Marx y los marxismos
Francisco Fernández
Buey
I. Karl Marx ha sido, sin duda, uno de los
faros intelectuales del siglo XX. Muchos trabajadores llegaron a entender, a
través de la palabra de Marx, al menos una parte de sus sufrimientos
cotidianos, aquella que tiene que ver con la vida social del asalariado.
Muchos obreros, que apenas sabían leer, le adoraron. En su nombre se han
hecho casi todas las revoluciones político-sociales de nuestro siglo. En
nombre de su doctrina se elevó también la barbarie del stalinismo. Y contra
la doctrina que se creó en su nombre se han alzado casi todos los
movimientos reaccionarios del siglo XX.
El siglo acaba.
Prácticamente toda forma de poder que haya navegado durante estos cien años
bajo la bandera del comunismo ha muerto ya. No sabemos todavía lo que darán
de sí las "revoluciones pasivas" de este final del siglo XX, que han nacido
del temor al espectro del comunismo y del horror que produjo la conversión
de la doctrina comunista en Templo. Sería presuntuoso anticipar lo que se
dirá en el siglo XXI sobre esta parte de la historia del siglo
XX.
Pero una cosa parece
segura: en el siglo XXI, cuando se lea a Marx, se le leerá como se lee a un
clásico.
A veces se dice: los
clásicos no envejecen. Pero eso es una impertinencia: los clásicos también
envejecen. Aunque, ciertamente, de otra manera. Un clásico es un autor cuya
obra, al cabo del tiempo, ha envejecido bien (incluso a pesar de sus
devotos, de los templos levantados en su nombre o de los embalsamamientos
académicos).
Marx es un clásico.
Un clásico interdiciplinario. Un clásico de la filosofía mundanizada, del
periodismo fuerte, de la historiografía con ideas, de la sociología crítica,
de la teoría política con punto de vista. Y, sobre todo, un clásico de la
economía que no se quiere sólo crematística. Contra lo que se dice a veces,
no fue Marx quien exaltó el papel esencial de lo económico en el mundo
moderno. Él tomó nota de lo que estaba ocurriendo bajo sus ojos en el
capitalismo del siglo XIX. Fue él quien escribió que había que rebelarse
contra las determinaciones de lo económico. Fue él quien llamó la atención
de los contemporáneos sobre las alienaciones implicadas en la
mercantilización de todo lo humano. Leen a Marx al revés quienes reducen sus
obras a determinismo económico. Como leyeron a Maquiavelo al revés quienes
sólo vieron en su obra desprecio de la ética en favor de la razón de
Estado.
II. Marx no cabe en
ninguno de los cajones en que se ha dividido el saber universitario en este
fin de siglo. Pero está siempre ahí, al fondo, como el clásico con el que
hay que dialogar y discutir cada vez que se abre uno de estos cajones del
saber clasificado: economía, sociología, historia, filosofía.
Cuando uno entra en
la biblioteca de Marx la imagen con la que sale es la de que allí vivió y
trabajó un "hombre del Renacimiento". Tal es la diversidad de temas y
asuntos que le interesaron. Y eso que lo que él llamaba "la ciencia", su
investigación socioeconómica de las leyes o tendencias del desarrollo del
capitalismo, la hizo, casi toda, en una biblioteca que no era la suya: la
del Museo Británico.
Una obra que no cabe
en los cajones clasificatorios de nuestros saberes es siempre una obra
incómoda y problemática. Y ante ella hay dos actitudes tan típicas como
socorridas. Una es la de los devotos. Consiste en proclamar que el Verdadero
y Auténtico Saber es, contra las clasificaciones establecidas por la
Academia, el de Nuestro Héroe. La otra actitud consiste en agarrarse a los
cajones y despreciar el saber incómodo, como diciendo: “si alguien no ha
sido filósofo profesional, ni economista matemático, ni sociólogo del ramo,
ni historiador de archivos, ni neutral teorizador de lo político, es que no
es nada, o casi nada”.
La primera actitud
convierte al clásico en un santo de los que ya en su tierna infancia se
abstenían de mamar los primeros viernes (aunque sea un santo laico). La
segunda actitud ningunea al clásico y recomienda a los jóvenes que no
pierdan el tiempo leyéndolo (aunque luego éstos acaben revisitándolo casi a
escondidas).
Si el clásico tiene
que ver, además, con la lucha de clases y ha tomado partido en ella, como es
el caso, la cosa se complica. Pues los hagiógrafos convertirán la Ciencia de
Nuestro Héroe en Templo y los académicos le imputarán la responsabilidad por
toda villanía cometida en su nombre desde el día de su muerte. Por eso, y
contra eso, Bertolt Brecht, que era de los que hacen pedagogía desde la
Compañía Laica de la Soledad, pudo decir con razón: Se ha escrito tanto
sobre Marx que éste ha acabado siendo un desconocido.
¿Y qué decir de un
conocido tan desconocido sobre el que se ha dicho ya de todo y todo lo
contrario?
Pues, una vez más,
que lo mejor es leerlo. Como si no fuera de los nuestros, como si no fuera
de los vuestros. Como se lee a cualquier otro clásico cuyo amor el propio
Marx compartió con otros que no compartían sus ideas: a Shakespeare, a
Diderot, a Goethe, a Lessing, a Hegel. Tratándose de Marx, y en este país en
el que estamos, conviene precisar: leerlo, no "releerlo", como se pretende
aquí siempre que se habla de los clásicos. Porque para releer de verdad a un
clásico hay que partir de una cierta tradición en la lectura. Y en el caso
de Marx, aquí, entre nosotros, no hay apenas tradición. Sólo hubo un
bosquejo, el que produjo Manuel Sacristán hace ahora veintitantos años. Y
ese bosquejo de tradición quedó truncado. Hablando de Marx, casi todo lo
demás han sido lecturas fragmentarias e intermitentes, lecturas
instrumentales, lecturas a la búsqueda de citas convenientes, lecturas
traídas o llevadas por los pelos para acogotar con ismos a los otros o para
demostrar al prójimo, con otros ismos, que tiene que arrepentirse y ponerse
de rodillas ante eso que ahora se llama Pensamiento Único.
Marx sin ismos,
pues. Tal es la intención de este libro: entender a Marx sin los ismos que
se crearon en su nombre y contra su nombre.
III. Karl Marx fue
un revolucionario que quiso pensar radicalmente, yendo a la raíz de las
cosas. Fue un ilustrado crepuscular: un ilustrado opuesto a toda forma de
despotismo, que siendo, como era, lector asíduo de Goethe y de Lessing,
nunca pudo soportar el dicho aquel de todo para el pueblo pero sin el
pueblo. Karl Marx fue un ilustrado con una acentuada vena romántica, en
muchas cosas emparentado con el poeta Heine, pero que nunca se dejó llamar
"romántico" porque le producía malestar intelectual el sentimentalismo
declamatorio y añorante.
Karl Marx fue, de
joven, un liberal que, con la edad y viendo lo que pasaba a su alrededor (en
la Alemania prusiana, en la Francia liberal y en el hogar clásico del
capitalismo) se propuso dar forma a la más importante de las herejías del
liberalismo político del siglo XIX: el socialismo.
Karl Marx se hizo
socialista y quiso convencer a los trabajadores de que el mundo podía
cambiar de base, de que el futuro sería socialista, porque en el mundo que
le tocó vivir (el de las revoluciones europeas de 1848, el de la liberación
de los siervos en Rusia, el de las luchas contra el esclavismo, el de la
guerra franco-prusiana, el de la Comuna de París, el de la conversión de los
EE.UU. de Norteamérica en potencia económica mundial) no había más remedio
que ser ya -- pensaba él -- algo más que liberales.
Desde esa
convicción, la idea central que Marx legó al siglo XX se puede expresar así:
el crecimiento espontáneo, supuestamente "libre", de las fuerzas del mercado
capitalista desemboca en concentración de capitales; la concentración de
capitales desemboca en el oligopolio y en el monopolio; y el monopolio acaba
siendo negación no sólo de la libertad de mercado sino también de todas las
otras libertades. Lo que se llama "mercado libre" lleva en su seno la
serpiente de la contradicción: una nueva forma de barbarie. Rosa Luxemburg
tradujo plásticamente esta idea a disyuntiva: socialismo o
barbarie.
IV. Como Marx era
muy racionalista, como aspiraba siempre a la coherencia lógica y como se
manifestaba casi siempre con mucha contundencia apasionada, no es de
extrañar que su obra esté llena de contradicciones y de paradojas. Y como
usaba mucho en sus escritos la metáfora aclaradora y abusaba de los
ejemplos, tampoco es de extrañar que algunos de los ejemplos que puso para
ilustrar sus ideas se le hayan vengado y que no pocas de sus metáforas se le
hayan vuelto en contra. Así es el mundo de las ideas.
Algunas de esas
contradicciones llegó a verlas él mismo. Una de ellas, la más honda, la
menos formal, las más personal, la vió incluso con cierto humor negro:
"Nunca se ha escrito tanto sobre el capital -- dijo el autor de El capital
-- careciendo de él hasta tal punto". Otras de esas contradicciones le
hicieron sufrir hasta el final de su vida. Él, que no pretendió construir
una filosofía de la historia, y que así lo escribió en 1874, tuvo que ver
cómo la forma y la contundencia que había dado a sus afirmaciones sobre la
historia de los hombres hicieron que, ya en vida, fuera considerado por sus
seguidores sobre todo como un filósofo de la historia. Él, que despreciaba
todo dogmatismo, que tenía por máxima aquello de que hay que dudar de todo y
que presentaba la crítica precisamente como forma de hacer entrar en razón a
los dogmáticos, todavía tuvo tiempo de ver cómo, en su nombre, se construía
un sistema filosófico para los que no tienen duda de nada y se exaltaba su
método como llave maestra para abrir las puertas de la explicación de
todo.
V. Este Marx (sin
ismos) tiene algo de paradójica grandeza y de conficto interior no asumido.
Creyó que la razón de su vida era dar forma arquitectónica a la
investigación científica de la sociedad, pero dedicó meses y meses a
polemizar con otros sobre asuntos políticos que hoy nos parecen menores.
Creyó que la historia avanza dialécticamente por su lado malo (e incluso por
su lado peor), y tal vez acertó en general, pero no pudo o no supo prever
que la verdad concreta, inmediata, de esa razón fuera a ser otra forma de
barbarie. ¿Acaso podemos, entre humanos, hablar de progreso tan en
general?
Karl Marx amó tanto
la razón ilustrada que se propuso, y propuso a los demás, un imposible:
hacer del socialismo (o sea, de un movimiento, de un ideal) una ciencia.
Hoy, cuando el siglo acaba, nos preguntamos si no hubiera sido mejor
conservar para eso el viejo nombre de utopía, seguir llamando al socialismo
como lo llamaban el propio Marx y sus amigos cuando eran jóvenes: pasión
razonada o razón apasionada. Pero en un siglo tan positivista y tan
cientificista como el que Marx maduro inauguraba tampoco podía resultar
extraño identificar la ciencia con la esperanza de los que nada tenían.
Hasta es posible que por eso mismo, por esa identificación, los de abajo le
amaran luego tanto. Y es seguro que por eso casi todos los poderosos le
odiaron y aún le odian (cuando no se quedan con su ciencia y rechazan su
política).
VI. Marx quería el
comunismo, claro está, pero no lo quería crudo, nivelador de talentos, pobre
en necesidades; aunque su tono a veces profético, como el del trueno,
parecía negar el epicúreo que había en él. ¿Será el escándalo moral que
produce la observación de las desigualdes sociales lo que hace proféticos a
los epicúreos? Sea como fuere, Marx estableció sin pestañear que la
violencia es la comadrona de la historia en tiempos de crisis; pero al mismo
tiempo criticó sin contemplaciones la pena de muerte y otras violencias.
Marx postuló que la libertad consiste en que el Estado deje de ser un órgano
superpuesto a la sociedad para convertirse en órgano subordinado a ella,
aunque al mismo tiempo creyó necesaria la dictadura del proletariado para
llegar al comunismo, a la sociedad de iguales.
Marx, el Marx que se
leerá en el siglo XXI, nunca hubiera llegado a imaginar que un día, en un
país lejano cuya lengua quiso aprender de viejo sería objeto de culto
cuasirreligioso en nombre del comunismo, o que en otro país, aún más lejano,
y del que casi nada supo, se le compararía con el sol rojo que calienta
nuestros corazones. Pero aquel tono profético con el que a veces trató de
comunicar su ciencia a los de abajo tal vez implicaba eso. O tal vez no.
Quizás el que esto haya ocurrido fue sólo la consecuencia de la traducción
de su pensamiento a otras lenguas, a otras culturas. Toda traducción es
traición. Y quien traduce para muchos traiciona más.
VII. Marx sin ismos,
digo. Pero ¿es eso posible? Y ¿no será eso desvirtuar la intención última de
la obra de Marx? ¿Se puede separar a Marx de lo que han sido el marxismo y
el comunismo modernos? ¿Acaso se puede escribir sobre Marx sin tener en
cuenta lo que han sido los marxismos en este siglo? ¿No fue precisamente la
intención de Marx fundar un ismo, ese movimiento al que llamamos comunismo?
¿Y no es precisamente esta intención, tan explícitamente declarada, lo que
ha diferenciado a Marx de otros científicos sociales del siglo
XIX?
Para contestar a
esas preguntas y justificar el título de este libro hay que ir por partes.
Marx fue crítico del marxismo. Así lo dejó escrito Maximilien Rubel en el
título de una obra importante aunque no muy leída. Rubel tenía razón. Que
Marx haya pretendido fundar una cosa llamada marxismo es más que dudoso.
Marx tenía su ego, como todo hijo de vecino, pero no era Narciso. Es cierto,
en cambio, que mientras Marx vivió había algunos que le apreciaron tanto
como para llamarse a sí mismos marxistas. Pero también lo es que él mismo
dijo aquello de “yo no soy marxista”.
Con el paso del
tiempo y la correspondiente descontextualización, esta frase, tantas veces
citada, ha ido perdiendo el significado que tuvo en boca de quien la
pronunció. Escribir sobre Marx sin ismos es, pues, para empezar, restaurar
el sentido originario de aquel decir de Marx. Restaurar el sentido de una
frase es como volver a dar a la pintura los colores que originalmente tuvo:
leerla en su contexto. Cuando Marx dijo a Engels, al parecer un par de
veces, entre 1880 y 1881, ya en su vejez, “yo no soy marxista”, estaba
protestando contra la lectura y aprovechamiento que por entonces hacían de
su obra económica y política gentes como los “posibilistas” y guesdistas
franceses, intelectuales y estudiantes del partido obrero alemán y “amigos”
rusos que interpretaban mecánicamente El capital.
Por lo que se sabe
de ese momento, a través de Engels, Marx dijo aquello riendo. Pero más allá
de la broma queda un asunto serio: a Marx no le gustaba nada lo que empezaba
a navegar entre los próximos con el nombre de marxismo. Por supuesto, no
podemos saber lo que hubiera pensado de otras navegaciones posteriores. Pero
lo que sabemos da pie a restaurar el cuadro de otra manera. No querría
engañar a nadie: hacer de restaurador tiene algunos peligros, el principal
de los cuales es que, a veces, uno se inventa colores demasiado vivos que
tal vez no eran los de la paleta del pintor, sino los que aman nuestros
ojos. Tratándose de texto escrito pasa algo parecido. Pero afrontar ese
riesgo vale la pena. Y afrontarlo no tiene por qué implicar necesariamente
declararse marxista. Esa es otra cuestión. No hay por qué entrar en ella
aquí. De la seria broma del viejo Marx sólo pueden deducirse razonablemente
dos cosas. Primera: que al decir “yo no soy marxista” el autor de la frase
no pretendía descalificar a la totalidad de sus seguidores ni, menos aún,
renunciar a sus ideas o a influir en otros. Y segunda: que para leer bien a
Marx no hace falta ser marxista. Quien quiera serlo hoy tendrá que serlo,
como pretendía el dramaturgo alemán Heine Muller, necesariamente por
comparación con otras cosas. Y con sus propios argumentos.
VIII. Queda todavía
la otra pregunta: ¿se puede escribir hoy en día sobre Marx sin entrar en el
tema de su herencia política, es decir, haciendo caso omiso de lo que ha
sido la historia del comunismo en el siglo XX? Mi contestación a esa
pregunta es: no sólo se puede (pues, obviamente, hay quien lo hace), sino
que se debe. Se debe distinguir entre lo que Marx hizo y dijo como comunista
y lo que dijeron e hicieron otros, a lo largo del tiempo, en su nombre.
Querría argumentar esto un poco.
La prostitución del
nombre de la cosa de Marx, el comunismo moderno, no es ya responsabilidad de
Marx. Mucha gente piensa que sí lo es e ironiza ahora sobre que Marx debería
pedir perdón a los trabajadores. Yo pienso que no. Diré por qué. Las
tradiciones, como las familias, crean vínculos muy fuertes entre las gentes
que viven en ellas. La existencia de estos vínculos fuertes tiene casi
siempre como consecuencia el olvido de quién es cada cual en esa tradición:
las gentes se quedan sólo con el apellido de la familia, que es lo que se
transmite, y pierden el nombre propio. Esto ha ocurrido también en la
historia del comunismo. Pero de la misma manera que es injusto culpabilizar
a los hijos que llevan un mismo apellido de delitos cometidos por sus
padres, o viceversa, así también sería una injusticia histórica cargar al
autor del Manifiesto comunista con los errores y delitos de los que
siguieron utilizando, con buena o mala voluntad, su apellido.
Seamos sensatos por
una vez. A nadie se le ocurriría hoy en día echar sobre los hombros de Jesús
de Nazaret la responsabilidad de los delitos cometidos a lo largo de la
historia por todos aquellos que llevaron el apellido de cristianos, desde
Torquemada al General Pinochet pasando por el General Franco. Y, con toda
seguridad, tildaríamos de sectario o insensato a quien pretendiera
establecer una relación causal entre el Sermón de la Montaña y la
Inquisición romana o española. No sé si en el siglo XVI alguien pensó que
Jesús de Nazaret tenía que pedir perdón a los indios de América por las
barbaridades que los cristianos europeos hicieron con ellos en el nombre de
Cristo. Sólo conozco a uno que, con valentía, escribió algo parecido a esto.
Pero ese alguien no dijo que el que tuviera que pedir perdón fuera Jesús de
Nazaret; dijo que los que tenían que hacerse perdonar por sus crímenes eran
los cristianos mandamases contemporáneos.
¿Comparaciones
odiosas? No conozco otra forma más ecuánime de hacer historia de las ideas.
Eso lo aprendí de Isaac Berlin, con cuya obra sobre Karl Marx, muy conocida,
discuto en este libro, precisamente porque en este caso Berlin no me parece
ecuánime y porque discutiendo con los maestros se aprende.
Y, puesto ya a las
comparaciones odiosas, añadiré que también hay algo que aprender de la
restauración historiográfica reciente de la vida y los hechos de Jesús de
Nazaret, a saber: que ha habido otros evangelios, además de los canónicos, y
que el estudio de la documentación descubierta al respecto en los últimos
tiempos (desde los evangelios gnósticos a algunos de los Manuscritos del Mar
Muerto) muestra que tal vez esas otras historias de la historia sagrada
estaban más cerca de la verdad que la Verdad canonizada. En esa odiosa
comparación me he inspirado para leer a Marx a través de los ojos de tres
autores que no fueron ni comunistas ortodoxos, ni marxistas canónicos, ni
evangelistas: Korsch, Rubel y Sacristán. Hay varias cosas que diferencian la
lectura de Marx que hicieron estos tres. Pero hay otras, sustanciales para
mí, en las que coinciden: el rigor filológico, la atención a los contextos
históricos y la total ausencia de beatería no sólo en lo que respecta a Marx
sino también en lo que atañe a la historia del comunismo. También ellos
hubieran podido decir (y, de hecho, lo dijeron a su manera) que no eran
marxistas. Y, sin embargo, pocas lecturas de Marx seguirán siendo tan
estimulantes como las que ellos hicieron.
IX. Recupero ahora
el final del punto primero de este escrito para concluir sobre la relación
entre Marx y el comunismo moderno.
No sólo me parece
presuntuoso, sino manifiestamente falso, deducir de la desaparición del
comunismo como Poder la muerte de toda forma de comunismo. Concluir tal cosa
ahora, en 1998, es un contrafáctico, es una afirmación contra los hechos: en
el mundo sigue habiendo comunistas, personas, partidos y movimientos que se
llaman así. Los hay en Europa y en América, en África y en Asia. Nuestros
medios de comunicación, que han publicado numerosísimas reseñas del Libro
negro del comunismo, apenas si se han fijado en ello, pero, con motivo del
150 aniversario de la aparición del Manifiesto Comunista, este mismo año se
reunieron en París mil seiscientas personas, llegadas de Asia y de Africa,
de las dos Américas y de todos los rincones de Europa, que coincidían en
esto: la idea de comunismo sigue viva en el mundo. Tampoco es habitual ahora
tener en cuenta la opinión de historiadores, filósofos y literatos que, como
el ruso Alexander Zinoviev o el italiano Giorgio Galli, hacen hoy la defensa
del comunismo, del otro comunismo, sin ser comunistas y después de haber
cantado en décadas pasadas verdades como las del lucero del alba que les
valieron la acusación de anticomunistas. Son los otros ex-, de los que casi
nunca se habla, los que cambiaron de otra manera porque atendieron, contra
la corriente, a las otras verdades.
Antes de ofrecerse
como fiscal para la práctica, tan socorrida, de los juicios sumarísimos en
los que, por simplificación, se mete en un mismo saco a las víctimas con los
victimarios conviene ponerse la mano en corazón y preguntarse, sin
prejuicios, por qué, como decía el título de una película irónica, hay
personas que no se avergüenzan de haber tenido padres comunistas, por qué, a
pesar de todo, sigue habiendo comunistas en un mundo como en el
nuestro.
Si sigue habiendo
comunistas en este mundo es porque el comunismo de los siglos XIX y XX, el
de los tatarabuelos, bisabuelos, abuelos y padres de los jóvenes de hoy, no
ha sido sólo poder y despotismo. Ha sido también ideario y movimiento de
liberación de los anónimos por antonomasia. Hay un Libro Blanco del
comunismo que está por reescribir. Muchas de las páginas de ese Libro, hoy
casi desconocido para los más jóvenes, las bosquejaron personas anónimas que
dieron lo mejor de sus vidas en la lucha por la libertad en países en los
que no había libertad; en la lucha por la universalización del sufragio en
países en los que el sufragio era limitado; en la lucha en favor de la
democracia en países donde no había democracia; en la lucha en favor de los
derechos sociales de la mayoría donde los derechos sociales eran ignorados u
otorgados sólo a una minoría. Muchas de esas personas anónimas, en España y
en Grecia, en Italia y en Francia, en Inglaterra y en Portugal, y en tantas
otras partes del mundo, no tuvieron nunca ningún poder ni tuvieron nada que
ver con el estalinismo, ni oprimieron despóticamente a otros semejantes, ni
justificaron la razón de Estado, ni se mancharon las manos con la
apropiación privada del dinero público.
Al decir que el
Libro Blanco del comunismo está por reescribir no estoy proponiendo la
restauración de una vieja Leyenda para arrinconar o hacer olvidar otras
verdades amargas contenidas en los Libros Negros. No es eso. Ni siquiera
estoy hablando de inocencia. Como sugirió Brecht en un poema célebre,
tampoco lo mejor del comunismo del siglo XX, el de aquellos que hubieran
querido ser amistosos con el prójimo, pudo, en aquellas circunstancias, ser
amable. La historia del comunismo del siglo XX tiene que ser vista como lo
es, como una tragedia. El siglo XX ha aprendido demasiado sobre el fruto del
árbol del Bien y del Mal como para que uno se atreva ahora a emplear la
palabra “inocencia” sin más. Hablo, pues, de justicia. Y la justicia es
también cosa de la historiografía.
X. ¿Qué
historiografía se puede proponer a los más jóvenes? ¿Cómo enlazar la
biografía intelectual de Karl Marx con las insoslayables preocupaciones del
presente? Estas son preguntas que se pueden tomar como un reto intelectual
hoy en día.
Tal vez la mejor
manera de entender a Marx desde las preocupaciones de este fin de siglo no
pueda ser ya la sencilla reproducción de un gran relato lineal que siguiera
cronológicamente los momentos claves de la historia de Europa y del mundo en
el siglo XX como en una novela de Balzac o de Tólstoi. Durante mucho tiempo
esa fue la forma, vamos a decirlo así, “natural”, de comprensión de las
cosas; una forma que cuadraba bien con la importancia colectivamente
concedida a las tradiciones culturales y, sobre todo, a la transmisión de
las ideas básicas de generación en generación. Pero seguramente ya no es la
forma adecuada. El gran relato lineal no es ya, desde luego, lo habitual en
el ámbito de la narrativa. Y es dudoso que pueda seguir siéndolo en el campo
de la historiografía cuando la cultura de las imágenes fragmentadas que
ofrecen el cine, la televisión y el vídeo ha calado tan hondamente en
nuestras sociedades. El posmodernismo es la etapa superior del capitalismo
y, como escribió John Berger con toda la razón, “el papel histórico del
capitalismo es destruir la historia, cortar todo vínculo con el pasado y
orientar todos los esfuerzos y toda la imaginación hacia lo que está a punto
de ocurrir”. Así ha sido. Y así es.
Y si así ha sido y
así es entonces a quienes se han formado ya en la cultura de las imagenes
fragmentadas hay que hacerles una propuesta distinta del gran relato
cronológico para que se interesen por lo que Marx fue e hizo; una propuesta
que restaure, mediante imágenes fragmentarias, la persistencia de la
centralidad de la lucha de clases en nuestra época entre los claroscuros de
la tragedia del siglo XX.
Imaginemos una cinta
sin fin que proyecta ininterrumpidamente imágenes sobre una pantalla. En el
momento en que llegamos a la proyeccción una voz en off lee las palabras del
epílogo histórico a Puerca tierra de John Berger. Son palabras que hablan de
tradición, supervivencia y resistencia, del lento paso desde el mundo rural
al mundo de la industria, de la destrucción de culturas por el
industrialismo y de la resistencia social a esa destrucción. Estas palabras
introducen la imagen de la tumba de los Marx en el cementerio londinense
presidida por la gran cabeza de Karl, según una secuencia de la película de
Mike Leigh Grandes ambiciones, en la que el protagonista explica, en la
Inglaterra thatcheriana, “cuando los obreros se apuñalan a sí mismos por la
espalda”, por qué fue “grande” aquella cabeza. La secuencia acaba con un
plano que va de los ojos del protagonista a lo alto del busto marmóreo de
Marx mientras la protagonista, a quien va dirigida la explicación, se
interesa por las siemprevivas del cementerio ( “y tuvimos que mirar la
naturaleza con impaciencia”, dice Brecht a los por nacer; “en casa siempre
tengo siemprevivas”, dice la protagonista de la película de
Leigh).
La explicación de la
grandeza de Marx por el protagonista de Grandes ambiciones enlaza bien con
la reflexión de Berger y permite pasar directamente a la secuencia final de
La tierra de la gran promesa de A. Wajda, la de la huelga de los
trabajadores del textil en Lodz, que sintetiza en toda su crudeza las
contradicciones del tránsito sociocultural del mundo rural al mundo de la
industria en la época del primer capitalismo salvaje. Entre el Lodz de Wajda
y el Londres de Leigh hay cien años de salvajismo capitalista. Vuelve la
imagen de Marx en el cementerio londinense. Pero en la cinta sin fin hemos
montado, sin solución de continuidad, otra imagen: la que inicia la larga
secuencia de La mirada de Ulises de Angelopoulos con el traslado de una
gigantesca estatua de Lenin en barcaza por el Danubio.
Es esta una de las
secuencias más interesantes del cine europeo de la última década, por lo que
dice y por lo que sugiere. Presenciamos, efectivamente, el final de un
mundo, una historia que se acaba: el símbolo del gran mito del siglo XX
navega ahora de Este a Oeste por el Danubio para ser vendido por los restos
de la nomenklatura a los coleccionistas del capitalismo vencedor en la
tercera guerra mundial. Es una secuencia lenta y larga, de final incierto,
que se queda para siempre en la retina de quien la contempla. La cortamos,
de momento, para introducir otra. Estamos viendo ahora la secuencia clave de
Underground de Emir Kusturica: la restauración del viejo mito platónico de
la caverna como parábola de lo que un día se llamó “socialismo real”. El
intelectual burócrata ha conseguido hacer creer al héroe de la resistencia
antinazi, en el subterráneo, que la vida sigue igual, que la resistencia
antinazi continúa, y maneja los hilos de la historia como en un gran guiñol
mientras un personaje secundario, pero esencial, repite, entre charangas y
esperpentos, una sola palabra: “la catástrofe”.
Ninguna otra imagen
ha explicado mejor, y con más verdad, que esta de Kusturica, el origen de la
catástrofe del “socialismo real”. Hay muchas cosas importantes en esta
película en la que los simples sólo ven ideología proserbia. Pero
fragmentamos Underground para volver a La mirada de Ulises, ahora con otra
verdad a cuestas, la del pecado original del “socialismo real”. La barcaza
sigue deslizándose por el Danubio con la gigantesca estatua de Lenin también
fragmentada. Lo hace lentamente, muy lentamente. Desde la orilla del gran
río las gentes la acompañan, expectantes unos, en actitud de respeto
religioso otros, seguramente asombrados los más. Da tiempo a pensar: el
mundo de la gran política ha cambiado; una época termina; pero no es el
final de la historia: las viejas costumbres persisten en el corazón de
Europa. Tal vez no todo era caverna en aquel mundo. Cae la noche y la gran
barcaza con su estatua de Lenin montada para ser vendida enfila la bocana
del puerto fluvial. Cortamos la secuencia al caer la noche. Donde antes
estaba el Danubio está ahora el Adriático, hay ahora otro barco, el
Partizani: es la secuencia final de Lamerica de Gianni Amelio con la imagen,
impresionante, del barco atestado de albaneses pobres que huyen hacia Italia
mientras el capitalismo vuelve, gozoso, a sus negocios y nuestro
protagonista ha conocido un nuevo corazón de las tinieblas. Premonición de
lo que no había de ser el hegeliano Final de la Historia sino el comienzo de
otra historia, por lo demás muy parecida a las otras historia de la
Historia.
Cinta sin fin. Otra
vez las palabras de Berger, la cabeza de Marx en el cementerio londinense,
la gran estatua de Lenin navegando, lenta, muy lentamente, por el Danubio.
¿Llega realmente a su destino? Puede haber pensamiento en la fragmentación:
la explicación de Leigh en Grandes ambiciones, que se repite: “Era un
gigante. Lo que él [Marx] hizo fue poner por escrito la verdad. El pueblo
estaba siendo explotado. Sin él no habría habido sindicatos, ni estado del
bienestar, ni industrias nacionalizadas....”. Lo dice un trabajador inglés
de hoy que, además (y eso importa) no quiere rollos ideológicos ni ama los
sermones. Y tampoco es la suya la última palabra. La cinta sigue. Cinta sin
fin.
En esa cinta está
Marx. Ha habido muchas cosas en el mundo que no cupieron en la cabeza de
Marx. Cosas que no tienen que ver con la lucha de clases. Cierto. Pero de la
misma manera que nunca se entenderá lo que hay en el Museo del Prado sin la
restauración historiográfica de la cultura cristiana tampoco se entenderá el
gran cine de nuestra época, el cine que habla de los grandes problemas de
los hombres anónimos, sin haber leído a Marx. Sin ismos, por
supuesto.