminología de Immanuel Wallerstein–: Se trata de que sus gobiernos rompan con las orientaciones del
FMI, que decreten una moratoria de la deuda externa y de que reorienten la
producción para satisfacer las necesidades internas de las naciones. Más
aún, en un análisis más profundo, para que esta sea una lucha eficaz contra
el Imperio del Capital multinacional no puede limitarse al nivel del
Estado-Nación; por varias razones:
ü
Las victorias obtenidas a nivel nacional son limitadas, precarias y
constantemente amenazadas por la potencia del mercado capitalista mundial y de
sus instituciones.
ü
Una perspectiva estrictamente nacional no permite la formación de alianzas y
la constitución de un polo mundial alternativo. Solamente una coalición de
fuerzas internacional será capaz de enfrentar y obligar a recular al capital
global y a sus instrumentos: FMI, OMC.
ü
El Estado-Nación no es un espacio social homogéneo. Las contradicciones de
clase, los conflictos sociales y la fractura entre la oligarquía y la masa de
los trabajadores, la élite privilegiada y la multitud de los pobres y de los
excluidos atraviesan a cada nación.
Sin negar la legitimidad de formas progresistas y emancipadoras del
nacionalismo –por ejemplo, los movimientos de liberación nacional de los
Kurdos, de los palestinos o de los habitantes de Timor Oriental- éste ha
predominado en el mundo de hoy bajo formas intolerantes, agresivas,
expansionistas, opresoras. Masacres interétnicas, guerras
nacional/religiosas, «purificaciones étnicas» y hasta genocidios han
caracterizado la última década del siglo XX.
Los problemas más urgentes de la época son internacionales. La deuda del
Tercer Mundo, la amenaza de catástrofes ecológicas inminentes, el necesario
control de la especulación financiera y la supresión de los paraísos
fiscales, son cuestiones globales que exigen soluciones planetarias.
Para luchar de manera eficaz contra el sistema es preciso actuar
simultáneamente en tres niveles: local, nacional y mundial. El movimiento
zapatista es un buen ejemplo de esta dialéctica: profundamente enraizada en
las comunidades indígenas de Chiapas y su exigencia de autonomía, esta lucha
se orienta al mismo tiempo contra la dominación imperialista sobre la nación
mexicana y contra la hegemonía mundial del neoliberalismo (Conferencia
Intercontinental por la Humanidad y contra el Neoliberalismo en Chiapas,
1994). Asimismo, es este el caso del Movimiento de los Sin Tierra MST
brasileño, que tiene su base social en las movilizaciones y ocupaciones
locales, que presenta un proyecto nacional para un nuevo modelo de desarrollo
económico y social en Brasil, sin dejar, al mismo tiempo, de participar en la
Red Campesina Internacional «Vía Campesina» y de todas las movilizaciones
internacionales contra la globalización capitalista. O, para citar un ejemplo
directamente relacionado con este evento, la prefectura de Porto Alegre y el
gobierno del Estado de Río Grande do Sul, dirigidos por administraciones
petistas, tratan de enfrentar las urgentes cuestiones locales a partir de las
necesidades sociales de la población pobre y trabajadora, al mismo tiempo en
que participan del combate de la oposición popular brasileña contra la
política neoliberal del gobierno de Fernando Henríquez Cardoso y que
coorganizan este Forum Social Mundial de reflexión sobre un nuevo mundo
posible.
No se puede negar que el Estado-Nación aún es uno de los terrenos
esenciales de la lucha: en cada país y con su gobierno que el movimiento
antiliberal tiene que ajustar cuentas en primer lugar. Pero cada vez aparece
más la necesidad urgente de unir fuerzas, intercambiar experiencias,
articular iniciativas, en vistas de constitur un polo alternativo, un
contra-poder, una Internacional de la Resistencia a la globalización
capitalista. El encuentro internacional de Chiapas en 1994, las batallas de
Seattle, Praga y Niza, en el año pasado, y este Forum Social Mundial que
inaugura el siglo XXI, son algunas de las principales etapas de la
constitución de este nuevo internacionalismo, ya no más sometido a un campo
militar de la guerra fría o a un bloque de Estados, sino orientado por los
intereses comunes de los trabajadores de todos los países y por la defensa de
la Humanidad.
Lo que está en juego, en esta confrontación planetaria decisiva, no es
el destino de una u otra nación, sino el conjunto de la especie humana,
amenazada en su propia sobrevivencia por las catástrofes ecológicas que
resultaron, inevitablemente, del curso actual, desenfrenado e irracional, de
destrucción capitalista del medio ambiente. Como bien lo resume el llamado al
Forum Social Mundial, lo que está en la orden del día es la búsqueda de un
mundo diferente, que debemos construir juntos.
En esta batalla los niveles regionales o continentales, más aún del
Estado-Nación, son un campo cada vez más decisivo. En su forma actual la
Unión Europea, el Mercado Común Europeo, el Mercosur y otras instancias
regionales de este tipo, son instrumentos dóciles para la globalización
capitalista liberal o, por lo menos, no representan un polo de resistencia a
la lógica del Mercado Global. Esto no impide que la unificación económica y
política de Europa y de América Latina –lo que inevitablemente limitará
las atribuciones y la soberanía de los actuales Estados-Naciones– con otras
bases, a partir de los intereses populares, de las necesidades sociales y del
respeto al medio ambiente, es una condición sine qua non para una
transformación de la correlación de fuerzas a escala mundial y para
enfrentar la hegemonía planetaria del Imperio Norteamericano.
El capital global –tal como se materializa en las empresas
multinacionales, en el mercado financiero especulativo, en los paraísos
fiscales, en las políticas de “ajuste estructural”, en las instituciones
globales (FMI, BM, OMC), y en la dominación imperial del G-7 – el enemigo
común de la gran mayoría de la humanidad. Sus adversarios son los
trabajadores de Paris y de San Bernardo do Campo, sindicalistas de Detroit y
de Seúl, campesinos de la Confederación Campesina y del MST brasileño,
ecologistas del Sur y del Norte, feministas de la Marcha Mundial de las
Mujeres, jóvenes de las redes de acción directa contra la mercantilización
del mundo, y militantes de todos los colores del arcoiris de la izquierda
socialista, comunista y libertarios. Esta lucha contra el capital global no
conoce fronteras: ella es, por necesidad imperativa, mundial y planetária.
*Michael Löwy es sociólogo, investigador del consejo nacional de
investigación científica.