l escrito que a
continuación trascribimos es la presentación del libro «CRITICA DE NUESTRO
TIEMPO: A LOS CIENTO CINCUENTA AÑOS DEL MANIFIESTO COMUNISTA» del teórico
marxista árabe Samir Amin, editado por SIGLO XXI Editores, 2001. La trascripción
de esta presentación tiene por objeto invitar a la lectura de una reflexión
crítica sobre el programa político de los comunistas elaborado por Carlos Marx y
Federico Engels en 1848 y, al mismo tiempo, invitar a la lectura del propio
Manifiesto Comunista. Es importante manifestar que Samir Amin es un teórico
marxista contemporáneo que ha tratado de explicar las formaciones
económico-sociales como resultado de la combinación de distintos modos de
producción y situar históricamente las distintas fases de expansión del
capitalismo, todo ello en contraposición con la visión eurocéntrica que ha
prevalecido dentro de la izquierda socialista. Su obra: Los desafíos de la
mundialización, forma parte de la bibliografía en la que nos apoyamos para
elaborar algunas de las tesis que sustentan nuestra propuesta programática y de
línea política. Esperamos que la lectura de esta presentación conduzca a la
lectura y al análisis crítico del libro señalado.
PRESENTACIÓN.
Desde hace siglo y medio un fantasma recorre el mundo, el
fantasma del comunismo. Al igual que todos los fantasmas, jamás podrá ser
suprimido definitivamente, aunque sucede que quienes se sienten amenazados por
él logran por cierto tiempo desecharlo de su mente. En cada uno de esos
momentos, asistimos a la repetición de la misma orgía de los hartos
apresurándose a acaparar más riqueza, a atracarse de alimento y a ingerir las
drogas que les evitan la indigestión. Todos repiten en coro la misma letanía,
“Marx ha muerto”, “la historia ha llegado al final de su recorrido, ya nada
cambiará”, “henos aquí para siempre”. Unos creen que su sueño de un momento se
prolongará toda la eternidad. Otros, un poco inquietos a pesar de todo, miran a
su alrededor y piensan muy quedito: “Habrá que hacer algo hacia los excluidos de
nuestra asamblea, distribuir a esos pobres algunas sobras de nuestro festín.” En
el campo de las innumerables masas de las víctimas, están los que lloran por su
suerte, los que se refugian en los relatos de las glorias de sus luchas pasadas
y que no comprenden las razones de su reciente derrota, los que se resignan y
piensan “Dios está con nuestros adversarios, sólo queda apiadar a la bestia y
acercarse a la reja que nos separa de ellos por donde echan las sobras de su
festín.” Pero también están los que llaman con tranquilidad a reunirse para
analizar la nueva situación, para medir las capacidades y las debilidades de los
dos campos, para comprender los retos a los que sus pueblos se enfrentan, y
preparar así las luchas y las victorias del mañana.
Ciento cincuenta años después de la proclamación del Manifiesto
comunista nos encontramos de nuevo en uno de esos momentos de orgía de los
hartos. Sin embargo, ese triunfo momentáneo de la imposición unilateral de la
ley del capital no se acompaña de un brillante avance de la expansión
capitalista, sino por ¡la intensificación de su crisis! En efecto, frente a un
enemigo de clase momentáneamente debilitado, el apetito sin límite del capital
hace resplandecer la absurda irracionalidad de este sistema.
La desigualdad que promueve socava las posibilidades de su
expansión. La distorsión del consumo a favor del despilfarro de los ricos no
compensa la miseria a la que condena a la mayoría de los pueblos y de los
trabajadores, a los que cada vez logra integrar mal a su sistema de explotación.
La lógica del capital los margina entonces, y se contenta con administrar la
crisis, lo que es posible mientras las fuerzas sociales de sus adversarios no se
hayan reconstituido. La paradoja –la victoria del capital abriéndose sobre su
crisis prolongada- no es más que aparente. La lectura refrescante del Manifiesto
comunista nos recuerda sus razones evidentes: el capitalismo no puede superar
sus contradicciones fundamentales.
Destruir las conquistas de los trabajadores, desmantelar los
sistemas de seguridad social y de protección de empleo, volver a sueldos de
miseria, devolver ciertos países de la periferia a la condición superada de
proveedores de materias primas, reducir las oportunidades de aquellos países que
se imponen como productores industriales subordinando sus sistemas productivos,
acelerar el despilfarro de los recursos del planeta, es el programa de las
fuerzas hoy dominantes. Utopía reaccionaría permanente – expresión del hondo
deseo de los hartos – cuya arrogante afirmación resplandece en momentos como el
nuestro.
La crítica de nuestro tiempo que propone esta contribución a
los ciento cincuenta años del Manifiesto comunista hace hincapié en la nulidad
del proyecto de esta utopía reaccionaria.
Nulidad científica en primer lugar. La de esta “economía pura”
– que se califica a sí misma de neoclásica cuando en realidad se sitúa en los
antípodas del método de las clásicas – que se dedica cuidadosamente a probar lo
improbable: que los mercados se autorregulan, produciendo ese equilibrio general
natural y además lograr el óptimo social. Marx, liberado de esa preocupación
enfermiza de las ideologías de la burguesía – la de legitimar su sociedad y
afirmar su carácter definitivo insuperable (el fin de la historia) – nos
recuerda simplemente que la creencia en un equilibrio natural que gobernara a la
sociedad resulta de un absurdo, cuya búsqueda es por lo tanto vana. Este falso
problema Marx lo sustituye por el verdadero, que es analizar las contradicciones
del sistema, las que definen sus límites históricos. La nueva lectura del
Manifiesto, hoy día, convence de inmediato de esa superioridad de Marx, cuyo
análisis, después de siglo y medio sigue siendo más apegado a la realidad actual
que todos los discursos neoliberales de la economía que va viento en popa. Como
complemento insulso a esta economía nula, la debilidad de las tesis filosóficas
y sociales de este “postmodernismo” que propone que nos contentemos con
administrar día a día el sistema, cerrando los ojos a las catástrofes cada vez
más gigantescas que prepara. Legitimación pues, por su canal, de las prácticas
de manipulaciones exigidas por esta gestión que reduce la democracia a la
condición de una actividad “de baja intensidad” y transforma el apego de las
sociedades a su propia identidad en una afirmación neurótica, hueca e impotente.
Esta contribución desea asimismo, que a partir de este análisis
de las flaquezas del adversario al parecer triunfante, midamos los limites de la
exigencia objetiva de una respuesta humanista al desafío. Hoy día esta respuesta
es hasta mucho más necesaria que hace ciento cincuenta años. La socialización
del trabajo sin ninguna proporción con lo que era en 1848 – puso en el orden del
día el deterioro de la ley del valor. La imposibilidad de racionalidad a corto
plazo del capitalismo para proponer los medios para una gestión aceptable del
porvenir del planeta produce hoy día efectos destructores insospechados hace un
siglo y medio. La polarización a escala mundial que adquirió desde la época del
Manifiesto una dimensión sin igual en toda la historia anterior, impone encarar
la reconciliación de la aventura humana y el respeto de la diversidad de los
pueblos que la construyen por medios que superan los que el pensamiento burgués
concibió y por métodos que salen de la lógica de las prácticas que inspira.
Estos temas antiguos, pero los desafíos que su desarrollo
histórico vuelve a definir en términos nuevos, invitan a no releer el Manifiesto
como texto sagrado –que para mí es sinónimo de texto muerto, aun embalsamado. La
genialidad de ese texto –tan adelantado a su tiempo que se pueden citar párrafos
completos que podrían declamarse tal cuales hoy día– debe ser por el contrario
una invitación a proseguir su obra, siempre inconclusa.
Pues la historia demostró que el capitalismo es capaz –al igual
que todos los sistemas sociales- de superar en cada una de las etapas de su
expansión sus contradicciones permanentes, pero agravando su violencia para las
generaciones venideras. Demostración que –en mi lectura- no es ajena al
pensamiento de Marx y que formulo exponiendo que la aventura humana sigue
inconclusa, que no está programada por un determinismo cualquiera asociado al
desarrollo de las fuerzas productivas o a cualquier otra fuerza metasocial. Más
que nunca entonces la humanidad debe elegir entre los dos términos de la
alternativa: dejarse conducir por el despliegue de la lógica del capitalismo a
una especie de suicidio colectivo, o por el contrario dar consistencia a las
gigantescas posibilidades humanas de las que es transmisor el fantasma del
comunismo que recorre el mundo.
SAMIR AMIN, 1997
(Primera edición en francés)